lunes, 10 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 82)

Representarme a escala reducida, de un tamaño menor, incluso, a la maqueta que hay en el andén de la entrada de la biblioteca, que el negro se detiene a mirar de vez en cuando. Por ejemplo, en un cuadro de 40x30 centímetros, como la cartelerita de madera e icopor que el negro tiene en su estudio. Ver, entonces, mi mundo en escorzo, en una proporción de Liliput, y enterarse de que una es nada, una insignificancia, donde ni siquiera se distinguen formas en concreto, solo punticos. Pensar que la escala puede reducirse más todavía, a lo microscópico, si se quiere. Y eso es en verdad lo que somos, menos que esto, a escala del Universo. 

Esto en cuanto al espacio. En cuanto al yo, al espejismo de la identidad, abatirlo, sumirse en el todo, en la anulación budista, por ejemplo. Este mundo será destruido, dice Buda. Cultiva la amistad, compasión, alegría, indiferencia. No busques riqueza. Je, se me pegan los pensamientos de negro, que a veces se pone en modo budismo. Espacio, tiempo, los imponderables kantianos. No puede haber sino una historia, la del Tiempo. Así que el espacio es solo un marco, una escala. A la vista humana, la hormiga es invisible, pero ahí está, se mueve, trabaja el día entero, en procesión interminable corta la hoja, la carga hasta su destino y vuelve a empezar. Para un elefante africano la especie humana es una hormiga; para una secuoya, el elefante es una hormiga, para una estrella, la secuoya es una hormiga; incluso para la hormiga el unicelular es nada.

Escalas: la de la hormiga, la del hombre, la de la estrella, la de la galaxia, la  de la metagalaxia, la del Universo. 

El negro piensa en John Wilson, ese condiscípulo que piensa que corcha a todo el mundo con la pregunta: 

"¿Dónde se proyectan las imágenes que las personas y los objetos suscitan en nosotros? Una película se proyecta sobre una pared o un lienzo. Bien. ¿Dónde se proyectan las impresiones que los objetos externos originan en nosotros". 

El negro le responde que en los sentidos (las percepciones), la teoría de la visión, el espectro luminoso, el asunto se reduce a esto. Pero más tarde le echa cabeza a la cuestión y se dice que el amigo John Wilson le plantea algo más profundo que el fenómeno de la visión humana: le plantea la ley de Hubble, el corrimiento hacia el rojo del espectro de las galaxias. Entre más alejadas de nosotros, el espectro se desplaza más hacia el rojo. Según la ley de Hubble, las galaxias se alejan a una velocidad proporcional a la distancia. Esto quiere decir que si una de ellas se halla a una distancia cien veces mayor que otra, se aleja de nosotros cien veces más rápidamente. Ah, esto es lo que me desafía a mirar el amigo John Wilson con su sonrisa socarrona.

Este amigo John Wilson se pierde del mapa del negro después de la pandemia. Da con otros de los que no abriga esperanza de verlos de nuevo, pero a John Wilson parece que se lo traga la tierra. Halla su cuenta en Facebook, le escribe, en vano. En Facebook también están las cuentas de sus hijos, les escribe, igual resultado. Parece fuera de lógica que un tipo tan cercano en el pregrado y en los años siguientes, se desvanezca así nomás. Le sigue la pista hasta un día en que se encuentran en el recibidor de la biblioteca de Comfenalco. En esta oportunidad, John Wilson, fiel a su palabrería, le cuenta que se está comiendo a una sardina, a la que conquistó con sus artes de don Juan y, aún más, con sus destrezas amatorias. Está ya próximo a los cincuenta, pero puede hacer feliz a cualquier mujer.

Tratándose de sexo ya no le importa el enigma de las percepciones, dónde se proyectan las imágenes de las personas y los objetos. El negro teme que John Wilson corra la misma suerte que el Casanova de la canción de Willie Colón. Esos tipos que se jactan de comilones, que andan desesperados con el sexo, tarde o temprano la embarran y han de enfrentar a un marido ofendido. 

Por estos días recuerda que una tarde, cuando realiza una diligencia a su hermana en el edificio Cades (Boyacá, entre Junín y Palacé), se cruza con John Wilson ante los ascensores. Apenas pueden saludarse, porque John Wilson tiene un apuro de la vejiga, debe encontrar un orinal a como dé lugar. Sus gestos desesperados tienen algo de pueril. 

En alguna parte ve a John Wilson luego, no recuerda dónde. En un sueño, es lo más seguro. Un hombre sentado en un banco o en un muro le sale al paso. Por un momento le parece que es John Wilson y lo saluda con efusión. El rostro del otro cambia en el acto: se ensancha y exhibe un aire grave, incluso hostil. Frena en seco el saludo.

Al poco tiempo, revisando un cuaderno, encuentra un apunte sobre John Wilson, correspondiente a la época en que matan al profesor Henao en su oficina del INER. John Wilson aún es mormón. Más tarde se hace cristiano, pero aún es mormón. 

Durante los años del narcoterrorismo en Medellín la industria turística padece una de las crisis más fuertes. Muchos hoteles se ven obligados a cerrar. La amenaza de las bombas y las masacres ahuyenta a los veraneantes. Por este tiempo John Wilson y su madre (quienes siempre vivieron una precaria situación de vivienda) trabajan cuidando un hotel del centro, en Palacé con La paz. Madre e hijo residen en el hotel desierto, a la vez que hacen de cuidanderos. 

Luego pasan mucho tiempo sin casa, viviendo donde pueden (cierta vez al lado de una cañada, en un sótano estrecho y lóbrego, cerca del parque de Boston), pasando trabajos, mientras se soluciona el pleito de la herencia paterna. En otra ocasión cuidan la lujosa mansión de un clérigo que se halla de viaje en Roma. Resuelto el litigio, quedan con una vivienda de dos pisos, en Campo Valdés.                    

Reducir, pues, lo humano a una escala minúscula, para ver cuán irrisorios somos, yo con mi pretendida misión de formar profesionales, cuando no soy más que una parte del engranaje, encargada de entregar un producto final. Bien hace el negro cuando parodia al universitario, cuando ridiculiza la importancia que este otorga a expresiones como "parcial", "final", "tesis"; se mofa de los estudiantes cuando vienen en el bus leyendo mamotretos y subrayando con resaltador pálidos conceptos; se ríe de su atuendo, su conversación, sus hábitos, su pensar. Un universitario es un extraño ser dependiente (un parásito) que trama golpes de estado contra la sociedad, la familia, la religión. Los padres no pueden hacerse muchas ilusiones con ellos, porque ya los perdieron. Son más míos que del hogar y sus afectos. Pero los padres, medio tontos, medio sabios, se ilusionan. Mas la ilusión es producto de un pensamiento limitado, arquetípico. Una ilusión de supermercado y de revista farandulera. El universitario es el embrión de mucho y de nada, y en la mayoría de los casos es un piñón más de la maquinaria. Una pieza más, funciona, no reflexiona. ¿Para qué había de reflexionar? El universitario, una vez se gradúa, se adhiere al aparato productivo, cumple su rol y vive feliz dentro de los estrechos márgenes de su aparente felicidad. Pero no sabe ni le interesa saber gran cosa de la engañifa de que es víctima. Las más de las veces elige una carrera sin realizar un estudio a fondo de las ventajas y desventajas de la misma. Dan tristeza las universidades que promueven profesionales que salen a ganar sueldos mezquinos. Sí, el universitario es un iluso, un soñador, un enlunado, un neblinoso. No es un ser que se tenga en cuenta para mucho. Se les tolera la "edad" con sus berrinches y se les ignora. Todavía ha de vivir mucho para ser un hombre verdadero, el universitario del que habla Fichte.

Así, al reducirla a la escala de su minoría de edad, el negro ve la humanidad como un desfile de sombras, una marcha de espectros perdidos en el tiempo (y él va sabiendo lo que es el Tiempo), gobernados por fuerzas fatales. Una visión escéptica de la realidad, pero profunda y arraigada. Un Universo desnudo, impasible, que se mueve por su propia mecánica insondable, que moldea al hombre a su antojo. El ser humano y sus sentimientos y sus penas no son nada para esa máquina ciega que, según la ley de Hubble, se aleja de su origen a velocidades escalofriantes. El hombre crea a Dios al concebir el espanto de su orfandad. Luego Dios crea al hombre y todo cuanto existe. Dios es descanso, consuelo, padre, chivo expiatorio. La mente humana, desde su etapa más primitiva, es insidiosa, astuta.  

     


No hay comentarios:

Publicar un comentario