martes, 20 de julio de 2021

Mi maestro XXVI

*Marcos escribía un ensayo sobre Estévez y su obra para la asignatura de Restrepo. Restrepo, que era un poeta reconocido y un académico de personalidad suave y sensible, estuvo de acuerdo con el propósito de Marcos de escribir sobre Estévez. Marcos le había contado su proyecto a Estévez, quien era presa de cierta ansiedad narcisista por ver concluido el trabajo. Por supuesto, Marcos debía compartírselo. En las sesiones del taller, Estévez preguntaba a menudo a Marcos cómo iba con el ensayo. Tenía a Marcos por un escritor agudo y, claro, esperaba hallar un halago a su vanidad en el texto del pupilo. No dejaba de ser pueril este deseo de ver escrito un retrato elogioso. Es que nunca dejamos de ser niños, se decía Marcos. Siempre habrá situaciones ante las que demostremos nuestra candidez. Estévez era sensible al cosquilleo de la fama. ¿Quién no? Se había hecho escritor a punta de voluntad y esfuerzo, sin el cultivo de la academia, sin los resplandores de la publicidad. Así que todo reconocimiento sería bien recibido de su parte. Además, lo merecía. Al sentarse en las cafeterías de la universidad en los momentos previos a su clase, se sentiría, sin duda, objeto de curiosidad y pensaría, tal vez, que su imagen recibía un callado tributo. No era poca la gente que se asombraba de ver a ese veterano canoso y solitario sentado en una mesa, en medio de los enjambres juveniles que recorrían los tránsitos universitarios. Siempre lo veían rodeado de sus libros y sus agendas. Alguna chica se acercaba a fisgonear y descubría las láminas pornográficas con que Estévez adornaba sus agendas. En seguida, un tanto a la ligera, lo tachaba de viejo obsceno y grotesco, cuando no siniestro. No lo veía como un estudio estético del cuerpo femenino, sino como burdo voyerismo. La verdad es que Estévez se deleitaba decorando sus agendas con estas estampas de mujeres desnudas. Era pulcro y organizado en la disposición de las láminas, les daba un arreglo artístico. Era como un niño con su álbum de chocolatinas o de Panini, como un chicuelo que ama ordenar la gaveta de su ropa. La chica fisgona no se detenía a mirar este detalle. Venía lanza en ristre con la frase difamatoria: ese viejo cochino.

Historias del bosque hondo era el libro de Estévez con que Marcos se las veía al pergeñar el ensayo para Restrepo.

¿Qué es lo que más atrae del libro? Primero, la forma peregrina como es analizada y descrita la vida de los animales. Segundo, la preocupación por plasmar un lenguaje ajeno al lugar común, divorciado de las frases hechas. El rigor lingüístico. La fuerza expresiva de un estilo cuyas características se van sucediendo a lo largo de las páginas. Un estilo que consiste en ir hasta el límite creativo de las palabras. Entonces se sabe de las muchas posibilidades que tienen los vocablos para un creador que no se conforma con los clichés, sino que inventa su propio mundo idiomático. Tercero, la perfección buscada y conseguida. En esta obra no existen incoherencias, no hay fárrago, y el verbo tiende a la economía, sin que decline el poder de la expresión.

Esta obra podría definirse como un tratado etológico. El animal es examinado en su medio y en su conducta (sus costumbres). No es un comportamiento humanizado, como sucede en los animales de Kipling, por ejemplo. Es un comportamiento animal. Y se concluye que todo en el animal es una lucha continua por la supervivencia de la especie.

En el libro hay algo de apología a la organización, eficacia, ferocidad y belleza del mundo animal. También está la hipótesis de que los animales aprenden: como lo vemos con el perro Gardel después de que la cerda cimarrona lo deja tan mal librado.

En el terreno de la forma hay otro elemento digno de destacar: la amenidad de la prosa, alejada de prolijas parrafadas, resuelta en cortos párrafos, en breves frases que se suceden y suceden. Además se advierte el propósito, en ciertas partes de la obra,  de alcanzar una tonalidad poética.

En cuanto hace a la técnica, todo está bien logrado: los personajes, el entorno, el ritmo. Pero, ¿cuál es el espinazo del libro? ¿Cuál es la idea fundamental, en torno a la cual giran los hechos? Estévez no persigue otro fin que demostrar que el reino animal es un orbe de conductas específicas transmitidas de individuos a individuos a través del tiempo, cuya finalidad es la supervivencia. Los personajes humanos se ven desplazados por los caracteres animales. No todos, realmente, porque el viejo colono, fumador de pipa, cazador, antiguo empleado de ferrocarriles es un personajote. Pero incluso él sirve al propósito esencial de ensalzar rasgos ignotos del comportamiento animal. La inteligencia, belleza, vigor, astucia del tigre logran conmoverlo a tal grado que le perdonara la vida si el azar no dispone lo contrario.              

  


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