Lecturas de vacaciones: El castillo, Kafka; Los misterios de la jungla negra, Emilio Salgari; La Guerra del tiempo, Alejo Carpentier. Este último se divide en tres relatos. Uno, Viaje a la semilla, involución de viejo a huevo en el útero; dos, Semejante a la noche, entrecruce de un personaje que es varios personajes en un viaje de conquista de Ultramar, Troya, América; tres, El camino de Santiago, un soldado europeo (que antes es corista de iglesia) al servicio de las fuerzas católicas, tras el espanto de una peste en Amberes, va en romería a Santiago de Compostela; tuerce el propósito cerca de la meta y viene a las Indias, persuadido por un indiano. En las Indias le va mal y en otro trance de muerte recuerda su juramento de ir a Santiago, se embarca y vuelve a Europa, convertido en indiano y romero: es dos personajes, repite los pasos dados y vuelve a torcer el destino, en un círculo vicioso.
La Guerra del tiempo, Alejo Carpentier, vocabulario: astrágalo, testero, charnelas, vetiver, emplastronados, ergotante, octandro, moros, bargueño, jubo, másculo, tejolta, zarambeques, folías, corchete, gúmenas, bita, caracos, zambombas, pandorga, castrapuerco, guardainfante, venera, colodrillo, alcojolada, capisayo, matalotaje.
Así es como trabaja el negro: lee, anota léxico, resume el argumento, va de un texto a otro, se imbrica en la retama del lenguaje. Construye una empalizada verbal y la habita. Luego viene a mis predios, atraviesa mis costillares, me modela en las palabras que lo conforman. Así también yo soy Kafka, soy Emilio Salgari, soy Alejo Carpentier, soy bargueño (mueble con cajoncitos), colodrillo (parte posterior de la cabeza), octandro (octaedro, sólido de ocho lados).
Igual que Mónica, es por el colodrillo que identifico al negro. El negro tiene cráneo dolicocéfalo, cráneo de corozo. Mónica lo define muy bien:
"Tu cráneo cabe en mi puño".
Así, cuántas veces veo enfilar por un lado, doblar por el otro, el colodrillo del negro, el cual, con un leve giro, me ofrece el perfil, esa parte del rostro que, como el de la luna, legitima el otro lado, el oscuro, el misterioso. Es un mulato de buena talla, con un cuerpo trabajado por el deporte y unas maneras más bien austeras, cavilosas. De verdad que su cráneo es singular. Después de muchos años, cuando ya son casi seniles, Mónica todavía recuerda esta característica fisonómica del negro. Mónica olvida las cosas más ordinarias, pero recuerda asuntos como un perfume, así pasen treinta años.
Sigo al negro en sus devaneos lingüísticos, y, con mayor razón, en sus curiosidades celestes. Así, emparejo mi pensamiento con el suyo cuando reflexiona, por ejemplo, en el Monte Palomar, en el Atlas del cielo, en la figura circular que presenta una estrella vista con un telescopio. En cambio, una galaxia vista con el telescopio tiene una forma elíptica. En general, los astros son casi elipsoides. La rotación hace que se embomben en el ecuador y que se achaten en los polos.
Trata de reescribir de memoria el poema al Sol con el que gana el segundo puesto en el colegio. Con el primer puesto se alza una joven de décimo, poetisa declarada y activa. El premio: un libro de poemas de García Lorca, Seis poemas gallegos. Conserva el volumen de Lorca por años. Es de la editorial Alianza; está descuadernado, pero siempre que lo abre, siente el poderío de una voz sin titubeo, la música del lenguaje.
Aunque no se fía de la fidelidad del texto, lo consigue, queda satisfecho con cuatro estrofas, veinte versos. Quizás algún día, en sueños, recuerde el poema con pelos y señales. Igual esperanza guarda con el episodio de su escapada de casa siendo un rapaz: recordar en un sueño el nombre del campesino que lo adopta aquel atardecer a las puertas del cementerio de Titiribí: José Luis, Miguel Ángel. Alguna vez, años atrás, escribe en su cuaderno el nombre del labriego, pero se traspapela. Miguel Ángel, José Luis.
Con los años se ríe de los poetas solares, sobre todo de los que se jactan de pertenecer a la peña literaria de Bello. Luego se arrepiente de su genio burlón y ensalza a los poetas que entonan cantos al Astro Rey. Sustenta la convicción de que un poeta que se respete debe dedicar una oda al Sol. O, en su defecto, a Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno.
El poeta debe abarcarlo todo, desde lo sublime a lo cursi. Lo que no debe ser es banal. Un poema al Sol, el astro Dador de Vida, entraña profundidad. De tal modo reflexiona Peligro al conceder el segundo puesto. Cuatro estrofas, veinte versos. No es necesario reproducir el texto en estas páginas. El negro me lo confía, y puedo dar fe de que es bueno. En ocasiones, sentada ante mi plaza Barrientos, lo recuerdo.
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