domingo, 30 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 92)

Kant, Konisberg, Kafka, radioemisiones discretas. De dónde viene esa onda de radio, a qué objeto se refiere; se percibe pero se ignora el origen. Otros mundos, galaxias. Ventanas de transparencia atmosférica. El radiotelescopio, las radio-estrellas, es muy poco lo que se logra aclarar, para ser sinceros. Lo desconocido. El hombre que es Kant, el hombre que es Kafka, también pueden ser extraterrestres. El negro es otro. Con ese coco de pirulito, con esa lejanía. Hoy Kant es ruso, Konisberg es Kalinigrado. 

Se cancela el semestre por tiempo indefinido. Vale para mí como para mi homóloga de Jena en 1806, con la invasión de las tropas francesas y Hegel tratando de salvar sus manuscritos: Fenomenología del espíritu. 

El 19, número atómico de Kafka, potasio. El 1, número atómico de Hegel y de Hubble, hidrógeno. Hegel estudia las órbitas de los planetas, considera a Kepler superior a Newton. La última tentativa de la metafísica por constituirse como sistema, Hegel. Hubble ve corregida su Ley por las investigaciones de otros astrónomos. Eso es la ciencia, un perpetuo corregir. Un semestre perdido, el negro y yo sabemos de esto. Aquí son otras las causas, distintas a la megalomanía de Napoleón. Aquí son otros reyezuelos los que orquestan la violencia, los que me obligan a parar y al negro a buscar trabajo de peón mientras torna la academia. El paro está en el orden de las cosas por las que me rijo. 

El negro también carga con sus manuscritos, la interrupción de las clases dispara la Royal. Qué mundo tétrico. En su rol de profesor, el negro habla en el descanso con un chico de octavo. Este le cuenta de una balacera en su barrio en la que casi cae muerto: huye, se disloca la rodilla, razón por la que no viene a estudiar. También cuenta de una masacre en Itagüí donde caen veinte. Como para quedar desmoralizado. Y ese otro alumno que se suma al coloquio habla de tres muertos en su barrio. El negro siente que la tristeza le desgonza el cuerpo y el ánimo. Qué año de muertos. En el siguiente descanso no sale del aula, se queda estudiando guitarra con Jorge Rodríguez, un alumno de séptimo. Viloria y Gaviria los acompañan. En cierto momento Viloria recuesta la cabeza en los brazos, contra la tabla del pupitre. Su carita se ve tierna, inocente, entregada a la pereza, a la ensoñación, a la melancolía. Este chico no merece un mundo tan violento, plagado de bestias sanguinarias que asesinan sin discriminación, sin piedad. Viloria merece un país bueno, como el que sueña Luis, habitable, solidario. El bloque de clase siguiente disipa la pensadera del negro. Te mueves o sucumbes: son cuarenta muchachos indóciles, cansados, algunos anestesiados por la barbarie en que vivimos. En cuanto a Viloria y esos chicos que practican guitarra con el negro, gustosa los espero en mis duelas, gustosa de abrirles un horizonte.  

Esas mentes alemanas: Kant, Goethe, Schlegel, Heidegger. Ahí viene Elena, quiere tirar la toalla, la monografía sobre Kant le queda grande. Luis la saca del atollo, lee la Crítica de la razón pura y escribe unas notas para Elena, que le paga. Hoy el negro lee al de Konisberg y toma apuntes. No se conforma con un resumen. Este hombre tiene algo que decirle, así que se zambulle en su mundo del noumeno, la cosa en sí. Hay que quitarse el sombrero ante semejantes pensadores. 

La sustancia incondicionada, Dios, es el objeto de la filosofía, dice Hegel, el mismo que el de la religión, pero que mientras que esta llega a Dios por representaciones, aquella lo hace reflexionando, pensando. ¿Cómo puede el negro barajar este batiburrillo mientras camina hacia el despacho de Macías? Llega puntual. Macías lo espera sentado del otro lado de una mesita redonda, contra la pared, donde se ve que suele tener reuniones. En una repisa lateral una cafetera hierve, pero Macías no lo invita a un tinto. En la mesa, ante sí, hay una agenda abierta con apuntes breves, en tinta  de varios colores. ¿Serán escritos literarios? ¿Asuntos académicos? Sí, más bien esto último, horarios de clases, fechas de asesorías, etcétera. Cerca de la agenda hay un libro. El negro cree que es una novela, pero en el curso de la entrevista fisgonea el título y se percata de que es un texto técnico, talleres de lenguaje. 

Talleres de lenguaje. Recuerda a la profesora Lucy, la de Didáctica del lenguaje, cómo incluye en la bibliografía del curso un trabajo de Juan Fernando Saldarriaga, ejercicios de aplicación sobre el tema de la expresión oral. El nombre de Juan Fernando Saldarriaga aparece entre los de Sigmund Freud, Marta de Luca y Óscar Castro García. Debe ser que el trabajo de clase gusta tanto a Lucy que lo inserta en la bibliografía del curso. Es lo mismo que ocurre con Natalia Pikouch y el ensayo del negro sobre La muerte de Iván Ilich, que la ucraniana publica en la revista Lingüística y Literatura. Codearse con los consagrados. Ante Macías, el negro rememora el rostro de este condiscípulo aventajado, Juan Fernando Saldarriaga. Macías viste con pulcritud. La barba cana le da carácter a su rostro de piel clara, rasgos dulzones, y ojos un poco zarcos, vivaces y atentos. Su voz es franca y cordial. Sin rodeos, luego de invitarlo a sentarse, dice:

"Usted es el ganador del Concurso de Cuento Tomás Carrasquilla".

Macías es el director del Taller de Lenguaje de la Escuela del Maestro, entidad organizadora del concurso. 

"Es un cuento excelente. Tiene dos personajes muy bien logrados y un tratamiento muy delicado, que conserva hasta el final. ¿Ha escrito otras cosas? ¿Ha publicado?"

Renuente, el negro responde:

"Algo. Y usted, ¿ha escrito más libros, además de Amada está lavando y Ganzúa?"

"Reuní esos dos, amén de Relatos de la Milagrosa, bajo el título Cuentos del barrio, es lo que antes llamé Cuarteto de la Milagrosa, un nombre pretencioso, la verdad". 

"¿Por lo de la obra de Durrell?"

"Sí, precisamente. El Cuarteto de Alejandría es clase aparte, ¿no cree?".

"Es cierto".

"Voy a poner una de mis obras en el paquete de libros incluido en el premio".

"Muchas gracias".

"A propósito, que no se nos olvide, debe firmar la autorización de publicación de su cuento".

"Ah, claro. ¿Dónde firmo?".   

                                

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