En mi homóloga de Bogotá, la Nacional, eres mi embajador, negro, así que tienes que portarte bien, y eso es lo que haces. Fuera del susto a esas muchachas en el baño, te comportas como un buen muchacho, como un universitario en regla, amante de los libros, visitante de museos, contertulio de poetas, esteta de la urbe. Homenajeas con tu virtud a León de Greiff, a Policarpa, a Jaime Garzón, al Che Guevara, a Camilo Torres, a Gaitán, a Georges Brasseur, a Jorge Isaacs. Mi homóloga la Nacional de Bogotá es fundada en 1867, el año en que se edita María. El único libro que cargas en el morral es María. Ni siquiera la Biblia, que llevas a todas partes. No, María, el rostro angelical de esa muchacha judía que, de algún modo, te recuerda a Dorotea Veit, la hija del filósofo Moses Mendelssohn, la mujer de Fritz Schlegel.
Estás ojo avizor a no colarte de nuevo en el baño de las Evas, y el duchazo de recluta lo tomas en el lugar indicado, el baño de los Adanes. Mi homóloga te acoge como una tía afectuosa, no es otro el sitio en que puede sentirse cómodo un muchacho como tú, que sabe deslizarse calmadamente en la sala de estudio de una biblioteca o en el vestíbulo de un museo. Tornas a pensar en la ironía de que el auditorio de la Nacional lleve el nombre de un vate antioqueño, el jocundo nórdico, León de Greiff, y que el mío ennoblezca el recuerdo de Camilo Torres, el cura bogotano. Tornas a pensar en la ciudad que visitas como en una razzia, en un blitzkrieg, con tal enardecimiento transitas por las calles capitalinas en esas horas alucinadas. Tal vez en otra ocasión te sea concedido pasear con sosiego por estos lugares. En la plaza Bolívar conoces a un tinterillo con alardes de poeta y artista, que acaba por llevarte a su pensión en el barrio Egipto. Es verdad que el tipo escribe versos, que asaetea lienzos. En verdad es un hijo de las musas. Pero también es cierto que el sujeto es homosexual, lo que, según Maecha, es del todo natural en un artista.
Brasseur vive varios años en Bogotá, otros en mi ciudad, Medellín. Es compatriota de Goovaerts, el arquitecto flamenco que llena de adefesios arquitectónicos la ciudad y el departamento, en ese estilo neogótico, que desprende a la legua fanatismo religioso. Cuánto aboga más Brasseur por el estilo colonial y republicano. El estilo republicano es una vuelta a la sobria elegancia del clasicismo griego y romano. Basta ver la mole del edificio de la Gobernación, frente a la plaza Nutibara, un mastodonte inconcluso, al que falta todo un ala. Siempre que pasa por allí el negro echa un vistazo a la edificación, constatando la asimetría entre los planos de Goovaerts y la ablación de la realidad. Es una mole mocha, un ave manca. Brasseur se decanta por la pintura, por una vida más suelta y epicúrea. Se divorcia, vuelve a casarse, regresa a morir a su país, Bélgica.
Los belgas, y cuántos otros europeos (italianos, franceses, alemanes, ingleses) acuden como moscas a este país que les ofrece pingües ganancias. Decroly, el pedagogo, desembarca entre la riada, y se comenta que trae a un mono por mascota. Asesora a Agustín Nieto Caballero en el Gimnasio moderno. Unos años más tarde desembarca Goovaerts, contratado por Pedro Nel Ospina.
Brasseur aduce como testimonio de la simpleza de los paisas, la pasividad con que dejan infestar su paisaje con las obras mastodónticas de su paisano Goovaerts, arquitectura, más que exótica, de mal gusto. Para fijar este absurdo pinta a Goovaerts con el teatro Junín (una de sus monumentales edificaciones) al fondo. Qué atentado contra las formas coloniales y republicanas, tan armónicas y sosegadas. Donde los amigos de lo ajeno no priven a Goovaerts de una parte de sus planos, hubiese saturado a Medellín con sus colosales paroxismos. Es como si un sustrato de Bélgica se trasplantara a Antioquia. Goovaerts replica aquí obras realizadas en su país. La iglesia del Sagrado Corazón es una copia idéntica de otra que se conserva en Bélgica. Brasseur elige el arte de la finura: la pintura. Una disciplina mucho más íntima e independiente. Se va de los sitios cuando le da la gana. No se ve atado por largos proyectos. La fe ata. Brasseur debe estar chapado de agnosticismo, la herencia de Kant de que no podemos conocer. Aunque pinta cuadros religiosos, es más academicista que otra cosa. Abjura de las nuevas tendencias. Pero esto no es obstáculo para que lleve una vida desasida. Llega a Colombia solo, divorciado, ajeno a sus hijos. Vuelve a casarse, a tener otro descendiente con su nueva mujer. Hay un periodo oscuro en su biografía, de 1934 a 1945. Es un vividor. Aunque siente preferencia por los temas sociales, su clientela es aristocrática. Sobrevive a Goovaerts once años. Muere a los setenta, al rodar de una escalera, en su propia casa.
Bogotá, con el negro, mi embajador, recorro sus calles, paso por el Monumento a los Héroes antes de que lo echen abajo en los trabajos de la construcción del metro. La estatua de Bolívar al pie del Monumento es conservada para reubicarla luego. Qué de universidades bogotanas: La de la Sabana, la Javeriana, la de La Salle, la Manuela Beltrán, la Jorge Tadeo Lozano, la Distrital Francisco José de Caldas, la Santo Tomás, la Republicana, la Escuela Colombiana de Ingeniería. La Nacional es la que nos convoca. Hoy entro con el negro, por la 30; pasamos sin problema, sin que los dos vigilantes nos pidan documento. La doble riada (la de los que salen y la de los que entramos) fluye por la portería. Es Bogotá, es la Nacional. Al lado está el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, IGAC.
Brasseur vive aquí. Aquí vive esa muchacha que estudia periodismo y asiste al taller de escritores de Mario Escobar: Diana Bernal.
Bogotá : magnolios, sauco, escobillón rojo, laurel huesito. Mónica viene a vivir a Bogotá, trabaja en la Universidad de La Salle. El negro la visita en su trabajo y ella le obsequia dos libros de Juan Duchesne Winter, escritor de Puerto Rico.
Laurel huesito, entre otros árboles en el ribazo de la Universidad de La Salle.
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