sábado, 31 de julio de 2021

Mi maestro XL

Restrepo no se fiaba de los talleres de escritores. Estimaba a Estévez por su calidad como escritor y como persona, pero su actitud era de suma reserva cuando Marcos le hablaba del taller. Luis era otro que demostraba desconfianza de estos cenáculos. Al contrario de Restrepo, que acogía la figura de Estévez en una cálida comprensión, Luis no acababa de tragárselo. ¿Qué era al fin de cuentas un taller de escritores? Así como existen academias de pintura, de equitación y de toda índole de artes, es natural que los que anhelan formarse en la escritura también tengan donde acudir. Y esta era la oferta del taller de escritores. No hay nada descabellado en ello. Pero hay gente que le tiene tiña. Es preciso anotar que el de Estévez y el de Mejía Vallejo iban más allá de un simple curso de redacción. Eran espacios para literatos, para los picados por el morbo de la creación. Por supuesto, se hablaba de las habilidades básicas de la exposición escrita, brevedad, claridad, concisión y esas cosas. Pero a la hora de abordar el tema literariamente, el referente bibliográfico marcaba la diferencia: Italo Calvino y sus Seis propuestas para el próximo milenio, por ejemplo. El autor italiano afirma que debemos resguardar algunas cualidades importantes de la buena literatura, y propone la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad (imágenes), la multiplicidad (el libro que sea todos los libros) y la consistencia (solidez estructural). 

Es natural también que exista cierto recelo contra los talleres de escritores, en el sentido en que opinaba Blandón, por ejemplo, en que pueden coartar la imaginación. Esto depende del orientador y de sus premisas. Estévez era apegado a la técnica, al decálogo del escritor, al estilo de Horacio Quiroga, algo que podía ser frustrante para algunos espíritus poéticos y fantasiosos. Porque hay gente que es más suelta, que abomina de entrada de las reglas y las cortapisas. Se escribe con libertad, con sueños, no con estructuras y recetas. ¿Quién tiene la razón? Es una eterna dicotomía. 

Ángela, compañera de Marcos en la u, puso el grito en el cielo el día en que vio la agenda de Estévez y sus láminas eróticas, lo tachó de viejo verde. Desde esa oportunidad, Estévez le entró en reversa, lo tenía en mal concepto. Por nada del mundo se matricularía en una clase con él. Era una mujer a la que le gustaba escribir. Tenía por costumbre anotar sus sueños. Siempre quiso reunirse en una tertulia donde pudiera leer sus escritos. Con el tiempo acabó recalando en el taller de Jairo Morales. Es que además de Mejía Vallejo y de Estévez, la Piloto tenía otro tallerista, Jairo Morales, escritor reconocido. De hecho, Estévez lo incluyó en su primera Antología Comentada del cuento antioqueño (su cuento, "Por casasolo"). Era producto de los talleres de escritores, como José Libardo Porras, Luis Fernando Macías y Olivia Osorio Rivera, entre otros. Ángela estaba amañadísima en el taller de Jairo Morales. Marcos habló alguna vez con ella al respecto, y lo que sacó en claro es que era un espacio parecido al de Mejía Vallejo, donde una dama apasionada por la escritura podía leer tranquilamente sus textos, sin el temor de una crítica acerada. Se escribía, se leía y comentaba en la sesión, etcétera. Después de la muerte de los dos viejos escritores (Mejía Vallejo en 1998, Estévez en 2007), el reinado pasó a manos de Jairo Morales, que continuaba con el legado de estos maestros. Ángela parecía tan contenta que Marcos sintió la curiosidad de acercarse algún día por el taller de Jairo Morales. Pero el cosquilleo le duró muy poco. 

Lo que Marcos veía era que, desde el punto de vista de los que dirigían los talleres de escritores, el asunto era un trabajo, ni más ni menos, una opción monetaria. Era una labor de docencia, donde se cobraba un sueldo. No lo hacían por capricho o por amor al arte, no. Recibían un estipendio, como es de esperar. Era una forma de acrecentar las entradas, de ajustar el presupuesto mensual. En lo tocante a la Piloto y, en general, a la administración municipal, el taller era una obra de extensión cultural a la comunidad. En suma, era una política tendiente a la recreación de las masas, un deshollinador. Estévez llegó a dictar talleres, simultáneamente, en varias instituciones. Así que se granjeaba sus pesos. Era un hombre metódico en gastos. Vivía bien, con comodidad. Y lo mismo, supone Marcos, Mejía Vallejo, y también el último rey, Jairo Morales. A rey muerto, rey puesto. Imagina uno cuántos plumígrafos habrá tras el puesto que un día quedará vacante. 

Algo se aprende en el rodaje. Además, dicen por ahí que lo que se hereda no se hurta. Marcos también dirigió su tallercito de escritores. En su oficio de maestro de secundaria, en los diversos colegios por los que rodó, siempre mantuvo la veleidad de echarles ojo a los pelaos que descollaban en la escritura. Aprovechaba los descansos para reunirlos y transmitirles los conocimientos aprendidos de Estévez. Pero evitaba hablarles con tecnicismos. Era una labor ad honores, por supuesto, a la que los directivos dedicaban una regia indiferencia.                             

Mi maestro XXXIX

*De pronto era premiado con la irrupción inesperada de un rostro. Se iluminaba la memoria y, contra esa hornada de luz, como ante un crepúsculo, se perfilaba la figura: Alejandro (El pastuso). Claro, este también asistía al taller de Estévez. Alejandro era vecino de Marcos y de Blandón y de Joaco en el barrio Las cabañas. Vivía en el primero de los cinco bloques que se alineaban al final de la Gran Avenida. Marcos y Blandón moraban en el penúltimo de estos edificios, y Joaco en la unidad del frente, en Villa Norte. El pastuso era un hombre menudo, con una buena mata de cabello negro, muy inquieto con la literatura. Sí, fue otro que pasó por la fragua del pelicano. Seguro que si preguntaba a Blandón, le confirmaba el dato. Alejandro, por supuesto. En el bloque contiguo al de El pastuso también había otro señor aficionado a las letras, uno larguirucho y como caído del zarzo, muy buena gente, risueño: sí, era otro que escribía, aunque quizás nunca fue al taller, o tal vez una que otra ocasión acompañara a El pastuso al abrevadero de Estévez.  Así que había un manojo de escritores en ese sector, y esto refiriéndose  únicamente a los conocidos por Blandón y Marcos, porque quién sabe cuántos más habría por allí, esa peste prolifera. El pastuso, que acaso fuese un académico o un periodista, se la llevaba bien con Blandón.  En sus años veteranos, un día en que caminaba por El estadio, Marcos se cruzó con El pastuso, que ahora vivía en esta zona, y que solía salir a trotar por allí. Se reconocieron y se detuvieron a cambiar unas palabras. El pastuso le contó que seguía en plena actividad creadora, escribiendo para periódicos y revistas, todavía en el azogue de las letras. Otro Espitia, pensó Marcos. Claro, ahora que reflexionaba, El pastuso y Espitia parecían cortados con la misma tijera. Unos tipos faroleros y engreidotes, de esos que les gusta mostrarse y meter ruido. El pastuso compartió a Marcos su teléfono y una dirección virtual, que él anotó más por cortesía que por otra cosa. Es un impulso natural el prurito de mostrar lo que escribimos, recibir el halago de un buen comentario. Pero hay gente que se pasa de decibeles. La opinión de Marcos era que no había que dar la lata con eso, que era una debilidad asquerosa. Escribir es una compulsión, bien lo decía Estévez, no farándula. Si a la vuelta de la esquina un buen samaritano te obsequia con un elogio, bienvenido. Lo común es que la mayoría se desinterese de estas cosas y, en general, que escatimen la palabra de estímulo. Es parte de nuestra naturaleza, de nuestro oscuro corazón.

En las hornadas de luz del recordar venían esos rostros, algún nombre, un sitio. La panadería Palacio de Carabobo, que Marcos frecuentaba en la época en que vivió en el centro. Las empleadas usaban uniforme amarillo y bonete del mismo color. Una reja dividía el espacio destinado a las vitrinas y al público y a la panadería en sí. La caja estaba cerca a la división, por dentro. Detrás, el amplio campo con los compartimientos para las latas de la parva y el lugar donde se movían los panaderos, mujeres en su mayoría, con el mismo traje amarillo. Esto era por allá en 1995. Pues bien, en 2007, viviendo ya en San Antonio de Prado, Marcos intentó visitar a Estévez en la clínica. Fue allí un miércoles santo como a la una de la tarde, pero las visitas eran muy restringidas, sólo media hora, de 10 a 10,30 de la mañana. Sólo se permitía a su esposa (Alba Lucía) acompañarlo. Ella le sostenía la mano todo el tiempo. Estévez estaba entubado, no reaccionaba. Era ya de otro mundo. Ante la imposibilidad de ver al maestro, Marcos vagó un rato por las calles y acabó arribando a la Panadería Palacio. El cajero, joven y engominado, bostezaba tras la reja, al tiempo que hojeaba una revista. Su boca, al abrirse en el involuntario movimiento muscular, semejaba el cráter de un volcán donde la urbe estuviese destinada a sumergirse por efecto de una implacable fuerza centrípeta. La empleada, regordeta, se movía con aperezados y graves ademanes. Marcos pidió un pastel gloria y un refresco.

Tampoco pudo ir al velorio. En esos días se pasó de casa y no le habían instalado el teléfono. Blandón trató de comunicarse con él, dejó el mensaje a su madre, en vano. Su hija se dio cuenta, por un sufragio a la entrada de la u. Telefoneó a la mamá y así se enteraron. Marcos prefirió recordar al maestro como lo vio la última vez, en un homenaje que le brindó la Eafit, en el marco de la Feria del Libro, parejo a la publicación, por esta misma entidad, de un libro de cuentos suyo.  En esa ocasión Marcos estuvo acompañado por su esposa y su hermana Juana con su novio gringo. Escucharon las palabras de Estévez: “Se escribe de lo que se conoce. No doy mucho crédito a la imaginación”. Ahí era donde no estaba de acuerdo con el maestro. Para Marcos la imaginación era el condimento de la literatura. Los hechos desnudos lo llevan a uno a una perfección amarga. Y como dice Goya, “el sueño de la razón produce monstruos”. La interpretación generalizada de esta frase (López de Ayala) es que la fantasía abandonada de la razón produce monstruos, y unida a ella es madre de las artes. Otra, que cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones. Pero Marcos volvía del revés el sentido de la frase de Goya. Sin duda, en vida del pintor español estaba en boga el racionalismo, esa tendencia a explicarlo todo por la razón, que, según Kant, no es otra cosa que el sentido común. Pero el sentido común suele ser el menos común de todos los sentidos. Al cabo del tiempo la razón acaba por mostrar su turbia faz y tenemos Treblinka, el Holocausto. Ser fiel a la verosimilitud es casarse con esa razón seca e hirsuta que acaba por abocarnos al abismo. Es mejor soltarse en brazos de la fantasía.

No se quedaron en el cóctel. Era la fiesta de Estévez. Las cámaras lo enfocaban. Del auditorio le llovían preguntas. Esa noche brilló. Pero su destello fue como el de una estrella moribunda. Se apagó al poco tiempo.

viernes, 30 de julio de 2021

Mi maestro XXXVIII

*Así como en la historia política existen varias Cartago (palabra de origen fenicio que significa “ciudad nueva”), en la del taller de Estévez hubo al menos un Aníbal. Aníbal Gutiérrez, al que Marcos motejaba Aníbal Rococó, por su tendencia al léxico rebuscado. Una vez llevó a clase un diccionario María Moliner, cuyo objeto era más la vanidad de poseer y mostrar que algún fin práctico inmediato, porque a la sesión no se iba a hacer tareas ni a consultar vocabulario. Estévez tampoco se dejaba impresionar por un María Moliner. Alguna vez el Carnudo, que invertía plata en libros sin miseria, le ofreció esta obra, y el maestro la rechazó con un comentario desabrido. Estévez sabía, sin embargo, y lo predicaba en sus lecciones, que el de María Moliner era un excelente diccionario. No era de los que les gusta aparentar ni exhibirse, así que tampoco aplaudía estos actos en los demás.    

La Cartago más antigua es la africana, la actual Túnez, famosa por sus guerras con los romanos y por sus adalides: Amílcar, Asdrúbal, Aníbal. También existe una Cartago en Costa Rica, y una más en el Valle del Cauca. Pero un Aníbal Gutiérrez presumido y rebuscado solo lo había en el taller de Estévez. Marcos lo recuerda como un sujeto añoso y coloradote. Sus escritos eran ampulosos y barrocos. Pasados los años, recordando antiguos alumnos del taller y denotando alguna confusión, Marcos preguntaba al Carnudo por Aníbal, tomándolo por Edgar, su tocayo. Edgar era otro integrante de la clase de Estévez, bajito, regordete, adamado, que recitaba poesía negra y que intrigaba en un directorio liberal. Por aquel tiempo organizó una velada en la sede política y encargó al Carnudo que invitara a Marcos para que leyera sus poemas. Aunque odiaba todo eso, Marcos se dejó convencer por su amigo, y una noche acompañó a sus dos contertulios a una casona por los lados de Prado Centro. Ante un auditorio escaso y poco ilustrado, dio voz a sus versos. Tras el regodeo poético (demás que Edgar declamó algún poema de Candelario Obeso o de Jorge Artel), pasaron a asuntos más espiritosos, el cóctel. Quizás también hubo una presentación musical. Era lo de siempre, y Marcos se fastidiaba de que, necesariamente, fuera así, tan burdo y tan bajo en el fondo. Había los que asistían a esos convites culturales solo por el cóctel, por la oportunidad de beber unos tragos de gratis, en fin, gorreros. Al final, la poesía era la cenicienta del paseo. Más allá de la inquietud de que sus poemas gustaran o no, Marcos se reprochaba haberse prestado a semejante mascarada. Recordaba el poema de Kavafis en que aconseja al artista no prostituirse, y se sentía mal.          

Pasados los años, conversando con el Carnudo, Marcos inquiría qué había sido de Aníbal Rococó. El Carnudo no sabía gran cosa de él. En la época del taller, prestaba a Aníbal el servicio de cambio de dólares. Lo último que sabía era que se había ido a vivir a Llano Grande. De seguro se llevó su María Moliner, y seguiría escribiendo recargadas e intrincadas prosas. Buscaría ad aeternum su Cartago ideal, en contienda perpetua con las palabras, su enemiga Roma. Se recrearía creando verbos a los que solo él podría meterles el diente, pero de indudable novedad. Es como en el ajedrez, una novedad siempre es bien recibida. Sin embargo, hay innovaciones nefastas, por no decir ridículas. El frío de Llano Grande invitaría a unos buenos aguardientes. El alcohol ha sido buen amigo de los plumíferos. Mejía Vallejo se presentaba jalaíto a su taller. Estévez sí era un hombre íntegro en este sentido.

Marcos imaginaba a Aníbal escribiendo como el gato Rufo (del cuento Avatares, de Estévez) peleando con una culebra mapaná (la historia). En el relato de Estévez el felino sale vencedor, pues es baqueano en estas contiendas con sierpes. Días después de este triunfo, el gato es hallado muerto, mordido por una mapaná, que se tomó desquite de los perjuicios que Rufo causara a su especie. Y Estévez concluye que toda la vida los gatos han matado culebras y viceversa, que esto seguirá sucediendo, que no existen vencedores ni vencidos, sino una lucha constante y un  constante avatar.

Igual con los escritores y sus historias, piensa Marcos.         

jueves, 29 de julio de 2021

Mi maestro XXXVII

 *Aquí está el libro, en mis manos. Un día de esos que regresé a la u como exalumno, me acerqué a la editorial y lo reclamé. Ahora recuerdo a Restrepo. Restrepo dejó de dictar clases, se pensionó, pero siguió vinculado a la u, trabajando en la editorial, allá en ese bloque vecino al de ingeniería y a la cancha de fútbol, próximo a la salida de la Avenida del Ferrocarril. Una o dos veces fui por allí a saludar a Restrepo. Con su estampa tranquila y venerable, Restrepo atravesaba el campus (vivía en Carlos E., solía coger el bus de Circular, bajar en Barranquilla), ahora sin tener que detenerse para nada en el bloque 12, cuarto piso, donde otrora tuviera su oficina de profesor. Ahora hacía un esguince al pasado, a tantos años (quizás, al final, rutinarios, pesados) de docencia, y ensayaba otros rumbos. Qué delicia imaginar el recorrido que hacía, los tránsitos que escogía, verlo atravesar la Plaza Barrientos, pasar frente a la biblioteca y seguir por un lado de la fuente, torcer hacia el bloque 16, pasar por un costado de ingeniería, junto a las casetas de los jugos, ascender por el lado de las canchas de tenis y de fútbol y llegar a su destino, el bloque de la editorial. La editorial, lo mismo que la librería y la biblioteca, cada una en un bloque distinto, definían imaginarias líneas de un Camino de Compostela del saber. Eran lugares profanos, pero investidos con la augusta pátina del conocimiento. Acude a la memoria El nombre de la rosa, de Humberto Eco, la abadía italiana, la biblioteca donde reposa el libro de Aristóteles, los crímenes en serie. Pero Restrepo no iba a la editorial a cometer ningún sacrilegio u homicidio. Su oficio consistiría en el juicio autorizado de un editor, o algo por el estilo. ¡Y qué autoridad tenía! Un poeta de los grandes.

Aquí está el libro, en mis manos. Aquí está el libro, material, físico, palpable, con su peso en gramos, pero también con su porte inmaterial, con su talla inmensurable, con su carne de sueños y visiones: tu Antología. Y hablo de Restrepo porque fue él quien diseñó la imagen de la carátula. Qué bueno que este libro reúna (desde la narrativa y desde el arte gráfico) el espíritu de mis dos amados maestros. Restrepo me obsequió su libro Fábulas. Fue mi profesor de  introducción a la literatura, los miércoles y viernes de 4 a 6, en el aula 11-306. Recuerdo que celebraba mis escritos, la forma concienzuda y a la vez desenfadada como elaboraba los informes de lectura. Se regocijaba con mi osadía, y era capaz de sentir conmigo, (en aquel aula iluminada por la luz artificial e inmunizada por una escrupulosa asepsia), al leer mis ensayos, la atmósfera del carbonífero. Y quizás fue eso lo que sintió Estévez frente a mi prosa, la primera vez que leí en el taller: un aire de helechos sin historia, unión de megaterio y celacanto, en los tiernos bosques del carbonífero. Un amigo común dijo una vez que Luis era un buen escritor, solo que le faltaba osadía. Tal vez yo sea de la misma opinión.

Carne de sueños y visiones, aquí está el libro. Como el de Natalia Pikouch (Cinco Ensayos sobre literatura rusa contemporánea) fue editado póstumo. Una historia similar al del tuyo, el libro de Natalia, lastrado de dilaciones y negligencias. También fue publicado en el 2007, en marzo, por la editorial de la Universidad de Antioquia. Natalia murió en ese marzo, no creo que alcanzara a ver editado su libro. O quizás lo acarició en su lecho de muerte. Mientras la parca tallaba la calavera en su blanca piel nórdica, ella aspiraba el fresco olor de la tinta, el tibio hálito del papel de su libro recién sacado de la hornada. Qué crimen. Qué delicia poder recrearme hoy, al echar un vistazo por los anaqueles de mi biblioteca, con los títulos de las obras de mis profesores: Toda esa gente, En las lindes del monte, Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea, Fabulas. Echar un vistazo, ver los títulos de sus obras, y saber que respiré el aliento de su época, que me imbriqué con ellos en los días, que mi historia se entrelazó a la suya. Restrepo siempre tuvo una sonrisa cálida, un gesto amigo, una palabra elogiosa siempre que le pregunté sobre Estévez. Del 2006 es el motivo de la cubierta que realizó para la Antología. Allí aparece Estévez de espaldas al observador, en medio de una calle, con aire de avanzar, nostálgico, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón. El pelicano luce una camisa clara empretinada, un pantalón café, bien puesto en el atuendo, según la costumbre. Es un hombre viejón, de cuerpo vigoroso, ancha espalda, gruesa cadera. La fotografía se retocó con un artificio gráfico, que indica la pertenencia de Estévez a dos mundos distintos: a la derecha de la avenida los edificios de una ciudad, a la izquierda una cerca hilada de árboles, la hierba, el campo, y sobre todo ello un cielo vasto, de un tinte aceitunado. Estévez marcha altivo entre estos dos planos.                          

miércoles, 28 de julio de 2021

Mi maestro XXXVI

*Fueron muchos años dando lata sobre la publicación de la Antología de cuento de la universidad. Por allá desde 1991. Y el libro salió en agosto de 2007, póstumo. En esos días me llamaron del Alma mater para obsequiarme el volumen, al que tenía derecho como autor de uno de los cuentos. Empresa quijotesca la tuya, entorpecida por los retrasos y la negligencia. En la etapa inicial de ese proyecto editorial, yo todavía vivía en casa de mis padres y comenzaba en mi trabajo de profesor. Quiero suponer que en tu inquietud ante mi ausencia a las sesiones había una sincera preocupación, que no te alentaba solo el temor de perder los libros que me prestabas. De 1988 a 1991 fueron los años claves de nuestro trato. Ya nos habíamos confiado el teléfono. Me llamabas. Me insistías en el uso de la agenda. Entre los segmentos de escritura de las tuyas, intercalabas no solo láminas eróticas, sino también de animales (si no hubieras sido literato, el naturalista o el zoólogo te reservaban un lugar) y recortes de prensa sobre algún tema de ciencia. Te apasionaba la Física Cuántica. Lo que te gustaba de las agendas eran las pastas duras y el papel delicado. Eras un grafómano. Te paladeabas al escribir. Desde el precio de las estilográficas hasta la calidad del papel, incluido el color de la tinta, todo esto te deleitaba. Eras sumamente metódico en los apuntes, cuidadoso de la estética. Comparabas las anotaciones con los ladrillos necesarios para construir una casa. Siempre andabas planificando alguna novela o adelantando cualquier otro texto por encargo. Mientras leías durante la sesión, yo examinaba con objetividad tus manazas salpicadas de pecas, tu cabello de duras hebras blancas y lustrosas, bajo las que se insinuaba la calva. Cuando te sentabas a matar tiempo en Kokorico o en Guayaquil, dando espera a la clase, siempre te ocupabas en escribir o en leer, como si no permitieras ningún resquicio al ocio. Una tarde Blandón y yo, por caminos distintos, llegamos casi al mismo tiempo a la mesa en que te encontrabas. Blandón se acercó unos segundos después que yo. “Busquen una silla y siéntense un rato”. Blandón consiguió una en el acto. Yo tardé más en buscarla, parecía torpe. Nos sentamos a platicar contigo. Nos percatamos de que estabas leyendo un artículo científico en la revista Ciencia e Investigación. Otros cuatro números de la misma publicación (nuevos, recién adquiridos, todavía con la etiqueta del precio) descansaban en la mesa. Blandón traía una bolsa en la mano. A través del plástico se transparentaba un libro verde, uno de sus mamotretos de medicina, sobre toxicología o cualquier otro asunto. Su aspecto aparecía negligente, como si no hubiera tenido tiempo de echar sus cosas en el morral. Venía de Puerto Boyacá, donde había pasado el fin de semana con su novia, que estaba embarazada. Llegó a Medellín a las seis de la mañana y debió salir para clase de inmediato. Blandón contaba esto con un acento mezcla de ardor épico y de fastidio. Era una de esas personas de las que afirmamos, con dulce y benévola sonrisa: “Es un loco”. Se le veía decaído, sin fuerzas, como un autómata. Los semestres finales de la carrera fueron de un desgaste extremo, andaba al borde de la extenuación. El encuentro con su novia no había sido pacífico. Lo del hijo era ya un hecho, una certeza que se ensanchaba cada vez más, que era preciso asimilar y disponer en el curso de la cotidianidad. Fui uno de los primeros a los que confió que iba a ser padre. Al enterarse de que el feto sería una niña, se apresuró a buscar un nombre de la mitología griega. También en esta búsqueda fui confidente de sus inquietudes. Barajamos nombres de diosas, ninfas, reinas. Al final, eligió uno, el más anafórico, donde se repetía la “a”. Después de que nos despedimos de ti, vagamos un rato por la u. Yo terminé yéndome a clase. Él se fue de cacería: “los martes descubro historias”, dijo. Parecíamos unos seres atormentados e irredentos, castigados con un hambre de historias. “Ahora sí, a escribir”, había exclamado Luis Carlos el día de su graduación, al abrazar a sus amigos que lo felicitamos a la salida del Camilo. Quería desatar todo ese fuego represado por las obligaciones de la carrera: “a escribir”. Y toda esa flama eran historias, cuentos, tal vez novelas, material atarugado en el ser, a la espera de tiempo. Bien, ahora llegaba el tiempo. Esperaba que pudiese compaginar el ejercicio de la medicina con la pasión por la literatura. ¿O sería un nuevo fraude cometido contra sí mismo? Los años lo dirían. Ahí estaba Arteaga, con sus agendas llenas de historias, esperando la ocasión de sentarse a escribir sin acoso. Agendas guardadas con celo, supervivientes de cuántos trasteos, de cuántos reveses amorosos, transportadas de una casa a otra, reincidiendo en la gaveta del escritorio, donde acababan criando polvo. Blandón también lo tenía entre ceja y ceja, era otro enfermo, otro mordido por la sierpe del desvelo, con el veneno de las historias pervirtiendo la sangre. Los martes solía descubrir historias. Así que era hasta supersticioso. El martes venía a ser su talismán. ¿No es Marte el dios de la guerra? ¿Los martes peleaba con la novia? Por Blandón te conocí, maestro. Fue quien me llevó a tu Taller. Otro médico, como Luis Carlos. Había escamoteado horas al cansancio para sumar publicaciones. No quiso quedarse de brazos cruzados durante la pandemia, al menos los cuentecitos estilo haiku (que pergeñaba y publicaba en Facebook) le daban la sensación del trabajo literario. “Desnuda bailaba en la noche, desafiando el espíritu y el deseo. La soledad era su pandemia”, tales eran las historias de Blandón en este tiempo. Era preciso ser prácticos, y él había despejado los valores de la ecuación: poco tiempo, trabajo excesivo, el resultado era el cuentecito, que también tenía visos de poema. No eran estas las historias de Luis, ni las mías. Hay que someterse a un trabajo arduo, romper la piedra, ver chispear lascas. Cada uno va en su ritmo, en el apuro de la vida, consintiendo con lo fácil o demorándose en la creación. Es según como cada uno piense. Seguro que tampoco esas serían tus historias, maestro. Debemos buscar lo perdurable. Tejer es difícil. En la brevedad hay mérito. Nadie lo niega. En fin, que cada uno saque sus propias conclusiones.

martes, 27 de julio de 2021

Mi maestro XXXV

Otros rostros del taller: Gustavo Henao, el muchacho blanco y pulcro, sudando la camiseta, Elvia Cecilia, Olimpo.

Gustavo Henao (el profesor y mentor de Arteaga). Era un individuo de buena talla, que solía dejarse pelos en la cara (bigote, barba), maduro, jovial, conversador, con propensión a la calvicie. La memoria de Marcos lo registraba en el ambiente de la Universidad de Antioquia: las jardineras, las cafeterías, el centro de documentación de Educación. Era profesor de secundaria, y también estaba vinculado a un instituto de niños con problemas de aprendizaje, o algo parecido. Era amigo de Arteaga. De hecho, ya se ha dicho que fue quién lo llevó al taller de Estévez. Arteaga lo apreciaba mucho, porque fue su profesor de español en el bachillerato, y porque su ejemplo lo estimuló a estudiar la misma vaina. Arteaga cursaba noveno o décimo y Gustavo, al verle madera para la literatura, lo puso en contacto con Estévez. Gustavo era viejo pupilo del taller.

Gustavo Henao, tranquilo, risueño, gastado por el trabajo de la tiza. Cuántas veces coincidió con Marcos en los encuentros con Arteaga en la u o en la casa de este. Hasta estuvieron en algún convite en el apartamento de Los Colores, donde tuvo lugar el conflicto conyugal de Arteaga y el posterior desquite de la consorte: sus libros empacados en cajas y puestos de patitas en la calle. Gustavo Henao fue otro del molde de Estévez en lo tocante a las letras. Alguna vez también Marcos y Henao se vieron en el taller, aunque Henao ya estaba de salida cuando Marcos ingresó. Arteaga lo tenía en alta estima como escritor: fue quien le envenenó la sangre con la fiebre de los versos. Además de ser su mentor literario, Gustavo era un camarada de Arteaga y debió servirle de apoyo moral en sus líos de pareja.   

Asistió también al taller de Estévez en aquellos días un muchacho blanco, pulcro, de aire distinguido. Marcos no recordaba su nombre. Era un joven pausado y calmo, que no se cohibía de participar en la clase, siempre con aplomo y recato. ¿Qué habrá sido de él? También estaba matriculado en un pregrado de la u, tal vez en español y literatura. Marcos solía cruzarse con él en los pasillos y las cafeterías. Se saludaban y conversaban. Era delgado, de claros ojos y cabellos, de tenue voz, muy amable en el trato. Sí, fue otro que pasó por esa especie de Fragua de Vulcano que fue el taller de Estévez. Podía ser del mismo temple de César, en lo suave de la personalidad, pero mientras en este se adivinaba una procedencia popular, en aquel joven se apreciaba un aire de clase, de buena familia. Quizás fueran ideas que Marcos de hacía. Aquel muchacho bien podía ser de extracción vulgar, como la mayoría de ellos. Sino que era pulido, y vestía con donairosa sencillez. Se reía con moderación y jamás alzaba la voz. Marcos jamás volvió a saber de él. Quizás se hubiese enrolado en la enseñanza y se marchara a un puebluco. O tal vez, valido de un influyente padrino, se desempeñase de por vida en un despacho burocrático.

El sujeto que obtuvo el segundo puesto en el concurso donde Marcos triunfó con Lucero, también fue del taller. El título de su  cuento era Sudando la camiseta. Cuántos cuentos, cuántos títulos. Si cada cuento fuera un título de una tierra, a la usanza de los conquistadores, esos señorones abusivos, cuán rico fuera un escritor. Sabemos de títulos de obras de ficción, mas no de títulos de tierras. En consecuencia, somos unos pobretones. Y cuántos títulos. Ojos de perro azul, Con sabor a fierro, Lucero, Afanes, Sudando la camiseta. Estévez les hablaba de eso. Por lo general, el título es lo último que se pone en un cuento. La estampilla, por decir algo. Es aconsejable barajar una decena o más de títulos, y descartar, hasta quedarnos con el que es. Un buen título es medio cuento. Debe provocar, como un amor a primera vista. Lucero, era el título del cuento de Marcos. Trataba de la niñez, de la inocencia perdida, de los fantasmas del recuerdo. ¿Por qué le gustó ese cuento al maestro? Técnicamente, estaba bien logrado. Por otra parte, destellaba poesía.

Sudando la camiseta se mostró sorpresivamente avaro en la ceremonia de premiación, no regaló ni un solo ejemplar. Ni siquiera por darse el gusto de firmar autógrafos. Qué tipo más raro. No los iba a regalar así nomás. Eran para su familia. Fue la excusa que dio. Debía tener una parentela abundante. Firmar autógrafos es una vanidad que hay que permitirse cuando la ocasión salta al paso. Hay que agarrar al vuelo los placeres de la vida. Pero ese pobre Sudando la camiseta no sabía lo que era ceder, dejarse llevar en el flujo de las cosas. No podemos ser tan rígidos. Un tacaño, eso es lo que era. Y Marcos de manirroto, obsequiando los libros a espuertas, como si no tuviese familia ni amigos. Acaso lo hacía por rebeldía, para causar escozor. Andaba muy chispo por las condiciones un tanto indecorosas en que ganó ese premio. Y sólo esperaba sacarse el clavo.

Los organizadores no tuvieron la liberalidad de repartir unos ejemplares a los asistentes. ¿Qué tal esa? ¿O es que Marcos no lo recordaba bien? Lo recordaba perfectamente. Se veía entregándole a Fausto uno de sus libros. ¿Lo conservaría? Intercambió la obra con Sudando la camiseta, pero el librito se le traspapeló a poco. Quizás porque no le gustaba conservar testimonios de la avaricia.

Elvia Cecilia estudiaba primaria. Era amiga de Blandón. Estuvo en el taller, en una camada previa a la de Marcos. Elvia sí escribía. Marcos nunca fue cercano a ella, aunque solía verla en el campus. Elvia era a la vez maestra de escuela y estudiante. Siempre parecía agobiada de trabajo, cansada, seguro que envejecería prematuramente. Era amiga de Marta Luz. Marcos las vio juntas muchas veces en los trajines por el bloque 9. Más tarde, de docente, Marcos coincidió con Marta Luz en un colegio. Se saludaban con calidez, acordándose de los tiempos de la u, donde no es que fueran amigos, pero se reconocían y se miraban con simpatía. Con Elvia Cecilia no hubo simpatía siquiera. Era una mujer amable, franca, pero Marcos nunca pudo acercársele. Sabía que era escritora, que había sido discípula de Estévez, pero hasta ahí. Marta Luz murió al volcarse la buseta donde viajaba. Traía consigo a su bebé de once meses. Se acurrucó para proteger a su hija. Esta se salvó, pero Marta Luz falleció en el hospital, luego de días de lucha. Elvia escribió un cuento sobre su amiga. Con los años, Marcos leyó el texto de Elvia en una antología, donde también aparecía un cuento suyo. Es la historia de una maestra en embarazo, en la expectativa de dar a luz. Al fin nace una niña, y todo es felicidad en la familia. El esposo y la hija constituyen el tesoro de la mujer que, tras la licencia de maternidad, vuelve a su trabajo en la escuela, al amoroso contacto con los niños. Un día, al regreso del trabajo, en la buseta, se sienta al lado de una mujer que trae a un bebé en brazos. Conversan y la mujer acaba por dejar que la maestra cargue al bebé. En ese momento la buseta se vuelca y la maestra acurruca el cuerpo y protege a la niña. La niña vive, pero la maestra muere. Sus últimos pensamientos son para su hija huérfana y su esposo, viudo.

Marcos, conociendo el referente real de la historia, pudo discernir los artificios técnicos del relato de Elvia. Estévez habría dicho: “Muy buena extrapolación, un lenguaje conciso y exacto”, lo que no podía ser más elogioso. Claro, Elvia había tomado los hechos de la muerte de Marta Luz y los traspasó a la maestra. Marcos ubicó a Elvia por Google y le escribió un mensaje, felicitándola por la belleza del cuento. “Ya no me acordaba de ese cuento”, dijo ella. Quizás fuese cierto. “El original era mejor, pero lo perdí. Debí escribirlo de nuevo”, y añadió que Marta Luz tenía ganado el cielo, si este existía. Hasta ahí llegó la comunicación. Elvia no hizo nada por continuarla. No se interesó por saber un solo dato de Marcos. “Saludos”, dijo, como despedida. Marcos no insistió. Sabía que entre Estévez y Elvia había aprecio. Alguna vez los vio conversando en la u. Qué raro que Estévez, al igual que pasó con Espitia y con el Carnudo, no hubiese puesto a Elvia en su Antología. Cuestiones de logística, tiempos dispares, premura de la editorial, en fin, cuántos autores y cuentos valiosos no se quedarían fuera de la Antología de Estévez. Ese cuento del Carnudo, Afanes. Tal vez Elvia no fuese muy apegada a la notoriedad. Tal vez los deberes de maestra copaban sus horas. Es poco lo que sabemos de los otros. Pero en sus escritos siempre se puede ver algo más. La relectura del cuento de Elvia llevó a Marcos a revisar sus libretas de apuntes, hasta encontrar algunos sobre Marta Luz y el fatal momento. Estuvo preñado de Marta Luz por varios días. Tanto que escribió a Elvia para comentar su relato. Esas fiebres de arqueólogo de la memoria le acometían con frecuencia. Los recuerdos lo preñaban, y no descansaba hasta dar a luz. En esas búsquedas de un dato parecía un bandeirante, un aventurero en tierras de nadie, un Rimbaud en Abisinia. Por lo general, eran experiencias fatigosas, alucinadas, pertinaces. En el silencio de la casa, el frufrú de las hojas de las libretas, al ser vueltas y revueltas, semejaba el batir de las alas de un ave prisionera, ávida de libertad. El trozo de historia escrita en el papel se trababa con la historia de la pesquisa en las libretas, dando origen a una criatura biforme, a un híbrido. Esta segunda historia (la de la búsqueda del dato), aconteciendo en el tiempo real, se superponía al fragmento de historia que esperaba ser resuelta en el papelEl personaje que aguardaba en el apunte traspapelado se hacía más intenso y necesario que el del flujo de la ficción que, en cierta forma, era un ser muerto, agua estancada, tierra seca.

Y estaba Olimpo. La verdad, Marcos no recordaba mucho a Olimpo (¿O se llamaba Luis, Luis Olimpo?). Era un hombre del montón, casi sin estudios, que vivía en un barrio popular (Barrio Nuevo). Un hombre maduro, sencillo, que no se hacía notar. Era puntual al Taller. A pesar de los reveses, se presentaba a clase animoso y amable, tal vez con la esperanza de que Estévez le permitiera leer. Todos iban allí con esa secreta esperanza, leer, recibir el espaldarazo del maestro, la admiración de los contertulios. Salir en hombros, ¿quién no lo deseaba? Hasta el propio Estévez, que a menudo les leía sus escritos y les pedía que los juzgaran. Estévez les exhortaba a criticar los textos de los otros y, así, volverse duchos en la materia. “Ponderar”, era el verbo que empleaba. ¿En qué flaquea? ¿Cuáles son sus méritos? ¡A dar madera!

Estévez postergaba a Olimpo una y otra vez. Reprimía sus deseos de leer. Con Espitia, en cambio, era solícito y condescendiente. Olimpo cumplía con las tareas que Estévez dejaba, pero, la verdad sea dicha, el grupo entero lo había nimbado con el halo del desahucio. Era un hombre de unos 60 o 70 años, de extracción rústica, cara con arrugas, ojos mojados, carácter dócil y juvenil, esto es, alegre, gárrulo. En sus conversaciones, siempre volvía la memoria y el verbo al campo, al pasado, a los inmemoriales tiempos de los pioneros. Era la persona de más edad del Taller, incluido Estévez, a quien superaba en unos diez años. La lectura de sus escritos era recibida siempre con algo de escepticismo, desprestigio, ironía. Olimpo no se inmutaba. (¿Cómo inmutarse? Vivía en el Olimpo). Tenía una voluntad de saber admirable. A veces caminaba con Marcos hasta el centro. Una noche de esas, en que la lluvia embetunaba las calles, caminaron.

 


Mi maestro XXXIV

Otros rostros del taller: César

De César ya se ha hablado en la anécdota en que Marcos birló un libro de la Piloto. César descubrió el acto de Marcos y, aunque no lo censuró con palabras escuetas, le dirigió una mirada y una actitud de reproche. Se ha dicho que era un individuo aparte, muy reservado, de maneras suaves, que trabajaba todo el día en un taller de publicista. En el episodio en que Soledad rompió en llanto en plena clase, César se mostró conocedor del carácter femenino y explicó a los contertulios más próximos los resortes internos del comportamiento de aquella. Se ha dicho asimismo que alguna vez Marcos compartió con César el recorrido pedestre de la Piloto al centro, a la salida de la sesión. Y en otra ocasión Marcos vio a César paseando por Junín en compañía de un joven. La barba a lo griego y su mulatez eran lo más notable en César, y su seriedad, y su contención, y también cierta impulsividad en los gestos y en las palabras.

César era un tipo que escribía en serio, de los que han tomado la escritura no como pasatiempo, sino como impulso del espíritu. Esto lo comprobó Marcos años después, al toparse con César en la zona de comidas de Camino Real. César le obsequió un magazín donde había un escrito de su autoría. Tenía una columna relacionada con el cine. Era una autoridad en la materia. Quizás ninguno de nosotros seguía el consejo de Pavesse de amarrarse a la silla, ni tenía la rutina de galeote de ocho horas diarias de Truman Capote y García Márquez. Pero sí había algunos que se lo tomaban a pecho, que trabajaban a conciencia. Era hasta cómico, y Marcos no dejaba de reírse, de algún compañero que a lo largo de los años seguía con la misma agenda azul, todavía con bastantes páginas en limpio, y que siempre estaba planeando escribir las historias que lo resarcirían. César no era de estos.

Cierta vez Marcos se cruzó con César en el andén de la biblioteca de la Universidad de Antioquia. César se hallaba sentado en una mesa, absorto en la lectura de una novela. En un aire divertido, comentaron la confusión eterna de Marcos con el nombre de su amigo, al que siempre llamaba Rubén Darío. Esta vez no había sido la excepción. “Cesar”, no se cansaba este de precisar. “Ah, sí, César. Sólo tengo que acordarme del caudillo romano, el que pasó el Rubicón y abrazó la gloria”. Desde su superior posición de profesores (César dictaba una cátedra en un instituto), hablaron de la pereza mental generalizada entre los alumnos, trátese del nivel que se trate. La novela que César leía era Puerto silencio, de Soto Aparicio. Así que hablaron de Soto Aparicio y de otros escritores colombianos injustamente menospreciados. Hablaron de que los libros nos llegan a su debido tiempo, que los podemos tener a la maño durante años y no los leemos sino cuando es su hora. A César le había pasado esto con Ulises y con Yo el supremo, en tanto que a Marcos le ocurría con Sobre héroes  y tumbas. César contó que había leído este libro de Sábato años atrás, en un aura de inefable maravilla. También contó (y su voz era suave, viril, parda) que había comprado un computador, y ensalzó las prodigiosas posibilidades de tal máquina. Además le confió a Marcos que se había independizado en el negocio del diseño. Marcos sentía pena de turbar la concentración de César, así que hizo varios amagos de partida. Acababa dilatando su resolución, por los sucesivos encendimientos del palique. Terminó, al fin, por despedirse, sumergiéndose en la juvenil noche, entre los grupitos de estudiantes que platicaban en la penumbra de las jardineras, las escalas, la cafetería. La noche susurraba, y César quedó sumido en su deleitoso Puerto silencio.               

lunes, 26 de julio de 2021

Mi maestro XXXIII

*Había ocasiones en que José Libardo Porras se sentaba con Estévez en la cafetería de la universidad. Acababa de dictar su cátedra y, en pos de la salida de Barranquilla, topaba al maestro en Kokorico. Era inevitable, y de ley, el saludo. José Libardo le presentaba sus respetos a Estévez, buscaba una silla y cruzaba unas palabras con su paisano. Qué figura señera y rara hacía este vejancón en la cafetería, sentado, abstraído en el estudio. Es un catedrático, es un escritor, murmuraba la gente. Los que lo conocían y le profesaban admiración (y sobre todo si tenían el obsequio de su confianza), se acercaban a platicarle. Estévez sabía agradecer el gesto y les decía: “acerque una silla”. Que este hombre misántropo ofreciese una silla era mucho decir. José Libardo era una persona de todo el gusto del maestro. Había sido de los primeros egresados de su taller, y ya era un escritor reconocido, con libros publicados y premios. Luis Fernando Macías también se apareció una que otra vez por la clase de Estévez.

El primer día en que Marcos llegó al Pascual Bravo, donde adelantaría la práctica docente, se sorprendió al escuchar el pomposo título de “escritor” que los colegas empleaban para referirse a cierto individuo. Marcos necesitaba hablar con Ignacio Villa, su asesor, a quien no conocía. Un maestro lo oriento: “vaya a la sala de los tintos, demás que está allí. En cualquier caso, allí está el escritor.” Al dirigirse al lugar aludido, Marcos se preguntaba qué clase de persona merecía tan ilustre rótulo. Era una sala ancha, luminosa, con rojos muebles. Había dos hombres hundidos en el sillón. “¿Ignacio Villa?”, inquirió, Marcos. Le respondió el más maduro y trigueño. Se estrecharon la mano. Ignacio dijo: “¿conoce al señor?”, y le señaló a Macías. Así que el “escritor” no era otro que Luis Fernando Macías. “No”, mintió Marcos. En consecuencia, hubo la presentación del caso. “Luis Fernando Macías, jefe del departamento de Humanidades”, añadió Ignacio. Marcos estrechó la mano a Macías. Su apretón de mano fue más cálido y enérgico que el de Ignacio (flojo, frío, fastidiado), algo que Marcos, en su interior, abonó al letrado. La mirada que Marcos cambió con Macías le hizo sospechar que este captó el engaño con respecto a que no lo conocía, que solo por desdén o recelo lo negaba. Macías tenía unos ojos sagaces. Su cuerpo lucía una soñolienta inmovilidad, una grave apariencia, algo pétreo, de presunción y soberbia. Era un hombre de barba rala, con mirada escrutadora, que traía un bastón de madera barnizada. Por supuesto, Marcos lo conocía. Hasta había leído uno de sus libros, una novelita titulada Amada está lavando.

Con Luis Fernando Macías solo tuvo este escaso intercambio de palabras; con José Libardo Porras, ni eso pudo lograr. Era un individuo alto, de porte un poco envarado. A las mujeres debía resultarles un tipo apuesto, por la estatura. Tenía garbo, pero había cierta discordancia entre su torso y sus piernas, por lo que se veía raro. Vestía pulcramente, zapatos lustrosos, jerseys de colores moderados. Había algo hierático en él. Su rostro no era del todo agradable, quizás por la erupción cutánea que padecía, visible cuando uno se le aproximaba.  Su voz era cauta. La mayoría de las veces traía una agenda en la mano. No era de esos que portan bolsos o mochilas que estereotipan a los universitarios. Usaba gafas. Había sosiego en su mirada. Marcos Coincidió con él en muchos lugares (la universidad, las tabernas de salsa, la calle, un colegio, un hospital), pero jamás cambiaron más que asépticas miradas neutras. Un día Marcos fue al colegio San Ignacio, donde el profesor Óscar López, que trabajaba allí, debía entregarle unos documentos. Óscar compartía oficina con José Libardo. Este entró cuando los otros dos conversaban. Su trato fue distante. Marcos jamás supo por qué José Libardo y él se rehuyeron siempre. Quizás existiese algo de eso que llaman celos profesionales. La verdad es que José Libardo era un tipo retraído, que solía ir a las tabernas solo, situándose en un rincón de la barra, donde se bebía unos aguardientes o unas cervezas. Marcos jamás lo vio bailar, a pesar de que la atronadora y rítmica música que inundaba el sitio no invitaba a otra cosa: mover el cuerpo, desatarugar el alma con la catarsis del baile. Ambos eran bohemios. Se aparecían por los cafés y los clubes nocturnos con un aire desenfadado, casi apático. Un aura de insomnio les presidía. Cierta tarde Marcos se hallaba en la Exfanfarria en compañía de Elina y de Arteaga. De pronto, Arteaga lanzó un comentario burlón: “miren, la literatura da plata”. Era que Porras acababa de bajarse de un Renault 12 azul. ¡Porras con carro! Cerró la portezuela con un ademán estudiado y atravesó la calle con languidez. Vestía con desaliño. El automóvil, nada flamante, para ser sinceros, permaneció aparcado al borde de la calzada, ajeno a la altivez con que Porras se internaba en la atmósfera prosaica de la taberna y se sentaba a beber una cerveza.

Marcos escuchó por primera vez el nombre de Porras de labios de Blandón, relacionado con el círculo literario del taller de Estévez. Blandón elogiaba el estro creador de Porras, colocándose con respecto a este en una posición inferior. En la época en que Marcos era un neófito, cuando Blandón fungía como su cicerone en las letras, fue deslumbrado por el nombre y la figura de Porras. Tanto que escribió un poema en su honor, como había escrito otros tantos en homenaje a Restrepo, a Luis y al mismo Blandón. Poemas que no mostró a nadie. Ahora, al verlo entre la multitud que infestaba las tabernas, la imagen de Porras no podía parecerle más insípida y petulante. Pasaba por ser un cliente tranquilo, observador, pero acaso dentro de sí juzgase duramente a los que lo rodeaban. Su distanciamiento del mundo no decía otra cosa.                          

Una mañana Marcos se cruzó con José Libardo en la sala de espera de una clínica. Ya se murmuraba que padecía un cáncer. Porras traía en la mano unos sobres de manila, parecidos a esos en que uno enviaba las obras a los concursos. Se veía disminuido. A Marcos le pareció que la circunstancia del deterioro de la salud hacía más fiera la reticencia de Porras. Marcos trabajó en Belén del 2012 al 2015. En esa época vio a menudo a José Libardo en las cercanías del colegio. Era en las mañanas. Porras salía a caminar en compañía de su mascota, un perro grande, color nata. Ni siquiera entonces condescendieron a un saludo. 

  


domingo, 25 de julio de 2021

Mi maestro XXXII

*Todavía no eras viejo. Un hombre joven, como yo, te veía añoso, trajinado, pero todavía no eras viejo. Sucede así. A los ojos de un niño, un individuo de treinta años ya es un viejo. Lo mismo que, para un hombre de veinticinco años, otro de sesenta ya es senil. Y no es así, al menos no del todo. Hay algo de ligereza y algo de impiedad en tal juicio. El veterano acude a estratagemas por conservarse entero y ocultar sus mermas, mas no logra mantenerse incólume ante la despiadada mirada del joven, que está al tanto de la decadencia. Es un conflicto cotidiano, soterrado, sadomasoquista. Para una de las partes, es una pelea a muerte, para la otra, una banalidad. Es un juego turbio, mezcla de irreflexión y dolor. Las canas te aumentaban la edad, pero tu cuerpo era erguido y vigoroso. Comenzabas a andar la pedregosa senda de los años grises, de los cabellos níveos. Una figura corpulenta, una voluntad de hierro, eran tus claves a favor. En tu cuerpo y en tus ojos se evidenciaba, sin embargo, el material de aluvión de una larga vida. Es que las décadas se van sucediendo, de la calma de la niñez al torbellino de la juventud, de la reflexiva madurez a la senil declinación. Todavía no eras viejo, pero yo te veía viejo. Aún no era una vejez amarga, no. A veces una sonrisa bonachona dulcificaba tu rostro, y en tu voz afloraba la ternura. Como aquella tarde en que me regalaste la agenda. “Deje ya esos cuadernos, disciplínese”. Te lo prometí. Capté cierto simbolismo en ese obsequio. Junto con la agenda, me devolviste la copia de uno de mis cuentos: lo habías examinado a conciencia y te gustó. Salvo tres detalles insignificantes, era perfecto.

Los cuadernos que tachabas de deleznables no fueron siquiera mi primer papel de escritura. Cuando me embarqué en el ritual de los recuerdos, empleé lo primero que encontré a mano, unas hojas de bloc sin rayas. Después vinieron los cuadernos baratos. Para procurármelos, tenía que hurtar unos pesos a la mesada de papá, precisa de por sí. Sí, eran cuadernos de pobretón. Un manojo de hojas bastas sujeto con dos ganchitos, uno aquí, otro acá, con tapas toscas y un aire general de baja factura. Esos cuadernos fueron, con todo, un hallazgo fulgurante. Hasta ese momento no tuve conciencia de lo que era el papel, de lo que podía significar. El papel conjugaba lo material a la vez que lo etéreo. Era un recipiente donde volcar historias, pero, imbricado a esa historia, se transformaba en luz. Es decir, se volvía inmaterial. Por frágiles que pudieran ser los cuadernos, yo intuía en ellos una coraza, una especie de viaducto romano por el que encauzaba mis sueños. Total, seguí tu consejo de escribir en agendas, mas no renuncié a mis cuadernos. Cuadernos y agendas se intercalaban en la hilada que se iba formando, primero en mi gaveta del escaparate, luego en una repisa, más tarde en una caja de cartón (en el tiempo en que habité en el ático y mi vida, con todo y la comodidad en que vivía, tenía algo de precario y provisional).

Esa tarde en que me diste la agenda te dejé en la cafetería de la Piloto, entre mujeres aficionadas a la literatura (allí debía de estar Soledad), en un rol que a veces, pienso yo, te fastidiaba desempeñar. Sólo fui a eso, a recibir el obsequio. Ni siquiera me senté. Estuve allí a la hora acordada y, una vez cumplido el propósito, me despedí. No pude evitar una sensación de bochorno en tu presencia, en la calidez que me prodigabas. Me sentí columpiado en una emoción que me desbordaba. Te vi viejo, pero no eras viejo. Tus recios miembros todavía gritaban una invitación a la vida, un conjuro al amor, un llamado al deseo, que bien podía ser respondido por cualquiera de esas mujeres que te acompañaban. Mujeres con aspecto de secretarias, de amas de casa, una que otra intelectual. Mujeres parlanchinas y frívolas, vulgarotas e insípidas. Mujeres que, como interlocutoras, apenas aceptabas, pero a las que propinabas una mirada valorativa como posibles amantes de ocasión. Enternecido, me separé de ti, maestro. Me despediste con un gesto de buen padre lleno de incertidumbre por la suerte del hijo.

Recuerdo que me llamaste un día. Contestó mi hermana. Yo no me hallaba en casa. Le dejaste recado de que te llamara. Así lo hice. Cinco veces resonó el teléfono en el vacío profundo. Me disponía a colgar, cuando una voz irritada se dejó oír, áspera. Vaya genio, pensé, disponiéndome, risueño, a sostener una circunspecta y breve conversación contigo. Las conversaciones contigo siempre fueron cortas, más aún por teléfono. No te permitías más que lo preciso. Aunque respetuosa, mi voz ya no tenía la medrosidad ni la zalamería de antes. Acaso ya no ejercías una atracción tan poderosa sobre mí. “¿Por qué ha faltado tanto al Taller?” “El trabajo y el estudio no me dan respiro”, dije. Tu voz sonaba a regaño. “La universidad publicará una selección de cuentos del Taller, necesito que me traiga los suyos para escoger uno. Si puede, consígame cuentos inéditos de personas que conozca. No es seguro que vaya a publicarlos. Es para tener un buen número de donde escoger”. “Está bien”. La llamada también pudo obedecer a una precaución tuya. Yo tenía en mi poder dos libros tuyos, quizás temías por ellos. Hablamos dos o tres frases sobre las bondades de la obra de Durant. “Cuando los lea, me los trae, y yo le presto otros dos, y así nos vamos yendo”.

Así nos vamos yendo, como se fue Chirringo, el personaje de tu cuento Con sabor a fierro. Ante las amenazas, Bernardo (“Chirringo”, así lo llama su esposa) se ha marchado con su mujer y sus niños a Medellín. Negadas las oportunidades de trabajo, sintiéndose arrimado en la casa de sus suegros, regresa al monte. Es cuidandero de la tierra y los ganados de un rico. Este le regala una res, además del sueldo, por cada mes que esté a cargo de sus bienes, asolados por la guerrilla. Es el finquero quien convence a Bernardo de que vuelva otra vez al monte, le adelanta dos meses de sueldo. Tan esperanzado de quedarse ha venido, que en la chalupa hasta embarcó un cerdo. Un campesino le advierte que el asunto está mal, le dice que todos se han ido, que las fincas están abandonadas. Decide esperar, estudiar el terreno. Ni siquiera desempaca las maletas. Todo parece ir bien. Hace el amor con su mujer en la manga, bajo el cintilar de los primeros luceros. Llega la noche. Los despierta un ruido en la ventana. Son los del monte. No se la perdonan. Un muerto siempre es escarmiento. Entre el tufo amargo del resuello de turno (toda la tropa se sacia en su cuerpo), ella siente la grasa del cerdo, que han destazado para la comilona.

El título (Con sabor a fierro) viene del gusto que siente la mujer al besar los labios de su marido, al que los guerrilleros han asesinado cortándole la cabeza con una rula. Saben a hierro. La mujer, después que ha sido abusada por más de cincuenta hombres, sale al patio exterior de la casa, recoge la cabeza del hombre, la acuna entre sus brazos y la besa. Cabeza y cuerpo van a dar luego al río: una orden del mandamás aborta el enternecimiento. La mujer regresa a su casa y los ve alejarse. Los niños, semilla de la venganza, de más violencia, están dormidos. No se han despertado.

 


sábado, 24 de julio de 2021

Mi maestro XXXI

*Era como ir a buscar la música de la vida, la flauta. Quizás por eso acabó por recalar en el Paraninfo, en la clase de Estévez. Era como encontrar, en los recovecos del tiempo, la ciudad, el encanto saboreado alguna vez, de chaval, durante su escapada de casa. Un atardecer de oro, los árboles y las altas palmeras adornando una avenida bordeada de edificaciones añejas, y ese chiquillo andariego, atrapado entre el susto y el asombro. Una cafetería en los bajos de un hotel (“La Palma”), en cuyo umbral se refugia un viejo paralítico que transporta su humanidad en un carrito de rodillos. Esa imagen anidaba en su pecho, sin que fuese la más antigua que conservaba de Medellín. En realidad, su primer recuerdo de esta urbe es el del sábado en que llegaron en la escalera proveniente de Chigorodó, la noche en la Flota Magdalena. Era un chico de siete años.  Como un oscuro arácnido, la ciudad tejía los hilos del destino. Una mujer con cinco niños, incluido un bebé, en la sala de espera, entre los viajeros que pernoctan allí. Esa era su madre. Contrariando la orden de la madre, el chico de siete años se asoma a la puerta y, en el aire anochecido, observa las edificaciones, el gentío, y acaso sienta el secreto llamado de esas calles. “Ven acá”, regaña la madre.

Se ama el agua porque fluye, porque es cristalina, porque refresca y nutre. Uno no encontraría motivo para amar a una piedra. Pero en la piedra está la vida cautiva en una especie de embrujo. Allí estaban las esculturas de los flautistas, dos o tres, dispersas en los patios de esa edificación vetusta. La piedra representaba a seres de aire indígena tocando el instrumento de viento, una quena. La piedra también era el elemento constitutivo de la otra escultura, la de Los Amantes, situada en el patio central. Esta obra ejercía una fuerte atracción sobre Doña Misterio. En cambio, el sentimiento de Marcos respondía  a la imagen de los indios filarmónicos, a ese sustrato ancestral contenido en la piedra. Eran figuras que sobrepasaban una migaja el tamaño natural, modeladas en una roca gris. Marcos nunca se preocupó por enterarse quién las había esculpido, pero contemporizaba con el creador, cualquiera que fuese, en la exaltación que hacía de la cultura nativa. Los Amantes no decían mucho a su espíritu. Su corazón parecía una fuente seca. Las pétreas figuras de los músicos pulsaban sus fibras sensibles. No le costaba mucho escuchar el sonido de la flauta: venía de edades primigenias, atravesaba paisajes y épocas, caracoleaba en las oquedades de aquel edificio ruinoso. Quizás su reincidencia semanal en aquel sitio obedecía más al tácito deseo de establecer una comunión de alma con las piedras, que reverenciar el declarado gusto de la intelectualidad. La clase de Estévez sería un pretexto. El artista supo expresar la alegría de la música, comunicó a la roca la chispa jocunda. Los rostros de los indígenas exhalaban contento, embebidos de dicha invocaban las fuerzas de los dioses. La piedra se contorsionaba, bailaba. En una de las esculturas aparecía un jaguar acompañando al músico. También en el animal se reflejaba el movimiento, la vida, la fiereza. Abrazados, besándose, Los Amantes manaban otro lenguaje, se emparentaban con otra esfera, la del desmayo de la pasión. Claro que allí también fluía otra música, la del cuerpo, la de la sensación, la del goce. Marcos no tenía nada contra eso. El hecho de que su ser fuese una greda cuarteada, no significaba que no le entusiasmara la floresta. El motivo no era original. El escultor había replicado la obra de Rodin, El beso. Gran parte de nuestro arte es transculturación. A disgusto con los enlatados, quizás era por esto que Marcos no celebraba tanto a Los Amantes como a los Músicos. Aquello era un regreso. La piedra le había citado a aquella construcción destartalada, que pedía a gritos una remodelación (con el tiempo la harían). Elástica, se había transformado en indio, en quena, en jaguar. Le convocaba con el inaudible susurro de los arpegios. Piedra sonora, había sido piedra agreste, en la infancia, cuando las galladas rivales se trababan en batallas campales. Entonces no era raro que aflorara la sangre de una cabeza rota. La piedra se había confabulado con la puntería del muchacho peleador. ¡Crash! Ahora era música, y Marcos podía oírla tras la barahúnda de Ayacucho, tras el aparato de la urbe ofuscada por la luz, tajada de túneles  y erizada de construcciones: un crisol de visiones, de sueños. Una onda de música culebreando por las calles, entre los altos muros. Un jaguar hecho arpegio, resbalando por el tiempo. Doña Misterio imaginaba que en la noche Los Amantes se animaban, cambiaban de postura, se tendían y se amaban. Marcos también veía a los Músicos animarse, armar la fiesta, iniciar una comparsa que recorría la ciudad llenándola de sones. Camuflado en los actos y los objetos más corrientes de la ciudad, el indio vivía una vida secreta, y su música inervaba el mundo. Era esto lo que Marcos sentía.             

viernes, 23 de julio de 2021

Mi maestro XXX

*Sobre la planificación de la novela: cada personaje debe tener una filosofía que lo determine. Hay que precisar el número de personajes. Para conocer al personaje, debe escribirse todo sobre él, todo. De varios personajes reales se saca uno ficticio, vigoroso. En la novela deben ocurrir cosas constantemente, historias interesantes. Al reclutar las historias, se aconseja darle a cada una un rótulo y un número. Debo saber a qué personaje asignar cada historia; repartir entre los personajes las historias, las frases, los caracteres, los entornos. Luego, pensar en las columnas vertebrales, cuántos capítulos tendrá la novela. Dictaminar, en cada capítulo, qué pasa, dónde, cuándo. Determinar la estructura y hacer los amarres. Manejar el tiempo. Escoger el narrador (monólogo, tercera persona, etcétera). Conocer los trucos, emplearlos. No debe escribirse la novela como la voy a publicar. Primero debo escribir lo que mejor conozca. Escribir partes de capítulo, pedazos de historia. Dejar quietas las partes donde me atasque y trabajar en otro frente. No hay que escribir hasta agotar el tema, debe pararse cuando se sabe qué sigue. En seguida viene la labor de armado, la de corrección. Para lograr extensión (tejido), intercalar historias grandes con historias pequeñas. Algo crucial: recordar que cualquier cosa, por hermosa que sea, si no es de la novela, la daña. Filosofar también daña la novela, salvo que el personaje sea un filósofo. El autor no tiene que meterse para nada con la filosofía del personaje (juicios de valor). No tiene que sacar conclusiones.

Eran cosas como estas las que estaban anotadas en las agendas y cuadernos de Marcos, el registro de las clases con Estévez, las teorizaciones del maestro. También tenía por costumbre, cuando se las veía con un cuento, escribir en su cuaderno un listado de títulos, en gran número, llegando a sumar hasta 35. Era lo que Estévez aconsejaba. Esta labor de exploración y descarte era de suma importancia. Sin embargo, en ocasiones un título venía limpio, preciso, contundente, y se hacía insustituible. No obstante, hacía el ejercicio, siempre pensando en las directrices del profesor. La verdad es que cada escritor tiene su método, su ritmo, su modo. Esto hace parte de su personalidad, y se va consolidando con el tiempo. Marcos, en particular, era algo desasido, con tendencia a lo sobrio y descarnado. Todo lo que fuese escrupulosidad, aparato, dispendio, le costaba, lo hacía aparte. Planear no era su fuerte. Nunca le gustó. Una vez salió del taller de Estévez, se regocijó en la independencia de criterio, en sus propias maneras y barruntos. En lo que siempre fue fiel a Estévez fue en el trabajo titánico en las agendas, la escritura despiadada, que atentaba contra sus fuerzas y  su salud. Reflexionando, concluyó que eso no se lo enseñó Estévez, que eso venía con él desde muchacho, y que tuvo la revelación de ello una tarde en que cogió un bloc y se puso a escribir la historia de su escapada de casa siendo un niño de once años. Entonces no tenía idea de la existencia de Estévez ni de que hubiese algo llamado talleres de escritores. Estévez le enseñó otras cosas, teoría. Estévez fue un maestro, un soñador, un amigo, y también como un padre. Lo familiarizó con la buena literatura, con obras como Al este del Edén y decenas de bellas novelas.

Una novela. Marcos no era flojo, se había propuesto escribirla. Era cuestión de ganas, de tenacidad. Había oportunidades en que se decía que la novela estaba escrita en su ser, que solo tenía que conjurarla, en una especie de rito mediúmico. Un torrente de palabras, como una imperiosa sacudida de la naturaleza. No había que pensar en que la novela se vendiera como pan caliente, que trajese celebridad, como soñaba su amigo Luis. Tan solo era cuestión de deshacerse de esas historias que se adherían a él como tercos fantasmas. Pensaba, y era un hecho, que el avance del tiempo y la tecnología, le hacían las cosas más fáciles, desde la logística de la creación, que a Estévez. Trabajaba en un portátil, tenía Google a mano. En cambio, recordaba a su maestro, en sus últimos años, trabajando en un aparatoso computador de vieja data, todavía con algo de troglodita. Esta imagen le colmaba de ternura. En cierta forma, también poseía una mente más ligera, un espíritu desaprensivo, y, sobre todo, confianza en sí  mismo. Quizás era esto lo que lo había ayudado. La certeza de que podía hacerlo, de que lo haría. Con respecto a las nuevas camadas de escritores, se decía que también él ya tenía algo de hojarasquín, de caduco. Natural, era la vida. Le entusiasmaba pensar en las nuevas formas y en los recursos de avanzada de que echaban mano los escritores de hoy, los de mañana. Homero, Kafka, Estévez, Marcos, ahí estaban los pioneros.                 

 


jueves, 22 de julio de 2021

Mi maestro XXIX

*Sí, los romances también estaban al orden del día en el taller. Cualquier noche, al salir de clase, uno advertía que un alumno que solía transportarse en moto, y que tenía por parrillero prescrito a un compañero que vivía en el mismo sector de la ciudad, de repente remplazaba a este por una condiscípula con la que se alejaba entre el rugido del motor y los cálidos efluvios del verano. Era un secreto a voces que esos dos eran amantes, que se comían. Y uno se regocijaba de que la literatura diera hasta para eso, para agenciarse una chica y tirársela al salir de la sesión. El amigo desplazado del puesto en la moto no lo tomaba a mal, se marchaba en compañía de ese otro muchacho que estudiaba leyes. Buena por el de la moto, que aplicaba un criterio democrático en la elección de su parrillero. Aunque tal vez valiera más decir que su criterio en esta circunstancia era erótico, de arrechera. Sabría echarse un buen polvo platicando sobre ese cuento que ella había leído en clase y que no había merecido un buen concepto de Estévez. Quizás tuvieran ánimo hasta para mejorar la historia y lograr que la semana siguiente, tras una relectura, el maestro rompiera en aplausos. Marcos había pensado en escribir una serie cuentos para después de hacer el amor. Luego, la idea se le antojo huera, trillada, no valía la pena, así que la desechó. Es mejor caminar, iría pensando el otro, mientras almibaraba el verbo para seducir al estudiante de leyes. Porque la oferta era múltiple. Siempre hay un Sócrates endulzando el oído de un Alcibiades.

Que el amor hace parte de la vida y que Cupido siempre está lanzando sus dardos, es de ley. En el taller de Estévez, que Marcos veía como una especie de Fragua de Vulcano, se daba lo hermoso y lo ramplón, lo noble  y lo sórdido. Quizás un condiscípulo amurao viese con envidia a los dos que se marchaban en la moto. Estévez se sonreiría. Y algún pervertido hasta se diría qué bueno hacer trío. Mientras los amantes follaban, el amurao cogía el bus rumbo a casa, donde la madre le tendría la comida tapada sobre la nevera. Si era cuestión de comer, pues bien, el amurao también tenía su fiambre. Si a eso vamos, hacer el amor es como mandarse un fiambre. Otro, de genio más analítico, se iría pensando en la moto como imagen bivalente de Eros y Tánatos, cómo servía para levantar chicas y cuál era  su raigambre en  la historia de esta ciudad de sicarios. Los afortunados de la noche irían a su burdelito, en tanto que el amurao sacaba su agenda y empezaba a planificar la novela según las prescripciones del maestro. Oh, el amor, el amor.

También había las historias de los integrantes del taller que iban en carro particular, y que al salir de la sesión invitaban a Estévez y algún otro compañero a subir y a llevarlos. Estévez subía solícito, el cuadro que hacía en un carro era sin duda más glamoroso que el que haría en una moto, llegado el caso. La mayoría de las veces, la muchacha del carro particular estaba adornada por una profesión de médica, o tenía una hermana gemela que era profesora en una universidad de ricos, la cual, además, era dibujante y poeta. Eran mujeres estudiadas, independientes en lo económico, con un estilo de vida selecto, y uno entendía qué les apasionara la literatura, aunque fuera para darse el champú semanal de demostrar un hueco malabarismo lingüístico ante el profesor Estévez. Marcos las imaginaba, como ese personaje de La peste (de Camus), cincelando una frase días y días para lucirse en la próxima sesión: “palabras como placas de mármol”, “basurearse  la vida”. Escribir era más que eso. Estas frases talladas y pulidas causaban impresión allí, pero uno sentía que ese preciosismo tenía algo de decadente y que no valía la pena. Lo que valía la pena era enamorarse, y Marcos picó el anzuelo con alguna de estas mujeres. El caballito de batalla era siempre un Sallinger o un Guimaraes Rosa que se pedía en préstamo, y ahí estaba la oportunidad de un flirteo. Aunque gustaba poco del cine, la invitó a ver Hamlet, pero al final tuvo que entrar y ver la película solo, porque ella no acudió a la cita. Más tarde, la citó en un café a tono con su aire aburguesado. Acudió, pero no le trajo el libro prometido. Por otra parte, no se quedó ni a tomar un refresco, porque debía marchar a prisa a su clase de inglés. A la tercera y última cita, en la biblioteca de la Universidad de Antioquia, llegó acompañada del novio, un joven de su mismo corte, al que presentó como Federico. Federico era alto, robusto, moreno, vestido como visten los jóvenes que imaginas estudiando carreras de primer orden en universidades de primer orden, con el rostro desaprensivo, cordial, de esos muchachos que lo tienen todo. Federico, bello nombre, se dijo Marcos, que se tomó las cosas sin tragedia. Nombre sonoro, musical y, sobre todo, ajustado al referente. En verdad que le cayó bien ese Federico. Hablaron una migaja sobre Sallinger, si realmente había sido niño prodigio, como el protagonista de uno de sus cuentos (Teddy). Tal vez. Marcos no se lo tomó a pecho, pero siempre que ella, al salir de clase, lo invitó a subir a su carro y arrastrarlo unas cuadras, se negó. Parecía fatal el dicho de que de buenas en el juego, de malas en el amor. Su juego era la literatura.           

  


miércoles, 21 de julio de 2021

Mi maestro XXVIII

Estévez hablaba de la columna vertebral como una tesis, no un axioma, cuando Soledad rompió en sollozos y se retiró de clase. Fue tan sorpresivo que todos quedaron atónitos. ¿Qué le había pasado? Marcos se sintió culpable. Una hora atrás, había viajado con Soledad en la buseta de Circular, rumbo a la Piloto. Su trato hacia ella fue seco. Ahora se arrepentía. ¿Por qué fue tan antipático? César, que estaba sentado a su lado, le explicó el comportamiento de Soledad: otorgaba excesiva importancia a sus relaciones con los demás, cualquier nimiedad la afectaba, era una niña grande, ávida de cariño. A la luz de esta radiografía, la sensación de culpa se acreció en Marcos. ¿Qué le costaba ser amable? Guardar las formas, condescender a un saludo, a un diálogo convencional, ¿era muy difícil? ¿Por qué era tan siete leches? Se figuró la vida de Soledad, llena de desplantes, de sueños malogrados. Su misma presencia en el Taller se le antojaba absurda. ¿Qué buscaba allí? Una vez leyó una historia ante la clase, sin demasiada fortuna. Una mujer blanca se enamora de un negro que estudia medicina y es un talento para las matemáticas. Se notaba que la heroína del cuento era ella misma. Soledad era una mujer con facha de secretaria, larguirucha y flaca, desgarbada y estrambótica. Tenía algo de bobalicona, romántica y pueril. Así era como la veía Marcos. ¿Qué le había ocurrido a esa mujerona para abandonar la sesión en ese arrebato? Alguna descompensación anímica, problemas. Es preciso estar alerta con las personas. Quien menos pensamos se halla al borde de un colapso. Acaso la sequedad de Marcos fue el pistón que disparó el desborde emotivo de Soledad. La clase siguió su curso, luego del natural instante de alteración, de las miradas sorprendidas, de los comentarios por lo bajo. ¿Qué hacer? Esperar que Soledad se rehiciera y volviese a entrar. De seguro era cualquier bobería, nada grave, opinaba César. Soledad era de esas mujeres hipersensibles. César la conocía más que Marcos, quizás se había tomado el tiempo de congeniar con ella, de conversar. Era un muchacho moreno, de barba, buen escritor, que trabajaba en un taller de publicidad, como artista gráfico. Caminaba con cierta insolencia y, por lo general, se lo veía solo. Su voz era varonil y cálida, con un leve dejo de sensualidad. En ocasiones, al salir del taller, Marcos caminaba en su compañía hasta el centro. Platicaban. En veces se cruzaban por ahí, Junín, etcétera.

A Marcos le entraba en reversa eso de que una columna vertebral, de que una tesis. Escribir una obra de ficción para demostrar algo se le antojaba fuera de lógica. Roa Bastos decía en Yo el supremo: “Escribir es despegar la palabra de uno mismo. Cargar esa palabra que se va despegando de uno con todo lo de uno hasta ser lo de otro, lo totalmente ajeno”. Y también: “Yo solo puedo escribir; es decir, negar lo vivo. Matar aún más lo que ya está muerto”. Esto sonaba más a voces de ultratumba, a tratos con los fantasmas y los muertos que a una elaboración científica. Marcos leía El señor presidente, La casa verde, Yo el supremo, Cien años de soledad, y no tenía por evidente que allí estuviesen actuando las leyes newtonianas y el método deductivo, solo veía historias grandiosas y apasionantes, enraizadas al universo del sentir humano.

Aquel día Marcos se había levantado lleno de expectativas, animado. Eran inmensas sus ganas de vivir, como si tuviese la certeza de que le ocurriría, al fin, el milagro del amor. Pero en el trabajo como maestro las cosas no pasaron de la desabrida rutina, la monotonía. Salvo la ternura de los alumnos, aquello era un moridero. Quizás el único hecho extraordinario fue la lectura de Kavafis, porque hasta el partido de fútbol del interclases estuvo signado por el fastidio. Leer a Kavafis en plena jornada laboral le parecía subversivo, necesario. “En el interior de un café lleno de rumores, inclinado sobre una mesa, está sentado un viejo, con un periódico ante él, sin compañía”. Kavafis. Lo que un novelista como García Márquez discurría en decenas de capítulos, un poeta lo dice en tres versos. Oh, exclamaba Marcos para sí, qué suceso maravilloso colmará mi sed de darme íntegro y recibir amor. Y no tenía más que su cuaderno para experimentar la plenitud de su infierno y de su cielo. No tenía más que el arrimadero del taller para sentirse en comunión con otros, otros que también buceaban en las tinieblas. Y allí estaba Soledad abandonando súbitamente la clase donde el maestro explicaba que no es un axioma, es una tesis, la esencia de una columna vertebral. Y Marcos pensaba que nos cagamos en todo con ese prurito nefasto de poner un nombre a todo. Y esto viene desde Adán, nuestro pedante padre.           

  


martes, 20 de julio de 2021

Mi maestro XXVII

 *Se acercará sin mirarlo a los ojos, inseguro, mientras que Marcos lo mira casi con maldad, descaradamente, casi intimidándolo. Le preguntará con su voz atiplada si hoy habrá clase con Estévez, y no se sentirá con el coraje suficiente para entablar un diálogo. Menos ahora que Magi se acerca (con las manos le cubre los ojos a Marcos por la espalda), opacándolo más, situándolo en un plano secundario. Se despedirá con la voz debilucha que se trae, se alejará con ademanes discretos como su ropa blanca y gris. Marcos recordará que cierta vez, por teléfono, tomó la voz de Simón por la de una mujer. Se le antojo medrosa y desamparada. Simón, con sinceridad conmovedora, le dijo: “me ha ocurrido varias veces”. Marcos se quedará meditando (porque Magi también se ha ido), pensando en la sombra de Simón en los tránsitos frívolos y penosos de la universidad, donde más de uno se mueve entre temores y complejos absurdos, donde la mirada ajena lastima tanto. ¿Qué es lo que se aleja con Simón? Marcos se quedará cavilando, sabiendo que ni las hojas diseminadas en el pavimento, tan preñadas de muerte y de verdad, resistirán a la ley del pasar. Mañana el barrendero las juntará con el rastrillo, las echará en un saco y las dará al fuego o al compostaje, mientras el árbol deja otra cosecha de exánimes hojas en el piso.

Marcos no volverá a saber nada de él. Era joven. Tenía una voz delicada. ¿Y si tuvo una muerte callada, destruido por una enfermedad terrible? Acaso se haya mudado a otra ciudad. Quizás trabaje de periodista en una cadena radial. Eso fue lo que estudió, comunicación social. Era un hombre inseguro, al que escribir le representaba vacilaciones, dificultades. Sus escritos poseían cierta fluidez, con inclinación a los conflictos personales, con estilo periodístico, especie de guiones. Recordará su andar ligero, huidizo, sus ademanes un tanto afeminados.

Recordará aquella vez en que se cruzaron en la u. Simón venía en compañía de Mercedes, otra alumna del taller. Eran desertores, no habían vuelto a la clase. Con una efusividad no correspondida por Marcos, Mercedes lo saludará con un beso en la mejilla, o mejor, en la oreja. La aparatosidad de la emoción no atinará la mejilla. Le costará dominar la turbación. Mercedes esperará en vano el beso de respuesta. Qué pena. Pero esos actos, por convencionales que sean (o, quizás, precisamente por esto) no fluyen espontáneamente de él. Es sobrio con las mujeres, seco, incluso desdeñoso. Quizás hasta tiene algo de misógino. Actitud extraña, si piensa en el ardor con que, en estos días, ha anhelado lanzarse en brazos de una mujer. Así es de sorprendente. Mercedes también quedará perpleja, aguardando el caballeroso besito que no llegará. Ante esta hembra madura, de chispeante espíritu, sentirá que actúa de manera injusta, con severidad  y maldad. Simón también estará allí, con su voz aflautada, femenino-masculino, lejano, inquieto, tal vez afanado. Mercedes sí era parlanchina, risueña. Simón, mustio, pequeño. Mercedes, sonrosada, vivaz, grandota. Simón dirá: “no volveré al taller, tengo muchas cosas que hacer”. Y Mercedes: “hoy vuelve la oveja descarriada, nos vemos allá, hasta luego”.

Marcos pensará que sería bueno ser amigo de una mujer como Mercedes, qué hace esa tipaza con ese enano de Simón. Pensará que siempre le gustaron las mujeres risueñas, capaces de bromear, incluso machorritas. Sin duda Simón también es un tipazo. Marcos pensará que no tiene nada que sentir de este petiso individuo que solo ha sabido ser amable con él, que Mercedes lo enamoró con ese desparpajo: “hoy vuelve la oveja descarriada, nos vemos allá, hasta luego”. Era hermoso.

Encontrarse donde Estévez era, como dicen los jóvenes hoy, “parcharse”. A lo mejor Mercedes incumplía su promesa de regresar, quizás siguiese de oveja descarriada. Lo de Simón sí parecía definitivo: “no volveré”. Eran tantos los que no habían vuelto, las flores de un día. Así es la vida, un constante buscar acomodo. Nos quedamos donde hay condiciones, donde nos sentimos a las anchas. Nos largamos de donde no se nos trata bien. “Cuántos no van al taller nomás a chicaniar”, había dicho el Carnudo alguna vez. Marcos pensará que era cierto. Muchos solo iban a presumir de la universidad donde estudiaban, de la profesión que desempeñaban (abogados, médicos), del libro publicado, de la obra expuesta en una galería, incluso a mostrar una nueva conquista amorosa, a esponjarse con el novio o la novia.

Estévez sabía ser duro con gentecitas así. Sabía ponerlos en su sitio. Había los dobles, los que asistían a dos talleres, el de Mejía Vallejo y el de Estévez. Leían ante un juez que solía ser blando, y luego leían donde Estévez, cuyo esmeril sacaba chispas. Como la doctora que en una sesión leyó La venganza del Inca. Mejía Vallejo había elogiado este cuento, pero para Estévez no llegaba a ser siquiera un cuento. “Como práctica está bien”, comentó. La doctora adujo la alta calificación que Mejía Vallejo dio a su escrito. Sin duda, Mejía Vallejo tenía bastante de diplomático. Los condiscípulos quedaron con una sensación dulceamarga. En realidad, el texto de la doctora no llegaba al corazón. Tenía un título sugestivo, pero era muy pobre en lo demás, como no fuese una buena documentación histórica: los incas Guascar y Atahualpa. Sí, había los que se daban su tonito, los que creían que la habían botado fuera del estadio, los que estaban allí con gesto de perdonavidas, como si su presencia fuese un alto honor para los demás.

Simón se acercara y Marcos se dirá que este es un hombre sencillo, con una gran sensibilidad, tal vez perdido en su interioridad, confundido por el desorden de sus glándulas, pero buen tipo al fin. Este no viene a presumir, se dirá Marcos. Este es más tímido que yo. Bien hecho que se acompañe de una hembrota como Mercedes, cuya talla infunde respeto, y cuya jovialidad hace amigos por doquier.

Ignorará qué fue de Simón,  acaso se marchó a Pereira, donde vive y trabaja. Marcos confirmará este dato años después, al trabajar en Manrique. “Sí, Simón vive en Pereira”, le dirá Diana, colega del área de Humanidades. En el tiempo de la universidad Diana y Simón eran amigos. Alguna vez este la llevó al taller de Estévez. Diana ya está casada y tiene un hijo en once. Es de esas profesoras que mantienen el escritorio abarrotado de cuadernos por calificar, a las que los alumnos les hacen fila y les ruegan para desatrasarse de exámenes. Marcos hablará de Simón con ella, del frágil y huidizo Simón, al que su vocecilla le jugaba malas pasadas.    

 


Mi maestro XXVI

*Marcos escribía un ensayo sobre Estévez y su obra para la asignatura de Restrepo. Restrepo, que era un poeta reconocido y un académico de personalidad suave y sensible, estuvo de acuerdo con el propósito de Marcos de escribir sobre Estévez. Marcos le había contado su proyecto a Estévez, quien era presa de cierta ansiedad narcisista por ver concluido el trabajo. Por supuesto, Marcos debía compartírselo. En las sesiones del taller, Estévez preguntaba a menudo a Marcos cómo iba con el ensayo. Tenía a Marcos por un escritor agudo y, claro, esperaba hallar un halago a su vanidad en el texto del pupilo. No dejaba de ser pueril este deseo de ver escrito un retrato elogioso. Es que nunca dejamos de ser niños, se decía Marcos. Siempre habrá situaciones ante las que demostremos nuestra candidez. Estévez era sensible al cosquilleo de la fama. ¿Quién no? Se había hecho escritor a punta de voluntad y esfuerzo, sin el cultivo de la academia, sin los resplandores de la publicidad. Así que todo reconocimiento sería bien recibido de su parte. Además, lo merecía. Al sentarse en las cafeterías de la universidad en los momentos previos a su clase, se sentiría, sin duda, objeto de curiosidad y pensaría, tal vez, que su imagen recibía un callado tributo. No era poca la gente que se asombraba de ver a ese veterano canoso y solitario sentado en una mesa, en medio de los enjambres juveniles que recorrían los tránsitos universitarios. Siempre lo veían rodeado de sus libros y sus agendas. Alguna chica se acercaba a fisgonear y descubría las láminas pornográficas con que Estévez adornaba sus agendas. En seguida, un tanto a la ligera, lo tachaba de viejo obsceno y grotesco, cuando no siniestro. No lo veía como un estudio estético del cuerpo femenino, sino como burdo voyerismo. La verdad es que Estévez se deleitaba decorando sus agendas con estas estampas de mujeres desnudas. Era pulcro y organizado en la disposición de las láminas, les daba un arreglo artístico. Era como un niño con su álbum de chocolatinas o de Panini, como un chicuelo que ama ordenar la gaveta de su ropa. La chica fisgona no se detenía a mirar este detalle. Venía lanza en ristre con la frase difamatoria: ese viejo cochino.

Historias del bosque hondo era el libro de Estévez con que Marcos se las veía al pergeñar el ensayo para Restrepo.

¿Qué es lo que más atrae del libro? Primero, la forma peregrina como es analizada y descrita la vida de los animales. Segundo, la preocupación por plasmar un lenguaje ajeno al lugar común, divorciado de las frases hechas. El rigor lingüístico. La fuerza expresiva de un estilo cuyas características se van sucediendo a lo largo de las páginas. Un estilo que consiste en ir hasta el límite creativo de las palabras. Entonces se sabe de las muchas posibilidades que tienen los vocablos para un creador que no se conforma con los clichés, sino que inventa su propio mundo idiomático. Tercero, la perfección buscada y conseguida. En esta obra no existen incoherencias, no hay fárrago, y el verbo tiende a la economía, sin que decline el poder de la expresión.

Esta obra podría definirse como un tratado etológico. El animal es examinado en su medio y en su conducta (sus costumbres). No es un comportamiento humanizado, como sucede en los animales de Kipling, por ejemplo. Es un comportamiento animal. Y se concluye que todo en el animal es una lucha continua por la supervivencia de la especie.

En el libro hay algo de apología a la organización, eficacia, ferocidad y belleza del mundo animal. También está la hipótesis de que los animales aprenden: como lo vemos con el perro Gardel después de que la cerda cimarrona lo deja tan mal librado.

En el terreno de la forma hay otro elemento digno de destacar: la amenidad de la prosa, alejada de prolijas parrafadas, resuelta en cortos párrafos, en breves frases que se suceden y suceden. Además se advierte el propósito, en ciertas partes de la obra,  de alcanzar una tonalidad poética.

En cuanto hace a la técnica, todo está bien logrado: los personajes, el entorno, el ritmo. Pero, ¿cuál es el espinazo del libro? ¿Cuál es la idea fundamental, en torno a la cual giran los hechos? Estévez no persigue otro fin que demostrar que el reino animal es un orbe de conductas específicas transmitidas de individuos a individuos a través del tiempo, cuya finalidad es la supervivencia. Los personajes humanos se ven desplazados por los caracteres animales. No todos, realmente, porque el viejo colono, fumador de pipa, cazador, antiguo empleado de ferrocarriles es un personajote. Pero incluso él sirve al propósito esencial de ensalzar rasgos ignotos del comportamiento animal. La inteligencia, belleza, vigor, astucia del tigre logran conmoverlo a tal grado que le perdonara la vida si el azar no dispone lo contrario.