Esta novela consta de tres partes: 1, El ególatra romántico; 2, Intermedio 1917-1919; y 3, La educación de un personaje. El héroe, Amory Blaine, recorre una senda contradictoria: por un lado, la trayectoria ascendente de su educación intelectual (digamos también espiritual, ética), por el otro, la línea descendente de su poder material. Este joven, que fue a los mejores institutos educativos, que era hijo de padres acaudalados, termina prácticamente empobrecido, debido a las oscilaciones de la bolsa, los desastres económicos y los trastornos de la guerra. En esta obra presenciamos las vivencias de una generación de muchachos ricos, entre sus ambiciones y sus búsquedas, pervertidos por un ostentoso y hueco materialismo. Asistimos también a un vuelco generacional donde la moral de la juventud se relaja y se desenvuelve entre la independencia y el escándalo. Un aire juvenil atraviesa las páginas de esta novela. Amory Blaine, cuyo sueño es ser escritor, hereda un patrimonio mermado, que termina por agotarse en las transacciones bursátiles. Este personaje vive todo el desorden y el desamparo que sigue a la Primera Guerra Mundial. Debe organizar su vida solo, compartiendo un apartamento con otros jóvenes o viviendo en hoteles. Otro rasgo de este héroe es su eterno fracaso en el amor. Rosalind, la única chica que lo cautiva, lo deja por un partido más prometedor. Las jóvenes quieren hombres apuestos, adinerados. Pero Amory Blaine ha sido excluido del círculo de los millonarios. Cuando el abogado que atiende sus rentas le comunica que las últimas acciones en los tranvías son cosa perdida, Amory se consuela pensando que con los 24 dólares que aún le quedan puede comprar 480 buñuelos. Por lo demás, no se preocupa: puede dormir en un parque.
martes, 29 de diciembre de 2020
martes, 22 de diciembre de 2020
La muerte de Iván Ilich (León Tolstoi)
Iván Ilich tiene cuarenta y cinco años, y está en la etapa más exitosa de su carrera, cuando le ataca la enfermedad. Ostenta el cargo de magistrado. Lleva una existencia agradable, ajustada a las reglas del decoro: amistades aristocráticas, una familia decente, criados, cenas, bailes, whist. Las disensiones con la mujer agrian el matrimonio. Pero su vida es suave, disciplinada, como debe ser. Siempre tuvo como regla de conducta el modelo de las clases más elevadas. ¿Qué más le podía faltar? Sin embargo, no se siente satisfecho. Siempre existe un grado superior al que acceder en la esfera de esa jerarquía de clases. Se arrellana todo el tiempo en el engaño de que vive como es debido. Embebido por el desempeño de su trabajo, en este encuentra alivio contra las ingratitudes de la vida hogareña. Ha ascendido de funcionario en provincias a juez de instrucción, más tarde, a sustituto del fiscal, luego a fiscal. Por vivir en un orden superior a sus ingresos, se endeuda. Esto le inquieta. Quiere hacerse con el puesto de presidente del tribunal en una ciudad universitaria. Le ignoran en varias oportunidades. Viaja a San Petersburgo a intrigar. Al fin consigue lo que deseaba. Se traslada al nuevo lugar a preparar la instalación de la familia, a la vez que se integra a sus funciones de jurisconsulto. Está muy alegre y él mismo se encarga de buscar la casa apropiada a su condición, entregándose de lleno a la remodelación. Al arreglar algo en una ventana, hallándose trepado en una escalera, cae y se golpea en el costado.
Lo que sigue para
Iván Ilich es la amarga rebeldía de renunciar a lo que, hasta entonces,
significa todo en su vida. Y, sobre todo, el indecible sufrimiento al constatar
que los que dicen profesarle respeto y amor, solo actúan al impulso de sus
conveniencias. Incluso entre los miembros de su familia siente el dolor del
destierro, de la desabridez, el abandono. Iván Ilich rezuma hiel, sufre, se
agita, atraviesa el indescriptible calvario de su enfermedad. Los sufrimientos
físicos son tan terribles que hacen que el paciente lance alaridos día y noche.
Solo halla comprensión en un sincero y noble criado (Guerásim), quien evita
engañarlo asegurándole que se recuperará pronto (como hacen los médicos y
parientes), sino que lo acompaña y atiende con modestia y calidez, sabiendo que
su amo morirá. Iván Ilich acaba apreciando más la áspera sinceridad del
sirviente que los falsos halagos de sus familiares. Al final, su alma se
sosiega. Descubre que los demás no tienen la culpa de sus padecimientos (y, por
tanto, no debe tratarlos con rencor), que solo en él debe buscar las causas de
su estado. Purificado por el dolor, acepta su destino y muere tranquilo. Sus
últimos momentos no pueden ser más lúcidos, engrandecidos por una serena
bondad. Se dice que estaba en un error, que su vida no fue lo que debió ser.
Esa verdad lo apacigua y lo conduce al más allá. Ya no existían los tormentos.
La muerte misma había desaparecido.
En este relato, la
visión de Tolstoi con respecto a los seres humanos es amarga y cruel, pues
presenta a los hombres en su faceta más materialista y cínica. Aparte de los
episodios donde Iván Ilich recuerda su
infancia (la época más bonita), el autor disecciona a la sociedad, mostrándola como
un tinglado de marionetas movidas por el interés personal, donde no hay bondad
ni clemencia. Al oír hablar del óbito de Iván Ilich, el primer pensamiento de
sus colegas de gabinete es el de las repercusiones de aquella muerte en el
traslado o el ascenso de sí mismos o de sus conocidos. Y Praskovia Fiódorovna,
la viuda, durante las exequias, interroga a Piotr Ivánovich si hay alguna
estratagema para lograr que la pensión del difunto quede más crecida. Este la
desinfla al responderle que no es posible hacer nada en este sentido.
jueves, 10 de diciembre de 2020
El jardín de los Finzi Contini (Giorgio Bassani)
Esta novela versa sobre la vida de los núcleos judíos de Ferrara durante los años del floreciente fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Los Finzi Contini, familia hebrea, se constituyen en el eje en torno al cual gira la historia. Son gentes ricas, privilegiadas, que moran en una residencia señorial, en un "Jardín" de varias hectáreas, objeto de interés (junto con el panteón particular de los Finzi Contini) del narrador. En esta obra puede verse la normatividad y el culto que la religión judía impone a sus fieles: la asistencia a la sinagoga, la celebración de las festividades. También es evidente el grado de acatamiento de las tradiciones, diferente en unos y otros. Los Finzi Contini son respetuosos de la ley judía, puntuales, incluso exclusivistas (durante varios años utilizan una sinagoga privada), en tanto que el narrador y el padre de este se muestran fríos y apáticos en tal sentido. Más que la religión es la circunstancia política la que trasciende en esta novela. El régimen de Mussolini instaura leyes que discriminan a los judíos. Verbigracia, la ley racial. Esta cláusula cambia la vida de los judíos, que van siendo expulsados de las instituciones y cargos que ocupaban, del trabajo, del club de tenis, de la escuela. Esto da origen a una especie de ghetto judío en Ferrara. Los Finzi Contini parecen estar al margen de estas modificaciones. Siguen viviendo como siempre, con la misma servidumbre, saltando sobre la disposición gubernativa de poseer solo un criado en su Barcceto del Duca. El profesor Ermano, cabeza de los Finzi Contini, nunca acepta el carné del Fascio, cosa que rechaza sobornando con dinero al gobierno. Parecería que para él son gratos todos estos trastornos que aíslan a los judíos de los demás. La riqueza les permite vivir con cierta independencia. Sus hijos (Alberto y Micol) no fueron a la escuela normal, sino que se prepararon con profesores particulares. No obstante, con el advenimiento de Hitler y el agravamiento del Código Antisemita, los judíos, sin importar su condición, van a sufrir los rigores de la guerra, los campos de exterminio, la disolución de un pueblo. La novela de Bassani habla de esto y del amor, o del supuesto amor, entre dos jóvenes judíos, Micol y el que narra los hechos desde la desolación de la posguerra, cuando la familia Finzi Contini ya no existe y él, el narrador, no es más que un superviviente del cataclismo obstinado en revivir fantasmas. Este idilio trunco tiene como marco la casa de los Finzi Contini, la cancha de tenis, el bosque, el vergel, los campos, donde un grupo de jóvenes judíos, afectados por las leyes raciales (han sido expulsados del club de tenis de Ferrara), incluidos naturalmente Alberto y Micol, se refugian para solazarse en las tardes del languideciente verano. Entre los dos jóvenes nace ( o se intensifica, porque ya desde niños se conocen y aprecian) un sentimiento íntimo, que se confunde con el amor. Los paseos por el jardín se mezclan con las visitas a la casa de los Finzi Contini, que en un tiempo pareció ser un lugar vedado a los demás, pero que ahora recibe gratamente a los amigos de Alberto y Micol. Es a través de Micol como el narrador toca y ahonda en esos años idos, tristes, cada vez más brutales. Añora el amor que no pudo ser, porque Micol, maravillosa joven, como él graduada en letras, no consiente más que una amistad fraterna. Acaso él estuvo errado todo el tiempo, creyendo que Micol lo amaba de un modo distinto al que despierta la amistad. Ese aire tenebroso de la guerra que se va cerniendo sobre ellos parece ser el que los priva de la felicidad. Micol es una muchacha instruida, simpática, que hizo su tesis sobre Emily Dickinson. Es ella quien abre las puertas de su casa (la gentil familiaridad de sus parientes) al narrador, un advenedizo, si bien se mira. Sin embargo, aunque accede a la casa de los Finzi Contini y al trato amable del profesor Ermano, él siempre será un extraño allí. Al fin se dará cuenta, cuando Micol, sincera, le diga que no lo ama sino como una hermana.
miércoles, 9 de diciembre de 2020
La guerra del fin del mundo (Mario Vargas Llosa)
Ficción que el escritor peruano conduce hasta el borde de lo sublime, valiéndose de un hecho histórico que, gracias a la técnica narrativa y a la magia del verbo, transforma en fruto de la más admirable literatura. Canudos es el nombre del escenario donde se lleva a cabo la confrontación que el título anuncia. Bahía (Brasil) son los círculos mayores donde se inscribe esta historia. Místico, fanático, embaucador, mesías, la figura de Antonio Consejero se alza como personaje principal del drama. En torno a él se va congregando un movimiento cada vez más nutrido y entusiasta, que pasa de fenómeno espiritual a lucha revolucionaria y, finalmente, a conflicto armado. El Consejero, santón del sertón, lidera este indescriptible acontecimiento que, de inofensivo brote, se torna en rebelión, germen que fermenta una guerra de dimensiones cada más grandes. Antonio Consejero peregrinaba por los pueblos del sertón con su túnica morada, su melena de nazareno y sus palabras apocalípticas. Las gentes desdichadas hallaban en él un gran consuelo. En realidad, nadie sabe su procedencia, su historia nos es vedada. Sólo sabemos de sus errancias por el sertón, ya adulto y profeta. Sus seguidores aumentan con sus romerías y caridades. La tendencia pacifista y espiritual de esta manifestación se cambia, de repente, en una pugna radical. En Brasil la monarquía ha sido destituida, dando paso a la república. El Consejero, en sus profecías del fin del mundo, declara que la república es el enemigo, el Can, y aboga, en cambio, por el restablecimiento del rey Sebastián. Mucho después, los analistas que, de una u otra forma, tuvieron que ver con Canudos, denominarán al Consejero como cabecilla de de una revuelta retrógrada y oscurantista. Los republicanos fueron estigmatizados con un odio visceral por parte del Consejero y sus adeptos. Ante la inminencia del Apocalipsis, estos místicos se refugian en Canudos (apropiándose de las tierras del barón de Cañabrava) para fundar un reino de elegidos, una ciudad santa. Allí comenzó la guerra, en el intento de desalojar a los invasores de la propiedad ajena y mediante la ponzoña tergiversadora de los intereses políticos en lid. Canudos se convierte en la diana adonde apuntan los más heterogéneos egocentrismos de Bahía y el Brasil. La cosa cobra una magnitud insospechada. Lo que era una simple invasión de tierras por un puñado de fanáticos, se muda en un conflicto que amenaza la paz nacional. En Canudos se dan cita los personajes más dispares, los destinos más inverosímiles (Galileo Gall, el anarquista, el periodista miope, etc.) cada uno impulsado por ambiciones diversas. Los "dementes" se vuelven fuertes en Canudos, se organizan, forman una sociedad de los pobres, de los marginados, de los que creen en el fin del mundo y en la maldad de la república. La fe cunde y da origen al establecimiento de un orden basado en el amor al Buen Jesús Consejero. El ejército de Bahía ( y luego el de Brasil) se ve implicado en el asunto y, tras sucesivas y deshonrosas derrotas, lanza un ataque ciego y demoledor. La rebelión es arrasada, millares de fanáticos masacrados. Pero las pérdidas militares son enormes. Al final, sobre Canudos se hila la fábula que tiende a ocultar la verdad, a deformar los hechos, a cubrir la verguenza. Sobre un hecho que alcanzó repercusión internacional se tejen y destejen versiones fundadas en distintos intereses y temores.
lunes, 28 de septiembre de 2020
Viaje de un largo día hacia la noche (Eugene O' Neill)
La familia Tyrone protagoniza una historia donde cada personaje lleva en sí una condena o una pugna con la existencia. El clan está compuesto por los esposos (James y Mary) y los hijos (Jamie y Edmund). Los hechos transcurren en una casa de vacaciones que los Tyrone poseen en una villa retirada de la populosa Nueva York. La paz hogareña falta, debido a la debilidad de carácter de los miembros. El viejo James Tyrone es un avaro, al que la familia le recuerda su defecto con corrosiva frecuencia. Mary es morfinómana; Jamie, alcohólico; Edmund, el más joven, vive minado por una enfermedad fatídica, la tuberculosis. Por otra parte, el recuerdo de Eugene, que murió de dos años, atormenta a los Tyrone. Eugene era el menor, antes de que naciera Edmund. James se dedicó al teatro (como actor) toda su vida, ejemplo que siguió su hijo Jamie, pero sin tanto lucimiento como su padre. Los Tyrone viven en medio de pasiones tempestuosas, cada uno se constituye en juez de los otros y de sí mismo. Todos están socavados por una ley fatal: Mary se doblega cada vez más ante el reumatismo y la droga con que intenta, vanamente, aplacarlo. James es víctima de su avaricia. Edmund está sentenciado a morir en un sanatorio y Jamie, a perderse en la disipación.
martes, 8 de septiembre de 2020
El muchacho del Village Vanguard (En memoria de Scott La Faro)
Rocco Scott La Faro murió diez días después de alcanzar la gloria. La sesión del 25 de junio de 1961 en el Village Vanguard con el Trío de Bill Evans, se hizo legendaria. Ese domingo celestial quedó registrado en un álbum sublime: Sunday at the Village Vanguard.
Falleció el 6 de julio siguiente en un accidente de tránsito,
en Flint, Nueva York. Conducía de Warsaw a Geneva (regresaba a casa, luego de
una velada con amigos), acompañado de su amigo Frank Ottley. A causa de la
fatiga (habían tenido una jornada extenuante de nado y manejo) chocaron contra
un árbol. El carro se incendió. Ambos murieron.
Scott La faro tenía veinticinco años. Tenía un rostro de
muchacho, blanco como una luna en el alba. Los últimos temas que escuchó,
durante la velada en Warsaw, fueron: Miracolus Mandarin (Bela Bartok) y Chet
Baker Sing (Chet Baker). Los restos de Scott reposan en el cementerio de
Glenwood, en Geneva, junto a los de su padre, que también era músico.
En sus seis años de actividad en el gran mundo de la música
(de 1956 a 1961), actuó con figuras tan señeras como Victor Feldman, Benny
Goodman, Cal Tjader, Chet Baker, y Bill
Evans.
Se afirma que el trío de Bill Evans fue de los más influyentes en el escenario del jazz y que, junto con el Waltz for Debby, Sunday at the Village Vanguard es una de sus mejores producciones.
Una cosa es decirlo, escribirlo en estas líneas, otra es
escucharlo, sentir la etérea palpitación de las teclas, el sortilegio del bajo,
el cascareo sutil de la batería. Allí estaban los tres, Bill Evans, Scott La
faro, Paul Motian, inventando su propio universo, comunicando un verbo
esencial, entregando al mundo el nepente de la música.
Allí está el bajo de Scott, ese sonido recóndito que sientes
como un llamado a las profundidades de un misterio; ese bordoneo en el trasfondo
de un orbe inervado de armonía, de
resplandores y penumbras; ese revelador fraseo de las cuerdas nigrománticas.
Otra cosa es escucharlo.
Scott tenía un bello rostro. Ya era un hombre, sin embargo, una luz de adolescencia nimbaba su cara. Alado y blanco, como un ángel, el espectro de la música iluminaba sus rasgos. Recuerda esas pinturas italianas, de Fra Angélico o de Leonardo en que un heraldo del cielo acompaña la escena y, merced a la trompeta que siempre toca, da a la atmósfera un sustrato de premonición.
La muerte gloriosa, según el ideal griego, muy temprano le
abrió las puertas, cuando tenía ante sí una promisoria carrera en la música.
Había nacido en Newark (New Jersey), en el seno de una
familia siciliana de gran tradición musical. A los diecisiete años se afincó en
el bajo, el instrumento que lo hizo famoso, pero en sus comienzos se dedicó al
piano, al clarinete y al saxo. Se cuenta que se consagró al bajo luego de que,
jugando baloncesto, tuvo una lesión que le impidió tocar el saxo.
Geneva (Ginebra) es una población del estado de Nueva York,
entre los condados de Ontario y Seneca. Allí se trasladó la familia de Scott
cuando este era adolescente. Scott estudió en el Ithaca College. Se le recuerda
como un joven con especial capacidad para la música, aunque no tan versado en
la teoría. Desde muy temprano comenzó a tocar en los clubes nocturnos de
Geneva. Unas veces tocaba el saxo, otras, el contrabajo.
Geneva, Ithaca, Seneca, Flint… En esa bella región de lagos y
bahías, ríos y riachuelos, montes y cascadas, vivió Scott La faro. Fue antiguo
aposento de los iroqueses, que fueron los verdaderos dueños de esas tierras.
Acaso no haya sido gratuito que fueran a vivir a un pueblo que, en cierto modo,
remite a Italia, a Génova. Scott amaba nadar. El agua, el lago, el río, el mar,
el espacio abierto, tal vez es eso lo que buscaban los La faro al trasladarse a
Geneva. En esa región de encantadores paisajes de bahías, lagos, ríos y
bosques, en el fervor y el ansia de la juventud, murió Scott La faro.
Las fotografías que de él se conservan lo muestran, la
mayoría de las veces, con su contrabajo, el instrumento en que era un genio. En
otras del Village Vanguard, entre bastidores, aparece con Bill y Paul, sentados
en torno a una mesita, conversando. Hay una en que Paul fuma y mira a Bill, que
sonríe. Scott también sonríe, pero con las vista baja.
El Village Vanguard es un club de jazz de Nueva York, situado en el 178 de la Séptima Avenida, en el barrio Greenwich Village. Fundado en 1935, ha acogido a los mejores músicos de jazz: John Coltrane, Bill Evans, Wynton Marsalis, etcétera. Sus grabaciones en vivo, donde se conservan la voz del presentador y los aplausos y risas del público, son el documento legítimo de una época. El Village Vanguard aún hoy abre sus puertas al público y realiza presentaciones de grupos de jazz. Esto demuestra que la magia de Orfeo acompaña al hombre por los siglos de los siglos, y que, entre la complacencia y el disfrute, siempre estará el aviso de las ménades.
Ya Billie Holliday y Charlie Parker se habían congraciado con
la fatalidad que les cobró cara la genialidad, arrojándolos al fango de la
droga y la autodestrucción. Eran los días en que Malcolm Little quería comerse
el mundo que lo había vomitado como a un hijo espurio. John Coltrane y Miles
Davis habían recogido el estandarte de Charlie Parker e intentaban refrescar
con su música el aliento de cadaverina del planeta. Y allí estaba Scott, con
ese rostro de doncel, bello y austero, en la flor de la vida. Un muchacho sano,
dedicado a su arte. Allí estaba Bill Evans, haciendo trizas su hígado a punta
de alcohol y heroína. Y estaba Paul Motian, con su bigotito a lo Henry Fiol. A
Bill la cuerda le daría hasta 1980, a
Paul hasta el 2011. El ángel músico, Scott, se fue el primero, en julio 1961,
entre los discursos de resistencia pacífica del reverendo Luther King Junior y
la vergüenza imperialista de Bahía cochinos. El ángel músico se había ido.
Recuperarlo en un poema acaso sea una tarea meritoria. Retrataría en su rostro el albayalde de la aurora, en sus ojos el cálido azul de una costa siciliana. Dejaría sus cabellos un poco crecidos y su cara llenita, porque me parece que esto va mejor con su tímida sonrisa. Lo pondría, por supuesto, al lado de Bill Evans y de Paul Motian, entre bastidores, en el Village Vanguard, porque es allí donde su figura tiene más consistencia, donde su estro musical fluye a borbotones.
Buscas en youtube vídeos que lo muestren en vivo, para verlo
en plena ejecución de su arte, en el ensoñado, sensual y catártico ataque del
bajo. Casi no encuentras nada. Sólo las carátulas de los álbumes. Quizás se
precise una pesquisa más a fondo.
Rastrearlo quizás en el tiempo en que tocaba con Chet Baker, con Pat Moran. De
pronto hallas esta joya: “Scott La faro playing his Prescott Bass”. Allí está
Scott, en vivo, en una grabación de la época, en blanco y negro.
Encuentras, además, vídeos y grabaciones de entrevistas a
personajes que hablan de Scott. Por ejemplo, la de George Clabin al propio Bill
Evans en 1966; y la de Phi Palombi a
Barrie Kolstein, sobre el bajo Prescott 1825 que usaba Scott. También, por
supuesto, encontramos información enciclopédica sobre su biografía.
Hay un extraño embrujo en ese bajo, en esa batería, en esas
teclas, en aquellos años fulgurantes y sombríos en que el mundo se sentía al
borde del derrumbe o de la iluminación. Un saxo bastaba a conjurar lo bello y
lo terrible de aquellos días. Que un talento como Scott sólo viviera hasta los
veinticinco, que Charlie Parker no pasara de los treinta y cinco, que Bill
Evans se desplomara a los cincuenta y uno, tiene algo de trágico y revelador.
Scott nos mostró un destello de su genio. En su contrabajo, la mágica
combustión de una vida.
Coda
En el siglo XIX, en New Hampshire, Abraham Prescott (1789-1858) construyó
perdurables bajos, violoncelos y violines. Su firma se posicionó como una de
las más célebres. Desde entonces, los
bajos Prescott han sido apreciados por numerosos músicos profesionales en
Estados Unidos y en el mundo.
Scott La faro usaba un bajo Prescott de 1825. Al momento del
accidente, lo traía consigo en el auto. El instrumento sufrió algunos daños.
Fue restaurado por Barrie Kolstein, heredero de la compañía Samuel Kolstein and
Son, con sede en Nueva York. Los Kolstein son los dueños actuales del bajo de
Scott. Lo han conservado por más de cuarenta años en un estuche especial, a
temperatura y humedad constante. Ocasionalmente, permiten a algunos músicos,
como Phi Palombi, que usen el Prescott 1825 del legendario bajista. Hay vídeos
en youtube. Palombi con el bajo de Scott.
Debe ser única la sensación de tocar un instrumento que
sobrepasa nuestra estatura, una gigante caja de música con contera, que
sostenemos ante nosotros, al que le hurtamos sincopados sonidos. Debe ser única
la sensación de tocar un instrumento en que un virtuoso ha grabado su sello.
Ahí está Phi Palombi, tocando una obra de Scott La faro, Witchcraft (Brujería),
en el bajo de Scott La faro. Y eso era Scott en el contrabajo, un brujo. Y
están el baterista y el pianista, acompañando al bajo, reeditando el Trío. El
trío de jazz, esa constelación luminosa y sintética. Bill Evans, Paul Motian,
Scott La faro, hoy muertos.
Pero ahí está Scott, el brujo, tocando su Prescott 1825,
conjurando lo ignoto. Toca de pie, otras veces, sentado. En su elegante
vestido, el albo doncel exorciza el bajo, sus dedos chamánicos electrizan las
cuerdas. Ahí está él, en su rapto, tocando entre las consagradas estrellas del
jazz.
domingo, 6 de septiembre de 2020
Mientras agonizo (William Faulkner): codicilo.
Cash, Jewel, Darl. Anse, Addie, Vernon, Vardaman, Cora, Armstid, son personajes que uno aprende a amar. Estos seres que colman y surcan las páginas de la novela nos desagradan al comienzo, al considerarlos sumamente estrechos, romos y egoístas. Luego, este parecer se modifica y la tenacidad (esa terquedad) de la familia Bundren nos atrapa. Cuando los vemos viajar en su carreta con el ataúd de la difunta (ella va metida ahí); cuando los vemos vencer los percances en su obstinada idea de llegar a Jefferson y dar sepultura a su deudo: entonces nos sacuden el corazón. Los vemos en toda su dimensión humana. Vemos que el egoísmo cede lugar a la búsqueda del bienestar común, llegando al sacrificio. Jewel se desprende de su caballo manchado (que pudo comprar trabajando horas extras, jornaleando de noche, después de cumplir sus tareas en la casa), cediéndolo a Snopes en el negocio por el nuevo tronco de mulas, en remplazo de las que murieron al cruzar el río.
Hay episodios estremecedores. Por ejemplo, cuando cruzan el río crecido y Cash, que no sabe nadar, está a punto de ahogarse. Se salva, pero queda mal librado de una pierna. Más que su vida, le importan sus herramientas de ebanista. Es grandioso el pasaje en que Vernon, Jewel y Darl se meten al río a cazar las herramientas de Cash y luego, al recuperarlas, se las llevan , porque Cash está ansioso por verlas y sentirlas próximas.
Cada personaje posee una faceta que lo caracteriza y le otorga fuerza literaria. Anse sueña con comprarse una dentadura postiza, para lo cual ha ahorrado durante mucho tiempo. Es un hombre simple, al que fatalmente se le toma cariño. Addie tiene un corazón donde lidian el odio y el amor, y donde, al final, se establece el desdén. En su pasado hay un secreto que constituye el instante crucial de su vida: la vez que le fue infiel a Anse. En Dewey Dell se agita el embrujo de la ciudad (recuerda uno ese cuento de Rulfo, Es que somos muy pobres, y otro de Onelio Cardoso, Mi hermana Vicia). Darl es quizás en quien identificamos al autor. Es el segundo hijo de los Bundren, el que sigue a Cash, y todos, menos Cora, opinan que es un espécimen raro. Incluso el pequeñuelo, Vardaman, hace gala de una naturaleza psíquica activa, irritada, rayana en el frenesí.
Uno se siente tentado a declarar que el personaje central de la novela es el ataúd y lo que contiene: la podredumbre de Addie Bundren. Ante el río inundado, los Bundren buscan un paso por diferentes lugares. Los puentes están inutilizados y los vados son peligrosos. Pasan los días. Los zopilotes empiezan a asediar el ataúd.
viernes, 4 de septiembre de 2020
Mientras agonizo (William Faulkner)
En el carácter de los Bundren existe esa terquedad propia de los campesinos. Son personas llenas de escrúpulos, de supersticiones, de prejuicios. Almas rústicas, se encierran en las demarcaciones de un mundo que puede ser estrecho en lo físico, pero psicológicamente activo. Los Bundren están marcados por la naturaleza de sus ideas, sentimientos y pasiones. La historia central gira en torno a la determinación de la familia (Anse, Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell, Vardaman) de cumplir la voluntad de la difunta Addie Bundren: que no la entierren en el campo, sino en la ciudad, en Jefferson, junto a sus deudos.
No se sabe si tildar a los Bundren de patéticos o de chiflados: sin duda merecen una porción de ambos calificativos. Sobre todo son obstinados, egoístas, aprensivos. Emprenden el viaje con el ataúd, por caminos enfangados, a raíz del invierno y la riada que ha inutilizado los puentes principales. En la caja, después de cuatro días de recorrido, el cadáver de Addie Bundren despide un olor intolerable. Pero los Bundren se empeñan en llegar a Jefferson. Van en carreta, excepto Jewel, que los acompaña a caballo. Cada uno de estos seres lleva una intensa vida subjetiva, producto de la imposibilidad de comunicación con los demás. Desarrollan una vida mental enfermiza. Esto se refleja en sus monólogos, recurso narrativo del que se vale Faulkner para mostrar dicha peculiaridad del carácter de sus personajes.
Jewel vive la chifladura con su caballo, Vardaman con un pez; Darl es un bicho raro, Cash un ebanista abstraído por su trabajo; Dewey Dell, una chica apasionada, viviendo entre las exigencias de las labores domésticas y el aire clandestino de la adolescencia. Anse es un viejo al que, además de las menguas de la edad, lo atormentan los remordimientos.
Sí, la vida psíquica de estos personajes se mueve entre la alucinación y los impulsos más oscuros del ser humano. Es un mundo donde el amor ha sido desplazado por el egoísmo. Los Bundren son seres aislados en sus propios universos, atados por los lazos de la sangre, la cotidianidad, el trabajo. Viven de una manera mecánica, primaria, pensando en sobrevivir, en conseguir el sustento, sometidos a los azares de la existencia. No hay concordia entre ellos. Como clan, son un círculo cerrado, receloso. Pero, al interior, se nota el egocentrismo de cada cual, las pasiones violentas, la hostilidad, la aspereza de unas personas influidas por el medio. Son campesinos.
miércoles, 19 de agosto de 2020
El loco (Chinua Achebe, África)
Dos personajes centrales: El loco seducido por los grandes mercados y los anchos senderos, y Nwibe, próspero, polígamo, ansioso de mejorar su rango social entrando en la fraternidad de los Ozo mediante la ceremonia de iniciación (una danza).
El loco vive mencionando la madre a aquellos que lo satirizan y ultrajan. Anda desnudo.
Nwibe ve cambiar su vida cuando, un día de mercado en Eke, va al arroyo a bañarse. Allí llega el loco y lo acusa de ser su principal ofensor; se burla de Nwibe, de su desnudez, de su sexo colgando. le roba la túnica y se la pone. Nwibe lo persigue. El loco sale corriendo. Nwibe, desnudo, iracundo, le grita que le devuelva su túnica. El loco se interna en el maremagno del mercado y la gente comienza a tachar a Nwibe de insano.
Lo que puede hacer un cambio de túnica.
Algunos miembros de la aldea de Nwibe lo reconocen y, luego, con la ayuda de sus esposas, lo ayudan a regresar a casa, consolándolo. Nwibe necesita un curandero. Acude a dos. El primero lo desahucia; el segundo, lo cura. Nwibe se vuelve un hombre sombrío. No podrá reponerse nunca de la pérdida de su dignidad social: ha sido visto desnudo, como un demente, víctima del trastorno del mercado. Jamás podrá ingresar, tampoco, al clan de los Ozo.
martes, 21 de julio de 2020
En la barra
De pie, ante la
parejita sentada en la barra, mientras conversaba con éstos, el adamado jayán
jugueteaba distraídamente con el cabello de la muchacha. Frente a ellos, que
tenían una postura lateral con respecto a él, a la barra y al salón, el hombrón
de afeminados gestos y delicada voz, con la mano derecha en el respaldo de la
silla del muchacho, con la izquierda entorchaba y desentorchaba, compactaba y
ahuecaba, las sueltas madejas del cabello de la chica, que lo dejaba hacer. Su empaque
de boxeador peso pesado y su estatura de basquetbolista o de eunuco elevándose
sobre la achaparrada parejita, el amaricado jovenzuelo, con un corte de pelo
fashion, con la cara empolvada, con la camiseta negra de los meseros del bar, hablaba
con vivacidad a sus dos interlocutores, el pelado de camiseta roja y la pelada
de gafitas. La música envolvía y velaba sus palabras, pero su gesticulación era
inconfundible, la de una loca. En cierto instante su mano derecha hizo la
mímica de la preñez, y los vecinos de la barra, que lo miraban, pudieron leer,
en ese accionar, que hablaba de una mujer, quizás amiga de los tres, que se
hallaba embarazada. El breve tiempo que platicó con la parejita, el talludo
ganímedes acarició con su manaza el cabello de la muchacha. Después que se
separó de ellos, se lo vio en sus actitudes habituales: yendo entre las mesas a
solicitud de los clientes, de pie contra la pared junto a la entrada, recostado
a la barra en parla con los cantineros o algún parroquiano conocido. Había en
su porte una imponencia de columna griega. Algo entre desdén y descoco.
jueves, 9 de julio de 2020
La escritura del dios (Jorge Luis Borges)
lunes, 6 de julio de 2020
El estambre y los tambores
Mientras tú juegas, el brujo aporrea los
tambores. Sonido talismánico, conjuro, para que te vaya bien, para que anotes
gol, o al menos para que salgas sano y salvo, contento. Puede que no haya
triunfo, basta con que salgas ileso. Es un brujo muy curioso el que golpea los
tambores, con más cabezas y brazos que cualquiera de los monstruos de la
mitología. Imagina los tambores, imagina el sonido. Un Giovanni Hidalgo no le
llega a los talones. Imagina el espacio de ese brujo, de esa percusión. Es algo
extraordinario. Mientras tú recorres la cancha en el jadeo y el sudor del
ansia, ansia de gol, tu padre, el brujo, aporrea los tambores, exhorta a las
fuerzas ancestrales, las fuerzas guerreras, las fuerzas protectoras, para que
te vaya bien, para que salgas sano y salvo, para que regreses contento.
Y ella, tu madre, mientras te ve jugar,
pues siempre te acompaña, teje su colcha imaginaria, misma que comenzó a tejer
el primer partido, misma que teje juego tras juego. Nomás inicia el cotejo, ella
engarza el estambre y empieza a tejer. Mientras tú juegas, ella teje. La colcha
avanza, se agranda, cae al piso, forma pliegues, se amontona, se extiende, ella
ignora ya hasta dónde, ya no la concibe, ya no la abarca. Desde el día en que,
por pesada, ya no pudo levantarla; desde el día en que, por extensa, no pudo ya
abarcarla, resolvió dejarla en la cancha, siempre así. Pero el cabo del
estambre es el mismo, vaya donde vaya, el cabo siempre está, y la colcha
conserva el tamaño que los días y el trabajo de ella le han conferido.
El brujo se sintoniza con el partido, con
la hora en que juegas, y percute los cueros todo el tiempo que dura el match. Mientras
tú juegas y ella teje, el brujo se envuelve en el encantamiento de los
tambores, envoltura que se expande y cobija al mundo, los cielos, las
estrellas, los ciclos. Es un ritual simultáneo, tú fuerceando por el gol, el
brujo ayudándote con el tam-tam. Es un instante sagrado, así lo cree el brujo,
que también suda, que también se cansa, como tú de tanto correr, pero que sigue
manduqueando los parches.
En apariencia, ella observa el juego como
uno más de los espectadores, sufre y goza, de acuerdo con los incidentes del
partido. Nadie pensaría que está tejiendo, que está agrandando la colcha, una
colcha que acaso nunca complete, aunque su dimensión ya es exorbitante. La
colcha está ahí, como una red fina e invisible, tan sutil como el aire. Alguna
vez alguien, por una percepción inaudita, en un momento de magia, siente que la
colcha lo envuelve, lo moldea, lo protege. Quizás tú lo has sentido, alguna
vez, mientras juegas, mientras te afanas por el gol, mientras gritas, mientras
lamentas una jugada infructuosa. Quizás también percibas, recónditamente, el
sonido de los tambores, aquello que no es melodía, sólo ritmo, algo semejante a
los latidos del corazón, al frufrú de la sangre en las venas. Entonces, por un
instante, tal vez te conectes con el rito del brujo, con la obra de la
tejedora, con los profundos e inefables mensajes del infinito.
Tal vez ocurre cuando te distraes un
segundo, por ejemplo, cuando el balón se va por la banda y tardan en
recuperarlo, en reiniciar el juego, y entonces pareciera que atisbas otros
orbes, que una materia indescifrable te guiña el ojo. Es que tal vez escuchas
el lejano son de los tambores, el suave murmullo del tejido. Ni tú mismo
sabrías interpretar esos instantes. Pero hay brujos percutiendo tambores, hay
matronas tejiendo la colcha.
martes, 30 de junio de 2020
El baldío (Augusto Roa Bastos, escritor paraguayo)
Un hombre arrastra un cadáver hacia lo más profundo de un solar lleno de matojos, desperdicios y mal olor. Es evidente que lo va a esconder. El cuerpo inerte, remolcado por el otro, va tropezando con las basuras, rebotando con los desniveles del terreno, engarzándose en las matas. El que lo arrastra responde a estas dificultades con jadeos y maldiciones atenuadas. Cuando ha cubierto el cadáver con hojas y piensa marcharse, escucha un llanto. Se pone nervioso. Termina por acercarse al blanquecino envoltorio de papel del que sale el quejido. Y este hombre que quizás acaba de matar a otro, que lo ha tirado en un solar, recoge a la criatura abandonada y se la lleva consigo, alejándose a prisa del lugar, entre el desamparo de la indefinible ternura que comienza a habitarlo.
jueves, 25 de junio de 2020
Regresos
Es de los regresos de lo que hablan estos días: el bosque de guaduas de
la Aguacatala, entre la Regional y las Vegas, sitio que me remonta a mis
tiempos de Santa María, cuando, en busca de charcos y esparcimientos al aire
libre, incursionaba por las vecindades, Guayabal, el Poblado. Rumbo a mi
trabajo en Belén, paso todos los días por ese bosquecillo, subo las escalas y
me interno una migaja en él, hasta alcanzar la acera donde espero el bus de
Circular. Ahí están los grupos de guaduas, las briznas secas acolchando el
piso, otros árboles diversos, todos con esa pátina añosa de lo casi centenario.
El crecimiento urbano respetó esa arboleda. Mi recuerdo también es reverente.
En el andén bajo el puente se aposta desde la mañanita un chacero
parapléjico, con una pierna y un brazo torcidos, cojo. Suele estar ahí cuando
paso. Nos saludamos tibiamente, sin que medien palabras, con un gesto
imperceptible. Se diría más bien que nos saludamos con una declaración mental
de recíproca buena voluntad. El chacero es delgado, moreno, de unos cuarenta y
pico años. Se le ve diligente en el vestir, aunque sencillo. Me da la
impresión de que guarda la base de su caja, una especie de trípode, entre las
guaduas, en el corazón de la arboleda. A veces lo veo salir de allí, como un
espíritu silvestre, con el madero en las manos. Me parece una alegoría. La
comodidad sobre todo, me digo. Una carga menos a la hora de partir rumbo a
casa. La gente es muy ingeniosa. Un conocido mío guarda una palita sin mango
entre las matas de una tumba vecina a la de mi deudo: la saca de su escondite
siempre que pone flores en la sepultura de su hermano.