lunes, 6 de julio de 2020

El estambre y los tambores

Mientras tú juegas, el brujo aporrea los tambores. Sonido talismánico, conjuro, para que te vaya bien, para que anotes gol, o al menos para que salgas sano y salvo, contento. Puede que no haya triunfo, basta con que salgas ileso. Es un brujo muy curioso el que golpea los tambores, con más cabezas y brazos que cualquiera de los monstruos de la mitología. Imagina los tambores, imagina el sonido. Un Giovanni Hidalgo no le llega a los talones. Imagina el espacio de ese brujo, de esa percusión. Es algo extraordinario. Mientras tú recorres la cancha en el jadeo y el sudor del ansia, ansia de gol, tu padre, el brujo, aporrea los tambores, exhorta a las fuerzas ancestrales, las fuerzas guerreras, las fuerzas protectoras, para que te vaya bien, para que salgas sano y salvo, para que regreses contento.

Y ella, tu madre, mientras te ve jugar, pues siempre te acompaña, teje su colcha imaginaria, misma que comenzó a tejer el primer partido, misma que teje juego tras juego. Nomás inicia el cotejo, ella engarza el estambre y empieza a tejer. Mientras tú juegas, ella teje. La colcha avanza, se agranda, cae al piso, forma pliegues, se amontona, se extiende, ella ignora ya hasta dónde, ya no la concibe, ya no la abarca. Desde el día en que, por pesada, ya no pudo levantarla; desde el día en que, por extensa, no pudo ya abarcarla, resolvió dejarla en la cancha, siempre así. Pero el cabo del estambre es el mismo, vaya donde vaya, el cabo siempre está, y la colcha conserva el tamaño que los días y el trabajo de ella le han conferido.         

El brujo se sintoniza con el partido, con la hora en que juegas, y percute los cueros todo el tiempo que dura el match. Mientras tú juegas y ella teje, el brujo se envuelve en el encantamiento de los tambores, envoltura que se expande y cobija al mundo, los cielos, las estrellas, los ciclos. Es un ritual simultáneo, tú fuerceando por el gol, el brujo ayudándote con el tam-tam. Es un instante sagrado, así lo cree el brujo, que también suda, que también se cansa, como tú de tanto correr, pero que sigue manduqueando los parches.

En apariencia, ella observa el juego como uno más de los espectadores, sufre y goza, de acuerdo con los incidentes del partido. Nadie pensaría que está tejiendo, que está agrandando la colcha, una colcha que acaso nunca complete, aunque su dimensión ya es exorbitante. La colcha está ahí, como una red fina e invisible, tan sutil como el aire. Alguna vez alguien, por una percepción inaudita, en un momento de magia, siente que la colcha lo envuelve, lo moldea, lo protege. Quizás tú lo has sentido, alguna vez, mientras juegas, mientras te afanas por el gol, mientras gritas, mientras lamentas una jugada infructuosa. Quizás también percibas, recónditamente, el sonido de los tambores, aquello que no es melodía, sólo ritmo, algo semejante a los latidos del corazón, al frufrú de la sangre en las venas. Entonces, por un instante, tal vez te conectes con el rito del brujo, con la obra de la tejedora, con los profundos e inefables mensajes del infinito.

Tal vez ocurre cuando te distraes un segundo, por ejemplo, cuando el balón se va por la banda y tardan en recuperarlo, en reiniciar el juego, y entonces pareciera que atisbas otros orbes, que una materia indescifrable te guiña el ojo. Es que tal vez escuchas el lejano son de los tambores, el suave murmullo del tejido. Ni tú mismo sabrías interpretar esos instantes. Pero hay brujos percutiendo tambores, hay matronas tejiendo la colcha.

Mientras juegas fútbol, acaso presientas las raíces viajeras, los andariegos juncos, las selvas enteras disfrazadas en una rama, escondidas en un vástago, los mares completos travestidos de sudor, de acre saliva, las constelaciones cabales revelándose en el destello de una lata abollada, y esto es que el brujo sigue manoteando los tambores, y esto es que la madre amorosa sigue engarzando el estambre. 

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