Noche de luna, soberbia. No una luna llena, esférica, compacta, le falta para redondearse, para ser el dracma perfecto, pero despide mucha luz. Se alza sobre la biblioteca, con un oro en cuajo, sereno, esplendente. Me recuesto en el pretil más alto del 11 y la observo. ¿Si el negro viene conmigo? Por supuesto, aquí está, junto a mí, mirando la luna. Parece viva, oscilar entre las nubes azuladas y blancas, a las que contagia su transparencia. Se eleva presta en el horizonte estrellado, como una muchacha en sazón (este pensamiento es del negro), como un trigo maduro. Cómo no disfrutar del astro cercano, de este fanal mágico, de esta mano cariñosa tendida desde la eternidad, de esta barquera del cielo que nos lleva a lo profundo del estupor y del sueño. Ahí está la galaxia, escondida en sí misma, sin un espejo en que mirarse. Y aquí está la luna, primorosa, lozana, chispeante, coqueta, plena. La galaxia la envidia. Es una bestia monstruosa ante esta fina doncellita. La galaxia querría pasearse por la pasarela, asomarse al balcón celeste, exhibirse. No puede. Es una muchacha grandota y fea.
En el pretil del 11, donde al negro le gusta estar y pensar en Mónica, pero donde yo solo me ubico de vez en cuando, la luna me sorprende escalando el cielo tras la biblioteca y las barriadas de oriente. Me siento en un banco y la veo. Hace frío, y el negro se pone el suéter, se encapucha, se abriga. La contemplamos. Su resplandor nos retiene en el corredor, en el antepecho, en la noche, mientras mis ámbitos se desalojan, la gente parte, los vigilantes apuran a los remisos. Bajo el mango de Troncos unos muchachos enguitarran temas de Silvio Rodríguez. No prestan cuidado al exhorto de los guardianes. Sube rápido, como si tuviese una cita romántica. Cualquier prodigio, todo espejismo es posible. El negro, que es flojo en dibujo, saca el cuaderno y el lápiz y la captura en unos simples trazos: luna, estrellas, cielo con guirnaldas de nubes. Hay tal magia en la noche que el esbozo queda bonito. Una muchacha pasa tosiendo una tos bronca, se está resfriando, debiera abrigarse. El fulgor de la luna da en el dibujo del negro, lo pinta de amarillo, reproduce la alquimia, transforma metales bastos en dorada cornucopia.
Hay que desalojar, mañana es otro día, así que bajamos. El negro entra al baño del primer piso, donde un día se despide de Mario Escobar, donde unos muchachos, en otra oportunidad, hablan de masturbadas y estorban el paso. Sigue ascendiendo con ímpetu, relumbra en la ventanita del muro, donde faltan los vidrios. Recuerda la ruedita blanca de una pastilla escapando de las manos de Carlos (el novio de Mónica, que padece cefalalgia), rodando bajo el lavamanos, y Bernardo que se inclina y la recoge y se la devuelve, y Carlos, que tiene inquina a Bernardo, dice:
"Ya no la quiero".
Y el recuerdo, la aspirina, se pinta de amarillo, de luna que navega decidida (se siente el chapoteo del agua, el golpeteo del remo) al encuentro del amor. La galaxia y el cielo se resignan a servir de edecanes a esta reina gloriosa. Me apena la galaxia, siempre a la sombra, en su tristeza sin espejo; mientras aguardo al negro en el andén, espío por entre los ramajes, por un agujero en el tiempo, y allí está la galaxia. Le pico el ojo y sonreímos. "Dulces sueños", me susurra la galaxia.
Magister Dixit.
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