sábado, 4 de abril de 2020

Una muchacha y su hermana


La muchacha perdió décimo. La hermana vino a matricularla. Están sentadas en las sillas del interior de la portería, esperando. Están allí, tranquilas, con ese confiado sosiego de la juventud. Me siento en una silla contigua y converso con ellas. En los rostros y en las voces hay un aire costeño, dulce y enigmático. La hermana estudia ingeniería, va en el tercer semestre. Su hobby es el dibujo. Un simple hobby. Lo que más le gusta es bailar, chacotear. Para eso son jóvenes. Descubro en ellas algo más que juventud, una gracia oriental, que se refleja en la belleza de sus rostros y en cierta impasibilidad con que asumen el momento, la espera. ¿Tendrán ancestros árabes, sirios? ¿Tendrán en la sangre los genes de los oasis y los dátiles, de las mezquitas y las alfombras voladoras? Una sonrisa preciosa perla a menudo el rostro de la más joven, mientras que la cara de la hermana es un encanto de seriedad y agudeza. Así debió ser Sherezada. 

El día puede regalarte, cuando gustas del arte, así de pronto, un friso persa en vivo: La muchacha y su hermana. Son de Montería, donde sinuoso corre el Sinú. Sólo llevan un año en Medellín. La muchacha tiene mejillas redondas y sonrosadas; la hermana es morena. Sentadas allí, ajenas al trajín de la gente en proceso de matrícula, recuerdan el espíritu con que los estoicos afrontan la vida. ¡Y son tan lozanas y graciosas! Converso con la hermana, y esta contesta con desenfado a mis preguntas. Riposta, a su vez, interrogándome sobre esto y aquello. Advierto la inteligencia sutil de sus palabras y me percato de que estoy ante una mujer deliciosa. Me percato de la altiva finura de esta grácil damita. Y la vida se me antoja maravillosa. 
Al despedirme, le pregunto el nombre:
"Irma".  

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