El cuento es largo.
Antes vivíamos de casa en casa, pagando renta. Una casa aquí, otra allá. Hasta
que papá se inscribió en un programa de vivienda y le adjudicaron un
apartamento. Demasiado pomposo, cómo no, el nombre de ese Fondo de vivienda,
una entidad gubernamental, para más señas. Un organismo de esos que llevan
décadas funcionando, que prosperan por un tiempo y luego, socavados por la corrupción,
se depauperan y quiebran. El caso es típico.
Nos mudamos al
apartamento y papá comenzó a pagar las cuotas mensuales. No recuerdo a cuántos
años fue la financiación, si a cuotas fijas o mudables. Recuerdo muy bien que
papá empezó a atrasarse en los pagos y después, cuando ya no fue capaz de
manejarlo, se olvidó del asunto. Recuerdo que él guardaba en una gaveta los
recibos de las mensualidades. Creo que dejó de pagar por años. Tal vez se
tranquilizó pensando que se pondría al día con el dinero de la pensión. Y así
fue. Al pensionarse, canceló gran parte de la deuda. Quedó debiendo algo, no
mucho. Tiempo después pagó todo y fue a la notaría, donde liberó la
hipoteca.
Del Fondo de
vivienda siguieron llamándolo. Lo llamaron todo el tiempo, cuando debía y
cuando estaba a paz y salvo. Para el Fondo papá era un deudor moroso, incluso
cuando ya había pagado. El Fondo se valió de un abogado para presionar al
deudor, y esta fue la pesadilla de papá. Por años y años el abogado (cambiaba
de sexo, de nombre, de edad, pero era siempre el mismo abogado fantasma) siguió
llamando a papá, cobrándole una deuda que había saldado, indisponiéndolo,
fastidiándolo, porque el asunto no podía más que hacer rabiar a papá, el cual
amenazaba con demandar a la entidad, mas la cosa no iba más allá de la
amenaza.
Papá llegó a
octogenario recibiendo la llamada del abogado, pero ya no le daba
importancia, lo tomaba con desenfado, y hasta parecía reírse de la situación.
"Por ahí volvieron a llamarme del Fondo", me decía de vez en cuando,
con acento de patriarca sabio, al que no alcanzan las insidias del mundo. El
abogado fantasma y papá parecían vivir en la ambivalente dimensión del amor y
el odio, habían entrado en una relación de viejos conocidos, en una rivalidad
suavizada al punto de llegar al terreno de lo inane. La llamada ya no parecía
un cobro oficial sino una debilidad de la nostalgia, un acto de honor a los
viejos tiempos, una cosa remota, enredada entre la realidad y el sueño.
Papá cambió de teléfono y se libró del fastidio. Pero ahora me llaman a mí (¿cómo consiguieron el teléfono?). Me endilgan el ingrato oficio de mandadero, me piden que informe a papá que la deuda va en ochenta millones, pero que sólo debe pagar sesenta mil pesos. No explican a qué se debe esta inaudita rebaja. Uno imagina que tal vez papá fue beneficiado por una amnistía en favor de la ancianidad o que el infame abogado se contenta, por ahora, con unos pesos para los aguardientes del fin de semana. Pero volverá a insistir, sin duda.
Soy mal recadero. Dejo patinando en un olvido burlón la razón del leguleyo. Y este acto banal me abriga en una sensación de revancha.
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