miércoles, 26 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.89)

Hijo de un lustrabotas y debiendo ayudar al sostenimiento de la familia, Tálaga no tiene una formación académica a fondo en el terreno del arte, al que se inclina a temprana edad, desventaja que suple de manera autodidacta. Comienza pintando cantantes como Camilo Sexto, Leonardo Favio, Rafael, pero luego manifiesta su preferencia temática por las cantinas, las saloneras, los niños lustrabotas. Es más tarde, cuando se mueve en mis predios como auxiliar en el Aula de Apoyo Docente, que logra estudiar. Presenta varias veces mi examen de admisión, sin resultado. Entonces se matricula en Bellas Artes. 

Georges Brasseur es director y profesor de la Escuela de Pintura y Escultura de Bellas Artes, pero está tan harto de la mojigatería de esta tierra que rechaza la renovación del contrato. 

En el Archivo Histórico de Antioquia hay documentos con invitaciones del director de Bellas Artes al Gobernador, en que lo exhorta a asistir a una exposición de Brasseur. 

Brasseur regresa a Bogotá en 1927 (allí vive su hijo Charles), pero viene ocasionalmente a Medellín, donde tiene amigos. Sopesa la idea de establecerse en esta ciudad. Goovaerts, que construye el Palacio Departamental (hoy Palacio de la Cultura) le ofrece la decoración de una de las salas de este edificio. 

En 1928 se dirige a Norteamérica, mas se establece en Venezuela hasta 1932. En 1934 está otra vez en Bélgica. Tiene cincuenta y cuatro años. Expone en la afamada Galería de los Artistas Franceses de Bruselas. El torbellino de la guerra lo escamotea al ojo de los biógrafos. 

A pesar de su breve estada en Bogotá y Medellín, Brasseur causa impacto en el arte del país. Entre sus estudiantes se encuentran nombres que que logran figuración en la vida artística de la ciudad: Luis E. Vieco, Carlos Correa, Emilio Botero, Gustavo López, Lucía Cock, Gabriela Vielles, Helena Ospina, Teresita Santamaría.

En 1948, tras escribir a su hijo Charles, regresa a Bogotá. Expone cincuenta y dos obras (entre estas cuarenta óleos) en la Biblioteca Nacional. Viene a Medellín con el propósito de quedarse. Expone en el Museo Zea (hoy Museo de Antioquia) una serie de bodegones, paisajes y retratos. Vuelve a ganarle el desasosiego y retorna a Bélgica. 

Tálaga se precia de las exposiciones en que participa, de los viajes a otros países, del destino de sus cuadros. En mi Museo hay dos obras suyas, pero están en bodega, y Tálaga duda que las presenten al público. Magro favor es este, que acepten dos de sus obras y las dejen en la bodega. No muy satisfecho con el asunto, Tálaga comenta esto al negro mientras se pasean por los pasillos de Artes rumbo a una burbuja de café. Es como el editor que te recibe una novela, no la lee, y te deja en la incertidumbre. Al negro se le ocurre preguntar a Tálaga si conoce a Brasseur, pero mejor deja las cosas de ese tamaño, se le antoja pérfido tal pensamiento. Tálaga ha estado en Roma, en Cuba, pero vaya uno a saber si conoce a Brasseur. A Botero, normal, incluso entona loas. Cuántas obras de artistas no están en bodega en mi Museo. Hay que bajar al sótano y enterarse. No es una calamidad, como tampoco lo es que el editor no se preocupe de tu manuscrito. 

El arte de Tálaga se agiganta en la pintura en que representa una caja de embetunar. Ahí es un Leonardo, un Brasseur, un Manzur. En esto piensa el negro al entrar al baño del bloque 1, al pie de la circunvalar. En la pared descubre varios grafitis incendiarios; en la concavidad del lavamanos, un reguero de pintura verde y negra. Pintura, ver obras de arte en los letreros de los capuchos, en la mancha pertinaz del hueco del lavamanos. Me incumbe mirar estas cosas con imparcialidad. Soy en cuanto diversidad, así que no puedo sino observar y reflexionar. "Rojos en la u", todo en verde en las losetas de los orinales. Una caja de embetunar, el Viacrucis de la iglesia de Buenos Aires. Tálaga tampoco es dado al arte religioso, la suya es una obra profana. Lo que deja Brasseur en la iglesia de Buenos Aires es grandioso, esos catorce retablos del Viacrucis, el camino de Jesús al Calvario. 

En el portal un mendigo que agita el tarro recibe al negro con el retintín de las monedas y el debido sablazo. Le obsequia una moneda y entra. Una mujer reza el rosario para un manojo de feligreses. Mientras recorre los costados del templo observando, uno a uno, los retablos de marcos dorados, el negro medita en los extraños lazos que unen las vidas a través del tiempo.           

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