Cuartas vive en Belén San Bernardo, el negro trabaja cerca de allí, de vez en cuando se cruzan (el primero pasea a su perro, el otro marcha a laborar), pero no se saludan. Cuartas debe estar escribiendo Adentro, una hiena, su última novela. El negro atraviesa una situación laboral difícil, va de un plantel a otro, mantiene hostilidades con los directivos. Cuartas pasea el perro en la mañana y aprovecha para caminar, no anda muy bien de salud. Pasan cinco años, su estado de salud se deteriora, muere; mientras el negro, en su trashumancia por los colegios, se traslada de la comuna occidental a la oriental y llega al José Roberto Vásquez, en Manrique, cerca a la casa gardeliana y a la de su maestro Mario Escobar, finado. Entretanto, además, estudia diplomados y esas monsergas para ascenso en el escalafón docente. Uno de estos cursos, relacionado con la Didáctica de la lengua Castellana, lo adelanta en la Escuela del Maestro, con una profesora de cátedra, Ana. Las clases son en semana, en la noche. No se sabe cómo, pero Miguel, el periodista de la tiza, acaba colado allí. Asiste a dos o tres sesiones. Aparece cuando ya se ha trasegado una buena parte del curso, y se esfuma a las puertas del trabajo final (un proyecto de aula) y la evaluación. Miguel no se preocupa por tomar notas, viene solo en plan de escucha. Durante los trabajos en equipo, aprovecha para hablar con algún amigo, con su tono reposado y sus maneras un tanto pacatas. En una ocasión posterior, el negro coincide con Miguel en la cafetería de Deportes; siente el cosquilleo de recordarle aquel curso en la Escuela del Maestro, pero lo deja pasar. Seguro que Miguel le contesta que no lo recuerda. En esta oportunidad dialogan sobre un conocido recíproco, Aristides Caballero, estudiante de Urabá con inquietudes políticas. Al parecer Miguel es amigo de Aristides, lo conoce bien. El negro omite hablar del asesinato de Aristides. Sospecha que Miguel no le prestará atención. También hablan de Horacio Betancur, el profesor de Educación, a quien Miguel tiene en buen concepto. El negro recuerda a Horacio, el popular Sancocho, y el día del eclipse, el avistamiento del profesor en el centro.
Conserva en la memoria aquella asistencia informal de Miguel al curso de Didáctica, se dice que puede ser la ocasión para amistarse con el gacetillero, pero este es más bien renuente, un tipo engañoso, familiar a primera vista, evasivo en el fondo. Este rasgo de la personalidad de Miguel lo constata de sobra en la cafetería de Deportes, donde Miguel, la mayoría de las veces, lo ignora. Ana no se inmuta ante el intruso. Tal vez Miguel asiste a algún programa de la Escuela del Maestro (una lectura, un conversatorio, una exposición de arte) y se le ocurre escabullirse en el aula, acaso porque la profesora le parece bonita. Extraño caso el de este personaje que no estudia formalmente, pero que recorre espacios académicos para cultivarse. Su paseo nocturno por la Escuela del Maestro tiene un no sé qué de desatino, de volado.
Miguel se eclipsa. Así la mañana del sábado en que el negro y Ana se encuentran en la Escuela del Maestro con el fin de adelantar en proyecto de aula, Miguel es menos que un dato en blanco, un ser sin definición, alguien inexistente. Ana viste camisilla manga sisa color zapote, bluyín, botines. Trae un pequeño bolso de tela, muy femenino y discreto. Llega puntual, lo invita al café de Trini, ahí al lado, se adelanta mientras él va al baño (trae un apuro desde la estación de Itagüí). Advierte la impaciencia y el nerviosismo de la profesora, una falsa vivacidad, la propensión a distraerse, como si estuviese preocupada o pensando muchas cosas a la vez. Donde Trini no bebe el café tranquila. Enciende un cigarrillo, pero tampoco lo fuma con calma, le inquieta que pueda molestar a la gente. Lo apaga y lo bota.
"Volvamos al trabajo".
"Está bien".
En el camino le cuenta que ahora está libre de los dos cursos que dicta en la UPB y que el próximo sábado termina este de la Escuela del Maestro.
"Quedo cesante por tres meses, si te das cuenta de un trabajo. Dicto talleres, hago nivelaciones".
"De acuerdo".
Se instalan en el segundo piso, en la sala de Internet, donde un joven profesor asesora a tres estudiantes adultos. Su discurso es idéntico al de Ana, proyectos de aula y esas cosas.
Trabajan dos horas en un computador, dan cuerpo a la secuencia metodológica. Ana demuestra pericia en el manejo de Word: organiza el contenido en dos columnas, usa Word Art, etcétera. Sentado a su lado, el negro se percata de que la profesora tiene una cicatriz en el labio (que sube hasta la aleta izquierda de la nariz) y de que tiene frenillo. Mientras trabajan, Ana envía varios correos, uno a Jorge Antonio, avisándole que probablemente repruebe el diplomado. Ana recibe una llamada de Asné, la supervisora de la universidad, su jefa, que le habla de lo mismo, que la exhorta a informarle qué estudiantes no pueden graduarse el sábado debido a la inasistencia. Vuelve a sonar el nombre de Jorge Antonio. Entonces el negro recuerda que es este Jorge Antonio, las escasas veces en que acude a clase, el interlocutor de Miguel. Conversan en voz baja, pero aun así Ana les llama la atención alguna vez.
Ana hace una pausa y va al baño. Trae dos tintos. Los deja en la mesa sin avisarle cuál tiene azúcar y cuál no. Un instante después, Ana coge los vasos, entrega uno al negro, apuran un sorbo.
"¿Cuál te estás tomando, el amargo, el mío?"
"Es el que me pasaste".
Entonces él se da cuenta hasta dónde llega el despiste de la profesora. Debe de andar enamorada.
"¿Qué hay de ese amigo con que te vi tirando paso en la discoteca de Sergio?"
"Ese ingrato".
Un tipo parecido a Stallone, muy previsible el tipo de galán por el que se chifla una mujer como Ana, piensa el negro. A ellas les gustan los tipos monos, talludos, ojiazules, Stallones.
"Sí, Jorge Antonio es el único que reprueba", confirma Ana a Asné.
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