La brisa agita las ramas del chumbimbo, verde
campana al otro lado de la cerca. Casi puede oírse el bisbiseo de las hojas.
Casi retumban los sonidos en el aire caliente, que salcocha y oxida el cuerpo.
Casi es una ilusión la calle, el tiempo. El estridor de las cigarras percute el
yunque y, desde el oído, tachonado de gorjeos de pájaros, rebota y se expande
en las encandiladas paredes de la tarde. Se deja oír y cesa el resuello de un
taladro. Todo a esta hora tiene que ver con el tímpano. La vista se fatiga. La
fisiología se apacigua en un pesado dormitar. Al fondo, la undosa masa de las
montañas se amuralla,cerrando el paisaje, recibiendo todo el castigo de la
canícula. Las cimas se gozan en su imponente abandono, en su insolado
tegumento, en su altiva lejanía.Y en el paroxismo de luz de la cresta del monte
Dios y la naturaleza conversan.
Afloja el calor. El hombre recuerda su trayecto
a través del día y de la vida (que es como un largo día), reedita en la memoria
los pasajes más próximos, de los que su cuerpo todavía siente la resonancia, bajarse
de un bus en la plaza de un pueblo, entrar a un restaurante, comer, recargar el
celular en un puestecito de la esquina, caminar hasta la casa y, tras encerrarse a solas tras cuatro paredes, abrir
la puerta del balcón.
En la copa del chumbimbo aún pegan los
resplandores del sol y un vientecillo juguetón se empalaga con las ramas. Pero
ya es más sombra que luz este árbol repleto de gajos de pequeños y redondos
frutos, parecidos a mamoncillos.El hombre encuentra en la gravead de las
montañas una innegable afinidad con su existencia. Su sensación del momento es
un eco de los movimientos y gradaciones de la luz.Recuerda que al atravesar la
plaza saludó a un chico de doce años, que le reconoció y le devolvió una
expresión benévola. El muchacho jugaba baloncesto con unos amigos en la placa
deportiva al lado del atrio de la iglesia. El hombre siguió su camino, el
morral al hombro, en la mano una bolsa y una botella de agua.
Unas nubes regordetas, blancas y con rasgones
grises, se recortan en el azul desvaído del cielo, sobre las montañas que se
van oscureciendo. ¡Nubes! Tienen algo de querube, saben a esquirla de sueño
escabullida de algún rincón del tiempo. Avanzan en caravana, entre marsopa y
dromedario. Allí todavía palpita la claridad, como en una concha de nácar se
recogen las nubes. Nácar y, más arriba, donde el domo se insinúa, el azul
indefinible. Es como si una voz resonara en el silencio, como si del mudo
estropicio del crepúsculo sutiles acordes fluyeran. El hombre mira al horizonte
y la cresta del monte le susurra un nombre. Esa parte de la cima semeja un
elefante echado, donde la trompa hace de pendiente. Un nombre que él no tiene
empacho en asimilar con el chico al que saludó al atravesar la plaza, con los
juveniles años de este jovencito de camisilla y pantaloneta y tenis al mejor
estilo de las estrellas del basquetbol profesional. Un nombre con cierto dejo
indígena y, sin duda, también con un retintín africano, en definitiva, mestizo.
De rosa se colorean las nubes, que han decidido
avanzar más lento que de costumbre, cristalizadas en figuras de pórfido.Una voz
sin edad habla dentro del hombre. Es una voz cuya tesitura acoge el periplo de
la vida, con sus altibajos, con su drama, con su mensaje. El rosa se sumerge en
gris, no sin dar batalla. El chumbimbo todavía se recorta en el espacio, pero
ahora su tez es mulata. Chumbimbo. Gajos
de frutos redondos como oscuras canicas. Las ramas repletas de gajos. El tronco
triple del chumbimbo muestras sendas despellejaduras en la base. Por ahí le
inyectaron un veneno para derribarlo. Es que por esta parte del baldío pasará
una vía y el chumbimbo les estorba. Abajo con él entonces. Es la lógica de los
constructores de vías. Nada que hacer. Entonces todas esas ramas, todos esos
gajos de pepas. Sabrá Dios.
El periplo de la vida, la circunnavegación del
día, el hombre abocado a esta hora de contemplación, un paisaje montañoso. Un
cerro enorme, piramidal, oscuridad total a contraluz del sol que se pone. El
hombre conversa con el cerro. Nombres indígenas, africanos, en definitiva,
mestizos, caracolean en su mente. El niño que juega basquetbol en la plaza
recuerda al hombre otro niño de otro tiempo, muy atrás en su historia. Echar
abajo un árbol anteponiendo una vía, sacrificar a un animal porque está enfermo
o viejo, en fin. Trasegar por estos lugares, ir de un lado al otro, revivir una
vivencia del ayer, un tiempo que no se resigna a morir. Los montes altos y un
río corriendo encañonado. Las quebradas tributarias de ese río. Los hombres
asentándose en derredor, anudándose al entorno.
El cerro y el hombre se miran, viejos amigos.
Todavía hay significados que buscan expresarse, sentidos que intentan
resolverse. Como brisa nostálgica, como un peregrino de landas, el hombre se
entrevera a la vida. Ascender a la cima del cerro, algo que el hombre no ha
hecho. Lo suyo ha sido siempre la contemplación. El cerro no lo ha invitado a
otra cosa. Para cada uno el cerro tiene un llamado diferente.
Un día y otro se suceden. El chumbimbo y el
hombre también se miran. Los pasos que abren el camino, las casas que albergan
las presencias, las voces calladas en la sombra, los cuerpos arropados por la
noche. El día. En toda época un niño recuerda al hombre veterano el libro de la vida, a cuyas páginas
postreras el segundo está llegando. El día. El chumbimbo, verde campana. El
monte y los recuerdos. Ve allá, clama una voz dentro del hombre. No, ya he ido.
Vengo de regreso. Pero debo seguir viviendo. La sensación no escatima un
segundo.
El día, leche de pájaros, baba de despertares. El
hombre no ha dormido bien. Estuvo desvelado gran parte de la noche. Se levantó,
encendió la luz, tomó un libro de la mesa y se puso a leer. Lo que el hombre ha
construido con los libros, la retícula de sueños en que ambos se imbrican,
chumbimbo, monte, y la leche del día, alivio de penas. También hay que
succionar vida de la noche, piensa el hombre, vida del insomnio, vida de la madrugada
y sus ruidos y sus apéndices de hielo. Se anticipa al día, su actividad se
adelanta al alba, lee, luego se pone al computador y escribe, hasta que amanece
y entonces se percata de que la noche es bella, de que los miedos acendran una
región del alma todavía en barbecho.
Hay que vivir. El niño juega baloncesto en la
plaza, tranquilo en la compañía de sus amigos, en la certeza de una casa, una
madre, comodidades. Su casa no está lejos de la plaza, y la mamá o la abuela
siempre pueden extender una mano protectora. El niño disfruta sus últimos días
de vacaciones. En una semana se reanudará el calendario escolar. Quién es ese
señor que te saluda, preguntan los compañeros. Un tío político. Ah, la vida.
Tiene uno que vivir tanto para entender una nonada. Quemarse las pestañas para
decantar una migaja. Sin embargo, esa migaja es la esencia. Temblorosas ramas
del chumbimbo, hojas aceitosas de rocío, pájaros como talismanes de un tiempo
nuevo. Bañarse, ir a la plaza a beber un café, piensa el hombre. Algo sagrado
en cada monte, la proximidad al cielo, el aire más puro. ¡Himalayas! Es como
decir aleluya. Volcarse al día, los hombres en su agite, salir al trabajo,
despedirse de la mujer, tomar un transporte, pensar en tantas cosas. No
obstante, es tan natural.
Ese otro niño había escapado de casa. La misma brisa,
los mismos cielos, pero aquel niño se había volado de la casa, se había ido de
andariego. Hombre, buscas a ese niño escapado, ahí lo tienes, míralo, juega
baloncesto con sus amigos. Podría ser, pero no es tan fácil. Es la manera como
miro ese monte, como el cerro piramidal me mira, como el río se encañona. Sé
que de alguna manera soy ese niño que juega baloncesto, mi sobrino político.
Pero queda algo. Nada más como miras ese monte que ahora besa el sol. Es eso.
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