*Marcos escribía un ensayo sobre Estévez y
su obra para la asignatura de Restrepo. Restrepo, que era un poeta reconocido y
un académico de personalidad suave y sensible, estuvo de acuerdo con el
propósito de Marcos de escribir sobre Estévez. Marcos le había contado su
proyecto a Estévez, quien era presa de cierta ansiedad narcisista por ver
concluido el trabajo. Por supuesto, Marcos debía compartírselo. En las sesiones
del taller, Estévez preguntaba a menudo a Marcos cómo iba con el ensayo. Tenía
a Marcos por un escritor agudo y, claro, esperaba hallar un halago a su vanidad
en el texto del pupilo. No dejaba de ser pueril este deseo de ver escrito un
retrato elogioso. Es que nunca dejamos de ser niños, se decía Marcos. Siempre
habrá situaciones ante las que demostremos nuestra candidez. Estévez era
sensible al cosquilleo de la fama. ¿Quién no? Se había hecho escritor a punta
de voluntad y esfuerzo, sin el cultivo de la academia, sin los resplandores de
la publicidad. Así que todo reconocimiento sería bien recibido de su parte.
Además, lo merecía. Al sentarse en las cafeterías de la universidad en los
momentos previos a su clase, se sentiría, sin duda, objeto de curiosidad y
pensaría, tal vez, que su imagen recibía un callado tributo. No era poca la
gente que se asombraba de ver a ese veterano canoso y solitario sentado en una
mesa, en medio de los enjambres juveniles que recorrían los tránsitos
universitarios. Siempre lo veían rodeado de sus libros y sus agendas. Alguna
chica se acercaba a fisgonear y descubría las láminas pornográficas con que
Estévez adornaba sus agendas. En seguida, un tanto a la ligera, lo tachaba de
viejo obsceno y grotesco, cuando no siniestro. No lo veía como un estudio
estético del cuerpo femenino, sino como burdo voyerismo. La verdad es que
Estévez se deleitaba decorando sus agendas con estas estampas de mujeres
desnudas. Era pulcro y organizado en la disposición de las láminas, les daba un
arreglo artístico. Era como un niño con su álbum de chocolatinas o de Panini,
como un chicuelo que ama ordenar la gaveta de su ropa. La chica fisgona no se
detenía a mirar este detalle. Venía lanza en ristre con la frase difamatoria:
ese viejo cochino.
Historias del bosque hondo era el libro de
Estévez con que Marcos se las veía al pergeñar el ensayo para Restrepo.
¿Qué es lo que más atrae del libro?
Primero, la forma peregrina como es analizada y descrita la vida de los
animales. Segundo, la preocupación por plasmar un lenguaje ajeno al lugar
común, divorciado de las frases hechas. El rigor lingüístico. La fuerza
expresiva de un estilo cuyas características se van sucediendo a lo largo de
las páginas. Un estilo que consiste en ir hasta el límite creativo de las
palabras. Entonces se sabe de las muchas posibilidades que tienen los vocablos
para un creador que no se conforma con los clichés, sino que inventa su propio
mundo idiomático. Tercero, la perfección buscada y conseguida. En esta obra no
existen incoherencias, no hay fárrago, y el verbo tiende a la economía, sin que
decline el poder de la expresión.
Esta obra podría definirse como un tratado
etológico. El animal es examinado en su medio y en su conducta (sus
costumbres). No es un comportamiento humanizado, como sucede en los animales de
Kipling, por ejemplo. Es un comportamiento animal. Y se concluye que todo en el
animal es una lucha continua por la supervivencia de la especie.
En el libro hay algo de apología a la
organización, eficacia, ferocidad y belleza del mundo animal. También está la
hipótesis de que los animales aprenden: como lo vemos con el perro Gardel
después de que la cerda cimarrona lo deja tan mal librado.
En el terreno de la forma hay otro
elemento digno de destacar: la amenidad de la prosa, alejada de prolijas
parrafadas, resuelta en cortos párrafos, en breves
frases que se suceden y suceden. Además se advierte el propósito, en ciertas
partes de la obra, de alcanzar una tonalidad poética.
En cuanto hace a la técnica, todo está
bien logrado: los personajes, el entorno, el ritmo. Pero, ¿cuál es el espinazo
del libro? ¿Cuál es la idea fundamental, en torno a la cual giran los hechos?
Estévez no persigue otro fin que demostrar que el reino animal es un orbe de
conductas específicas transmitidas de individuos a individuos a través del
tiempo, cuya finalidad es la supervivencia. Los personajes humanos se ven
desplazados por los caracteres animales. No todos, realmente, porque el viejo
colono, fumador de pipa, cazador, antiguo empleado de ferrocarriles es un
personajote. Pero incluso él sirve al propósito esencial de ensalzar rasgos
ignotos del comportamiento animal. La inteligencia, belleza, vigor, astucia
del tigre logran conmoverlo a tal grado que le perdonara la vida si el azar no
dispone lo contrario.
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