viernes, 21 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.87)

Cuartas gana una Beca de Creación en 2014 con la novela Adentro, una hiena. Se trata de la historia de la enfermedad de Librado, desde el diagnóstico hasta la vuelta a casa, pasando por la hospitalización y la cirugía. Del trance del que Iván Ilich (y Mario Escobar, y Natalia Pikouch y la mamá del negro) no pueden salir, Librado sale avante. Tiene cuarenta y cinco años. El negro trae el libro a Bogotá, en su morral, así como, años atrás, trae a María en su mochila de estudiante. Hoy remplaza la imagen de la dulce muchacha hebrea, la de las hermosas trenzas, por la cara larga y huesuda de Librado. Acaba la lectura en Midtown, el edificio donde se hospeda. Librado, el personaje de Cuartas, regresa a casa, se reencuentra con Lucky, su perro labrador, sueña con volver a sus caminadas por los cerros (El Cerro de las Tres Cruces) e ir de ronda por los bares.

En la biblioteca del Palacio de la Cultura (antigua Gobernación, edificio construido por Goovaerts), en la Colección Antioquia, el negro encuentra Ah, mar amargo, una novela de Óscar Castro García, su profesor de Teoría literaria. Halla el texto un poco al acaso, cuando no sabe bien qué busca. ¿Qué es un libro más, un libro menos? ¿Qué es una novela perdida en el mar de libros de una biblioteca? Es una banalidad, un gran misterio. Es lo fortuito. ¿Qué importa una novela más entre un millar de novelas que se escriben a diario? Es un absurdo, una labor pretenciosa, inútil. Pero ahí está el enigma, la vía secreta: el libro aguarda a su lector. Es para un lector (no para el gran público, no para forrarse en plata) que se escribe la novela. Para un lector incognito desnuda el escritor su podredumbre, qué paradoja tan bella. Esto solo (como en la paradoja de la fe de Kierkegaard) alienta a seguir escribiendo. En las manos del negro descansa la obra de este hombre al que conoce y trata, que hoy deambula por la ciudad, viejo, solo. ¿Es este su destino? ¿Vale la pena transigir con esta gran confesión, con esta vanidad? Y tras el trago amargo de la vida, ¿no está reservada la derrota? ¿Para qué afanarse por lucir? ¡Un vómito de párrafos con ínfulas de belleza! ¡Una novela! Da hasta fastidio tanta cretinada, tanta pobreza. Pero cada uno vive la vida que le toca, no la que desea. En toda vida hay ansiedad y conflicto. La del escritor no es la más plena, tampoco la más miserable. Trata de dignificarla con los recursos a su alcance: la imaginación y la palabra. ¿Qué hay con que el maestro envejezca y vaya triste por la calle? Es triste y vencido todo, hasta la piel tersa de un niño. En la pasión elegida batalla el creador. Allí fulge y sucumbe. No es un mal final.

¿Qué oficio tiene Librado? No es un escritor, más bien un profesional dedicado a negocios con clientes, tal vez un asesor de seguros, esto no queda claro. Librado sueña con dinero para montar una oficina y atender a su clientela. Aporta algunos detalles de su paso por mis ámbitos, del rol de profesor. En todo caso, ahora es o quiere ser un trabajador independiente. La enfermedad (cáncer de páncreas) trunca el proyecto de viajar a Egipto con su novia, Victoria. Harto trasiega Cuartas mis predios como estudiante y catedrático, el retrato que de mí hace es mezquino. Habla de la Facultad de Medicina y de mi Hospital. En este último (en el pabellón de pensionados)  aloja a Librado. A pesar de tal ingratitud, Cuartas aparece en el libro Espíritus libres, un catálogo de udeáticos ilustres.     

En distintas partes del apartamento (el baño incluido) Victoria tiene los diferentes tomos de José y sus hermanos, la novela de Thomas Mann. Victoria también es universitaria, lleva quince años con Librado, en una relación poco convencional. El título del novelista alemán, junto con la oscura historia del suicidio de un profesor de sociales, salen a relucir una mañana en que Luis y el negro se citan en la Librería Nueva, en Junín. Luis llega tarde. El cabello crespo húmedo y apelmazado, las gafas, una camisa de tela de jean, un bluyín, unos tenis. No entran a la librería, sino que van a Versalles y desayunan. Luego se trasladan al pasaje comercial Junín, donde a Luis le gusta beber café y orinar (por el consumo dan un ficho con derecho a usar el baño). Mientras toman café, Luis relata la historia del suicidio de su colega, entretejido con la lectura de una novela de John Katzenbach, El psicoanalista, que el profesor de sociales le presta. El negro escucha el resumen de la novela de labios de Luis, una mujer que se desnuda ante un psicoanalista. Luis tiene un cuento donde habla de una escena similar, una mujer sin gabán, sin nada debajo. Pulula el gentío: meseros con bandejas, comensales, clientes de almacenes de ropa y joyerías. Entre personas que comen y otros que brillan sus escaparates, Luis pone al tanto al negro del suicidio del joven profesor de sociales. En la novela de Katzenbach un personaje muere bajo las ruedas del metro de Nueva York. Son demasiadas coincidencias. Meses atrás una hermana del profesor de sociales es asesinada. En el entierro este ve a unos tipos malucos. Unos días antes de suicidarse, comenta a Luis:

"Ya sé quién mató a mi hermana". Qué historia truculenta. 

"No poderse acostar uno con dos o tres de estas a la semana", comenta Luis, mirando a las bellas dependientas de los almacenes. Y añade: 

"La vida sexual es como la económica, hay los que tienen plata y los que no. Para ellas no hay problema. Es como elegir entre un anillo de cobre y uno de oro". 

Luego del café salen a Junín y tornan a la Librería Nueva. El negro recuerda que es allí, en esta librería, donde Mario Escobar, una vez, obsequia a Alcántara la novela Hombres de Maíz. Alcántara cuenta esta anécdota siempre que tiene ocasión,  sazonándola con la peculiaridad de Mario de propinar a sus amigos intempestivos puñetazos en el hombro a manera de saludo. 

José y sus hermanos está exhibido en la vitrina. Luis pregunta al empleado si ahí vienen todos los tomos. 

"Solo el cuatro", y a continuación dice el precio, una suma elevada. 

 "Thomas Mann es un escritor de quilates, esa pausa, ese método, uno es muy apresurado", dice el negro, mientras se alejan La Playa abajo.

"No te preocupes, tú escribirás una buena novela". 

A pesar de la tristeza que lo acogota por la muerte del colega (del que hubiese querido hacerse más amigo), Luis tiene suficiente bonhomía para halagar al negro con la expectativa de tiempos mejores, de una novela bien escrita.                    



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