Los
tres gallos suelen andar juntos. En la vecindad del colegio hay finquitas. Las
aves burlan la valla por alguna tronera y se pasean por el coliseo y por los
corredores cercanos a su predio. Son gallos finos, ligeros, que se mantienen
picoteando. No se inmutan si el alumnado está en formación, si el coordinador
habla con su vozarrón. Los tres gallos se pavonean entre el gentío, que no se
mete con ellos. Del otro lado de la valla, en el montecito aledaño, también se
ve en ocasiones una oveja, gallinas y alguna vaca. Estos tres gallos me
inspiran un simbolismo un tanto tétrico: orquestadores de la violencia del
sector, donde las fronteras invisibles y el terror de las bandas son el pan de
cada día. Los gallos picotean mientras los malositos se muestran en la cercanía
del colegio (hay una terraza donde suelen hacerse a fumar sus cosas y a mirar
hacia acá), mientras la calentura prepara las balaceras o los ajustes de
cuentas. El azul uniforme y las gafas de falso cristal del aseador, que
recorre el pasillo con la escoba y el recogedor, parecen parte del tenebroso
guiñol del entorno. Y los muchachos de civil, ex alumnos, que entran al colegio
y aprovechan para saludar a su “pollita”. Gallos, droga, muertos. Gallos
espías. Gallos litúrgicos. Plumas vistosas que tal vez sean del todo gratuitas,
que acaso sean ambulantes e inútiles banderas de paz. Mientras acompaño la
formación he tratado en vano de fotografiarlos con el celular. Han pasado
cerca, pero no he logrado la toma a tiempo. Siempre se van.
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