Tzinacán, último
sacerdote del imperio (que vive bajo la tutela de un dios al que es costumbre
sacrificar víctimas humanas), presencia y sufre en carne propia la intrusión de
las hordas conquistadoras, fieras ávidas de botín, cebadas en la matanza. El
conquistador Pedro Alvarado somete a Tzinacán a terribles suplicios, con el fin
de arrancarle la confesión del escondite del tesoro. Tzinacán no habla, padece
los tormentos serenamente. Pedro Alvarado despoja, estraga e incendia la
ciudad, y encarcela al sacerdote en una prisión circular, de piedra, en la
cual, separados por un muro medianero que no alcanza a la bóveda, yace en
compañía de un jaguar. En la bóveda se ha practicado un agujero por el que un
carcelero, valiéndose de una roldana y una cuerda, hace llegar trozos de carne
y cántaros de agua al animal y al reo, respectivamente. Tzinacán ha envejecido
en la cárcel y aguarda, abnegado, la muerte. En medio de sus meditaciones, el
prisionero recuerda una de las profecías o leyendas del dios imperial: el dios,
previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras, el primer
día de la Creación escribió una sentencia mágica con el propósito de conjurar
esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones
y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué
caracteres, pero consta que perdura, secreta, y que la leerá el elegido. Tzinacán
se impone la tarea de agotar el tiempo que aún
le conceda la muerte descifrando la escritura del dios. Baraja varias
hipótesis, imagina distintas fórmulas, se dicta numerosas preguntas, antes de
alcanzar el instante maravilloso de la unión con la divinidad. La imagen que le
revela este suceso es una Rueda infinita, en la que están fusionadas todas las
entidades, causas y efectos, realidades, preguntas y respuestas del Cosmos.
Antes, Tzinacán ya había razonado que, siendo el tigre uno de los atributos del
dios, en él podría estar la escritura. Y, en efecto, estaba allí. Ahora sólo
necesitaba descifrarla. La imagen de la Rueda, de la que él mismo es una parte,
le da la explicación. Tzinacán lee la escritura del dios en las rayas y lunares
del tigre. Entendiendo la esencia de la Rueda, entiende el misterio del jaguar.
Es una fórmula de catorce palabras, de cuarenta sílabas. Pero Tzinacán no la
revela, no la comunica, porque es consciente de que, ante los designios del
universo, un hombre (y sus dichas o desventuras triviales) no vale nada, es
nadie. Por eso no pronuncia la fórmula del dios y prefiere morir en la
oscuridad y el olvido. Tzinacán se convence de que “aun en los lenguajes
humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir tigre es
decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el
pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el
cielo que dio luz a la tierra. En el lenguaje de un dios toda palabra
enunciaría una infinita concatenación de hechos, y no de un modo implícito,
sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Un dios solo debe
decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él
puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo”.
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