lunes, 3 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 74)

Velas en la acera, flores entre las pizarras y las carteleras, homenaje a la imagen de Miguel, al último universitario, como le llama Beatriz Polanco en su mensaje del pendón de desahogo sujeto al vallado. Algo singular, el sentimiento que despierta la muerte de este hombre, las expresiones de dolor, la valoración de una vida dedicada a informar. El pendón de desahogo apretado de frases en marcador de distintos colores, a tal punto que si alguien quiere timbrar su mensaje ya no puede. Días después, un sábado en que va a la fotocopiadora de Barranquilla a imprimir un libro (La república de los espíritus libres, Peter Neumann), al ver la esperma en el piso y las flores renegridas en la reja metálica, siente el reflujo de la escena. 

Mientras ponen a punto la fotocopia del libro entra a la u (patina en los restos de esperma), viene a troncos por un tinto y se encuentra con una sonrisa. El hecho de que una sonrisa de muchacha le reciba al desembocar en la cafetería, se le antoja la esencia de la vida universitaria. Acaso fuese lo esperado, esa sonrisa, el repliegue de unos labios, el cristal de unos dientes, el expandirse de un rostro contra el murmullo de la fuente y el romper de las conversaciones: esa sonrisa que, aunque no está destinada a él, lo transforma todo, invitando a vivir a plenitud.  

Sentado en una mesa, sorbo tras sorbo da cuenta del café y de las galletas integrales con sabor a coco, y siente que, de alguna forma, esa sonrisa también le pertenece. 

La proximidad del tronco recto y claro y estriado del nogal, y asimismo la bocatoma y el almendro (rojas y verdes hojas) inmediatamente después del nogal y, más allá, el contorno del bloque 11 con sus barandas de cemento en diagonal, todo esto se hace interesante por la sonrisa. 

Esa sonrisa hace que el disfrute del tinto y las galletas sea más intenso; a la par que en la boca y el estómago queda una sensación satisfecha, en el níquel de la mesa hay un vaso de cartón y una envoltura plástica transparente con migas tostadas dentro y con una papeleta de información nutricional. Coge la envoltura y vierte las migas al piso para que la paloma que se pasea por allí se las coma; y es esto lo que, en efecto, ocurre. La paloma siente caer las migas y se devuelve y da cuenta de ellas. Mientras la ve barrer hasta el último grano, torna a pensar que la paloma no es un pájaro, que un pájaro no puede caminar tan tranquilo entre los pies de los circunstantes.

Y allí vuelve a sentir el reflujo de la escena del encogimiento por la muerte de Miguel (se dice que debe echar un vistazo al locker), la cara de insuceso de las pizarras todavía con información (la lotería, el perdón); con ese aspecto lavado y caduco, golpeado por la intemperie; los ramilletes de flores secas que permanecen agarrados a la valla, el pendón de desahogo ("Miguel, el último universitario, Beatriz Polanco"), y el otro pendón con la foto y con frases de condolencia, donde un espontáneo circuye en marcador rojo dos errores de impresión. La foto muestra a Miguel con la boca abierta, en el acto de expresarse, haciendo gala de su pasión por el diálogo. 

Y allí sentado ve un pedazo de bocatoma, la parte superior, entre la mesa del otro costado del andén y las piernas del circunstante (pantalón negro) y las pencas, el aire, el nogal, el almendro; un fragmento de la bocatoma (así es como le llama Mónica, otros dicen "hidrante") en un nivel inferior al del andén. Tres escalones comunican la cafetería con el paseo que lleva al 11; y a la biblioteca, seis escalones; y a la fuente y el museo, nueve. 

Otra vez siente el reflujo de la escena y ve al chacero con su catrecillo de mentas y chicles, y constata la desolación, como si este tramo de acera y la vida que allí se mueve hubiesen sido restregados con lejía, un descurtido a fondo, dejando el tiempo limpio, como tras una tempestad. Pero el otro tiempo, el tiempo abolido, revolotea allí como un moscardón, como un avispero espantado que no se cuida de nada. El rastro de Miguel pervive en los renegridos ramos de flores sujetos a la valla, en las pizarras escurridas en los letreros indelebles: "El día más bello: hoy".

Cruza Barranquilla al trote por el medio de la calle, con unas zancadas largas y poco cívicas, y siente que en el trágico compás del ayer, del hoy y del mañana, golpetea un gong decisivo, en un ritmo terco y desolado que arrumba con todo: la avenida, el vallado y las pizarras, la u. Esas zancadas rápidas y poco cívicas (hay que pasar por la cebra) marcan el compás de un final, una libertad con sabor a tiza, a pizarrón, a muro de piedra cruzado de grafitis (negro, rojo), a fuente parlera que, en definitiva, debe apagarse, cesar.

Atrás, del otro lado de Barranquilla, el edificio donde funciona Villamil, primer piso, hoy dividido en pequeños locales comerciales: un taller de motos, un café, etcétera. Allí, junto a Villamil, el callejón de Yiyo (el futbolista frustrado) y del lustrabotas cojo (falso agente de tránsito). Allí, en Villamil, una noche asesinan a un profesor, mientras toma una cerveza. Las zancadas vivaces, el morral a la espalda, el civismo negado, el riesgo en bando, deja atrás todo aquello: la fotocopiadora donde deja un abono (quiero ese libro a toda costa, no importa cuánto vale, en seguida vengo por él), Villamil, que ahora es otra cosa, un edificio de varios pisos, con pequeños locales comerciales abajo. 

Deja atrás todo y entra en mi predio y hace cola en Troncos (que hoy se llama Arbóreo) y compra un tinto, unas galletas. Todavía estás aquí, en mi tejido, entre los quipos de las conversaciones y el agua de la fuente y el paso corto y donairoso de las palomas, que más bien parecen reinas de belleza que pájaros. Las palomas, esas dulces y ciegas hermanas del hombre, que se han propuesto no ver a este simiesco hermano. 

La sonrisa de la u es la fuente, se dice, acertando. Mi blanca sonrisa como un espíritu del agua, como una exhalación de lo eterno.                    

No sonríe para él la muchacha, sus dientes pelados tienen otro destino (afortunado tú, ignoto destinatario). Pero capta la sonrisa y se alboroza. Es esto lo que busca, lo que tanto se mezquina hoy, lo que ni él mismo es, muchas veces, capaz de dar, una sonrisa. La gente es muy seria, el rostro parece modelado en piedra o hierro. Tampoco en la mirada suele haber ternura. 

Sueña, sin embargo, que a la vuelta de la esquina, una mujer sonriente surja ante él. Y esta mujer habla con dulzura, a la par que no deja de sonreír. Y como si fuera poco, lo abraza.  

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