*Era como ir a buscar la música de la vida, la flauta. Quizás por eso acabó por recalar en el Paraninfo, en la clase de Estévez. Era como encontrar, en los recovecos del tiempo, la ciudad, el encanto saboreado alguna vez, de chaval, durante su escapada de casa. Un atardecer de oro, los árboles y las altas palmeras adornando una avenida bordeada de edificaciones añejas, y ese chiquillo andariego, atrapado entre el susto y el asombro. Una cafetería en los bajos de un hotel (“La Palma”), en cuyo umbral se refugia un viejo paralítico que transporta su humanidad en un carrito de rodillos. Esa imagen anidaba en su pecho, sin que fuese la más antigua que conservaba de Medellín. En realidad, su primer recuerdo de esta urbe es el del sábado en que llegaron en la escalera proveniente de Chigorodó, la noche en la Flota Magdalena. Era un chico de siete años. Como un oscuro arácnido, la ciudad tejía los hilos del destino. Una mujer con cinco niños, incluido un bebé, en la sala de espera, entre los viajeros que pernoctan allí. Esa era su madre. Contrariando la orden de la madre, el chico de siete años se asoma a la puerta y, en el aire anochecido, observa las edificaciones, el gentío, y acaso sienta el secreto llamado de esas calles. “Ven acá”, regaña la madre.
Se ama el agua porque fluye,
porque es cristalina, porque refresca y nutre. Uno no encontraría motivo para
amar a una piedra. Pero en la piedra está la vida cautiva en una especie de
embrujo. Allí estaban las esculturas de los flautistas, dos o tres, dispersas
en los patios de esa edificación vetusta. La piedra representaba a seres de
aire indígena tocando el instrumento de viento, una quena. La piedra también
era el elemento constitutivo de la otra escultura, la de Los Amantes, situada
en el patio central. Esta obra ejercía una fuerte atracción sobre Doña Misterio.
En cambio, el sentimiento de Marcos respondía
a la imagen de los indios filarmónicos, a ese sustrato ancestral
contenido en la piedra. Eran figuras que sobrepasaban una migaja el tamaño
natural, modeladas en una roca gris. Marcos nunca se preocupó por enterarse
quién las había esculpido, pero contemporizaba con el creador, cualquiera que
fuese, en la exaltación que hacía de la cultura nativa. Los Amantes no decían
mucho a su espíritu. Su corazón parecía una fuente seca. Las pétreas figuras de
los músicos pulsaban sus fibras sensibles. No le costaba mucho escuchar el
sonido de la flauta: venía de edades primigenias, atravesaba paisajes y épocas,
caracoleaba en las oquedades de aquel edificio ruinoso. Quizás su reincidencia
semanal en aquel sitio obedecía más al tácito deseo de establecer una comunión
de alma con las piedras, que reverenciar el declarado gusto de la
intelectualidad. La clase de Estévez sería un pretexto. El artista supo
expresar la alegría de la música, comunicó a la roca la chispa jocunda. Los rostros
de los indígenas exhalaban contento, embebidos de dicha invocaban las fuerzas
de los dioses. La piedra se contorsionaba, bailaba. En una de las esculturas
aparecía un jaguar acompañando al músico. También en el animal se reflejaba el
movimiento, la vida, la fiereza. Abrazados, besándose, Los Amantes manaban otro
lenguaje, se emparentaban con otra esfera, la del desmayo de la pasión. Claro
que allí también fluía otra música, la del cuerpo, la de la sensación, la del
goce. Marcos no tenía nada contra eso. El hecho de que su ser fuese una greda
cuarteada, no significaba que no le entusiasmara la floresta. El motivo no era
original. El escultor había replicado la obra de Rodin, El beso. Gran parte de
nuestro arte es transculturación. A disgusto con los enlatados, quizás era por
esto que Marcos no celebraba tanto a Los Amantes como a los Músicos. Aquello
era un regreso. La piedra le había citado a aquella construcción destartalada,
que pedía a gritos una remodelación (con el tiempo la harían). Elástica, se había
transformado en indio, en quena, en jaguar. Le convocaba con el inaudible
susurro de los arpegios. Piedra sonora, había sido piedra agreste, en la
infancia, cuando las galladas rivales se trababan en batallas campales.
Entonces no era raro que aflorara la sangre de una cabeza rota. La piedra se
había confabulado con la puntería del muchacho peleador. ¡Crash! Ahora era
música, y Marcos podía oírla tras la barahúnda de Ayacucho, tras el aparato de
la urbe ofuscada por la luz, tajada de túneles
y erizada de construcciones: un crisol de visiones, de sueños. Una onda
de música culebreando por las calles, entre los altos muros. Un jaguar hecho
arpegio, resbalando por el tiempo. Doña Misterio imaginaba que en la noche Los
Amantes se animaban, cambiaban de postura, se tendían y se amaban. Marcos
también veía a los Músicos animarse, armar la fiesta, iniciar una comparsa que
recorría la ciudad llenándola de sones. Camuflado en los actos y los objetos
más corrientes de la ciudad, el indio vivía una vida secreta, y su música
inervaba el mundo. Era esto lo que Marcos sentía.
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