martes, 29 de diciembre de 2020

A este lado del paraíso (Scott Fitzgerald)

Esta novela consta de tres partes: 1, El ególatra romántico; 2, Intermedio 1917-1919; y 3, La educación de un personaje. El héroe, Amory Blaine, recorre una senda contradictoria: por un lado, la trayectoria ascendente de su educación intelectual (digamos también espiritual, ética), por el otro, la línea descendente de su poder material. Este joven, que fue a los mejores institutos educativos, que era hijo de padres acaudalados, termina prácticamente empobrecido, debido a las oscilaciones de la bolsa, los desastres económicos y los trastornos de la guerra. En esta obra presenciamos las vivencias de una generación de muchachos ricos, entre sus ambiciones y sus búsquedas, pervertidos por un ostentoso y hueco materialismo. Asistimos también a un vuelco generacional donde la moral de la juventud se relaja y se desenvuelve entre la independencia y el escándalo. Un aire juvenil atraviesa las páginas de esta novela. Amory Blaine, cuyo sueño es ser escritor, hereda un patrimonio mermado, que termina por agotarse en las transacciones bursátiles. Este personaje vive todo el desorden y el desamparo que sigue a la Primera Guerra Mundial. Debe organizar su vida solo, compartiendo un apartamento con otros jóvenes o viviendo en hoteles. Otro rasgo de este héroe es su eterno fracaso en el amor. Rosalind, la única chica que lo cautiva, lo deja por un partido más prometedor. Las jóvenes quieren hombres apuestos, adinerados. Pero Amory Blaine ha sido excluido del círculo de los millonarios. Cuando el abogado que atiende sus rentas le comunica que las últimas acciones en los tranvías son cosa perdida, Amory se consuela pensando que con los 24 dólares que aún le quedan puede comprar 480 buñuelos. Por lo demás, no se preocupa: puede dormir en un parque.  

martes, 22 de diciembre de 2020

La muerte de Iván Ilich (León Tolstoi)

Iván Ilich tiene cuarenta y cinco años, y está en la etapa más exitosa de su carrera, cuando le ataca la enfermedad. Ostenta el cargo de magistrado. Lleva una existencia agradable, ajustada a las reglas del decoro: amistades aristocráticas, una familia  decente, criados, cenas, bailes, whist. Las disensiones con la mujer agrian el matrimonio. Pero su vida es suave, disciplinada, como debe ser. Siempre tuvo como regla de conducta el modelo de las clases más elevadas. ¿Qué más le podía faltar? Sin embargo, no se siente satisfecho. Siempre existe un grado superior al que acceder en la esfera de esa jerarquía de clases. Se arrellana todo el tiempo en el engaño de que vive como es debido. Embebido por el desempeño de su trabajo, en este encuentra alivio contra las ingratitudes de la vida hogareña. Ha ascendido de funcionario en provincias a juez de instrucción, más tarde, a sustituto del fiscal, luego a fiscal. Por vivir en un orden superior a sus ingresos, se endeuda. Esto le inquieta. Quiere hacerse con el puesto de presidente del tribunal en una ciudad universitaria. Le ignoran en varias oportunidades. Viaja a San Petersburgo a intrigar. Al fin consigue lo que deseaba. Se traslada al nuevo lugar a preparar la instalación de la familia, a la vez que se integra a sus funciones de jurisconsulto. Está muy alegre y él mismo se encarga de  buscar la casa apropiada a su condición, entregándose de lleno a la remodelación. Al arreglar algo en una ventana, hallándose trepado en una escalera, cae y se golpea en el costado.

Lo que sigue para Iván Ilich es la amarga rebeldía de renunciar a lo que, hasta entonces, significa todo en su vida. Y, sobre todo, el indecible sufrimiento al constatar que los que dicen profesarle respeto y amor, solo actúan al impulso de sus conveniencias. Incluso entre los miembros de su familia siente el dolor del destierro, de la desabridez, el abandono. Iván Ilich rezuma hiel, sufre, se agita, atraviesa el indescriptible calvario de su enfermedad. Los sufrimientos físicos son tan terribles que hacen que el paciente lance alaridos día y noche. Solo halla comprensión en un sincero y noble criado (Guerásim), quien evita engañarlo asegurándole que se recuperará pronto (como hacen los médicos y parientes), sino que lo acompaña y atiende con modestia y calidez, sabiendo que su amo morirá. Iván Ilich acaba apreciando más la áspera sinceridad del sirviente que los falsos halagos de sus familiares. Al final, su alma se sosiega. Descubre que los demás no tienen la culpa de sus padecimientos (y, por tanto, no debe tratarlos con rencor), que solo en él debe buscar las causas de su estado. Purificado por el dolor, acepta su destino y muere tranquilo. Sus últimos momentos no pueden ser más lúcidos, engrandecidos por una serena bondad. Se dice que estaba en un error, que su vida no fue lo que debió ser. Esa verdad lo apacigua y lo conduce al más allá. Ya no existían los tormentos. La muerte misma había desaparecido.

En este relato, la visión de Tolstoi con respecto a los seres humanos es amarga y cruel, pues presenta a los hombres en su faceta más materialista y cínica. Aparte de los episodios donde  Iván Ilich recuerda su infancia (la época más bonita), el autor disecciona a la sociedad, mostrándola como un tinglado de marionetas movidas por el interés personal, donde no hay bondad ni clemencia. Al oír hablar del óbito de Iván Ilich, el primer pensamiento de sus colegas de gabinete es el de las repercusiones de aquella muerte en el traslado o el ascenso de sí mismos o de sus conocidos. Y Praskovia Fiódorovna, la viuda, durante las exequias, interroga a Piotr Ivánovich si hay alguna estratagema para lograr que la pensión del difunto quede más crecida. Este la desinfla al responderle que no es posible hacer nada en este sentido.


jueves, 10 de diciembre de 2020

El jardín de los Finzi Contini (Giorgio Bassani)

Esta novela versa sobre la vida de los núcleos judíos de Ferrara durante los años del floreciente fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Los Finzi Contini, familia hebrea, se constituyen en el eje en torno al cual gira la historia. Son gentes ricas, privilegiadas, que moran en una residencia señorial, en un "Jardín" de varias hectáreas, objeto de interés (junto con el panteón particular de los Finzi Contini) del narrador. En esta obra puede verse la normatividad y el culto que la religión judía impone a sus fieles: la asistencia a la sinagoga, la celebración de las festividades. También es evidente el grado de acatamiento de las tradiciones, diferente en unos y otros. Los Finzi Contini son respetuosos de la ley judía, puntuales, incluso exclusivistas (durante varios años utilizan una sinagoga privada), en tanto que el narrador y el padre de este se muestran fríos y apáticos en tal sentido. Más que la religión es la circunstancia política la que trasciende en esta novela. El régimen de Mussolini instaura leyes que discriminan a los judíos. Verbigracia, la ley racial. Esta cláusula cambia la vida de los judíos, que van siendo expulsados de las instituciones y cargos que ocupaban, del trabajo, del club de tenis, de la escuela. Esto da origen a una especie de ghetto judío en Ferrara. Los Finzi Contini parecen estar al margen de estas modificaciones. Siguen viviendo como siempre, con la misma servidumbre, saltando sobre la disposición gubernativa de poseer solo un criado en su Barcceto del Duca. El profesor Ermano, cabeza de los Finzi Contini, nunca acepta el carné del Fascio, cosa que rechaza sobornando con dinero al gobierno. Parecería que para él son gratos todos estos trastornos que aíslan a los judíos de los demás. La riqueza les permite vivir con cierta independencia. Sus hijos (Alberto y Micol) no fueron a la escuela normal, sino que se prepararon con profesores particulares. No obstante, con el advenimiento de Hitler y el agravamiento del Código Antisemita, los judíos, sin importar su condición, van a sufrir los rigores de la guerra, los campos de exterminio, la disolución de un pueblo. La novela de Bassani habla de esto y del amor, o del supuesto amor, entre dos jóvenes judíos, Micol y el que narra los hechos desde la desolación de la posguerra, cuando la familia Finzi Contini ya no existe y él, el narrador, no es más que un superviviente del cataclismo obstinado en revivir fantasmas. Este idilio trunco tiene como marco la casa de los Finzi Contini, la cancha de tenis, el bosque, el vergel, los campos, donde un grupo de jóvenes judíos, afectados por las leyes raciales (han sido expulsados del club de tenis de Ferrara), incluidos naturalmente Alberto y Micol, se refugian para solazarse en las tardes del languideciente verano. Entre los dos jóvenes nace ( o se intensifica, porque ya desde niños se conocen y aprecian) un sentimiento íntimo, que se confunde con el amor. Los paseos por el jardín se mezclan con las visitas a la casa de los Finzi Contini, que en un tiempo pareció ser un lugar vedado a los demás, pero que ahora recibe gratamente a los amigos de Alberto y Micol. Es a través de Micol como el narrador toca y ahonda en esos años idos, tristes, cada vez más brutales. Añora el amor que no pudo ser, porque Micol, maravillosa joven, como él graduada en letras, no consiente más que una amistad fraterna. Acaso él estuvo errado todo el tiempo, creyendo que Micol lo amaba de un modo distinto al que despierta la amistad. Ese aire tenebroso de la guerra que se va cerniendo sobre ellos parece ser el que los priva de la felicidad. Micol es una muchacha instruida, simpática, que hizo su tesis sobre Emily Dickinson. Es ella quien abre las puertas de su casa (la gentil familiaridad de sus parientes) al narrador, un advenedizo, si bien se mira. Sin embargo, aunque accede a la casa de los Finzi Contini y al trato amable del profesor Ermano, él siempre será un extraño allí. Al fin se dará cuenta, cuando Micol, sincera, le diga que no lo ama sino como una hermana.      

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La guerra del fin del mundo (Mario Vargas Llosa)

Ficción que el escritor peruano conduce hasta el borde de lo sublime, valiéndose de un hecho histórico que, gracias a la técnica narrativa y a la magia del verbo, transforma en fruto de la más admirable literatura. Canudos es el nombre del escenario donde se lleva a cabo la confrontación que el título anuncia. Bahía (Brasil) son los círculos mayores donde se inscribe esta historia. Místico, fanático, embaucador, mesías, la figura de Antonio Consejero se alza como personaje principal del drama. En torno a él se va congregando un movimiento cada vez más nutrido y entusiasta, que pasa de fenómeno espiritual a lucha revolucionaria y, finalmente, a conflicto armado. El Consejero, santón del sertón, lidera este indescriptible acontecimiento que, de inofensivo brote, se torna en rebelión, germen que fermenta una guerra de dimensiones cada más grandes. Antonio Consejero peregrinaba por los pueblos del sertón con su túnica morada, su melena de nazareno y sus palabras apocalípticas. Las gentes desdichadas hallaban en él un gran consuelo. En realidad, nadie sabe su procedencia, su historia nos es vedada. Sólo sabemos de sus errancias por el sertón, ya adulto y profeta. Sus seguidores aumentan con sus romerías y caridades. La tendencia pacifista y espiritual de esta manifestación se cambia, de repente, en una pugna radical. En Brasil la monarquía ha sido destituida, dando paso a la república. El Consejero, en sus profecías del fin del mundo, declara que la república es el enemigo, el Can, y aboga, en cambio, por el restablecimiento del rey Sebastián. Mucho después, los analistas que, de una u otra forma, tuvieron que ver con Canudos, denominarán al Consejero como cabecilla de de una revuelta retrógrada y oscurantista. Los republicanos fueron estigmatizados con un odio visceral por parte del Consejero y sus adeptos. Ante la inminencia del Apocalipsis, estos místicos se refugian en Canudos (apropiándose de las tierras del barón de Cañabrava) para fundar un reino de elegidos, una ciudad santa. Allí comenzó la guerra, en el intento de desalojar a los invasores de la propiedad ajena y mediante la ponzoña tergiversadora de los intereses políticos en lid. Canudos se convierte en la diana adonde apuntan los más heterogéneos egocentrismos de Bahía y el Brasil. La cosa cobra una magnitud insospechada. Lo que era una simple invasión de tierras por un puñado de fanáticos, se muda en un conflicto que amenaza la paz nacional. En Canudos se dan cita los personajes más dispares, los destinos más inverosímiles (Galileo Gall, el anarquista, el periodista miope, etc.) cada uno impulsado por ambiciones diversas. Los "dementes" se vuelven fuertes en Canudos, se organizan, forman una sociedad de los pobres, de los marginados, de los que creen en el fin del mundo y en la maldad de la república. La fe cunde y da origen al establecimiento de un orden basado en el amor al Buen Jesús Consejero. El ejército de Bahía ( y luego el de Brasil) se ve implicado en el asunto y, tras sucesivas y deshonrosas derrotas, lanza un ataque ciego y demoledor. La rebelión es arrasada, millares de fanáticos masacrados. Pero las pérdidas militares son enormes. Al final, sobre Canudos se hila la fábula que tiende a ocultar la verdad, a deformar los hechos, a cubrir la verguenza. Sobre un hecho que alcanzó repercusión internacional se tejen y destejen versiones fundadas en distintos intereses y temores.     

lunes, 28 de septiembre de 2020

Viaje de un largo día hacia la noche (Eugene O' Neill)

 La familia Tyrone protagoniza una historia donde cada personaje lleva en sí una condena o una pugna con la existencia. El clan está compuesto por los esposos (James y Mary) y los hijos (Jamie y Edmund). Los hechos transcurren en una casa de vacaciones que los Tyrone poseen en una villa retirada de la populosa Nueva York. La paz hogareña falta, debido a la debilidad de carácter de los miembros. El viejo James Tyrone es un avaro, al que la familia le recuerda su defecto con corrosiva frecuencia. Mary es morfinómana; Jamie, alcohólico; Edmund, el más joven, vive minado por una enfermedad fatídica, la tuberculosis. Por otra parte, el recuerdo de Eugene, que murió de dos años, atormenta a los Tyrone. Eugene era el menor, antes de que naciera Edmund. James se dedicó al teatro (como actor) toda su vida, ejemplo que siguió su hijo Jamie, pero sin tanto lucimiento como su padre. Los Tyrone viven en medio de pasiones tempestuosas, cada uno se constituye en juez de los otros y de sí mismo. Todos están socavados por una ley fatal: Mary se doblega cada vez más ante el reumatismo y la droga con que intenta, vanamente, aplacarlo. James es víctima de su avaricia. Edmund está sentenciado a morir en un sanatorio y Jamie, a perderse en la disipación.      

martes, 8 de septiembre de 2020

El muchacho del Village Vanguard (En memoria de Scott La Faro)

 Rocco Scott La Faro murió diez días después de alcanzar la gloria. La sesión del 25 de junio de 1961 en el Village Vanguard con el Trío de Bill Evans, se hizo legendaria. Ese domingo celestial quedó registrado en un álbum sublime: Sunday at the Village Vanguard.

Falleció el 6 de julio siguiente en un accidente de tránsito, en Flint, Nueva York. Conducía de Warsaw a Geneva (regresaba a casa, luego de una velada con amigos), acompañado de su amigo Frank Ottley. A causa de la fatiga (habían tenido una jornada extenuante de nado y manejo) chocaron contra un árbol. El carro se incendió. Ambos murieron.

Scott La faro tenía veinticinco años. Tenía un rostro de muchacho, blanco como una luna en el alba. Los últimos temas que escuchó, durante la velada en Warsaw, fueron: Miracolus Mandarin (Bela Bartok) y Chet Baker Sing (Chet Baker). Los restos de Scott reposan en el cementerio de Glenwood, en Geneva, junto a los de su padre, que también era músico.

En sus seis años de actividad en el gran mundo de la música (de 1956 a 1961), actuó con figuras tan señeras como Victor Feldman, Benny Goodman,  Cal Tjader, Chet Baker, y Bill Evans.

Se afirma que el trío de Bill Evans fue de los más influyentes en el escenario del jazz y que, junto con el Waltz for Debby, Sunday at the Village Vanguard es una de sus mejores producciones.

Una cosa es decirlo, escribirlo en estas líneas, otra es escucharlo, sentir la etérea palpitación de las teclas, el sortilegio del bajo, el cascareo sutil de la batería. Allí estaban los tres, Bill Evans, Scott La faro, Paul Motian, inventando su propio universo, comunicando un verbo esencial, entregando al mundo el nepente de la música.

Allí está el bajo de Scott, ese sonido recóndito que sientes como un llamado a las profundidades de un misterio; ese bordoneo en el trasfondo de un orbe  inervado de armonía, de resplandores y penumbras; ese revelador fraseo de las cuerdas nigrománticas.

Otra cosa es escucharlo.

Scott tenía un bello rostro. Ya era un hombre, sin embargo, una luz de adolescencia nimbaba su cara. Alado y blanco, como un ángel, el espectro de la música iluminaba sus rasgos. Recuerda esas pinturas italianas, de Fra Angélico o de Leonardo en que un heraldo del cielo acompaña la escena y, merced a la trompeta que siempre toca, da a la atmósfera un sustrato de premonición. 

La muerte gloriosa, según el ideal griego, muy temprano le abrió las puertas, cuando tenía ante sí una promisoria carrera en la música.

Había nacido en Newark (New Jersey), en el seno de una familia siciliana de gran tradición musical. A los diecisiete años se afincó en el bajo, el instrumento que lo hizo famoso, pero en sus comienzos se dedicó al piano, al clarinete y al saxo. Se cuenta que se consagró al bajo luego de que, jugando baloncesto, tuvo una lesión que le impidió tocar el saxo.

Geneva (Ginebra) es una población del estado de Nueva York, entre los condados de Ontario y Seneca. Allí se trasladó la familia de Scott cuando este era adolescente. Scott estudió en el Ithaca College. Se le recuerda como un joven con especial capacidad para la música, aunque no tan versado en la teoría. Desde muy temprano comenzó a tocar en los clubes nocturnos de Geneva. Unas veces tocaba el saxo, otras, el contrabajo.

Geneva, Ithaca, Seneca, Flint… En esa bella región de lagos y bahías, ríos y riachuelos, montes y cascadas, vivió Scott La faro. Fue antiguo aposento de los iroqueses, que fueron los verdaderos dueños de esas tierras. Acaso no haya sido gratuito que fueran a vivir a un pueblo que, en cierto modo, remite a Italia, a Génova. Scott amaba nadar. El agua, el lago, el río, el mar, el espacio abierto, tal vez es eso lo que buscaban los La faro al trasladarse a Geneva. En esa región de encantadores paisajes de bahías, lagos, ríos y bosques, en el fervor y el ansia de la juventud, murió Scott La faro.

Las fotografías que de él se conservan lo muestran, la mayoría de las veces, con su contrabajo, el instrumento en que era un genio. En otras del Village Vanguard, entre bastidores, aparece con Bill y Paul, sentados en torno a una mesita, conversando. Hay una en que Paul fuma y mira a Bill, que sonríe. Scott también sonríe, pero con las vista baja.

El Village Vanguard es un club de jazz de Nueva York, situado en el 178 de la Séptima Avenida, en el barrio Greenwich Village. Fundado en 1935, ha acogido a los mejores músicos de jazz: John Coltrane, Bill Evans, Wynton Marsalis, etcétera. Sus grabaciones en vivo, donde se conservan la voz del presentador y los aplausos y risas del público, son el documento legítimo de una época. El Village Vanguard aún hoy abre sus puertas al público y realiza presentaciones de grupos de jazz. Esto demuestra que la magia de Orfeo acompaña al hombre por los siglos de los siglos, y que, entre la complacencia y el disfrute, siempre estará el aviso de las ménades.

Ya Billie Holliday y Charlie Parker se habían congraciado con la fatalidad que les cobró cara la genialidad, arrojándolos al fango de la droga y la autodestrucción. Eran los días en que Malcolm Little quería comerse el mundo que lo había vomitado como a un hijo espurio. John Coltrane y Miles Davis habían recogido el estandarte de Charlie Parker e intentaban refrescar con su música el aliento de cadaverina del planeta. Y allí estaba Scott, con ese rostro de doncel, bello y austero, en la flor de la vida. Un muchacho sano, dedicado a su arte. Allí estaba Bill Evans, haciendo trizas su hígado a punta de alcohol y heroína. Y estaba Paul Motian, con su bigotito a lo Henry Fiol. A Bill la cuerda  le daría hasta 1980, a Paul hasta el 2011. El ángel músico, Scott, se fue el primero, en julio 1961, entre los discursos de resistencia pacífica del reverendo Luther King Junior y la vergüenza imperialista de Bahía cochinos. El ángel músico se había ido.  

Recuperarlo en un poema acaso sea una tarea meritoria. Retrataría en su rostro el albayalde de la aurora, en sus ojos el cálido azul de una costa siciliana.  Dejaría sus cabellos un poco crecidos y su cara llenita, porque me parece que esto va mejor con su tímida sonrisa. Lo pondría, por supuesto, al lado de Bill Evans y de Paul Motian, entre bastidores, en el Village Vanguard, porque es allí donde su figura tiene más consistencia, donde su estro musical fluye a borbotones.

Buscas en youtube vídeos que lo muestren en vivo, para verlo en plena ejecución de su arte, en el ensoñado, sensual y catártico ataque del bajo. Casi no encuentras nada. Sólo las carátulas de los álbumes. Quizás se precise  una pesquisa más a fondo. Rastrearlo quizás en el tiempo en que tocaba con Chet Baker, con Pat Moran. De pronto hallas esta joya: “Scott La faro playing his Prescott Bass”. Allí está Scott, en vivo, en una grabación de la época, en blanco y negro.

Encuentras, además, vídeos y grabaciones de entrevistas a personajes que hablan de Scott. Por ejemplo, la de George Clabin al propio Bill Evans  en 1966; y la de Phi Palombi a Barrie Kolstein, sobre el bajo Prescott 1825 que usaba Scott. También, por supuesto, encontramos información enciclopédica sobre su biografía.

Hay un extraño embrujo en ese bajo, en esa batería, en esas teclas, en aquellos años fulgurantes y sombríos en que el mundo se sentía al borde del derrumbe o de la iluminación. Un saxo bastaba a conjurar lo bello y lo terrible de aquellos días. Que un talento como Scott sólo viviera hasta los veinticinco, que Charlie Parker no pasara de los treinta y cinco, que Bill Evans se desplomara a los cincuenta y uno, tiene algo de trágico y revelador. Scott nos mostró un destello de su genio. En su contrabajo, la mágica combustión de una vida. 

Coda

En el siglo XIX, en New Hampshire,  Abraham Prescott (1789-1858) construyó perdurables bajos, violoncelos y violines. Su firma se posicionó como una de las más célebres.  Desde entonces, los bajos Prescott han sido apreciados por numerosos músicos profesionales en Estados Unidos y en el mundo.

Scott La faro usaba un bajo Prescott de 1825. Al momento del accidente, lo traía consigo en el auto. El instrumento sufrió algunos daños. Fue restaurado por Barrie Kolstein, heredero de la compañía Samuel Kolstein and Son, con sede en Nueva York. Los Kolstein son los dueños actuales del bajo de Scott. Lo han conservado por más de cuarenta años en un estuche especial, a temperatura y humedad constante. Ocasionalmente, permiten a algunos músicos, como Phi Palombi, que usen el Prescott 1825 del legendario bajista. Hay vídeos en youtube. Palombi con el bajo de Scott.

Debe ser única la sensación de tocar un instrumento que sobrepasa nuestra estatura, una gigante caja de música con contera, que sostenemos ante nosotros, al que le hurtamos sincopados sonidos. Debe ser única la sensación de tocar un instrumento en que un virtuoso ha grabado su sello. Ahí está Phi Palombi, tocando una obra de Scott La faro, Witchcraft (Brujería), en el bajo de Scott La faro. Y eso era Scott en el contrabajo, un brujo. Y están el baterista y el pianista, acompañando al bajo, reeditando el Trío. El trío de jazz, esa constelación luminosa y sintética. Bill Evans, Paul Motian, Scott La faro, hoy muertos.   

Pero ahí está Scott, el brujo, tocando su Prescott 1825, conjurando lo ignoto. Toca de pie, otras veces, sentado. En su elegante vestido, el albo doncel exorciza el bajo, sus dedos chamánicos electrizan las cuerdas. Ahí está él, en su rapto, tocando entre las consagradas estrellas del jazz. 

 

  

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Mientras agonizo (William Faulkner): codicilo.

Cash, Jewel, Darl. Anse, Addie, Vernon, Vardaman, Cora, Armstid, son personajes que uno aprende a amar. Estos seres que colman y surcan las páginas de la novela nos desagradan al comienzo, al considerarlos sumamente estrechos, romos y egoístas. Luego, este parecer se modifica y la tenacidad (esa terquedad) de la familia Bundren nos atrapa. Cuando los vemos viajar en su carreta con el ataúd de la difunta (ella va metida ahí); cuando los vemos vencer los percances en su obstinada idea de llegar a Jefferson y dar sepultura a su deudo: entonces nos sacuden el corazón. Los vemos en toda su dimensión humana. Vemos que el egoísmo cede lugar a la búsqueda del bienestar común, llegando al sacrificio. Jewel se desprende de su caballo manchado (que pudo comprar trabajando horas extras, jornaleando de noche, después de cumplir sus tareas en la casa), cediéndolo a Snopes en el negocio  por el nuevo tronco de mulas, en remplazo de las que murieron al cruzar el río. 

Hay episodios estremecedores. Por ejemplo, cuando cruzan el río crecido y Cash, que no sabe nadar, está a punto de ahogarse. Se salva, pero queda mal librado de una pierna. Más que su vida, le importan sus herramientas de ebanista. Es grandioso el pasaje en que Vernon, Jewel y Darl se meten al río a cazar las herramientas de Cash y luego, al recuperarlas, se las llevan , porque Cash está ansioso por verlas y sentirlas próximas. 

Cada personaje posee una faceta que lo caracteriza y le otorga fuerza literaria. Anse sueña con comprarse una dentadura postiza, para lo cual ha ahorrado durante mucho tiempo. Es un hombre simple, al que fatalmente se le toma cariño. Addie tiene un corazón donde lidian el odio y el amor, y donde, al final, se establece el desdén. En su pasado hay un secreto que constituye el instante crucial de su vida: la vez que le fue infiel a Anse. En Dewey Dell se agita el embrujo de la ciudad (recuerda uno ese cuento de Rulfo, Es que somos muy pobres, y otro de Onelio Cardoso, Mi hermana Vicia). Darl es quizás en quien identificamos al autor. Es el segundo hijo de los Bundren, el que sigue a Cash, y todos, menos Cora, opinan que es un espécimen raro. Incluso el pequeñuelo, Vardaman, hace gala de una naturaleza psíquica activa, irritada, rayana en el frenesí. 

Uno se siente tentado a declarar que el personaje central de la novela es el ataúd y lo que contiene: la podredumbre de Addie Bundren. Ante el río inundado, los Bundren buscan un paso por diferentes lugares. Los puentes están inutilizados y los vados son peligrosos. Pasan los días. Los zopilotes empiezan a asediar el ataúd.           

viernes, 4 de septiembre de 2020

Mientras agonizo (William Faulkner)

En el carácter de los Bundren existe esa terquedad propia de los campesinos. Son personas llenas de escrúpulos, de supersticiones, de prejuicios. Almas rústicas, se encierran en las demarcaciones de un mundo que puede ser estrecho en lo físico, pero psicológicamente activo. Los Bundren están marcados por la naturaleza de sus ideas, sentimientos y pasiones. La historia central gira en torno a la determinación de la familia (Anse, Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell, Vardaman) de cumplir la voluntad de la difunta Addie Bundren: que no la entierren en el campo, sino en la ciudad, en Jefferson, junto a sus deudos. 

No se sabe si tildar a los Bundren de patéticos o de chiflados: sin duda merecen una porción de ambos calificativos. Sobre todo son obstinados, egoístas, aprensivos. Emprenden el viaje con el ataúd, por caminos enfangados, a raíz del invierno y la riada que ha inutilizado los puentes principales. En la caja, después de cuatro días de recorrido, el cadáver de Addie Bundren despide un olor intolerable. Pero los Bundren se empeñan en llegar a Jefferson. Van en carreta, excepto Jewel, que los acompaña a caballo. Cada uno de estos seres lleva una intensa vida subjetiva, producto de la imposibilidad de comunicación con los demás. Desarrollan una vida mental enfermiza. Esto se refleja en sus monólogos, recurso narrativo del que se vale Faulkner para mostrar dicha peculiaridad del carácter de sus personajes. 

Jewel vive la chifladura con su caballo, Vardaman con un pez; Darl es un bicho raro, Cash un ebanista abstraído por su trabajo; Dewey Dell, una chica apasionada, viviendo entre las exigencias de las labores domésticas y el aire clandestino de la adolescencia. Anse es un viejo al que, además de las menguas de la edad, lo atormentan los remordimientos. 

Sí, la vida psíquica de estos personajes se mueve entre la alucinación y los impulsos más oscuros del ser humano. Es un mundo donde el amor ha sido desplazado por el egoísmo. Los Bundren son seres aislados en sus propios universos, atados por los lazos de la sangre, la cotidianidad, el trabajo. Viven de una manera mecánica, primaria, pensando en sobrevivir, en conseguir el sustento, sometidos a los azares de la existencia. No hay concordia entre ellos. Como clan, son un círculo cerrado, receloso. Pero, al interior, se nota el egocentrismo de cada cual, las pasiones violentas, la hostilidad, la aspereza de unas personas influidas por el medio. Son campesinos.            

miércoles, 19 de agosto de 2020

El loco (Chinua Achebe, África)

Dos personajes centrales: El loco seducido por los grandes mercados y los anchos senderos, y Nwibe, próspero, polígamo, ansioso de mejorar su rango social entrando en la fraternidad de los Ozo mediante la ceremonia de iniciación (una danza). 

El loco vive mencionando la madre a aquellos que lo satirizan y ultrajan. Anda desnudo.

Nwibe ve cambiar su vida cuando, un día de mercado en Eke, va al arroyo a bañarse. Allí llega el loco y lo acusa de ser su principal ofensor; se burla de Nwibe, de su desnudez, de su sexo colgando. le roba la túnica y se la pone. Nwibe lo persigue. El loco sale corriendo. Nwibe, desnudo, iracundo, le grita que le devuelva su túnica. El loco se interna en el maremagno del mercado y la gente comienza a tachar a Nwibe de insano.

Lo que puede hacer un cambio de túnica. 

Algunos miembros de la aldea de Nwibe lo reconocen y, luego, con la ayuda de sus esposas, lo ayudan a regresar a casa, consolándolo. Nwibe necesita un curandero. Acude a dos. El primero lo desahucia; el segundo, lo cura. Nwibe se vuelve un hombre sombrío. No podrá reponerse nunca de la pérdida de su dignidad social: ha sido visto desnudo, como un demente, víctima del trastorno del mercado. Jamás podrá ingresar, tampoco, al clan de los Ozo.     

martes, 21 de julio de 2020

En la barra

De pie, ante la parejita sentada en la barra, mientras conversaba con éstos, el adamado jayán jugueteaba distraídamente con el cabello de la muchacha. Frente a ellos, que tenían una postura lateral con respecto a él, a la barra y al salón, el hombrón de afeminados gestos y delicada voz, con la mano derecha en el respaldo de la silla del muchacho, con la izquierda entorchaba y desentorchaba, compactaba y ahuecaba, las sueltas madejas del cabello de la chica, que lo dejaba hacer. Su empaque de boxeador peso pesado y su estatura de basquetbolista o de eunuco elevándose sobre la achaparrada parejita, el amaricado jovenzuelo, con un corte de pelo fashion, con la cara empolvada, con la camiseta negra de los meseros del bar, hablaba con vivacidad a sus dos interlocutores, el pelado de camiseta roja y la pelada de gafitas. La música envolvía y velaba sus palabras, pero su gesticulación era inconfundible, la de una loca. En cierto instante su mano derecha hizo la mímica de la preñez, y los vecinos de la barra, que lo miraban, pudieron leer, en ese accionar, que hablaba de una mujer, quizás amiga de los tres, que se hallaba embarazada. El breve tiempo que platicó con la parejita, el talludo ganímedes acarició con su manaza el cabello de la muchacha. Después que se separó de ellos, se lo vio en sus actitudes habituales: yendo entre las mesas a solicitud de los clientes, de pie contra la pared junto a la entrada, recostado a la barra en parla con los cantineros o algún parroquiano conocido. Había en su porte una imponencia de columna griega. Algo entre desdén y descoco. 


jueves, 9 de julio de 2020

La escritura del dios (Jorge Luis Borges)

Tzinacán, último sacerdote del imperio (que vive bajo la tutela de un dios al que es costumbre sacrificar víctimas humanas), presencia y sufre en carne propia la intrusión de las hordas conquistadoras, fieras ávidas de botín, cebadas en la matanza. El conquistador Pedro Alvarado somete a Tzinacán a terribles suplicios, con el fin de arrancarle la confesión del escondite del tesoro. Tzinacán no habla, padece los tormentos serenamente. Pedro Alvarado despoja, estraga e incendia la ciudad, y encarcela al sacerdote en una prisión circular, de piedra, en la cual, separados por un muro medianero que no alcanza a la bóveda, yace en compañía de un jaguar. En la bóveda se ha practicado un agujero por el que un carcelero, valiéndose de una roldana y una cuerda, hace llegar trozos de carne y cántaros de agua al animal y al reo, respectivamente. Tzinacán ha envejecido en la cárcel y aguarda, abnegado, la muerte. En medio de sus meditaciones, el prisionero recuerda una de las profecías o leyendas del dios imperial: el dios, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras, el primer día de la Creación escribió una sentencia mágica con el propósito de conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero consta que perdura, secreta, y que la leerá el elegido. Tzinacán se impone la tarea de agotar el tiempo que aún  le conceda la muerte descifrando la escritura del dios. Baraja varias hipótesis, imagina distintas fórmulas, se dicta numerosas preguntas, antes de alcanzar el instante maravilloso de la unión con la divinidad. La imagen que le revela este suceso es una Rueda infinita, en la que están fusionadas todas las entidades, causas y efectos, realidades, preguntas y respuestas del Cosmos. Antes, Tzinacán ya había razonado que, siendo el tigre uno de los atributos del dios, en él podría estar la escritura. Y, en efecto, estaba allí. Ahora sólo necesitaba descifrarla. La imagen de la Rueda, de la que él mismo es una parte, le da la explicación. Tzinacán lee la escritura del dios en las rayas y lunares del tigre. Entendiendo la esencia de la Rueda, entiende el misterio del jaguar. Es una fórmula de catorce palabras, de cuarenta sílabas. Pero Tzinacán no la revela, no la comunica, porque es consciente de que, ante los designios del universo, un hombre (y sus dichas o desventuras triviales) no vale nada, es nadie. Por eso no pronuncia la fórmula del dios y prefiere morir en la oscuridad y el olvido. Tzinacán se convence de que “aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. En el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría una infinita concatenación de hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Un dios solo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo”.
     


lunes, 6 de julio de 2020

El estambre y los tambores

Mientras tú juegas, el brujo aporrea los tambores. Sonido talismánico, conjuro, para que te vaya bien, para que anotes gol, o al menos para que salgas sano y salvo, contento. Puede que no haya triunfo, basta con que salgas ileso. Es un brujo muy curioso el que golpea los tambores, con más cabezas y brazos que cualquiera de los monstruos de la mitología. Imagina los tambores, imagina el sonido. Un Giovanni Hidalgo no le llega a los talones. Imagina el espacio de ese brujo, de esa percusión. Es algo extraordinario. Mientras tú recorres la cancha en el jadeo y el sudor del ansia, ansia de gol, tu padre, el brujo, aporrea los tambores, exhorta a las fuerzas ancestrales, las fuerzas guerreras, las fuerzas protectoras, para que te vaya bien, para que salgas sano y salvo, para que regreses contento.

Y ella, tu madre, mientras te ve jugar, pues siempre te acompaña, teje su colcha imaginaria, misma que comenzó a tejer el primer partido, misma que teje juego tras juego. Nomás inicia el cotejo, ella engarza el estambre y empieza a tejer. Mientras tú juegas, ella teje. La colcha avanza, se agranda, cae al piso, forma pliegues, se amontona, se extiende, ella ignora ya hasta dónde, ya no la concibe, ya no la abarca. Desde el día en que, por pesada, ya no pudo levantarla; desde el día en que, por extensa, no pudo ya abarcarla, resolvió dejarla en la cancha, siempre así. Pero el cabo del estambre es el mismo, vaya donde vaya, el cabo siempre está, y la colcha conserva el tamaño que los días y el trabajo de ella le han conferido.         

El brujo se sintoniza con el partido, con la hora en que juegas, y percute los cueros todo el tiempo que dura el match. Mientras tú juegas y ella teje, el brujo se envuelve en el encantamiento de los tambores, envoltura que se expande y cobija al mundo, los cielos, las estrellas, los ciclos. Es un ritual simultáneo, tú fuerceando por el gol, el brujo ayudándote con el tam-tam. Es un instante sagrado, así lo cree el brujo, que también suda, que también se cansa, como tú de tanto correr, pero que sigue manduqueando los parches.

En apariencia, ella observa el juego como uno más de los espectadores, sufre y goza, de acuerdo con los incidentes del partido. Nadie pensaría que está tejiendo, que está agrandando la colcha, una colcha que acaso nunca complete, aunque su dimensión ya es exorbitante. La colcha está ahí, como una red fina e invisible, tan sutil como el aire. Alguna vez alguien, por una percepción inaudita, en un momento de magia, siente que la colcha lo envuelve, lo moldea, lo protege. Quizás tú lo has sentido, alguna vez, mientras juegas, mientras te afanas por el gol, mientras gritas, mientras lamentas una jugada infructuosa. Quizás también percibas, recónditamente, el sonido de los tambores, aquello que no es melodía, sólo ritmo, algo semejante a los latidos del corazón, al frufrú de la sangre en las venas. Entonces, por un instante, tal vez te conectes con el rito del brujo, con la obra de la tejedora, con los profundos e inefables mensajes del infinito.

Tal vez ocurre cuando te distraes un segundo, por ejemplo, cuando el balón se va por la banda y tardan en recuperarlo, en reiniciar el juego, y entonces pareciera que atisbas otros orbes, que una materia indescifrable te guiña el ojo. Es que tal vez escuchas el lejano son de los tambores, el suave murmullo del tejido. Ni tú mismo sabrías interpretar esos instantes. Pero hay brujos percutiendo tambores, hay matronas tejiendo la colcha.

Mientras juegas fútbol, acaso presientas las raíces viajeras, los andariegos juncos, las selvas enteras disfrazadas en una rama, escondidas en un vástago, los mares completos travestidos de sudor, de acre saliva, las constelaciones cabales revelándose en el destello de una lata abollada, y esto es que el brujo sigue manoteando los tambores, y esto es que la madre amorosa sigue engarzando el estambre. 

martes, 30 de junio de 2020

El baldío (Augusto Roa Bastos, escritor paraguayo)

Un hombre arrastra un cadáver hacia lo más profundo de un solar lleno de matojos, desperdicios y mal olor. Es evidente que lo va a esconder. El cuerpo inerte, remolcado por el otro, va tropezando con las basuras, rebotando con los desniveles del terreno, engarzándose en las matas. El que lo arrastra responde a estas dificultades con jadeos y maldiciones atenuadas. Cuando ha cubierto el cadáver con hojas y piensa marcharse, escucha un llanto. Se pone nervioso. Termina por acercarse al blanquecino envoltorio de papel del que sale el quejido. Y este hombre que quizás acaba de matar a otro, que lo ha tirado en un solar, recoge a la criatura abandonada y se la lleva consigo, alejándose a prisa del lugar, entre el desamparo de la indefinible ternura que comienza a habitarlo.

jueves, 25 de junio de 2020

Regresos

Es de los regresos de lo que hablan estos días: el bosque de guaduas de la Aguacatala, entre la Regional y las Vegas, sitio que me remonta a mis tiempos de Santa María, cuando, en busca de charcos y esparcimientos al aire libre, incursionaba por las vecindades, Guayabal, el Poblado. Rumbo a mi trabajo en Belén, paso todos los días por ese bosquecillo, subo las escalas y me interno una migaja en él, hasta alcanzar la acera donde espero el bus de Circular. Ahí están los grupos de guaduas, las briznas secas acolchando el piso, otros árboles diversos, todos con esa pátina añosa de lo casi centenario. El crecimiento urbano respetó esa arboleda. Mi recuerdo también es reverente. 

En el andén bajo el puente se aposta desde la mañanita un chacero parapléjico, con una pierna y un brazo torcidos, cojo. Suele estar ahí cuando paso. Nos saludamos tibiamente, sin que medien palabras, con un gesto imperceptible. Se diría más bien que nos saludamos con una declaración mental de recíproca buena voluntad. El chacero es delgado, moreno, de unos cuarenta y pico años. Se le ve diligente en el vestir, aunque sencillo. Me da la impresión de que guarda la base de su caja, una especie de trípode, entre las guaduas, en el corazón de la arboleda. A veces lo veo salir de allí, como un espíritu silvestre, con el madero en las manos. Me parece una alegoría. La comodidad sobre todo, me digo. Una carga menos a la hora de partir rumbo a casa. La gente es muy ingeniosa. Un conocido mío guarda una palita sin mango entre las matas de una tumba vecina a la de mi deudo: la saca de su escondite siempre que pone flores en la sepultura de su hermano.


jueves, 18 de junio de 2020

La lista del olvido

Se van. De 6-3 se van los muchachos y las muchachas. Una no volvió porque la mataron un sábado en la madrugada, en ambiente de farra. Tenía 14 años. Otro no volvió porque, otro fin de semana, le dieron unos balazos. Otro se fue por amenazas a la familia: mejor cambiar de barrio. Total, 6-3 se va quedando solo, con un manojo de alumnos, cuando la matrícula inicial casi llegaba a los cincuenta. Los llaman desertores, porque abandonan el colegio. Se van de las filas, de la silla, incluso de la vida, como Luisa, la muchacha de 14 años. No vuelven. Desaparecen. En vez de desertores, debieran llamarles desaparecidos. O abandonados. Porque no se sabe de qué lado es el abandono, si de los muchachos al colegio o del estado a los muchachos. Los llaman desertores. Casi traidores. En 6-3 las numerosas sillas vacías hacen pensar en un cementerio de tumbas NN, sujetos sin identificación, sin filiación. Crucecitas sin nombre. Sujetos sin documento. Habitantes del Limbo. En la planilla oficial del colegio se los caracteriza sumariamente: “Matrícula cancelada”. Y con esto se cierra el caso.
Se van. De 6-3 se van los muchachos y las muchachas. No vuelven. Todos son repitentes. La mayoría exceden la edad normal del grado. Se fue la muchacha que tenía a la mamá en la cárcel por vender droga. Se fue la que tenía a la mamá hospitalizada a causa de un cáncer de seno. Se fue la que no quiso seguir estudiando porque prefirió jibariar. Se fue la que consumía marihuana en el colegio. Se fue el chico que solo venía a caminar los corredores. Se fue el que solo parecía venir por el refrigerio escolar: enchuspaba en su morral todos los que podía, sin importarle que algunos se quedaran sin comida. Se fue el que solo venía a escuchar música en los audífonos y a estar callado. Se fue otro que solo venía a ver qué podía destrozar, desde una silla hasta la caja de tizas. Se fue la que siempre se quejaba de dolor de barriga. Se fue el que solo venía a hablar de fútbol, y que un día apostó tres mil pesos con un compañero a que Henry era de Brasil.
También están los que abandonaron 6-3 al ser promovidos a séptimo. Pero fueron muy contados, tres o cuatro. No resistieron mucho, solo uno no desertó. El primer período se esforzaron por ganar todas las materias. Al lograr el propósito de ser promovidos, se relajaron, se aburrieron, se fueron. Solo uno no desertó. 6-3 no parece echarlos de menos. Al menos no los echó de menos como a los que siempre fueron de 6-3. Porque los que pasaron a séptimo, en cierta forma traicionaron al grupo y, de algún modo, fueron repudiados. No los echó de menos tanto como a Luisa o al chico que tuvo que cambiar de barrio debido a las amenazas. Eran harina de otro costal. En cambio 6-3 tuvo, desde el principio, un carácter particular una especie de marca de familia, una suerte de franja amarilla. Son como los desheredados. Son los predestinados al fracaso, los Marlon, los Johan, que no acabarían, los que desertarían. Y no acabaron. Desertaron. Son el grupo del estigma. Y 6-3 lo acepta. Asiste imperturbable a su desintegración, como un leproso asiste impotente a la desmembración de su cuerpo. Quedan trece o catorce. Por octubre se los cuenta sin dificultad, porque hay más sillas vacías que ocupadas. 6-3  es ahora, desde cierto punto de vista, un grupo más manejable, como un puerco espino al que le cortan las púas para poder cogerlo con la mano. En el caso de 6-3 cada púa es un chico, una chica;  y son cortados, desechados, para que pueda existir un asomo de normalidad, un mínimo de contacto civilizado. Y aún así no es fácil. Porque 6-3 es la piedra en el zapato. Los trece o catorce que quedan son jóvenes amansados, pero también seres cansados, perdidos, como entes. Son como náufragos sin memoria, moviéndose torpes entre los destrozos, sin luz, sin horizonte. Son chicos y chicas que, salvo unas pocas excepciones, saben que van a perder el año. A algunos no les importa. Vienen de perder dos, tres años;  perder otro les tiene sin cuidado. Quizás muchos de este resto de horror quieran desertar, pero no pueden, no los dejan, porque acaso son los que todavía tienen en casa un referente de autoridad. No obstante, se les ve en el rostro: son desertores potenciales.

Un día como hoy en 6-3, en este resto apaleado, se ve a una chica que todo el tiempo está con un bafle en la mano, escuchando música a un volumen poco sensato y, por tanto, hay que rogarle: “Bájele”. Se ve a otra chica aperezada, de momentáneos avivamientos y posteriores recaídas en el marasmo. Sus ojos parecen cansados, tristes. En los momentos en que reacciona, baila al compás de la música del bafle de la otra muchacha. Pero el baile no dura mucho y, en sí, es una cosa sin alma, extraviada. Otra chica se sienta en el piso, la espalda contra la pared. Va deslizando la espalda y acaba acostada en el piso, de lado, recogiendo las piernas en posición fetal. Al fondo del salón (pero este salón parece desfondado al infinito) tres chicos forman un grupito cómplice, un islote obnubilado en torno al celular que sostiene uno de ellos. Se ve a tres o cuatro que hacen la actividad. Las sillas vacías, empero, son las que más resaltan. Son los Johan, los Marlon, las Karen, las Mónica, y tantos otros que se fueron.                   

jueves, 4 de junio de 2020

Interiores, un filme de Woody Allen

Presenta unos personajes viciados por la opresión de las grandes ciudades modernas, cuyo más formidable emblema es Nueva York. Seres con trastornos psicológicos (Eve, Joey, Frederick, Renata) alternan con otros de naturaleza más firme (Arthur, Flynn, Mike, Pearl). Todos, sin embargo, sobrenadan en el burbujeante caldo de la desesperación y de la vida como trampa. Los supuestamente equilibrados accionan en un mundo donde el trabajo tiene un ácido gusto a evasión: el cine, la literatura, el arte, la jurisprudencia. El autor pone el dedo en la úlcera de una sociedad que arrincona al hombre, destrozando sus nervios, tornándolo carne de manicomio. Eve es una enferma mental. Su obsesión con la decoración, su carácter escrupuloso sintomatizan el morbo. Joey es la eterna insatisfacción, el perenne cabo suelto. Frederick es el escritor negado a la fama, lleno de frustración, cuyo magro destino lo reduce al oficio de crítico literario. Flynn es actriz. Mike, cineasta. Arthur, abogado. Un orbe de intelectuales, de profesionales, de gente realizada en lo económico. Aunque lo monetario no representa un problema (todos tienen ingresos seguros, unos más elevados que otros), la psiquis tiene averías. Queda el signo estremecedor del ser humano cautivo entre los tentáculos de la megápolis, víctima de conflictos maniaco-depresivos, inconforme, promiscuo, movedizo, viviendo a una velocidad vertiginosa, malgastando la vida en la darwiniana lucha por la supervivencia, dentro de círculos afectivos deteriorados. Woody Allen muestra el desconsuelo de las clínicas de reposo, donde Eve (que es cabeza de una familia dividida por los roles profesionales, y por el carácter, por supuesto) acaba siendo hospitalizada. Arthur y Eve tienen tres hijas: Joey, Flynn y Renata. Esta última es una escritora de renombre, lo que no la salvaguarda de los reproches y las dudas con respecto a la utilidad de su oficio. Arthur y Eve se divorcian cuando sus hijas ya están grandes. El divorcio, otra evidencia de una sociedad donde los valores están hechos añicos. Y el vértigo. El turismo cosmopolita es otra suerte de huída. Eve termina suicidándose, ante la imposibilidad de reconciliarse con Arthur, arrinconada por sus nervios (alcohol, pastas). Arthur se casa de nuevo, con Pearl. No faltan las escenas de adulterio (Frederick y Flynn traicionan a Renata, esposa del primero). Vidas incompletas, destinos desastrosos, ambientes enfermizos, en fin, el absurdo, el destazamiento del ser humano, es lo  que nos comparte el lente de Woody Allen. 

lunes, 25 de mayo de 2020

Gallos de pelea

Los tres gallos suelen andar juntos. En la vecindad del colegio hay finquitas. Las aves burlan la valla por alguna tronera y se pasean por el coliseo y por los corredores cercanos a su predio. Son gallos finos, ligeros, que se mantienen picoteando. No se inmutan si el alumnado está en formación, si el coordinador habla con su vozarrón. Los tres gallos se pavonean entre el gentío, que no se mete con ellos. Del otro lado de la valla, en el montecito aledaño, también se ve en ocasiones una oveja, gallinas y alguna vaca. Estos tres gallos me inspiran un simbolismo un tanto tétrico: orquestadores de la violencia del sector, donde las fronteras invisibles y el terror de las bandas son el pan de cada día. Los gallos picotean mientras los malositos se muestran en la cercanía del colegio (hay una terraza donde suelen hacerse a fumar sus cosas y a mirar hacia acá), mientras la calentura prepara las balaceras o los ajustes de cuentas. El azul uniforme y las gafas de falso cristal del aseador, que recorre el pasillo con la escoba y el recogedor, parecen parte del tenebroso guiñol del entorno. Y los muchachos de civil, ex alumnos, que entran al colegio y aprovechan para saludar a su “pollita”. Gallos, droga, muertos. Gallos espías. Gallos litúrgicos. Plumas vistosas que tal vez sean del todo gratuitas, que acaso sean ambulantes e inútiles banderas de paz. Mientras acompaño la formación he tratado en vano de fotografiarlos con el celular. Han pasado cerca, pero no he logrado la toma a tiempo. Siempre se van.

viernes, 15 de mayo de 2020

La casa que nunca pagas


El cuento es largo. Antes vivíamos de casa en casa, pagando renta. Una casa aquí, otra allá. Hasta que papá se inscribió en un programa de vivienda y le adjudicaron un apartamento. Demasiado pomposo, cómo no, el nombre de ese Fondo de vivienda, una entidad gubernamental, para más señas. Un organismo de esos que llevan décadas funcionando, que prosperan por un tiempo y luego, socavados por la corrupción, se depauperan y quiebran. El caso es típico. 
Nos mudamos al apartamento y papá comenzó a pagar las cuotas mensuales. No recuerdo a cuántos años fue la financiación, si a cuotas fijas o mudables. Recuerdo muy bien que papá empezó a atrasarse en los pagos y después, cuando ya no fue capaz de manejarlo, se olvidó del asunto. Recuerdo que él guardaba en una gaveta los recibos de las mensualidades. Creo que dejó de pagar por años. Tal vez se tranquilizó pensando que se pondría al día con el dinero de la pensión. Y así fue. Al pensionarse, canceló gran parte de la deuda. Quedó debiendo algo, no mucho. Tiempo después pagó todo y fue a la notaría, donde liberó la hipoteca. 
Del Fondo de vivienda siguieron llamándolo. Lo llamaron todo el tiempo, cuando debía y cuando estaba a paz y salvo. Para el Fondo papá era un deudor moroso, incluso cuando ya había pagado. El Fondo se valió de un abogado para presionar al deudor, y esta fue la pesadilla de papá. Por años y años el abogado (cambiaba de sexo, de nombre, de edad, pero era siempre el mismo abogado fantasma) siguió llamando a papá, cobrándole una deuda que había saldado, indisponiéndolo, fastidiándolo, porque el asunto no podía más que hacer rabiar a papá, el cual amenazaba con demandar a la entidad, mas la cosa no iba más allá  de la amenaza.
Papá llegó a octogenario recibiendo la llamada del abogado, pero ya no le daba importancia, lo tomaba con desenfado, y hasta parecía reírse de la situación. "Por ahí volvieron a llamarme del Fondo", me decía de vez en cuando, con acento de patriarca sabio, al que no alcanzan las insidias del mundo. El abogado fantasma y papá parecían vivir en la ambivalente dimensión del amor y el odio, habían entrado en una relación de viejos conocidos, en una rivalidad suavizada al punto de llegar al terreno de lo inane. La llamada ya no parecía un cobro oficial sino una debilidad de la nostalgia, un acto de honor a los viejos tiempos, una cosa remota, enredada entre la realidad y el sueño. 
Papá cambió de teléfono y se libró del fastidio. Pero ahora me llaman a mí (¿cómo consiguieron el teléfono?). Me endilgan el ingrato oficio de mandadero, me piden que informe a papá que la deuda va en ochenta millones, pero que sólo debe pagar sesenta mil pesos. No explican a qué se debe esta inaudita rebaja. Uno imagina que tal vez papá fue beneficiado por una amnistía en favor de la ancianidad o que el infame abogado se contenta, por ahora, con unos pesos para los aguardientes del fin de semana. Pero volverá a insistir, sin duda. 
Soy mal recadero. Dejo patinando en un olvido burlón la razón del leguleyo. Y este acto banal me abriga en una sensación de revancha.      
    

sábado, 9 de mayo de 2020

Las dos Concordias


Existe una población argentina llamada Concordia, en la provincia de Entre Ríos, frontera con Uruguay. Horacio Quiroga la menciona en sus cuentos (Cuentos de amor, locura y muerte, se los recomiendo). Quizás Concordia (el municipio del suroeste antioqueño) tomó el nombre de aquélla. Quizás nuestra iglesia de dos torres con la estatua de la Virgen de las Mercedes en el espacio central sea una réplica de la otra. ¡Nuestra iglesia! ¡Blanca! Imponente edificio religioso presidiendo la plaza. El triple pórtico, el atrio con balaustradas, la casa cural, el ábside. En la parte externa de este último, al lado de la calle, tras una verja  está el jardín con el Monumento a la Madre, que también es conocido como Monumento al Trabajo. La población argentina tiene más de ciudad que de pueblo, y está a la ribera de un río inmenso, el Paraná. La región es llana, mientras que nuestra geografía es montañosa, a unos dos mil metros sobre el nivel del mar. Nosotros tenemos quebradas, Magallo, La Comiá. El río más próximo es el Cauca, que pasa por Bolombolo. Ciudad pequeña y bella, la hermana argentina, con edificaciones antiguas y modernas, con gratos paisajes, con malecón. Hay allí un parque arborizado en memoria de un gran escritor francés: Antoine de Saint Exupery.

jueves, 30 de abril de 2020

Tratado de la piedra

La piedra rompecabezas

Era cuando nos trabábamos en guerra con otras bandas de rapaces. Las piedras eran las armas, arrojadizas, generalmente certeras, porque casi siempre resultaba alguno con la crisma sangrante. Eso acababa la batalla de inmediato. El herido rompía en quejidos y los compinches se apresuraban a atenderlo. Los rivales, ante la magnitud de los hechos, se retiraban entre contentos y preocupados.
La piedra había logrado su propósito. Entonces se aquietaba. Dormía.
Ninguno, excepto yo, tenía la devoción anómala de coleccionar las piedras con que le habían descalabrado la cabeza. Colecciono piedras.
Aquí están, ante mis ojos, en exposición,  anfractuosas, veteadas. Duermen su pétreo sueño sin remordimientos, tal vez aguardando, en vano, la oportunidad de participar en otra batalla campal y romper una que otra cabeza de muchacho díscolo. Pero no lo permitiré. Las he cautivado.   

La piedra de candela

Era cuando las viejas candelas, que también llaman encendedores, se cargaban con una piedrita. Le decíamos “piedra de candela”. La piedra de candela era un trocito de plomo o de pedernal que se incrustaba en un resorte. Aseguraba la chispa. ¡La chispa! El rodillo esmerilado, al contacto con la piedra, hace saltar la chispa. Y la chispa inflama el combustible y produce el fuego. ¡El fuego!
Con todo lo estandarizado que pueda ser hoy en día, un encendedor sigue pareciéndome un adminículo mágico. Fuego portátil, ¿les parece trivial? No, es pura magia, una maravilla. Accionas el mecanismo de encendido y listo, ahí está, la llama.

En la actualidad, los nuevos tipos de encendedores prescinden de la piedra y se bastan con una batería y un circuito eléctrico, un cablecito. Ah, los tiempos de la mecha de algodón, de la gasolina blanca, de las viejas candelas Colibrí. Hoy, el encendedor común es un objeto sencillo y barato, desechable. Los de antes, las reliquias como la vieja candela Colibrí, eran una obra de arte. Traían su piedra, apta para chispear. Hoy, la chispa es eléctrica.    

miércoles, 22 de abril de 2020

El Árbol de la Vida

La brisa agita las ramas del chumbimbo, verde campana al otro lado de la cerca. Casi puede oírse el bisbiseo de las hojas. Casi retumban los sonidos en el aire caliente, que salcocha y oxida el cuerpo. Casi es una ilusión la calle, el tiempo. El estridor de las cigarras percute el yunque y, desde el oído, tachonado de gorjeos de pájaros, rebota y se expande en las encandiladas paredes de la tarde. Se deja oír y cesa el resuello de un taladro. Todo a esta hora tiene que ver con el tímpano. La vista se fatiga. La fisiología se apacigua en un pesado dormitar. Al fondo, la undosa masa de las montañas se amuralla,cerrando el paisaje, recibiendo todo el castigo de la canícula. Las cimas se gozan en su imponente abandono, en su insolado tegumento, en su altiva lejanía.Y en el paroxismo de luz de la cresta del monte Dios y la naturaleza conversan.

Afloja el calor. El hombre recuerda su trayecto a través del día y de la vida (que es como un largo día), reedita en la memoria los pasajes más próximos, de los que su cuerpo todavía siente la resonancia, bajarse de un bus en la plaza de un pueblo, entrar a un restaurante, comer, recargar el celular en un puestecito de la esquina, caminar hasta la casa y, tras  encerrarse a solas tras cuatro paredes, abrir la puerta del balcón.

En la copa del chumbimbo aún pegan los resplandores del sol y un vientecillo juguetón se empalaga con las ramas. Pero ya es más sombra que luz este árbol repleto de gajos de pequeños y redondos frutos, parecidos a mamoncillos.El hombre encuentra en la gravead de las montañas una innegable afinidad con su existencia. Su sensación del momento es un eco de los movimientos y gradaciones de la luz.Recuerda que al atravesar la plaza saludó a un chico de doce años, que le reconoció y le devolvió una expresión benévola. El muchacho jugaba baloncesto con unos amigos en la placa deportiva al lado del atrio de la iglesia. El hombre siguió su camino, el morral al hombro, en la mano una bolsa y una botella de agua.

Unas nubes regordetas, blancas y con rasgones grises, se recortan en el azul desvaído del cielo, sobre las montañas que se van oscureciendo. ¡Nubes! Tienen algo de querube, saben a esquirla de sueño escabullida de algún rincón del tiempo. Avanzan en caravana, entre marsopa y dromedario. Allí todavía palpita la claridad, como en una concha de nácar se recogen las nubes. Nácar y, más arriba, donde el domo se insinúa, el azul indefinible. Es como si una voz resonara en el silencio, como si del mudo estropicio del crepúsculo sutiles acordes fluyeran. El hombre mira al horizonte y la cresta del monte le susurra un nombre. Esa parte de la cima semeja un elefante echado, donde la trompa hace de pendiente. Un nombre que él no tiene empacho en asimilar con el chico al que saludó al atravesar la plaza, con los juveniles años de este jovencito de camisilla y pantaloneta y tenis al mejor estilo de las estrellas del basquetbol profesional. Un nombre con cierto dejo indígena y, sin duda, también con un retintín africano, en definitiva, mestizo.

De rosa se colorean las nubes, que han decidido avanzar más lento que de costumbre, cristalizadas en figuras de pórfido.Una voz sin edad habla dentro del hombre. Es una voz cuya tesitura acoge el periplo de la vida, con sus altibajos, con su drama, con su mensaje. El rosa se sumerge en gris, no sin dar batalla. El chumbimbo todavía se recorta en el espacio, pero ahora su tez es mulata. Chumbimbo.  Gajos de frutos redondos como oscuras canicas. Las ramas repletas de gajos. El tronco triple del chumbimbo muestras sendas despellejaduras en la base. Por ahí le inyectaron un veneno para derribarlo. Es que por esta parte del baldío pasará una vía y el chumbimbo les estorba. Abajo con él entonces. Es la lógica de los constructores de vías. Nada que hacer. Entonces todas esas ramas, todos esos gajos de pepas. Sabrá Dios.

El periplo de la vida, la circunnavegación del día, el hombre abocado a esta hora de contemplación, un paisaje montañoso. Un cerro enorme, piramidal, oscuridad total a contraluz del sol que se pone. El hombre conversa con el cerro. Nombres indígenas, africanos, en definitiva, mestizos, caracolean en su mente. El niño que juega basquetbol en la plaza recuerda al hombre otro niño de otro tiempo, muy atrás en su historia. Echar abajo un árbol anteponiendo una vía, sacrificar a un animal porque está enfermo o viejo, en fin. Trasegar por estos lugares, ir de un lado al otro, revivir una vivencia del ayer, un tiempo que no se resigna a morir. Los montes altos y un río corriendo encañonado. Las quebradas tributarias de ese río. Los hombres asentándose en derredor, anudándose al entorno.

El cerro y el hombre se miran, viejos amigos. Todavía hay significados que buscan expresarse, sentidos que intentan resolverse. Como brisa nostálgica, como un peregrino de landas, el hombre se entrevera a la vida. Ascender a la cima del cerro, algo que el hombre no ha hecho. Lo suyo ha sido siempre la contemplación. El cerro no lo ha invitado a otra cosa. Para cada uno el cerro tiene un llamado diferente.

Un día y otro se suceden. El chumbimbo y el hombre también se miran. Los pasos que abren el camino, las casas que albergan las presencias, las voces calladas en la sombra, los cuerpos arropados por la noche. El día. En toda época un niño recuerda al hombre  veterano el libro de la vida, a cuyas páginas postreras el segundo está llegando. El día. El chumbimbo, verde campana. El monte y los recuerdos. Ve allá, clama una voz dentro del hombre. No, ya he ido. Vengo de regreso. Pero debo seguir viviendo. La sensación no escatima un segundo.

El día, leche de pájaros, baba de despertares. El hombre no ha dormido bien. Estuvo desvelado gran parte de la noche. Se levantó, encendió la luz, tomó un libro de la mesa y se puso a leer. Lo que el hombre ha construido con los libros, la retícula de sueños en que ambos se imbrican, chumbimbo, monte, y la leche del día, alivio de penas. También hay que succionar vida de la noche, piensa el hombre, vida del insomnio, vida de la madrugada y sus ruidos y sus apéndices de hielo. Se anticipa al día, su actividad se adelanta al alba, lee, luego se pone al computador y escribe, hasta que amanece y entonces se percata de que la noche es bella, de que los miedos acendran una región del alma todavía en barbecho.

Hay que vivir. El niño juega baloncesto en la plaza, tranquilo en la compañía de sus amigos, en la certeza de una casa, una madre, comodidades. Su casa no está lejos de la plaza, y la mamá o la abuela siempre pueden extender una mano protectora. El niño disfruta sus últimos días de vacaciones. En una semana se reanudará el calendario escolar. Quién es ese señor que te saluda, preguntan los compañeros. Un tío político. Ah, la vida. Tiene uno que vivir tanto para entender una nonada. Quemarse las pestañas para decantar una migaja. Sin embargo, esa migaja es la esencia. Temblorosas ramas del chumbimbo, hojas aceitosas de rocío, pájaros como talismanes de un tiempo nuevo. Bañarse, ir a la plaza a beber un café, piensa el hombre. Algo sagrado en cada monte, la proximidad al cielo, el aire más puro. ¡Himalayas! Es como decir aleluya. Volcarse al día, los hombres en su agite, salir al trabajo, despedirse de la mujer, tomar un transporte, pensar en tantas cosas. No obstante, es tan natural.


Ese otro niño había escapado de casa. La misma brisa, los mismos cielos, pero aquel niño se había volado de la casa, se había ido de andariego. Hombre, buscas a ese niño escapado, ahí lo tienes, míralo, juega baloncesto con sus amigos. Podría ser, pero no es tan fácil. Es la manera como miro ese monte, como el cerro piramidal me mira, como el río se encañona. Sé que de alguna manera soy ese niño que juega baloncesto, mi sobrino político. Pero queda algo. Nada más como miras ese monte que ahora besa el sol. Es eso. 

lunes, 13 de abril de 2020

Gay Lusac y las mucamitas (Onirismo)


En el torbellino de su sangre alcoholizada Gay Lusac sacaba porcentajes. El quince por ciento reincidía a tal punto que trasbordó al subconsciente transformado en pesadilla. Quince por ciento de alcohol en las bebidas fermentadas, cerveza, vino. Quince a treinta por ciento en las bebidas destiladas, aguardiente, vodka, tequila, etcétera. Ah, viejo Gay Lusac. ¿No era el quince el número que solía tocarle en la lista del colegio? Claro, era el quince. Su apellido empezaba por la "G". "Ginebra", susurró Gay Lusac, extendiéndole un vaso de esta bebida, que él rechazó, prefería el cogñac. El número quince en la lista del colegio estaba bien, mediaba la serie,reportándole el consabido beneficio práctico: tanto si el profesor comenzaba a llamar por el principio, como si comenzaba por el final, tenía un margen de salvación, en el caso de que se tratara de rehuir la entrega de la tarea. Era poco probable que el profesor comenzara a llamar por la mitad, aunque no faltaba el que lo hiciera, dándoselas de sagaz. 

Gay Lusac aparecía con la facha del profesor de español, beodo, por supuesto. ¿Vendría ahora con los sonetos de Quevedo? Nada. Seguía recitando porcentajes de alcohol en las bebidas, fermentadas y destiladas. "Ginebra", claro, se fabrica con las raíces o las fibras del enebro. Recordó esa obra de Da Vinci, el retrato de una mujer. No era una belleza al estilo de las madonas de Botticelli, pero tenía su encanto esa Ginevra di Benci. Solo que el pincel de Leonardo la hubiese escogido,con eso tenía para inmortalizarla. Pero él no podía soñar con esas beldades, aunque el viejo Gay Lusac le ayudase. A él le fueron asignadas por ucase imperial las mucamitas. Sencillas y tímidas mucamitas. De esas que ni siquiera son capaces de mirar a los ojos a un hombre. Mucamas de hebdomadarios nombres: Nubia, Gilma, María, Marta. De esas que se ruborizan cuando les aprietas la mano.                     

jueves, 9 de abril de 2020

La espera de los dioses


Es algo que todavía me inquieta. Ocurrió días atrás. Había una manifestación en la plaza frente a la alcaldía, gente que abogaba por la reparación por las víctimas, que delataba la corrupción de los organismos oficiales encargados de los auxilios a los familiares de éstas, que insultaba al gobierno por mantener en el desempleo y la inopia a las personas honestas, mientras prodigaba un trato privilegiado y pagaba sueldos a los paras y a la guerrilla.  

La protesta rompía la calma habitual del sector. Los líderes comunitarios se turnaban la palabra en el megáfono. Como nadie siente el dolor hasta que no lo toca en carne propia, la indiferencia del común es la nota predominante en estos casos. Pero no faltan los curiosos que se detienen a observar. En un sitio tan concurrido, es de suponer que más de un transeúnte se interesó por conocer las reclamaciones de los congregados. Yo fui uno de éstos.

Repito, la mayoría de la gente no se da por aludida. Cada uno está en sus ocupaciones y sus afanes. El frutero sólo quiere vender sus frutas; quien va a su trabajo no puede perder el tiempo abriendo la boca aquí y allá. 

En actitud preventiva, como desprevenidos, cuatro o cinco policías se apostaron  cerca de la tarima de la manifestación. Era lo de siempre, sólo basta que haya un brote contestatario para que el sistema responda con represión  Bueno, pero de esto no trata la anécdota.

Tres indígenas embera de los que venden Vive 100 en la plaza conversaban a unos metros de la protesta. Sin duda, se situaron allí al ver en la multitud una potencial clientela. Esto queda descartado. Cualquiera lo haría. Sin embargo, advertí algo singular en ese trío. Aunque esperaban que la venta se disparara con la afluencia de personas, el discurso de los manifestantes, y tal vez éstos mismos, les tenían sin cuidado. Parecían tres dioses impasibles entretenidos en un coloquio que tuviera un móvil del todo ajeno a las cosas de este mundo. Me recordaron el Ramayana, el pueblo de los monos que auxilia al héroe en su lucha contra los demonios. Despedían un aire oriental, de ermitaños en meditación. También pensé que eran tres divinidades desterradas que aguardaran parsimoniosamente la reconquista de su reino usurpado.  


sábado, 4 de abril de 2020

Una muchacha y su hermana


La muchacha perdió décimo. La hermana vino a matricularla. Están sentadas en las sillas del interior de la portería, esperando. Están allí, tranquilas, con ese confiado sosiego de la juventud. Me siento en una silla contigua y converso con ellas. En los rostros y en las voces hay un aire costeño, dulce y enigmático. La hermana estudia ingeniería, va en el tercer semestre. Su hobby es el dibujo. Un simple hobby. Lo que más le gusta es bailar, chacotear. Para eso son jóvenes. Descubro en ellas algo más que juventud, una gracia oriental, que se refleja en la belleza de sus rostros y en cierta impasibilidad con que asumen el momento, la espera. ¿Tendrán ancestros árabes, sirios? ¿Tendrán en la sangre los genes de los oasis y los dátiles, de las mezquitas y las alfombras voladoras? Una sonrisa preciosa perla a menudo el rostro de la más joven, mientras que la cara de la hermana es un encanto de seriedad y agudeza. Así debió ser Sherezada. 

El día puede regalarte, cuando gustas del arte, así de pronto, un friso persa en vivo: La muchacha y su hermana. Son de Montería, donde sinuoso corre el Sinú. Sólo llevan un año en Medellín. La muchacha tiene mejillas redondas y sonrosadas; la hermana es morena. Sentadas allí, ajenas al trajín de la gente en proceso de matrícula, recuerdan el espíritu con que los estoicos afrontan la vida. ¡Y son tan lozanas y graciosas! Converso con la hermana, y esta contesta con desenfado a mis preguntas. Riposta, a su vez, interrogándome sobre esto y aquello. Advierto la inteligencia sutil de sus palabras y me percato de que estoy ante una mujer deliciosa. Me percato de la altiva finura de esta grácil damita. Y la vida se me antoja maravillosa. 
Al despedirme, le pregunto el nombre:
"Irma".  

miércoles, 25 de marzo de 2020

Pablo Casals y la disciplina del estudio


Cuando tenía noventa y cinco años, el maestro Pablo Casals vivía en Puerto Rico. Los que lo visitaban en esta época, lo encontraban dedicado al estudio  de la obra Sueño de una noche de verano, de Mendelsshon. Se cuenta que, pese a su avanzada edad, a su natural desmedro físico, era un anciano vital y alegre. Amaba la música a tal punto que jamás perdonó a un músico que una vez hizo un comentario de mal gusto sobre ella. Toda la vida recordó con desagrado la salida de tono de este colega.

Pablo Casals conquistó al mundo con la magia de su violoncelo. Consagró toda la vida a la música. Sus datos biográficos no vienen mucho al caso al propósito de estas líneas. Sin embargo, anoto la capsulita de que, a los ochenta años, se casó con una muchacha de veinte. Anoto y apruebo su elección de buscar, en sus últimos años, el aire paradisíaco del Caribe. 


El afán de estas líneas consiste en encomiar el amor al estudio, la disciplina que conduce a la perfección, la constancia que lleva a la maestría. Pablo Casals hacía gala de estas virtudes. Con décadas de distancia, siento el mismo asombro  que experimentaban los admiradores que lo visitaban en aquel tiempo en su morada caribeña. Un hombre casi centenario, de limitado vigor físico, seguía consultando los arcanos, sondeando el mar de las maravillas. A los  noventa y cinco años, invocaba la luz de Mendelsshon en El sueño de una noche de verano.      

domingo, 1 de marzo de 2020

Tres textos


La gata

Otra vez la gata en la cabecera de la cama, acurrucada en la almohada y la cobija. Lo mismo que anoche, cuando Gustavo tuvo que cargarla y llevársela. En esta ocasión Gustavo no estaba. Me pareció mucha descortesía con la gata, que por segunda noche consecutiva me hacía los honores ofreciéndose a dormir conmigo. No, no iba a ser tan ramplón. Así que la dejé tranquila en la cabecera, dueña del lecho, y dormí en la cama del lado, tras desembarazarla de mi morral, mis ropas, mi guitarra. Fui al closet por una cobija y solucionado el problema.

La presencia de la gata mantuvo tranquilos a los ratones, quienes se cuidaron de armar el alboroto de la noche anterior. Hasta que amaneció estuvo la gata allí. Un gran rato la sentí bañándose, lamiéndose con la lengua, a conciencia. Ya clareaba cuando la e abrí la puerta y salió. Volvió al rato. Me di cuenta de que no había podido escabullirse al patio porque todo estaba cerrado, nadie se había levantado. Los domingos doña Juana  se apereza en la cama hasta las nueve. José tampoco madruga. Ven la misa en la tele, acostados, cada uno en su lecho. Abrí la puerta y la reja del estudio y la gata se escurrió por allí.   

En mi gaveta 

En mi gaveta guardo una transparente bolsita plástica con las banderitas tricolores que obtuve en el colegio por izar el pabellón patrio como mejor estudiante del grupo. Guardo los carnés consecutivos de los distintos grados del bachillerato, las "metamorfosis" fotográficas de mi rostro a través de los años. Guardo el esqueleto  disecado de una estrella de mar, cuya forma me recuerda a un hombrecito de pie con los brazos abiertos y la cabeza en punta. Guardo una copia en hojas de bloc y encuadernada de Tribulaciones de un Punkero, una novela de Jhony Barrientos, un amigo de la universidad. Guardo un potecito en cerámica, pintado en gris y con un adorno en relieve de caparazones marinas, obsequio de un alumno en mis inicios de maestro, en cuyo asiento, del lado externo, escribí con lapicero negro: "Juan Alejandro Gutiérrez, Nov. 1/90. Colegio de la Salle". Guardo un pedazo de corteza del tronco de uno de los tamarindos del patio de mi abuela, árboles abolidos. Guardo tres monedas no tan antiguas, dos de Estados Unidos, de 25 y 5 centavos respectivamente, ambas con la leyenda "In God we trust"; la otra es cubana, de diez centavos, del año 2000, ornada con una imagen del "Castillo de la fuerza".          



Tomás

Se cuela al estudio (aunque cada vez somos más condescendientes y cariñosos con él y lo suyo ya no es colarse, es ser bienvenido) y se atreve hasta la terraza, donde se echa a calentarse. Si uno abre la puerta que comunica el estudio con la terraza, lo ve allá, sobre el deslucido tapete (la intemperie desluce todo), echado a su antojo, gris y blanco, más gris que blanco, gris y flaco, el amigo Tomás. Cuando se cansa en la terraza, se desliza a la sala de grabación (se supone que hemos abierto la puerta de la terraza o al menos dejado una hendija por donde Tomás entre) y nos acompaña un rato. Perezoso, dormiletas, sobre el sofá o el estuche de mi guitarra, se recoge en sí mismo y asiste a nuestro querer hacer música, a nuestro estar allí por horas tejiendo una canción.

A Tomás dediqué mi canción Edad, porque él estuvo allí durante la grabación, echado en el sofá, a mi lado, su cabeza recostada en mi mano. Edad, mi canción, le debe algo a Tomás, el gato escuálido, el gato gris, el gato amigo: quizás la atmósfera de tristeza y eternidad que manan mis versos. Se cansa de estar en la sala de grabación y le abro la puerta y se va  en busca de los otros espacios de la casa, espacios donde están el cuido y el agua, donde está Milton, su dueño, que también es músico y cantante. Así que Tomás vive en la Casa de la Música. Y así será recordado. El Gato de la Casa de la Música. Nuestro amigo.

Se cuela en mi recuerdo, hoy que estoy ya en mi casa, en mi espacio de escritor, y lo ato a mis ficciones, a mis desvelos, a mi tiempo de palabras y silencios , de búsquedas y encuentros.