Presenta unos personajes viciados por la
opresión de las grandes ciudades modernas, cuyo más formidable emblema es Nueva
York. Seres con trastornos psicológicos (Eve, Joey, Frederick, Renata) alternan
con otros de naturaleza más firme (Arthur, Flynn, Mike, Pearl). Todos, sin
embargo, sobrenadan en el burbujeante caldo de la desesperación y de la vida
como trampa. Los supuestamente equilibrados accionan en un mundo donde el
trabajo tiene un ácido gusto a evasión: el cine, la literatura, el arte, la
jurisprudencia. El autor pone el dedo en la úlcera de una sociedad que
arrincona al hombre, destrozando sus nervios, tornándolo carne de manicomio. Eve
es una enferma mental. Su obsesión con la decoración, su carácter escrupuloso
sintomatizan el morbo. Joey es la eterna insatisfacción, el perenne cabo
suelto. Frederick es el escritor negado a la fama, lleno de frustración, cuyo
magro destino lo reduce al oficio de crítico literario. Flynn es actriz. Mike,
cineasta. Arthur, abogado. Un orbe de intelectuales, de profesionales, de gente
realizada en lo económico. Aunque lo monetario no representa un problema (todos
tienen ingresos seguros, unos más elevados que otros), la psiquis tiene
averías. Queda el signo estremecedor del ser humano cautivo entre los
tentáculos de la megápolis, víctima de conflictos maniaco-depresivos,
inconforme, promiscuo, movedizo, viviendo a una velocidad vertiginosa,
malgastando la vida en la darwiniana lucha por la supervivencia, dentro de
círculos afectivos deteriorados. Woody Allen muestra el desconsuelo de las
clínicas de reposo, donde Eve (que es cabeza de una familia dividida por los
roles profesionales, y por el carácter, por supuesto) acaba siendo
hospitalizada. Arthur y Eve tienen tres hijas: Joey, Flynn y Renata. Esta
última es una escritora de renombre, lo que no la salvaguarda de los reproches
y las dudas con respecto a la utilidad de su oficio. Arthur y Eve se divorcian
cuando sus hijas ya están grandes. El divorcio, otra evidencia de una sociedad
donde los valores están hechos añicos. Y el vértigo. El turismo cosmopolita es
otra suerte de huída. Eve termina suicidándose, ante la imposibilidad de
reconciliarse con Arthur, arrinconada por sus nervios (alcohol, pastas). Arthur
se casa de nuevo, con Pearl. No faltan las escenas de adulterio (Frederick y
Flynn traicionan a Renata, esposa del primero). Vidas incompletas, destinos
desastrosos, ambientes enfermizos, en fin, el absurdo, el destazamiento del ser
humano, es lo que nos comparte el lente
de Woody Allen.
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