lunes, 25 de mayo de 2020

Gallos de pelea

Los tres gallos suelen andar juntos. En la vecindad del colegio hay finquitas. Las aves burlan la valla por alguna tronera y se pasean por el coliseo y por los corredores cercanos a su predio. Son gallos finos, ligeros, que se mantienen picoteando. No se inmutan si el alumnado está en formación, si el coordinador habla con su vozarrón. Los tres gallos se pavonean entre el gentío, que no se mete con ellos. Del otro lado de la valla, en el montecito aledaño, también se ve en ocasiones una oveja, gallinas y alguna vaca. Estos tres gallos me inspiran un simbolismo un tanto tétrico: orquestadores de la violencia del sector, donde las fronteras invisibles y el terror de las bandas son el pan de cada día. Los gallos picotean mientras los malositos se muestran en la cercanía del colegio (hay una terraza donde suelen hacerse a fumar sus cosas y a mirar hacia acá), mientras la calentura prepara las balaceras o los ajustes de cuentas. El azul uniforme y las gafas de falso cristal del aseador, que recorre el pasillo con la escoba y el recogedor, parecen parte del tenebroso guiñol del entorno. Y los muchachos de civil, ex alumnos, que entran al colegio y aprovechan para saludar a su “pollita”. Gallos, droga, muertos. Gallos espías. Gallos litúrgicos. Plumas vistosas que tal vez sean del todo gratuitas, que acaso sean ambulantes e inútiles banderas de paz. Mientras acompaño la formación he tratado en vano de fotografiarlos con el celular. Han pasado cerca, pero no he logrado la toma a tiempo. Siempre se van.

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