jueves, 9 de julio de 2020

La escritura del dios (Jorge Luis Borges)

Tzinacán, último sacerdote del imperio (que vive bajo la tutela de un dios al que es costumbre sacrificar víctimas humanas), presencia y sufre en carne propia la intrusión de las hordas conquistadoras, fieras ávidas de botín, cebadas en la matanza. El conquistador Pedro Alvarado somete a Tzinacán a terribles suplicios, con el fin de arrancarle la confesión del escondite del tesoro. Tzinacán no habla, padece los tormentos serenamente. Pedro Alvarado despoja, estraga e incendia la ciudad, y encarcela al sacerdote en una prisión circular, de piedra, en la cual, separados por un muro medianero que no alcanza a la bóveda, yace en compañía de un jaguar. En la bóveda se ha practicado un agujero por el que un carcelero, valiéndose de una roldana y una cuerda, hace llegar trozos de carne y cántaros de agua al animal y al reo, respectivamente. Tzinacán ha envejecido en la cárcel y aguarda, abnegado, la muerte. En medio de sus meditaciones, el prisionero recuerda una de las profecías o leyendas del dios imperial: el dios, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras, el primer día de la Creación escribió una sentencia mágica con el propósito de conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero consta que perdura, secreta, y que la leerá el elegido. Tzinacán se impone la tarea de agotar el tiempo que aún  le conceda la muerte descifrando la escritura del dios. Baraja varias hipótesis, imagina distintas fórmulas, se dicta numerosas preguntas, antes de alcanzar el instante maravilloso de la unión con la divinidad. La imagen que le revela este suceso es una Rueda infinita, en la que están fusionadas todas las entidades, causas y efectos, realidades, preguntas y respuestas del Cosmos. Antes, Tzinacán ya había razonado que, siendo el tigre uno de los atributos del dios, en él podría estar la escritura. Y, en efecto, estaba allí. Ahora sólo necesitaba descifrarla. La imagen de la Rueda, de la que él mismo es una parte, le da la explicación. Tzinacán lee la escritura del dios en las rayas y lunares del tigre. Entendiendo la esencia de la Rueda, entiende el misterio del jaguar. Es una fórmula de catorce palabras, de cuarenta sílabas. Pero Tzinacán no la revela, no la comunica, porque es consciente de que, ante los designios del universo, un hombre (y sus dichas o desventuras triviales) no vale nada, es nadie. Por eso no pronuncia la fórmula del dios y prefiere morir en la oscuridad y el olvido. Tzinacán se convence de que “aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. En el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría una infinita concatenación de hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Un dios solo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo”.
     


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