jueves, 25 de junio de 2020

Regresos

Es de los regresos de lo que hablan estos días: el bosque de guaduas de la Aguacatala, entre la Regional y las Vegas, sitio que me remonta a mis tiempos de Santa María, cuando, en busca de charcos y esparcimientos al aire libre, incursionaba por las vecindades, Guayabal, el Poblado. Rumbo a mi trabajo en Belén, paso todos los días por ese bosquecillo, subo las escalas y me interno una migaja en él, hasta alcanzar la acera donde espero el bus de Circular. Ahí están los grupos de guaduas, las briznas secas acolchando el piso, otros árboles diversos, todos con esa pátina añosa de lo casi centenario. El crecimiento urbano respetó esa arboleda. Mi recuerdo también es reverente. 

En el andén bajo el puente se aposta desde la mañanita un chacero parapléjico, con una pierna y un brazo torcidos, cojo. Suele estar ahí cuando paso. Nos saludamos tibiamente, sin que medien palabras, con un gesto imperceptible. Se diría más bien que nos saludamos con una declaración mental de recíproca buena voluntad. El chacero es delgado, moreno, de unos cuarenta y pico años. Se le ve diligente en el vestir, aunque sencillo. Me da la impresión de que guarda la base de su caja, una especie de trípode, entre las guaduas, en el corazón de la arboleda. A veces lo veo salir de allí, como un espíritu silvestre, con el madero en las manos. Me parece una alegoría. La comodidad sobre todo, me digo. Una carga menos a la hora de partir rumbo a casa. La gente es muy ingeniosa. Un conocido mío guarda una palita sin mango entre las matas de una tumba vecina a la de mi deudo: la saca de su escondite siempre que pone flores en la sepultura de su hermano.


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