En el sótano de la biblioteca el negro asiste una noche a la presentación de un libro de Mario Escobar. El sótano, este espacio no acaba por serme familiar (y luego tengo otro sótano en el museo, y tal vez uno más en el Camilo, ¿quién puede jactarse de conocerse a plenitud?). No es lo mismo estar en mi plaza Barrientos cogiendo el fresco, a plena luz de un día veraniego, o junto al estanque de la fuente sintiendo en la cara el vapor del agua que el viento dispersa. Los sótanos son fríos. Los humores freáticos de la tierra causan humedad. El aire no puede ser sino penumbroso, debe mantenerse encendidas las lámparas. Pero son necesarios los sótanos. Que lo digan los curadores del museo, los que reducen a esqueleto a la elefanta asiática. Bueno, y que lo diga asimismo el libro de Mario Escobar, que se presenta a la comunidad literaria en el aire gélido del sótano de la biblioteca. Nivel freático. Las aguas subterráneas no suelen estar muy lejos.
Mario Escobar lleva unos meses de finado. El libro se publica póstumo. Se trata de la Antología Comentada del Cuento Antioqueño, un proyecto al que el veterano escritor le invierte quince años, y que no logra ver realizado en vida: dilaciones, atrancos, contratiempos. Un cuento del negro (su cuento de promoción en el taller de escritores, Lucero) está incluido en el libro, así que el autor se encuentra entre los invitados a la velada. Pero en el sótano. Sí, es que en el sótano hay un aula, y puede muy bien ser usada como auditorio. Cuatro meses después del fallecimiento de Mario, mi editorial lanza la obra, el grueso volumen de cuatrocientas cincuenta páginas, donde el primer texto es A la plata, de Tomás Carrasquilla y el último (en el aparte de Otras adquisiciones), el del negro, Lucero. El negro no presta atención a estas cosas, pero Jhony Cano, un colega al que comparte la obra, le dice:
"El primero y el último de los cuentos de una colección son, por lo general, a los que los lectores prestan más atención".
Pues bien, allí está su escrito, cerrando el latido de la Antología, con la frase postrera: "abandonaron la pieza".
Y la fotografía de cubierta, donde aparece Mario avanzando por una calle entre un borde de urbe y otro de campo, el crédito es para Elkin Restrepo.
Como primer punto del programa están unas palabras en memoria de Mario a cargo de su hijo, que ya es un joven de diecisiete años. Sentado entre el público, el negro escruta al muchacho, trata de hallar semejanzas fisonómicas y de carácter con el padre, y encuentra demasiadas. Luego atiende el exordio, a cargo de dos especialistas, Darío Ruiz Gómez y Óscar Castro García. Darío Ruiz no se complica, lee el prólogo del libro, de su autoría. Su actitud es más bien fría. Óscar Castro se toma las cosas con mayor energía, se vale de textos, haciendo una especie de estudio comparado. Es la primera vez que el negro ve a Darío Ruiz en persona. A Óscar Castro lo conoce desde el pregrado, es su profesor de Teoría literaria y, luego, de Literatura prehispánica. También conoce a este último como autor de Sola en esta nube, un relato que aparece en Antología de Eduardo Pachón Padilla.
Al negro le parece ver alzarse allí, en medio del auditorio, la figura robusta y señera del maestro. La misma impresión deben tener los demás asistentes, entre los que se hallan el hijo y los parientes del finado. También hay por allí viejos rostros del taller. El negro reconoce a Olga, la médica, sentada una fila delante de él. Ambos tienen en el regazo el volumen de cortesía que los acredita como autores. El cuento de Olga se titula La despedida. En andas del rostro de esta condiscípula, acuden a la mente del negro imágenes de aquellos días de las sesiones en La Piloto, la familiaridad de Olga con el maestro y con otros compañeros. La médica se mantiene de aquí para allá con Hincapié, un condiscípulo bastante incisivo; en ocasiones salen de clase y se van en la moto de él o en el auto de ella. Luego Hincapié cuenta al negro sus aventuras eróticas con la facultativa, haciendo gala del poco caballeroso chismorreo.
"Es una galga. Una noche se empeñó en hacerlo en el asiento trasero de su carro, en pleno centro".
La mujer sentada en la fila de adelante, de cabello teñido y aspecto trajinado, con el libro en el regazo, parece al negro un ser ajeno a los relatos lenguaraces de Hincapié, una superviviente de un tiempo mezquino. Hoy todo aquello parece tan lejano. El maestro es como una sombra convocada en una velada espiritista.
Se ausenta antes que acabe el evento, la bolsa con el libro en la mano, sin cuidarse de hablar con nadie, mucho menos con la médica. Quizás se dice, al abandonar el auditorio y subir la escalera, que es la primera vez, en largos años de universitario, que baja a este sótano. Es natural, antes estaba vedado al público. Era una bodega oscura y anegadiza. Qué bueno que ahora le dan uso, que acomodan allí otras dependencias. Aún no tiene familiaridad con Beatriz (la directora de la biblioteca), no conoce a Danilo (el empleado más viejo del cotarro) ni a ningún auxiliar. Pero vienen días (de emérito, de añoso) en que acude allí con cierta frecuencia, para prestar un portátil o averiguar algún dato en el archivo de periódicos (una sección de este queda en el sótano).
Antes eran puras especulaciones. Ahora se hace una idea de este espacio. Ahora sabe que desciende la escalera y, a mano derecha, encuentra el despacho de la directora, al frente de este, el servicio de materiales audiovisuales y portátiles, contiguo el archivo de periódicos, luego, en el centro del ámbito, una sala de computadores; más escondido, el auditorio. Y algún nicho bajo la escalera, donde algún estudiante se encaleta a leer.
Aquí abajo el sótano, allá arriba el tejado con las antenas de Wi Fi; aquí las aguas subterráneas, el nivel freático, allá arriba el aire dilatado, el cielo. En medio, los pisos a reventar de colecciones bibliográficas y artísticas. Desde aquí, desde el sótano donde aquella noche se homenajea al viejo escritor, asciendo, escalera tras escalera, piso tras piso, a mis claraboyas.
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