Otros rostros del taller: César
De César ya se ha hablado en la
anécdota en que Marcos birló un libro de la Piloto. César descubrió el acto de
Marcos y, aunque no lo censuró con palabras escuetas, le dirigió una mirada y
una actitud de reproche. Se ha dicho que era un individuo aparte, muy
reservado, de maneras suaves, que trabajaba todo el día en un taller de
publicista. En el episodio en que Soledad rompió en llanto en plena clase,
César se mostró conocedor del carácter femenino y explicó a los contertulios
más próximos los resortes internos del comportamiento de aquella. Se ha dicho
asimismo que alguna vez Marcos compartió con César el recorrido pedestre de la
Piloto al centro, a la salida de la sesión. Y en otra ocasión Marcos vio a
César paseando por Junín en compañía de un joven. La barba a lo griego y su
mulatez eran lo más notable en César, y su seriedad, y su contención, y también
cierta impulsividad en los gestos y en las palabras.
César era un tipo que escribía en
serio, de los que han tomado la escritura no como pasatiempo, sino como impulso
del espíritu. Esto lo comprobó Marcos años después, al toparse con César en la
zona de comidas de Camino Real. César le obsequió un magazín donde había un
escrito de su autoría. Tenía una columna relacionada con el cine. Era una
autoridad en la materia. Quizás ninguno de nosotros seguía el consejo de
Pavesse de amarrarse a la silla, ni tenía la rutina de galeote de ocho horas
diarias de Truman Capote y García Márquez. Pero sí había algunos que se lo
tomaban a pecho, que trabajaban a conciencia. Era hasta cómico, y Marcos no
dejaba de reírse, de algún compañero que a lo largo de los años seguía con la
misma agenda azul, todavía con bastantes páginas en limpio, y que siempre
estaba planeando escribir las historias que lo resarcirían. César no era de
estos.
Cierta vez Marcos se cruzó con
César en el andén de la biblioteca de la Universidad de Antioquia. César se
hallaba sentado en una mesa, absorto en la lectura de una novela. En un aire
divertido, comentaron la confusión eterna de Marcos con el nombre de su amigo,
al que siempre llamaba Rubén Darío. Esta vez no había sido la excepción.
“Cesar”, no se cansaba este de precisar. “Ah, sí, César. Sólo tengo que
acordarme del caudillo romano, el que pasó el Rubicón y abrazó la gloria”. Desde
su superior posición de profesores (César dictaba una cátedra en un instituto),
hablaron de la pereza mental generalizada entre los alumnos, trátese del nivel
que se trate. La novela que César leía era Puerto silencio, de Soto Aparicio.
Así que hablaron de Soto Aparicio y de otros escritores colombianos
injustamente menospreciados. Hablaron de que los libros nos llegan a su debido
tiempo, que los podemos tener a la maño durante años y no los leemos sino
cuando es su hora. A César le había pasado esto con Ulises y con Yo el supremo,
en tanto que a Marcos le ocurría con Sobre héroes y tumbas. César contó que había leído este
libro de Sábato años atrás, en un aura de inefable maravilla. También contó (y
su voz era suave, viril, parda) que había comprado un computador, y ensalzó las
prodigiosas posibilidades de tal máquina. Además le confió a Marcos que se
había independizado en el negocio del diseño. Marcos sentía pena de turbar la
concentración de César, así que hizo varios amagos de partida. Acababa
dilatando su resolución, por los sucesivos encendimientos del palique. Terminó,
al fin, por despedirse, sumergiéndose en la juvenil noche, entre los grupitos
de estudiantes que platicaban en la penumbra de las jardineras, las escalas, la
cafetería. La noche susurraba, y César quedó sumido en su deleitoso Puerto
silencio.
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