En el vestíbulo del bloque 9 conversamos los dos, los tres, muchos, todos, sobre el año duro, el año del dolor, de los muertos. Conversamos de la muerte de Héctor Abad, de los profesores asesinados en su despacho, de la pesadilla de los ataúdes. Estamos aquí, junto al cajoncito del buzón de sugerencias y conversamos del periódico La luciérnaga, de cómo fructifica la idea de Alcántara que, entre todos, es el que tiene a cuestas varios semestre de Comunicación (y que luego se pasa a Español), experiencia en el periodismo deportivo, en la radio, y que además, poco o mucho, también trajina el teatro. Conversamos del propósito de no sucumbir, sostenido a través de la lucha con la escritura, pensando en un futuro en el que se pueda hablar sosegadamente, nostálgicos, sobre este tiempo de barbarie.
El nombre de Héctor Abad vuelve, y sobre él conversamos, aprovechando que la hija del negro trabaja en la Facultad de Medicina, que hace buenas migas con el frutero de la acera, al que, amén de alguna ensalada con yogur, le compra un tamal o un almuerzo de los que la esposa prepara con mano bendita. Vuelve ese tiempo en que las marchas con ataúdes simbólicos y claveles en profusión dejan un sabor de reivindicación, en que la idea de un periódico de la facultad cobra sentido, urgencia, enmascarando en la temática institucional el necesario impulso de compartir poesía. Porque es un periódico literario, más que académico. Conversamos de esto, de los poemas de Luis, del reportaje a Mario Escobar, del ensayo de Terry sobre el Popol Vuh, de los escritos del negro. Estamos aquí, en este lado carnal del vestíbulo donde pende el buzón de sugerencias de La luciérnaga, donde está el tendido de la venta de libros, donde se insinúan las escalas al segundo piso y está la entrada al pasillo de vicedecanatura.
Conversamos los dos, los tres, muchos, todos, porque es un tropel de gente el que se congrega, como en esos instantes de avivamiento del tráfico en los cambios de clase, cuando veo personas salir de todos lados, hervir (es el solaz del almuerzo) en los pasillos, las cafeterías, las jardineras. Conversamos sobre cómo la ansiedad de este tiempo turbio se encauza en el objetivo de publicar un libro, del nacimiento de una obra. Y así Alcántara sueña con Imágenes de la noche, Cuartas da a luz Es tarde en San Bernardo, el negro se decanta con Lucero. Aquí cerca, del lado de Pastora, está el mural de Barrientos, el rostro moreno surgiendo entre nubes de humo y metralla. De esto conversamos, de Fernando Barrientos, de Héctor Abad, del tendido de la venta de libros, cómo los libros son otro fuego, secreto, devastador contundente. El negro, una mañana, se acerca al tendido de libros y compra un libro de Bachelard. Alguna vez, en esta cartelera del vestíbulo, pega un aviso musical, su idea de formar una banda, y es en este pizarrón donde acaso ve el artículo sobre el canibalismo de las galaxias. Hay siete galaxias de velocidad radial negativa que, en lugar de alejarse, se acercan a nosotros. Entonces cambia el espectro luminoso, ya no se corre hacia el rojo sino hacia el violeta.
Conversamos los dos, los tres, muchos, todos, de la amistad, de que un disgusto pasajero debe ser eso, precisamente, un disgusto pasajero, tras el cual se revitaliza la camaradería. Y veo, en el venir del tiempo, a Alcántara leyendo sus poemas ante diversos auditorios, azucarando el momento con su voz, hablando de sus referentes (Cavafis, Pessoa), firmando libros. Veo al negro hermanado con Cuartas (Terry sí se desvanece), leyendo Adentro, una hiena, reconociendo el talento de narrador de su colega, diciéndose "me quito el sombrero", como estila ese personaje de La peste ante una obra de mérito. Librado, es el personaje de Cuartas en esta novela. Es la historia de la enfermedad. El negro se siente gratamente impresionado cuando Cuartas recurre a la imagen del telescopio (lentes, prismas, espejos de aumento) como un medio ideal para sondear el mañana. Esta metáfora astronómica le pone en la línea de las estrellas, sus amadas. También reconoce el acierto en el pasaje del joven emberá que llega al hospital de la urbe con el pie destrozado por una mina. Lee con afanosa fruición esas páginas, ávido de hallar referencias astrales y pasajes sobre mí. Pero estos últimos apenas se mencionan. No es como en Golpes de ala (la novela de Luis Jaime Agudelo), donde mi homóloga, la Nacional de Bogotá, aparece dimensionada, desde la óptica de Santiago Restrepo, el muchacho de veinte años en segundo semestre de Derecho.
Conversamos de esos momentos de avivamiento en que las mesas de estudio se llenan de gente, de voces, de diálogos; los estudiantes pasan caminando de un lado a otro, como islas, en parejas, en grupos. Las jardineras son más anchas de lo que uno cree, porque son muchas las posaderas que albergan: los que toman café o fuman, los que platican. En el tiempo por venir esos que hoy imprimen su espíritu en estos lugares, actúan en otros sitios, desempeñan distintos roles, pero mi impronta va con ellos. Y lo que menos recuerdan acaso sea el año de los muertos, el asesinato de Héctor Abad, la incineración de Sor Carmen. Algunos, como Alcántara y Marcos, lo que más recuerdan es La luciérnaga, el reportaje a Mario Escobar, el buzón de sugerencias prendido en la pared del bloque 9, la cartelera donde están fijados el aviso para formar una banda y el artículo del canibalismo de las galaxias. El corrimiento al violeta, la velocidad radial negativa, el grupo local de galaxias.
Conversamos de la última vista que Alcántara tiene de Cuartas: en un restaurante, comiendo pescado con una amiga. Cuartas está flaco, irreconocible. Conversamos de esto los dos, los tres, muchos, todos. Cómo el negro me acoge en sus escritos con una reincidencia parecida al amor, detallando desde el vallado de la piscina hasta el rumor del viento en los guayabos, pasando por el retrato caricaturesco de este o aquel personaje. Por ejemplo, Yiyo, el ajedrecista, que sale del baño del 9 subiéndose la pretina; el esmirriado Yiyo es hoy un hombre de cuerpo lleno, de camisa fajada, barba entrecana, que camina con cierta ampulosidad. Al descubrir al negro en la burbuja de café, lo mira como si lo reconociera, pero no va más allá: es otro Miguel, otro Tálaga, de esos a los que les resbala todo. O esa señora de audífonos sentada dos mesas más allá, en el andén, frente a la fotocopiadora de Caos; un rostro maduro, cabello corto, ojos inquietos, como si también reconociera al negro, que está sentado por allí, estudiando, y que la repara. ¿Quién es esa señora? ¿Sí es Yiyo este hombre robusto y de camisa por dentro? Sí, es Yiyo, póngale la firma. La mujer recoge las fotocopias, paga y se marcha con rumbo a la salida de Barranquilla. Y el negro se queda pensando que a Yiyo no lo ve solo en mi club de ajedrez, también en los del centro, donde es el mismo individuo alborotador.
Todos tenemos derecho a remansarnos, a caminar sendas moderadas, pienso, mientras conversamos los dos, los tres, muchos, todos. Conversamos del cometa 31/Atlas, de que no se desintegra a su ingreso al sistema solar interior, a 4,5 unidades astronómicas del Sol y a una velocidad de 61 k/s ¿Una amenaza para la humanidad? ¿El fin del mundo? En los corrillos de esquina el asunto cobra para algunos dimensiones apocalípticas, mientras otros ni se inmutan. El señor 31/Atlas es un ciudadano interestelar, viene de afuera de nuestro sistema solar. En octubre de 2025 es cuando pasa más próximo al Sol. Conversamos de que un meteoro es cualquier objeto que atraviesa la atmósfera. que un cometa no puede catalogarse como tal. Un fragmento de cometa o de asteroide, sí. La idea es que atraviese la atmósfera y llegue a la superficie, entonces es meteoro. Conversamos de estas cosas, de los astros y del hombre, de cómo Alcántara es compadre de Mario Escobar, porque este bautiza al hijo de aquel. De que la finca de Mario queda en Rionegro y que un día, en medio de estrecheces económicas, ofrece su predio en venta a Alcántara, que no puede pararle la caña, porque no tiene el monto.
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