En el torbellino de su sangre alcoholizada Gay Lusac sacaba porcentajes.
El quince por ciento reincidía a tal punto que trasbordó al subconsciente
transformado en pesadilla. Quince por ciento de alcohol en las bebidas
fermentadas, cerveza, vino. Quince a treinta por ciento en las bebidas
destiladas, aguardiente, vodka, tequila, etcétera. Ah, viejo Gay Lusac. ¿No era
el quince el número que solía tocarle en la lista del colegio? Claro, era el
quince. Su apellido empezaba por la "G". "Ginebra", susurró
Gay Lusac, extendiéndole un vaso de esta bebida, que él rechazó, prefería el
cogñac. El número quince en la lista del colegio estaba bien, mediaba la
serie,reportándole el consabido beneficio práctico: tanto si el profesor
comenzaba a llamar por el principio, como si comenzaba por el final, tenía un
margen de salvación, en el caso de que se tratara de rehuir la entrega de la
tarea. Era poco probable que el profesor comenzara a llamar por la mitad,
aunque no faltaba el que lo hiciera, dándoselas de sagaz.
Gay Lusac aparecía con la facha del profesor de español, beodo, por
supuesto. ¿Vendría ahora con los sonetos de Quevedo? Nada. Seguía recitando
porcentajes de alcohol en las bebidas, fermentadas y destiladas.
"Ginebra", claro, se fabrica con las raíces o las fibras del enebro.
Recordó esa obra de Da Vinci, el retrato de una mujer. No era una belleza al
estilo de las madonas de Botticelli, pero tenía su encanto esa Ginevra di
Benci. Solo que el pincel de Leonardo la hubiese escogido,con eso tenía para
inmortalizarla. Pero él no podía soñar con esas beldades, aunque el viejo Gay
Lusac le ayudase. A él le fueron asignadas por ucase imperial las mucamitas.
Sencillas y tímidas mucamitas. De esas que ni siquiera son capaces de mirar a
los ojos a un hombre. Mucamas de hebdomadarios nombres: Nubia, Gilma, María,
Marta. De esas que se ruborizan cuando les aprietas la mano.
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