Es de los regresos de lo que hablan estos días: el bosque de guaduas de
la Aguacatala, entre la Regional y las Vegas, sitio que me remonta a mis
tiempos de Santa María, cuando, en busca de charcos y esparcimientos al aire
libre, incursionaba por las vecindades, Guayabal, el Poblado. Rumbo a mi
trabajo en Belén, paso todos los días por ese bosquecillo, subo las escalas y
me interno una migaja en él, hasta alcanzar la acera donde espero el bus de
Circular. Ahí están los grupos de guaduas, las briznas secas acolchando el
piso, otros árboles diversos, todos con esa pátina añosa de lo casi centenario.
El crecimiento urbano respetó esa arboleda. Mi recuerdo también es reverente.
En el andén bajo el puente se aposta desde la mañanita un chacero
parapléjico, con una pierna y un brazo torcidos, cojo. Suele estar ahí cuando
paso. Nos saludamos tibiamente, sin que medien palabras, con un gesto
imperceptible. Se diría más bien que nos saludamos con una declaración mental
de recíproca buena voluntad. El chacero es delgado, moreno, de unos cuarenta y
pico años. Se le ve diligente en el vestir, aunque sencillo. Me da la
impresión de que guarda la base de su caja, una especie de trípode, entre las
guaduas, en el corazón de la arboleda. A veces lo veo salir de allí, como un
espíritu silvestre, con el madero en las manos. Me parece una alegoría. La
comodidad sobre todo, me digo. Una carga menos a la hora de partir rumbo a
casa. La gente es muy ingeniosa. Un conocido mío guarda una palita sin mango
entre las matas de una tumba vecina a la de mi deudo: la saca de su escondite
siempre que pone flores en la sepultura de su hermano.
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