sábado, 22 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 88)

De ese año de los muertos revivo al costeño que estudia Español, el muchacho de Córdoba, el escritor, Naudín Gracián. Se mueve entre mis cuadernas con el desparpajo propio de los de su tierra, en la mano un atado de libros recién editados, para la venta. Su nombre suena en el cotarro de las letras, obtiene premios y menciones en concursos, publica sus obras. Es un joven desgarbado, un poco cargado de espaldas, buen conversador, con sobrada autoestima. No suele asistir a talleres de escritores, y se cuenta que no hace buenas migas con Mario Escobar desde que, siendo casi un adolescente, le arrebata un concurso al viejo. Este triunfo lo ensoberbece. Tiene mucha madera para la escritura. No espera que los otros divulguen sus méritos, él se adelanta a publicarlos. Un viernes por la tarde lo veo entre el corrillo de Troncos, sumándose a los condiscípulos, ofreciendo su volumen de cuentos. El viernes estoy exacerbada con el bullir de las ideas y las sensaciones. El aire exuda sensualidad y desenfado. Naudín muestra su libro, los compañeros le echan un vistazo, alguno lo compra. En el corrillo, entre el café y el humo de los cigarros, los coloquios se entrecruzan, allí se trae al tapete el pensamiento de José Martí, aquí se habla de Cortazar, en otro lado se destaza al sistema educativo. Del ilustre cubano: Como quien vuelve de revés una vaina de espada, se ha de cambiar de lleno todo el sistema transitorio y vacilante de la educación moderna. No hay para pueblo alguno crecimiento verdadero ni felicidad para los hombres, hasta que la enseñanza elemental no sea científica. Del escritor argentino: el entrecruce de planos temporales, cómo uno se imbrica en el otro hasta suplantarlo, así en El ídolo de las Cícladas los rituales sangrientos de la antigua Grecia se actualizan con Somoza, Morand y Teresa. Un condiscípulo cuenta que adelanta en el Sena un curso de Salud ocupacional; argumenta sobre la necesidad inaplazable del debate educativo sobre la salud mental de los docentes. Su propósito es dar este debate, sí o sí. Es que la mayoría de los educadores están enfermos, del cuerpo y de la mente, pero más de la segunda. Anhela ir a trabajar a un pueblo, pero teme que en la provincia no haya terreno abonado para la discusión. Es joven, de expresión suave y gentil, de voz franca y amena. Late en sus palabras la energía y el entusiasmo, el ímpetu del luchador, del que quiere transformar. Me recuerda a Maecha y su caletre atiborrado de sueños. Trabaja en un colegio del que sale amenazado, quizás se enzarza en pugnas. Ya se sabe en lo que acaba eso en esta cochina sociedad. Que se vaya a un pueblo. Su mirada clara, su ser transparente, su dinamismo, le abrirán puertas. Aprenderá a ser más reservado. Ahí está con su acento pleno, su carácter aplomado, el gesto comedido. Rezuma pulcritud, viste de tirantes. Literaturizarlo es opacarlo. Está allí como un John Walton cándido, emprendedor, contagiando a todos sus palabras fervorosas. Hay personas con aura noble, este joven es una de ellas.  

Naudín regresa a su río Sinú una vez acaba el pregrado. Trabaja por años en la docencia, pero la deja y emprende negocios particulares. De vez en cuando lanza un libro. Una de estas ocasiones presenta su obra en Medellín. Pero no se amaña acá, torna a su tierra sinuana, a su música vallenata. Naudín se evade por la tangente de la enseñanza y se consagra a la música. No va a acabar convertido en pasto de psiquiatra. Hoy en día es, más que todo, compositor y cantante. Publicita su música de manera intensa, valiéndose de las redes. Se presenta en colegios y en plaza pública. Compagina la música con la poesía. 

Es muy activo en Facebook, opina sobre folclor, política y temas en general. Tiene un estilo punzante. Es un veterano bajetón, canoso, desenvuelto, muy apersonado de su carrera musical, que inicia ya entrado en años. 

Canta con pista o acompañado por un conjunto, pero más lo primero. Solo en una tarima, ante auditorios adultos o juveniles, micrófono en mano, canta. Como dicen en la costa, va metío en su cuento. 

Al otro muchacho, el que anhela dignificar el estatus del maestro, lo veo llegando a un pueblo, desarrollando programas recreativos y culturales, oxigenando el cuerpo y la mente de los colegas, arrebatando pacientes al psiquiatra.                 

Me acerco un tantito más al corrillo de Troncos y sigo el pensamiento de Martí que, resonando en las palabras del negro, exclama:

"No sé qué tiene la tierra que invita a dormir sobre ella".  

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