jueves, 27 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 90)

Nombres en el recuerdo, nada más. Rostros, gestos, una palabra, ¿qué otra cosa? Nombres, palabras que intentan objetivar, aprehender lo confuso, lo diluido, lo informe. Decir Fanny Monsalve, Sociología de la educación , bloque 10. Nombres, palabras, nada más. En cuanto más distancia más se aplica la Ley de Hubble. Más muerte, más olvido. La vivencia por la que el negro se siente atado a Fanny, asiste a una audiencia donde ella actúa de jurado de conciencia. 

"La próxima sesión no hay clase, tengo un compromiso, empleen bien el tiempo, adelanten la exposición". 

El negro acompaña a la profesora hasta su oficina y en el trayecto le sonsaca la razón por la que faltará la clase siguiente. 

"Una audiencia donde soy jurado de conciencia". 

"La entrada es libre, ¿cierto?" 

"No hay objeción al respecto". 

"¿El jueves a las cuatro? Bueno, allí estaré". 

Nombres, palabras, el acusado, el veredicto, culpable. Un homicidio en la comuna nororiental, un cuchillo (como en Aire de Tango), una sentencia. La causa más irrisoria, una discusión de amigos, ten, muere. El aplomo de Fanny sentada entre los otros dos jurados. La figura de fieltro del juez. Una personalia del absurdo, Kafka. Ese jueves en la tarde el negro, en lugar de hablar de Dewey, asiste a la banalización de la justicia. Un títere de los instintos va a dar con sus huesos a la cárcel.       

El rostro de la profesora, la cotidianidad en mis muros, una lección, calificar informes, tomar un café. El negro en el rol de estudiante, cumplir con los requisitos, ganar la materia. Las galaxias se alejan a velocidades escalofriantes, por el efecto Doppler se estipula la velocidad, por el espectro, el mamarracho asesino alejándose de la libertad. Almas bastas, como Pascual Duarte. Actúan y luego reflexionan. Veinte años en privación del mayor de los bienes. La mejor lección que una profesora de Sociología de la educación puede dar, llevar a su alumnos a una audiencia, enrostrar al asesino.

Imposible no sentirse a veces como una prisión a prueba de escape, como Alcatraz; imposible que los que me recorren a diario no se vean como prisioneros, como sentenciados a una pena inconmutable. Grande el área de mis muros, la ilusión de levedad en la arquitectura hace más terrible la verdad del castigo. Dígase cuanto se quiera sobre el espacio del intelecto, sobre la conjunción de lo diverso, pero a veces no puedo eludir sentirme la Roca. Lo mismo el ser entre los muros del cuerpo, el alma entre las fronteras de lo físico. Se está en una entidad, se es individuo. En tanto se da esta objetivación, ocurre el yo. Pero el budismo habla de romper la estructura del yo, anularse en el todo. Salto sobre mis muros, escapo a otras esferas. 

Es en el año de los muertos cuando el Pascual Duarte paisa es enviado a chirona. Nombres, palabras, demasiada muerte, interminable olvido. Saca el cuchillo con la frescura del que enciende un cigarro. No hay atenuantes. En una sociedad devastada por la violencia la mano de la justicia no puede temblar, la pena debe ser ejemplar. Ahí está la placa (ya borrosa), en la columna de la biblioteca. El año aciago. Luis Fernando Vélez cae. El busto de la plazoleta central intenta hacer justicia, llamar a la conciencia. El nombre de la víctima de Pascual Duarte no está en el registro de esta historia, es cualquier Pedro Pérez. Pero este Pedro Pérez eres tú, soy yo. Es Josep K. 

Abundantes apuntes sobre El proceso acumula el negro en su agenda. Los comparte conmigo al amor de un café y advierto lo sesudos que son. Entonces veo a la profesora de francés, Montag, pálida, debilucha, coja, de andar arrastrado, también inquilina de la señora Grubach, que se muda a la habitación de su amiga, la señorita Burstner. Conozco a la insignificante dactilógrafa con la que K. hace vanos intentos por entrevistarse para aclarar su conducta. Asisto a la reconciliación entre K. y la señora Grubach, cuya relación se enfría por el comentario impropio que la dueña hace respecto de la señorita Burstner, algo como que la ha visto con diferentes hombres en calles inadecuadas y a horas poco convenientes. K. ejerce un gran poder sobre esta mujer que le adeuda dinero. Ella lo trata con servilismo. K. se muestra escrupuloso ante ciertas cosas, por ejemplo, ante el ruido que la señorita Montag hace en el vestíbulo mientras se muda. K. es desdeñoso, además.  Sin embargo, pese a su poder, es víctima de las confabulaciones que sospecha (y ante las que nada puede hacer) en esos seres inferiores, débiles, como la señorita Montag, a través de la cual se entera de que la señorita Burstner no le dará la oportunidad de verla. Y, para empeorar las cosas, es sorprendido por la profesora de francés y el capitán Lanz cuando, indebidamente, se asoma al cuarto de la señorita Burstner. 

Debo decir que este episodio no guarda mucha relación con el proceso que se adelanta en contra de K. De tanto tratar a Mario escobar y al negro, algo se me pega de su buen criterio en literatura. Mario escobar lo desautorizaría: "no apunta a la columna vertebral". Anoto, de paso, que K. es un hombre de fisonomía robusta, que tal vez por esto adopta, en ocasiones, posturas desafiantes y orgullosas. ¿Por qué sugiere a la señora Grubach que debe arrojarlo de su pensión como a un infame asesino? ¿Qué absurdo psicológico encierra este K?             

    

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