sábado, 24 de julio de 2021

Mi maestro XXXI

*Era como ir a buscar la música de la vida, la flauta. Quizás por eso acabó por recalar en el Paraninfo, en la clase de Estévez. Era como encontrar, en los recovecos del tiempo, la ciudad, el encanto saboreado alguna vez, de chaval, durante su escapada de casa. Un atardecer de oro, los árboles y las altas palmeras adornando una avenida bordeada de edificaciones añejas, y ese chiquillo andariego, atrapado entre el susto y el asombro. Una cafetería en los bajos de un hotel (“La Palma”), en cuyo umbral se refugia un viejo paralítico que transporta su humanidad en un carrito de rodillos. Esa imagen anidaba en su pecho, sin que fuese la más antigua que conservaba de Medellín. En realidad, su primer recuerdo de esta urbe es el del sábado en que llegaron en la escalera proveniente de Chigorodó, la noche en la Flota Magdalena. Era un chico de siete años.  Como un oscuro arácnido, la ciudad tejía los hilos del destino. Una mujer con cinco niños, incluido un bebé, en la sala de espera, entre los viajeros que pernoctan allí. Esa era su madre. Contrariando la orden de la madre, el chico de siete años se asoma a la puerta y, en el aire anochecido, observa las edificaciones, el gentío, y acaso sienta el secreto llamado de esas calles. “Ven acá”, regaña la madre.

Se ama el agua porque fluye, porque es cristalina, porque refresca y nutre. Uno no encontraría motivo para amar a una piedra. Pero en la piedra está la vida cautiva en una especie de embrujo. Allí estaban las esculturas de los flautistas, dos o tres, dispersas en los patios de esa edificación vetusta. La piedra representaba a seres de aire indígena tocando el instrumento de viento, una quena. La piedra también era el elemento constitutivo de la otra escultura, la de Los Amantes, situada en el patio central. Esta obra ejercía una fuerte atracción sobre Doña Misterio. En cambio, el sentimiento de Marcos respondía  a la imagen de los indios filarmónicos, a ese sustrato ancestral contenido en la piedra. Eran figuras que sobrepasaban una migaja el tamaño natural, modeladas en una roca gris. Marcos nunca se preocupó por enterarse quién las había esculpido, pero contemporizaba con el creador, cualquiera que fuese, en la exaltación que hacía de la cultura nativa. Los Amantes no decían mucho a su espíritu. Su corazón parecía una fuente seca. Las pétreas figuras de los músicos pulsaban sus fibras sensibles. No le costaba mucho escuchar el sonido de la flauta: venía de edades primigenias, atravesaba paisajes y épocas, caracoleaba en las oquedades de aquel edificio ruinoso. Quizás su reincidencia semanal en aquel sitio obedecía más al tácito deseo de establecer una comunión de alma con las piedras, que reverenciar el declarado gusto de la intelectualidad. La clase de Estévez sería un pretexto. El artista supo expresar la alegría de la música, comunicó a la roca la chispa jocunda. Los rostros de los indígenas exhalaban contento, embebidos de dicha invocaban las fuerzas de los dioses. La piedra se contorsionaba, bailaba. En una de las esculturas aparecía un jaguar acompañando al músico. También en el animal se reflejaba el movimiento, la vida, la fiereza. Abrazados, besándose, Los Amantes manaban otro lenguaje, se emparentaban con otra esfera, la del desmayo de la pasión. Claro que allí también fluía otra música, la del cuerpo, la de la sensación, la del goce. Marcos no tenía nada contra eso. El hecho de que su ser fuese una greda cuarteada, no significaba que no le entusiasmara la floresta. El motivo no era original. El escultor había replicado la obra de Rodin, El beso. Gran parte de nuestro arte es transculturación. A disgusto con los enlatados, quizás era por esto que Marcos no celebraba tanto a Los Amantes como a los Músicos. Aquello era un regreso. La piedra le había citado a aquella construcción destartalada, que pedía a gritos una remodelación (con el tiempo la harían). Elástica, se había transformado en indio, en quena, en jaguar. Le convocaba con el inaudible susurro de los arpegios. Piedra sonora, había sido piedra agreste, en la infancia, cuando las galladas rivales se trababan en batallas campales. Entonces no era raro que aflorara la sangre de una cabeza rota. La piedra se había confabulado con la puntería del muchacho peleador. ¡Crash! Ahora era música, y Marcos podía oírla tras la barahúnda de Ayacucho, tras el aparato de la urbe ofuscada por la luz, tajada de túneles  y erizada de construcciones: un crisol de visiones, de sueños. Una onda de música culebreando por las calles, entre los altos muros. Un jaguar hecho arpegio, resbalando por el tiempo. Doña Misterio imaginaba que en la noche Los Amantes se animaban, cambiaban de postura, se tendían y se amaban. Marcos también veía a los Músicos animarse, armar la fiesta, iniciar una comparsa que recorría la ciudad llenándola de sones. Camuflado en los actos y los objetos más corrientes de la ciudad, el indio vivía una vida secreta, y su música inervaba el mundo. Era esto lo que Marcos sentía.             

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