domingo, 2 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 73)

Alguna vez el negro piensa en una novela fraudulenta. Registra las bibliotecas, seleccionando talentosos novelistas desconocidos a quienes les roba las historias, que en algunos casos ni modifica. Llega a copiar trozos completos de uno y otro, y luego los ensambla. Solo se preocupa de que las historias y los personajes tengan una secuencialidad. Es un trabajo agotador, ciertamente. Quizás invierte más energía que si se consagra a escribir una novela de su propia invención. Existen personas señaladas por la fatalidad de trabajos ímprobos e inútiles, Sísifos, Penélopes sin cuento.

Nunca da concreción a tan doloso pensamiento, por la simple razón de que, en el interín, se ocupa en escribir sus propias novelas. En esta que corre me pone a narrar a mí, la u, y se enzarza en extravagancias tales como cuestionar si una paloma es un pájaro o si en el terrado de la la biblioteca tengo una antena parabólica. Por lo pronto es bueno pensar que, si alguna vez la antena parabólica hace parte de mis equipos de comunicación, con los años y el avance de la ciencia debo sustituirla por un sistema más moderno, una antena de nueva generación. 

Quienes lo ven avanzar por mi plaza Barrientos y volver la cabeza a menudo (va hacia la salida de Barranquilla) amenazando que le aqueje una tortícolis, lo menos que pueden pensar es que es un tipo raro. Por supuesto, sus miradas van dirigidas al terrado de la biblioteca, pero no descubre ninguna antena parabólica, sino equipos más sofisticados, menos aparatosos. Se promete averiguar con Danilo, el empleado más antiguo de la biblioteca. Danilo le hablará de la antena de radio (mi Emisora Cultural), del Wi Fi y las redes inalámbricas. Son otros tiempos, los del pregrado, cuando, desde lo alto del bloque 11, ve la figura de plato sopero de la antena parabólica. Son otros tiempos, negro.

A propósito, en mi Emisora Cultural trabaja ese condiscípulo de La Salle, Braulio. Más de una vez lo visita en el Paraninfo. Dos ocasiones, para ser exacta. Braulio lleva como quince años en este empleo. Un hombre que nace para la locución, que en ella despunta y se establece. En el colegio se encarga de la emisora y se acude a él como maestro de ceremonia en los actos culturales. En uno de estos eventos, cierta vez, vestido con una túnica, personifica a Esopo y su fábula sobre el poder de la lengua, que puede ser el don más preciado, pero también el arma más perjudicial. Braulio estudia en la UPB, donde hace sus primeros pinitos como locutor.               

Los escritores fraudulentos deben ser legión. Nada más pensar en las joyas que se presentan a los concursos literarios. Cuánto rédito daría su ingenio si en lugar de desplegarlo para la trampa, lo emplean como debe ser. Lo que constato, satisfecha, es que el negro es muy pulcro en estos asuntos. Bueno, delega en mí el dispendioso empeño de ser narradora, además de narrataria, de este frangollo; que no alcanza a ser un bodrio, pero que no está bien hilado, es la verdad. Que yo eche los bofes, que bastante discurso tengo. Así que soy la de la perorata. Eso de narradora y narrataria son tecnicismos de la teoría del proceso de enunciación, donde ya no se habla de autor y lector. Así, narro, y a la vez me leo.

Así, pues, veo al negro entrar al museo (acaricia la cabeza de Candelaria) y preguntar por Franja sin gloria, el grabado de Marta Lucía Villafañe. Los auxiliares de arte le informan que esta obra está en bodega, hay que hablar con la directora si quiere verla. Por lo pronto le comparten el correo de la funcionaria. "Bodega" y el negro piensa en "sótano". Por asociación irrumpe en su mente la imagen de la elefanta asiática. La elefanta llega a Medellín con un circo. No se sabe por qué, pero al poco tiempo muere. Quizás por problemas de aclimatación, de la dieta. Se piensa en carnearla y que sirva de alimento a los animales del zoológico, pero el zoológico no la acepta. Me hago cargo de la elefanta. Los empleados del museo la cocinan, luego la entierran para que los escarabajos limpien la carne y el esqueleto quede limpiecito, como se conserva hoy, en la sala de Historia Natural. 

En los días en que el negro cursa el pregrado, la elefanta es exhibida en el vestíbulo del museo. Uno entra y lo primero que se encuentra es el esqueleto de la elefanta. Imagina cuántas cosas hay en la bodega, qué tipo de operaciones se realizan en el sótano. Lo menos que despiertan esos empleados con guardapolvo es sospecha. Y pensando de esta guisa, el negro se dice que las únicas dos partes de la u en que ve sótano son el museo y la biblioteca. Y es natural, por el carácter de las patrimonios que allí se conservan. Aún así, el guardapolvo se le hace sospechoso. Bueno, también tú lo usas en tu rol de maestro, y no poco tiempo. ¿Qué dices a esto?

Cocinar una elefanta, sí, sé a dónde quieres llegar.         

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