Un hombre arrastra un cadáver hacia lo más profundo de un solar lleno de matojos, desperdicios y mal olor. Es evidente que lo va a esconder. El cuerpo inerte, remolcado por el otro, va tropezando con las basuras, rebotando con los desniveles del terreno, engarzándose en las matas. El que lo arrastra responde a estas dificultades con jadeos y maldiciones atenuadas. Cuando ha cubierto el cadáver con hojas y piensa marcharse, escucha un llanto. Se pone nervioso. Termina por acercarse al blanquecino envoltorio de papel del que sale el quejido. Y este hombre que quizás acaba de matar a otro, que lo ha tirado en un solar, recoge a la criatura abandonada y se la lleva consigo, alejándose a prisa del lugar, entre el desamparo de la indefinible ternura que comienza a habitarlo.
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