domingo, 9 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 80)

Encarnar en La caza, la pintura de Jacob Van Ruisdael, el onirismo y el claroscuro de estos hechos, fragmentos de mi vida, monologar, como quiera llamarse, el espejismo del tiempo. Las hayas gigantescas, el terreno cenagoso, el ciervo huyendo de los cazadores, sin escapatoria. Está perdido, el noble animal, porque además de los hombres, hay perros. Uno cualesquiera de mis días, una situación común en el campus, por ejemplo, el negro atravesando mi plaza Barrientos, se imbrica en el lienzo de Ruisdael, en el elástico danzar de la belleza y la muerte. 

Pero es Cuartas quien se presenta ante mis ojos (y quizás también Mario Escobar, y Natalia Pikouch, y los otros). Se lo ve por ahí, en la calle, manejando su automóvil usado, que a veces parquea frente a los bares. Con malevolencia no disimulada, algunos que lo conocen subrayan la circunstancia de que el carro es un segundazo, como si esto pudiera deslucir la imagen del dueño. El jeep de Mario Escobar también es un usado, lo mismo el Mister King del negro. Luis dice (con veneno) que todos los carros de los profesores son usados, cómo va a tener un profesor con qué comprar un cero kilómetros. ¿Qué hay con esto? De cualquier modo es poco lo que se lo ve en su faceta de propietario de vehículo y conductor, porque en esos días desaparece y se rumora que tiene cáncer de estómago. 

Tiempo después, cuando su reclusión es un hecho y su enfermedad una evidencia, cuando se comenta que anda casi ciego y que se pega unas borracheras bíblicas; en esa época en que la rubia jalea del atardecer constituye el regalo de un día de verano, algunos que lo conocen, restañados los prejuicios, con una migaja de bondad, se acuerdan de él. Es como si hubiese muerto, se dicen, tratando de imaginar la miseria y la oscuridad en que bracea, y recordando la espigada y altiva figura de su juventud.

Como si hubiese muerto, pero es seguro que sigue vivo (Adentro, una hiena), que reside en la ciudad, que acaso ya solo salga a controles médicos, con sobres de manila donde ahora, en lugar de trabajos literarios mecanografiados para concursar, porta radiografías y resultados de exámenes que el especialista evalúa. 

Qué jugarreta de la vida. Tienes que llegar a los cincuenta para poder comprarte un carro, y cuando lo consigues, un cáncer te ataca.

¿Qué será del carro? Lo vende a pérdida, sin duda. Un cáncer descompleta no solo el cuerpo, también el bolsillo. 

Qué será de él, musitan algunos que lo conocen y lo recuerdan, viendo oxidarse las nubes del ocaso, cómo se enhebra en el viento el latido de los perros y los gorjeos de los pájaros, lo mismo que la algarabía de los niños de la vecindad. Solo un instante resplandecen las nubes, que se apagan y acenizan mientras la indulgencia, cosa rara, airea los recuerdos, la imagen de un fantasma. El ciervo, herido, cae. Los perros le muerden, lo derriban, los cazadores se acercan y lo ultiman. Este final no está en el lienzo de Ruisdael, pero es lo que sucede, sin duda. Las nubes del cuadro no son azafranadas, no es verano; las nubes son grises, pero las pinceladas blancas acaso anuncian el otoño, la luz crepuscular se refleja en los troncos de las hayas y en el agua, en la pradera, en el pecho erguido del ciervo. 

Cómo puede un pintor representar la vida en una escena de esplendor y tragedia, Dios, qué genio. Son los verdaderos creadores, más que los escritores. Y cómo la esencia de una pintura se trasvasa al alma de esta vieja academia y, con Fichte, reclama que la idea tiene que hacerse acción, que la universidad no puede seguir siendo durante más tiempo una mera escuela del saber, una isla solitaria, alejada del resto de la sociedad: debe ser una escuela de la acción. Teoría y praxis son una misma cosa. Es lo que impugnan Ruisdael y Fichte con el pecho erguido del ciervo que será acogotado por los perros y ultimado por los cazadores. Es idealismo, pero es de los mejores. Es el idealismo que llama a la acción, a la lucha, al no sometimiento. Es lo que Fichte reivindica en Kant, la exigencia de ir contra todo dogmatismo. Y la universidad se vuelve dogma. 

Ahí va Cuartas, ha vuelto a mis duelas; ya viejo y agobiado por la enfermedad, atraviesa mi plaza Barrientos. En el recuerdo lo veo acercarse a la mesa donde Mario Escobar departe con el negro, en la cafetería de Pastora. Mario los presenta. Ya no pueden ser sino amigos, como Goethe y Schiller.       

       

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