martes, 27 de julio de 2021

Mi maestro XXXIV

Otros rostros del taller: César

De César ya se ha hablado en la anécdota en que Marcos birló un libro de la Piloto. César descubrió el acto de Marcos y, aunque no lo censuró con palabras escuetas, le dirigió una mirada y una actitud de reproche. Se ha dicho que era un individuo aparte, muy reservado, de maneras suaves, que trabajaba todo el día en un taller de publicista. En el episodio en que Soledad rompió en llanto en plena clase, César se mostró conocedor del carácter femenino y explicó a los contertulios más próximos los resortes internos del comportamiento de aquella. Se ha dicho asimismo que alguna vez Marcos compartió con César el recorrido pedestre de la Piloto al centro, a la salida de la sesión. Y en otra ocasión Marcos vio a César paseando por Junín en compañía de un joven. La barba a lo griego y su mulatez eran lo más notable en César, y su seriedad, y su contención, y también cierta impulsividad en los gestos y en las palabras.

César era un tipo que escribía en serio, de los que han tomado la escritura no como pasatiempo, sino como impulso del espíritu. Esto lo comprobó Marcos años después, al toparse con César en la zona de comidas de Camino Real. César le obsequió un magazín donde había un escrito de su autoría. Tenía una columna relacionada con el cine. Era una autoridad en la materia. Quizás ninguno de nosotros seguía el consejo de Pavesse de amarrarse a la silla, ni tenía la rutina de galeote de ocho horas diarias de Truman Capote y García Márquez. Pero sí había algunos que se lo tomaban a pecho, que trabajaban a conciencia. Era hasta cómico, y Marcos no dejaba de reírse, de algún compañero que a lo largo de los años seguía con la misma agenda azul, todavía con bastantes páginas en limpio, y que siempre estaba planeando escribir las historias que lo resarcirían. César no era de estos.

Cierta vez Marcos se cruzó con César en el andén de la biblioteca de la Universidad de Antioquia. César se hallaba sentado en una mesa, absorto en la lectura de una novela. En un aire divertido, comentaron la confusión eterna de Marcos con el nombre de su amigo, al que siempre llamaba Rubén Darío. Esta vez no había sido la excepción. “Cesar”, no se cansaba este de precisar. “Ah, sí, César. Sólo tengo que acordarme del caudillo romano, el que pasó el Rubicón y abrazó la gloria”. Desde su superior posición de profesores (César dictaba una cátedra en un instituto), hablaron de la pereza mental generalizada entre los alumnos, trátese del nivel que se trate. La novela que César leía era Puerto silencio, de Soto Aparicio. Así que hablaron de Soto Aparicio y de otros escritores colombianos injustamente menospreciados. Hablaron de que los libros nos llegan a su debido tiempo, que los podemos tener a la maño durante años y no los leemos sino cuando es su hora. A César le había pasado esto con Ulises y con Yo el supremo, en tanto que a Marcos le ocurría con Sobre héroes  y tumbas. César contó que había leído este libro de Sábato años atrás, en un aura de inefable maravilla. También contó (y su voz era suave, viril, parda) que había comprado un computador, y ensalzó las prodigiosas posibilidades de tal máquina. Además le confió a Marcos que se había independizado en el negocio del diseño. Marcos sentía pena de turbar la concentración de César, así que hizo varios amagos de partida. Acababa dilatando su resolución, por los sucesivos encendimientos del palique. Terminó, al fin, por despedirse, sumergiéndose en la juvenil noche, entre los grupitos de estudiantes que platicaban en la penumbra de las jardineras, las escalas, la cafetería. La noche susurraba, y César quedó sumido en su deleitoso Puerto silencio.               

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