miércoles, 5 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 75)

Hoy una vez más despunta el sol, brioso, en mis espaldas. Me deslumbra el fulgor y vuelvo la vista hacia las montañas. El Sol tiene esa fuerza invicta de los nacimientos. A las dos de la tarde el aire es una lámina galvanizada, una irradiación que el negro siente como una quemadura al atravesar mi plazoleta central rumbo a la cafetería de Deportes, donde almuerza. Recuerda que en once el profesor de español, al que apodan Peligro, organiza un concurso de poesía. Escribe un poema al Astro Rey y obtiene el segundo puesto. Por años conserva el texto en la memoria. Alguna vez lo transcribe a un cuaderno. Después le pierde el rastro, pero recuerda unos jirones. 

En un sistema de estrellas triples, que los hay en el universo, los potenciales habitantes de un planeta ven tres soles, y las sombras son triples. Mientras da cuenta de la sopa y medita si hablar de la muerte de Miguel al mesero de melenita, el negro piensa en estas cuestiones, Alfa Centauri, GW Orionis y HD131399. Los planetas en estos sistemas estelares experimentan condiciones de luminosidad y gravitatorias complejas. Mejor no molestar al mesero, que se ve tan ocupado con platos de aquí para allá. Cuando duda si pedir de sobremesa una mazamorra o un jugo, es que recuerda que Miguel siempre pide mazamorra. Una vez ve cómo el de la melenita obsequia un bocadillo adicional a Miguel, que despacha la mazamorra con fruición. Se la llevan bien Miguel y el mesero. En tanto opta por no incordiar al empleado, imagina la cafetería de Deportes en pleno ajetreo y bajo un sistema de tres soles.

Miguel se la lleva bien con todo el mundo. ¿Dónde vive Miguel? ¿Cuáles son sus hábitos? ¿Tiene familia? Nunca lo he visto en la calle, caminando desprevenido por ahí, o en un bar, bebiendo una cerveza, piensa el negro. Miguel debe ser abstemio. No así el profesor Jaime Grandes, que es habitual del Suave. Una noche en que el negro se arrima por allí, Bernardo (el Suave ya no es de este mundo, el hijo coge las riendas del negocio) le informa de la muerte de Pachuco, el famoso bailarín de salsa. 

"Hace tres o cuatro meses, en su casa, mientras dormía, lo sorprendieron y lo abalearon. Vivía más arriba de Buenos Aires. ¿No sabías que lo habían matado? Por eso le hicimos el homenaje".

No, no sabe nada del asunto, que Pachuco ya no empaña vidrios con el aliento. Oye por la radio, en Latina Estéreo, el anuncio del homenaje al bailador en el Suave, pero no sabe que es motivado por el insuceso. El concurso de baile de salsa en honor a Pachuco es en mayo. O sea que su muerte es por marzo o abril.

"Algún mal paso, o por envidia", dice Bernardo, cuando él le pregunta cuál puede ser la causa del homicidio. Y Bernardo añade:

"Lo único que sé es que era un buen elemento. Pero uno no necesita ser malo para correr una suerte así".

Es cierto.

Le toma de improviso la noticia. Siente la muerte del negro bailador, del eterno salsero, cuyo número más célebre es el baile a dúo con Silvia, su muñeca de gutapercha. Es famoso en las discotecas salseras de la ciudad, donde ronda en las noches, bailando y haciendo colecta entre los circunstantes. Alguna vez también viene a mi campus, en unas Jornadas Culturales, y brinda una exhibición en mi plaza Barrientos. Y entonces, igual que Mónica en su desfogue de los viernes, me electriza esa música de negros y muevo el esqueleto. 

El negro recuerda a Pachuco bailando en La Titular, La Fuerza, Brisas de Costa Rica, El Tíbiri, en esa otra taberna al lado de Cine Centro. Pachuco lidia la noche, las cantinas, siempre con su saco de lona al hombro, donde trae la muñeca, los vestidos de recambio y los longplays. Un negro alto, magro, saleroso, jovial; labios grandes, ojos vivos y decididos, palabra cálida.

Recuerda que la última vez que lo ve es en un encuentro casual en el centro, frente al Palacio de la Cultura, una tarde de, quizás, un año atrás. Se paran a hablar un momento en la acera. Pachuco está citado con una mujer. Es un personaje de tal carisma que lo entrevistan en la televisión. 

Bernardo le enseña las fotos del concurso de baile.

"Lo hicimos en el salón del fondo".

Las fotos muestran bailarines solistas y en parejas en una pista rodeada de mesas llenas de público. En un lugar alto y destacado una cartulina más bien modesta, reza: "Homenaje a Pachuco". Siquiera tiene ortografía correcta, sobre todo la palabra "homenaje". A través de las fotos comprueba que aquello es más bien opaco, de escasa categoría, aunque con indudable buena fe. 

Imagina (ahora que sabe que Pachuco ya no empaña vidrios con el resuello) un salón inmenso, destellante de luces (como la galaxia Andrómeda o la del Lebrel, con cúmulos de estrellas), con una concurrencia nutrida y y un aviso de neones fantásticos. Es lo que Pachuco merece, no ese letrero mezquino en cartulina y marcador.

De todos modos vale el homenaje. Buena por Bernardo (el hijo del Suave, el heredero del sabor) al permitir que el evento se realice en su taberna. Ningún otro medio anuncia el deceso del bailador, mucho menos honran su memoria con un concurso de baile. Pachuco es un ser nocturno, una bestia abisal, de la marginalidad de la salsa. No va más allá de bailar en las tabernas.

Hoy, miércoles, día frío, Bernardo le avisa de la muerte de Pachuco. Arrima a beber una cerveza y a mirar el partido de Colombia. Además de Bernardo están el ayudante y Margot, la mesera (de gafas, eterna en el oficio). En la barra, bebiendo aguardiente, tres hombres, entre los que reconoce a Jaime Grandes, catedrático, otro habitual. Gordo y de apariencia tristona, es un tipo alcoholizado. Viste una bermuda, camisa larga y sandalias. Le acompañan un costeño jocoso y parlanchín, rechoncho, de tez clara y cabello crespo, y un joven blanco, de chivera, de aspecto sobrio. Permanecen en la esquina de la barra. El costeño sale a menudo y vuelve a entrar.

Durante la transmisión del partido solo entra otro cliente, un hombre bajito, simple, de traza pacata. Es bien acogido por el grupo. Margot le trae una cerveza. Cuando Colombia anota los tipos se abrazan y arman bulla: brindan con aguardiente. Bernardo los acompaña en el brindis. Por lo general está jalaíto. Él está sentado en la barra, un poco al margen. El costeño viene a abrazarlo cuando hay gol. Él le da la mano un tanto evasivo, pero contagiado del ánimo del otro. 

Se marchan antes de concluir el partido, el de la chivera un poco antes.              

             

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