De pie, ante la
parejita sentada en la barra, mientras conversaba con éstos, el adamado jayán
jugueteaba distraídamente con el cabello de la muchacha. Frente a ellos, que
tenían una postura lateral con respecto a él, a la barra y al salón, el hombrón
de afeminados gestos y delicada voz, con la mano derecha en el respaldo de la
silla del muchacho, con la izquierda entorchaba y desentorchaba, compactaba y
ahuecaba, las sueltas madejas del cabello de la chica, que lo dejaba hacer. Su empaque
de boxeador peso pesado y su estatura de basquetbolista o de eunuco elevándose
sobre la achaparrada parejita, el amaricado jovenzuelo, con un corte de pelo
fashion, con la cara empolvada, con la camiseta negra de los meseros del bar, hablaba
con vivacidad a sus dos interlocutores, el pelado de camiseta roja y la pelada
de gafitas. La música envolvía y velaba sus palabras, pero su gesticulación era
inconfundible, la de una loca. En cierto instante su mano derecha hizo la
mímica de la preñez, y los vecinos de la barra, que lo miraban, pudieron leer,
en ese accionar, que hablaba de una mujer, quizás amiga de los tres, que se
hallaba embarazada. El breve tiempo que platicó con la parejita, el talludo
ganímedes acarició con su manaza el cabello de la muchacha. Después que se
separó de ellos, se lo vio en sus actitudes habituales: yendo entre las mesas a
solicitud de los clientes, de pie contra la pared junto a la entrada, recostado
a la barra en parla con los cantineros o algún parroquiano conocido. Había en
su porte una imponencia de columna griega. Algo entre desdén y descoco.
martes, 21 de julio de 2020
En la barra
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