lunes, 26 de julio de 2021

Mi maestro XXXIII

*Había ocasiones en que José Libardo Porras se sentaba con Estévez en la cafetería de la universidad. Acababa de dictar su cátedra y, en pos de la salida de Barranquilla, topaba al maestro en Kokorico. Era inevitable, y de ley, el saludo. José Libardo le presentaba sus respetos a Estévez, buscaba una silla y cruzaba unas palabras con su paisano. Qué figura señera y rara hacía este vejancón en la cafetería, sentado, abstraído en el estudio. Es un catedrático, es un escritor, murmuraba la gente. Los que lo conocían y le profesaban admiración (y sobre todo si tenían el obsequio de su confianza), se acercaban a platicarle. Estévez sabía agradecer el gesto y les decía: “acerque una silla”. Que este hombre misántropo ofreciese una silla era mucho decir. José Libardo era una persona de todo el gusto del maestro. Había sido de los primeros egresados de su taller, y ya era un escritor reconocido, con libros publicados y premios. Luis Fernando Macías también se apareció una que otra vez por la clase de Estévez.

El primer día en que Marcos llegó al Pascual Bravo, donde adelantaría la práctica docente, se sorprendió al escuchar el pomposo título de “escritor” que los colegas empleaban para referirse a cierto individuo. Marcos necesitaba hablar con Ignacio Villa, su asesor, a quien no conocía. Un maestro lo oriento: “vaya a la sala de los tintos, demás que está allí. En cualquier caso, allí está el escritor.” Al dirigirse al lugar aludido, Marcos se preguntaba qué clase de persona merecía tan ilustre rótulo. Era una sala ancha, luminosa, con rojos muebles. Había dos hombres hundidos en el sillón. “¿Ignacio Villa?”, inquirió, Marcos. Le respondió el más maduro y trigueño. Se estrecharon la mano. Ignacio dijo: “¿conoce al señor?”, y le señaló a Macías. Así que el “escritor” no era otro que Luis Fernando Macías. “No”, mintió Marcos. En consecuencia, hubo la presentación del caso. “Luis Fernando Macías, jefe del departamento de Humanidades”, añadió Ignacio. Marcos estrechó la mano a Macías. Su apretón de mano fue más cálido y enérgico que el de Ignacio (flojo, frío, fastidiado), algo que Marcos, en su interior, abonó al letrado. La mirada que Marcos cambió con Macías le hizo sospechar que este captó el engaño con respecto a que no lo conocía, que solo por desdén o recelo lo negaba. Macías tenía unos ojos sagaces. Su cuerpo lucía una soñolienta inmovilidad, una grave apariencia, algo pétreo, de presunción y soberbia. Era un hombre de barba rala, con mirada escrutadora, que traía un bastón de madera barnizada. Por supuesto, Marcos lo conocía. Hasta había leído uno de sus libros, una novelita titulada Amada está lavando.

Con Luis Fernando Macías solo tuvo este escaso intercambio de palabras; con José Libardo Porras, ni eso pudo lograr. Era un individuo alto, de porte un poco envarado. A las mujeres debía resultarles un tipo apuesto, por la estatura. Tenía garbo, pero había cierta discordancia entre su torso y sus piernas, por lo que se veía raro. Vestía pulcramente, zapatos lustrosos, jerseys de colores moderados. Había algo hierático en él. Su rostro no era del todo agradable, quizás por la erupción cutánea que padecía, visible cuando uno se le aproximaba.  Su voz era cauta. La mayoría de las veces traía una agenda en la mano. No era de esos que portan bolsos o mochilas que estereotipan a los universitarios. Usaba gafas. Había sosiego en su mirada. Marcos Coincidió con él en muchos lugares (la universidad, las tabernas de salsa, la calle, un colegio, un hospital), pero jamás cambiaron más que asépticas miradas neutras. Un día Marcos fue al colegio San Ignacio, donde el profesor Óscar López, que trabajaba allí, debía entregarle unos documentos. Óscar compartía oficina con José Libardo. Este entró cuando los otros dos conversaban. Su trato fue distante. Marcos jamás supo por qué José Libardo y él se rehuyeron siempre. Quizás existiese algo de eso que llaman celos profesionales. La verdad es que José Libardo era un tipo retraído, que solía ir a las tabernas solo, situándose en un rincón de la barra, donde se bebía unos aguardientes o unas cervezas. Marcos jamás lo vio bailar, a pesar de que la atronadora y rítmica música que inundaba el sitio no invitaba a otra cosa: mover el cuerpo, desatarugar el alma con la catarsis del baile. Ambos eran bohemios. Se aparecían por los cafés y los clubes nocturnos con un aire desenfadado, casi apático. Un aura de insomnio les presidía. Cierta tarde Marcos se hallaba en la Exfanfarria en compañía de Elina y de Arteaga. De pronto, Arteaga lanzó un comentario burlón: “miren, la literatura da plata”. Era que Porras acababa de bajarse de un Renault 12 azul. ¡Porras con carro! Cerró la portezuela con un ademán estudiado y atravesó la calle con languidez. Vestía con desaliño. El automóvil, nada flamante, para ser sinceros, permaneció aparcado al borde de la calzada, ajeno a la altivez con que Porras se internaba en la atmósfera prosaica de la taberna y se sentaba a beber una cerveza.

Marcos escuchó por primera vez el nombre de Porras de labios de Blandón, relacionado con el círculo literario del taller de Estévez. Blandón elogiaba el estro creador de Porras, colocándose con respecto a este en una posición inferior. En la época en que Marcos era un neófito, cuando Blandón fungía como su cicerone en las letras, fue deslumbrado por el nombre y la figura de Porras. Tanto que escribió un poema en su honor, como había escrito otros tantos en homenaje a Restrepo, a Luis y al mismo Blandón. Poemas que no mostró a nadie. Ahora, al verlo entre la multitud que infestaba las tabernas, la imagen de Porras no podía parecerle más insípida y petulante. Pasaba por ser un cliente tranquilo, observador, pero acaso dentro de sí juzgase duramente a los que lo rodeaban. Su distanciamiento del mundo no decía otra cosa.                          

Una mañana Marcos se cruzó con José Libardo en la sala de espera de una clínica. Ya se murmuraba que padecía un cáncer. Porras traía en la mano unos sobres de manila, parecidos a esos en que uno enviaba las obras a los concursos. Se veía disminuido. A Marcos le pareció que la circunstancia del deterioro de la salud hacía más fiera la reticencia de Porras. Marcos trabajó en Belén del 2012 al 2015. En esa época vio a menudo a José Libardo en las cercanías del colegio. Era en las mañanas. Porras salía a caminar en compañía de su mascota, un perro grande, color nata. Ni siquiera entonces condescendieron a un saludo. 

  


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