viernes, 28 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 91)

Ese es el papá del negro. El que lo acompaña es Marcos Barrios, profesor de Deportes. Enfilan por Troncos, pasan por el 11, llegan al 12 (un mito, sin duda, la fábula más grande, la fábula más monstruo, que Buda, Sócrates y Jesús no escriben; ¿cómo pueden no escribir unos personajes tan dotados de verbo, tan carismáticos, tan revolucionarios? Es como decir que Nietzsche y Marx no escriben. Qué tontería, a otro perro con ese hueso. El editor, porque hay un editor, los veta. Es lo que ocurre con Buda, Sócrates y Jesús: el editor, hipócrita editor, los veta). El padre busca al hijo que está desaparecido, en pleno año de los muertos. El negro lleva tres días sin reportarse en casa. El papá telefonea a Marcos, su paisano, se citan en mis duelas. Inquieren entre los docentes y los condiscípulos. Se asoman a la sala de profesores, allí está Rito Llerena Villalobos, otro de Urabá. Rito introduce al papá del negro con algunos profesores (Natalia Pikouch, Rogelio Franco, Alcides, Hernán Botero) y alumnos (John Wilson, Osorio, Gloria, Amed el Bajá), 

Sí, esos dos negros veteranos que este miércoles de febrero transitan con tal salero por mis corredores, son el papá del negro y el profesor Marcos Barrios. 

"No te preocupes. Tu hijo debe estar en San Andrés con una chica. Ya aparecerá". 

El desparpajo del paisano no hace mella en el papá, conoce bien a su hijo, que ni una novia tiene. Yo lo he visto con algunas condiscípulas, pero son estas las que se insinúan. No es como John Wilson, un seductor, un picaflor, no. Mi negro anda a trompicones entre mis muros, atento solo a las clases y, por una época, afanado por largarse a un garito del centro, donde se ha enviciado. Malbarata allí un dinero que el papá le confía, un giro para el hermanito que vive en Neiva, y se borra del mapa, no vuelve a casa por varios días, temeroso de la reprensión paterna. Los profesores (Natalia sobre todo) y los compañeros hablan maravillas del hijo, pero no saben nada de él, solo que es un muchacho juicioso, que se jala unos ensayos de antología. 

El papá, que pide permiso en el trabajo para tal diligencia,  se va a la oficina, decepcionado. El hijo repunta el viernes, y el sábado cita al papá en La Montaña, la heladería de Calibío. Le inventa una patraña de guerrilla y explosivos, pero el viejo lo desenmascara, le ordena irse a casa, darse un baño, dormir. Tal cara de mala vida le ve. 

El viejo descansa. 

El garito es en pleno centro, Bolívar, entre Boyacá y Calibío, un segundo piso: Salón Bogotá. Una escalera estrecha lleva allí. El negro está tan familiarizado que sabe el número exacto de escalones (los cuenta cada vez): dieciséis. Tal número está en la serie que Platón enuncia en el Timeo (1,2,3,4,9,16,27). De esta serie puede deducirse todo, las órbitas de los planetas, la trayectoria de los cometas, la distancia entre las estrellas. Es una forma de medir el universo sin necesidad de telescopio. Tiempo adelante, en los días de profesor, el negro recomienda a Daniela, una alumna, el libro de Carl Sagan, Cosmos. Lo que esta chica anhela es tener un telescopio. De noche, desde una rampita de su casa, observa las estrellas.

La antesala del garito es una estancia donde funciona un bar. Allí hay un orinal, un baño y dos cuartitos de depósito. En el costado opuesto se halla el mostrador de la cantina y, junto a esta, la entrada a los salones donde se juega cartas, apuntao. Son tres. El primero y el segundo, paralelos al bar, tienen ventanales que dan a Bolívar. Son de igual tamaño. El tercer salón, más pequeño y reservado, se comunica con el bar por una ventana, por la que despachan. El escritorio del administrador, don Mario, se encuentra a la entrada del primer salón, en la esquina izquierda. 

El garito es un sitio exclusivamente acondicionado para jugar cartas. Las mesas, con sus respectivas sillas, se reparten el espacio de los salones. Otra ventana comunica el bar con el primer salón, en el extremo opuesto de don Mario. La cara de don Mario luce afeada por una cicatriz, herida de arma blanca, que le deforma la boca. Es un vejete blanco, vivaz, astuto, con ademanes de marioneta. 

Hoy pregunto al negro por esa etapa de su vida. Me responde que le parece irreal, un sueño. En su momento es algo real, cargado de materia y de pasión. Ahora parece una irrealidad, un onirismo. 

"No puedo decir que el juego era mi vida, porque la literatura era un impulso más profundo. Sin embargo, donde no me despabile, el juego la hubiese desplazado. Tuve que forzarme a dejarlo. Recaí, claro, varias ocasiones. Pero logré salir a flote. Mis cuadernos de esta época documentan la obsesión y el esfuerzo por superarla".

Igual que una persona de la ciudad, de vida cómoda y culta, que se radica en el campo, se delata en seguida por sus modales diferentes a los de los rústicos, asimismo el negro, que es un muchacho tímido, desentona en el ambiente desabrochado del garito. No es raro que individuos solitarios anclen en escenarios donde reina el tumulto y la vulgaridad. Prueba de esto son los bares, que acogen a gente de toda laya. El negro es un advenedizo. Su aire taciturno y su inexperiencia en el juego de cartas a ese nivel de tahúres, chillan. Tiene suerte de principiante, como es normal. Luego lo pelan en regla. Aunque con las semanas se arrima allí con desenvoltura y llega a ser reconocido por muchos asiduos, no deja de preguntarse cómo vino a parar a este sitio y cómo se obsesiona tanto tiempo. Se le antoja un misterio.

La figura de don Mario acude a su memoria. ¿Vivirá aún? No vuelve a verlo. En realidad, vuelve a ver a muy pocos ejemplares de aquella fauna extravagante. Y no es que se haya convertido en un eremita, porque camina bastante el centro, aunque no con con la regularidad enfermiza de entonces. Don Mario le recuerda un muñeco de cera: atornillado en su escritorio, con aspecto de valetudinario. Aunque estricto en el manejo del personal (por ejemplo al recibir la plata de cada mesa de mano de Pateclós, el Mocho y el Mostachudo, los gariteros), en ocasiones sorprende con gestos de tormento, como si le atacaran punzadas en alguna parte del cuerpo. 

Acaso don Mario haya muerto, igual que el novelista, el maestro del Taller de escritores. Un Mario por un Sila, un Sila por un Fabio, una Fabio por un Palma. En la tumba en que acaso se retuerce, don Mario, el administrador de garito, ¿recordará a ese muchacho que saca un libro de su mochila y se pone a leer en medio del pandemonio del salón de juego? Lo más probable es que no. El viejo Cara cortada, figura de un museo del horror, ¿qué va a imaginar que ese muchacho lo recuerda hoy en estas páginas? El negro se pregunta si alguien hará lo mismo con su sombra. Tal vez haya alguien.            

     

           

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