viernes, 14 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 84)

Es el tipo de encuentro razonable, en el marco de lo real, un asunto transitable, que no genera contratiempos. No hay que acudir a los sueños ni a la imaginación para que la vida trace un cuadro semejante. Tampoco es un hecho normal, un suceso cotidiano. Es un encuentro acorde con los acontecimientos y los tiempos de la vida de un hombre y una mujer que se conocen, entre los que existe una amistad cierta. La mujer está estudiando en el primer piso de la biblioteca. Todo concuerda y sale a pedir de boca, en los límites de una causalidad justa. El reconocimiento mutuo, el saludo cálido, el diálogo entretenido y preciso, donde se alcanza a intercambiar información amable y discreta. Un hombre maduro y una mujer jechona. Ella trabaja en su portátil, pero interrumpe su labor con la mejor disposición. Él llega a buscar Adentro, una fiera y, mientras charla con ella, sus dedos juegan todo el tiempo con la papeleta de la signatura, C863/P838a. Una papeleta que se aja sin que él se de cuenta, de tanto que la pliega y despliega, en un acto mecánico, atolondrado, del que no se percata. 

Ella es catedrática en Artes, también trabaja con una fundación que promueve la lectura. Dicta dos clases a la semana. Está casada con un maestro. Viven en la zona rural próxima a la urbe. No tienen niños. De las mesas vecinas comienzan a mirarlos con desaprobación (qué conversación tan animada), pero las miradas no aluden a un juzgamiento por la disparidad generacional (como cuando un viejo echa los perros a una jovencita). Se trata de un profesor que se encuentra con una alumna antigua. En ella el tinte negro del cabello hace el ajuste indicado con respecto a la edad. En él la voz y los gestos cansinos hacen lo propio. Así es como deben alternar un hombre y una mujer en quienes una correcta moral y una camaradería evidente perfilan un tipo humano asexuado, con ablación de la libido.       

Como pueden ver, el caballero es el negro. Estoy a su lado durante el palique con la mujer y no tengo nada que censurar en su actitud. Repara en el tinte del cabello de ella, y piensa que la favorece, aunque las canas, abundantes, no le vienen mal. En los años en que es su profesor, con todo y que ella es aún muchacha, ya las canas proliferan. La mujer afirma que está muy bien así, con esas horas de cátedra y con su labor en la fundación. No quiere vincularse a una empresa. Le gusta sentirse suelta. Por ella se pensiona ya, pero duda que alcance una pensión. El negro le pregunta por los padres. La mamá está enferma, la operan mañana. No hace de la enfermedad una tragedia, ni siquiera está nerviosa, ha vivido bastante. También le pregunta por el hermano y ella le dice que vive en Manrique, que tiene una niña de ocho años, que todavía enfrenta problemas de consumo de drogas, que lo internan y se recobra por un tiempo, pero recae. Habla de que tiene un apartamento en Buenos Aires y está pisando otro en Carmen de Viboral. El inquilino del de Buenos Aires es de Venecia, un artesano, Mateo. Ella es amiga de la esposa de Mateo, que es su compañera en la fundación o tiene algo que ver con la promoción de lectura. El mundo es un pañuelito, dice ella, cuando el negro le informa que Mateo es hijo de una amiga de su esposa. La esposa del negro es veneciana. Un pañuelito que despliegas y aparece esta mujer tan grata, a la que en el colegio enrola en el grupo de colaboradores del periódico institucional y que hoy es una profesora de periodismo.  

Esta misma tarde el nombre de Venecia sale a relucir con Tálaga, en el Aula de apoyo docente, en Artes, donde el negro va a saludarlo. 

"Qué bueno que visita Italia y pasea en las barcas", dice Tálaga, en son de burla, cuando el negro le comparte que ahora pasa muchos días en Venecia, que por eso ya no se lo ve con tanta frecuencia en mis ámbitos. "Barcas", dice Tálaga, en lugar de "góndolas", pero el negro lo deja pasar, no lo corrige. Tálaga es otro Miguel. No se le dan nada una cantidad de asuntos.  

El negro encuentra a Tálaga de holganza en el escritorio de uno de los dos pequeños despachos del primer salón. A la entrada hay un recibidor con una mesa redonda, donde los empleados suelen sentarse a departir y a comer. El salón de la izquierda, grande y profundo, es propiamente el depósito de materiales, un taller de maquinaria.

"¿Qué hay del libro que publicó con el poeta Palma? Mi esposa estuvo en la Ferial del Libro, me dijo que lo vio ofreciendo la obra".

Tálaga va al despacho contiguo y regresa con un volumen.

"¿Cuanto vale?"

"En la Feria lo vendían a 45 mil, luego rebajó a 25, se lo doy en 20". 

"Quedó muy bueno. Esta imagen del respaldo".

"Es un autorretrato".

"Me recuerda a Picasso".

"Para ser Arte el arte debe parecerse al arte", dice Tálaga, un poco molesto, ensartando una frase de combate. 

"Y esta otra imagen del respaldo es el poeta Palma".

"Sí".

Saca un billete y se lo da al artista. 

"¿Y esas ollas brillantes que están encaramadas allá al fondo del taller? ¿Para el sancocho de Navidad?"

"No son ollas, son unos tambores de los profesores de Música", contesta Tálaga. 

Hans Sachs, el maestro cantor de Nuremberg, eclosiona en la mente del negro. Cada nada acuden profesores  a entregar llaves de salones o a prestar una extensión eléctrica y Tálaga los atiende con familiaridad.

En la puerta de la entrada (aula 24- 101A, Centro de Apoyo Docente y Estudiantil, CADE), escrito en un listón de papel blanco con marcador rojo y mayúsculas sostenidas, hay un letrero: "Los artistas solo producen lástima".

"¿Quién escribió eso?" pregunta el negro.

"Un colega, pero alguien que piensa así es porque su propia vida es una lástima".

"En algunos aspectos es verdad, no está tan descaminado el tipo, el artista muchas veces es un abandonado, carece de apoyo".

"Nadie lo niega, pero no hay que ser tan pesimista".

"Es cierto".       

Entra una muchacha, una auxiliar que aún no está en turno. Al ver que Tálaga y el negro salen a tomar café, se cuela en el despacho a holgar en el escritorio que el pintor acaba de abandonar. Tiene enchufados unos audífonos. Es hora de almuerzo, de holganza. Tálaga la deja encargada del salón, ella se cabrea:

"¿Quién está de turno?"

Pero Tálaga se cabrea más y dice:

"Cuando salga, cierra, simplemente".

La muchacha tiene el cráneo rapado y, por un momento, el negro recuerda a Tita, que en una ocasión se rapa la cabeza. 

Tálaga viene de malas pulgas por la actitud de la muchacha de los audífonos. Invita al negro a un café. El negro trae el libro en la mano. Atraviesan pasillos de Artes. A su paso menudean muchachos sentados o acostados en el piso, haciendo locha. En un estrecho túnel de despachos y aulas, en cuyas paredes hay expuestas grandes cabezas de cartón en una rica variedad de  modelos y gestos (unas con aspecto de máscaras, otras con aire de bustos), Tálaga habla de impresionismo y expresionismo. Al negro le parece arriesgado aplicar tales conceptos a estas figuras de cartón, pero igual lo deja. Es un gran número de muestras, cabezas enormes, que transforman el pasillo en una cosa loca, con algo de feria o de museo y que recuerdan al negro las esculturas de los cabezones del edificio Víctor, en Boyacá, entre Bolívar y Carabobo. 

Esta tarde, en distintas facultades, el negro tropieza con representaciones de tumbas, propuestas artísticas que aluden, en son de protesta, a mi difícil situación, a la posibilidad de privatizarme.  "Aquí yace esta la facultad" reza el letrero del epitafio sobre un trípode con flores.

Tálaga escoge la burbuja frente al jardín donde está la escultura del Chelista. Mientras hacen la fila, el negro abre el morral y guarda el libro. Delante va una muchacha alta y delgada, de blusa ceñida y escotada y un sombrero negro de alas planas, que recuerda al negro una imagen de Goethe en Italia. Un espectáculo de mujer. Llega un hombre y la saluda; muy efusivos, se abrazan y conversan y ella le invita un americano.

Bebiendo el café enfilan rumbo al 12 a saludar al poeta Palma. Allí, Tálaga mira el mural de la escalera, de su autoría, y se extraña de que siga ahí.

"Ahí sigue, lo que sí es que lo han rayado bastante", dice el negro.

Ante el mural de Joel Gallimard Tálaga comenta que esa profesora es muy amiga de su familia.

"También la conocí, aunque no me dictó clase", dice el negro.

Entran a la biblioteca de Idiomas (John Herbert Adams). Tálaga llama a Palma, cuyo escritorio está al fondo de la red de tabiques. Dos auxiliares atienden en la recepción. Entre Tálaga y los auxiliares consiguen alertar al poeta, que acude al instante. Los tres hombres conversan en la salita de estudio delante de recepción, cerca de la entrada. Palma es un veterano bajito y regordete, formal, de rostro risueño, atuendo sencillo, bluyín, camisa por fuera. Hablan del libro en compañía (En la penumbra del café, Absalón Palma, Pinturas de Eddier Tálaga), del bar Agua Dulce, de su dueño, Alonso Santa, que es un coleccionista de arte, de Cuartas y Adentro, una hiena, de un grupo de egresados que suele reunirse a tertuliar. El negro pide a Palma que le firme el libro, que saca del morral. También saca la cartuchera y busca un Parker y se lo presta al poeta. Bromean sobre la calidad del lapicero. El negro usa lapiceros finos. Palma apoya el texto en un cubículo y escribe la dedicatoria.   

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