Rocco Scott La Faro murió diez días después de alcanzar la gloria. La sesión del 25 de junio de 1961 en el Village Vanguard con el Trío de Bill Evans, se hizo legendaria. Ese domingo celestial quedó registrado en un álbum sublime: Sunday at the Village Vanguard.
Falleció el 6 de julio siguiente en un accidente de tránsito,
en Flint, Nueva York. Conducía de Warsaw a Geneva (regresaba a casa, luego de
una velada con amigos), acompañado de su amigo Frank Ottley. A causa de la
fatiga (habían tenido una jornada extenuante de nado y manejo) chocaron contra
un árbol. El carro se incendió. Ambos murieron.
Scott La faro tenía veinticinco años. Tenía un rostro de
muchacho, blanco como una luna en el alba. Los últimos temas que escuchó,
durante la velada en Warsaw, fueron: Miracolus Mandarin (Bela Bartok) y Chet
Baker Sing (Chet Baker). Los restos de Scott reposan en el cementerio de
Glenwood, en Geneva, junto a los de su padre, que también era músico.
En sus seis años de actividad en el gran mundo de la música
(de 1956 a 1961), actuó con figuras tan señeras como Victor Feldman, Benny
Goodman, Cal Tjader, Chet Baker, y Bill
Evans.
Se afirma que el trío de Bill Evans fue de los más influyentes en el escenario del jazz y que, junto con el Waltz for Debby, Sunday at the Village Vanguard es una de sus mejores producciones.
Una cosa es decirlo, escribirlo en estas líneas, otra es
escucharlo, sentir la etérea palpitación de las teclas, el sortilegio del bajo,
el cascareo sutil de la batería. Allí estaban los tres, Bill Evans, Scott La
faro, Paul Motian, inventando su propio universo, comunicando un verbo
esencial, entregando al mundo el nepente de la música.
Allí está el bajo de Scott, ese sonido recóndito que sientes
como un llamado a las profundidades de un misterio; ese bordoneo en el trasfondo
de un orbe inervado de armonía, de
resplandores y penumbras; ese revelador fraseo de las cuerdas nigrománticas.
Otra cosa es escucharlo.
Scott tenía un bello rostro. Ya era un hombre, sin embargo, una luz de adolescencia nimbaba su cara. Alado y blanco, como un ángel, el espectro de la música iluminaba sus rasgos. Recuerda esas pinturas italianas, de Fra Angélico o de Leonardo en que un heraldo del cielo acompaña la escena y, merced a la trompeta que siempre toca, da a la atmósfera un sustrato de premonición.
La muerte gloriosa, según el ideal griego, muy temprano le
abrió las puertas, cuando tenía ante sí una promisoria carrera en la música.
Había nacido en Newark (New Jersey), en el seno de una
familia siciliana de gran tradición musical. A los diecisiete años se afincó en
el bajo, el instrumento que lo hizo famoso, pero en sus comienzos se dedicó al
piano, al clarinete y al saxo. Se cuenta que se consagró al bajo luego de que,
jugando baloncesto, tuvo una lesión que le impidió tocar el saxo.
Geneva (Ginebra) es una población del estado de Nueva York,
entre los condados de Ontario y Seneca. Allí se trasladó la familia de Scott
cuando este era adolescente. Scott estudió en el Ithaca College. Se le recuerda
como un joven con especial capacidad para la música, aunque no tan versado en
la teoría. Desde muy temprano comenzó a tocar en los clubes nocturnos de
Geneva. Unas veces tocaba el saxo, otras, el contrabajo.
Geneva, Ithaca, Seneca, Flint… En esa bella región de lagos y
bahías, ríos y riachuelos, montes y cascadas, vivió Scott La faro. Fue antiguo
aposento de los iroqueses, que fueron los verdaderos dueños de esas tierras.
Acaso no haya sido gratuito que fueran a vivir a un pueblo que, en cierto modo,
remite a Italia, a Génova. Scott amaba nadar. El agua, el lago, el río, el mar,
el espacio abierto, tal vez es eso lo que buscaban los La faro al trasladarse a
Geneva. En esa región de encantadores paisajes de bahías, lagos, ríos y
bosques, en el fervor y el ansia de la juventud, murió Scott La faro.
Las fotografías que de él se conservan lo muestran, la
mayoría de las veces, con su contrabajo, el instrumento en que era un genio. En
otras del Village Vanguard, entre bastidores, aparece con Bill y Paul, sentados
en torno a una mesita, conversando. Hay una en que Paul fuma y mira a Bill, que
sonríe. Scott también sonríe, pero con las vista baja.
El Village Vanguard es un club de jazz de Nueva York, situado en el 178 de la Séptima Avenida, en el barrio Greenwich Village. Fundado en 1935, ha acogido a los mejores músicos de jazz: John Coltrane, Bill Evans, Wynton Marsalis, etcétera. Sus grabaciones en vivo, donde se conservan la voz del presentador y los aplausos y risas del público, son el documento legítimo de una época. El Village Vanguard aún hoy abre sus puertas al público y realiza presentaciones de grupos de jazz. Esto demuestra que la magia de Orfeo acompaña al hombre por los siglos de los siglos, y que, entre la complacencia y el disfrute, siempre estará el aviso de las ménades.
Ya Billie Holliday y Charlie Parker se habían congraciado con
la fatalidad que les cobró cara la genialidad, arrojándolos al fango de la
droga y la autodestrucción. Eran los días en que Malcolm Little quería comerse
el mundo que lo había vomitado como a un hijo espurio. John Coltrane y Miles
Davis habían recogido el estandarte de Charlie Parker e intentaban refrescar
con su música el aliento de cadaverina del planeta. Y allí estaba Scott, con
ese rostro de doncel, bello y austero, en la flor de la vida. Un muchacho sano,
dedicado a su arte. Allí estaba Bill Evans, haciendo trizas su hígado a punta
de alcohol y heroína. Y estaba Paul Motian, con su bigotito a lo Henry Fiol. A
Bill la cuerda le daría hasta 1980, a
Paul hasta el 2011. El ángel músico, Scott, se fue el primero, en julio 1961,
entre los discursos de resistencia pacífica del reverendo Luther King Junior y
la vergüenza imperialista de Bahía cochinos. El ángel músico se había ido.
Recuperarlo en un poema acaso sea una tarea meritoria. Retrataría en su rostro el albayalde de la aurora, en sus ojos el cálido azul de una costa siciliana. Dejaría sus cabellos un poco crecidos y su cara llenita, porque me parece que esto va mejor con su tímida sonrisa. Lo pondría, por supuesto, al lado de Bill Evans y de Paul Motian, entre bastidores, en el Village Vanguard, porque es allí donde su figura tiene más consistencia, donde su estro musical fluye a borbotones.
Buscas en youtube vídeos que lo muestren en vivo, para verlo
en plena ejecución de su arte, en el ensoñado, sensual y catártico ataque del
bajo. Casi no encuentras nada. Sólo las carátulas de los álbumes. Quizás se
precise una pesquisa más a fondo.
Rastrearlo quizás en el tiempo en que tocaba con Chet Baker, con Pat Moran. De
pronto hallas esta joya: “Scott La faro playing his Prescott Bass”. Allí está
Scott, en vivo, en una grabación de la época, en blanco y negro.
Encuentras, además, vídeos y grabaciones de entrevistas a
personajes que hablan de Scott. Por ejemplo, la de George Clabin al propio Bill
Evans en 1966; y la de Phi Palombi a
Barrie Kolstein, sobre el bajo Prescott 1825 que usaba Scott. También, por
supuesto, encontramos información enciclopédica sobre su biografía.
Hay un extraño embrujo en ese bajo, en esa batería, en esas
teclas, en aquellos años fulgurantes y sombríos en que el mundo se sentía al
borde del derrumbe o de la iluminación. Un saxo bastaba a conjurar lo bello y
lo terrible de aquellos días. Que un talento como Scott sólo viviera hasta los
veinticinco, que Charlie Parker no pasara de los treinta y cinco, que Bill
Evans se desplomara a los cincuenta y uno, tiene algo de trágico y revelador.
Scott nos mostró un destello de su genio. En su contrabajo, la mágica
combustión de una vida.
Coda
En el siglo XIX, en New Hampshire, Abraham Prescott (1789-1858) construyó
perdurables bajos, violoncelos y violines. Su firma se posicionó como una de
las más célebres. Desde entonces, los
bajos Prescott han sido apreciados por numerosos músicos profesionales en
Estados Unidos y en el mundo.
Scott La faro usaba un bajo Prescott de 1825. Al momento del
accidente, lo traía consigo en el auto. El instrumento sufrió algunos daños.
Fue restaurado por Barrie Kolstein, heredero de la compañía Samuel Kolstein and
Son, con sede en Nueva York. Los Kolstein son los dueños actuales del bajo de
Scott. Lo han conservado por más de cuarenta años en un estuche especial, a
temperatura y humedad constante. Ocasionalmente, permiten a algunos músicos,
como Phi Palombi, que usen el Prescott 1825 del legendario bajista. Hay vídeos
en youtube. Palombi con el bajo de Scott.
Debe ser única la sensación de tocar un instrumento que
sobrepasa nuestra estatura, una gigante caja de música con contera, que
sostenemos ante nosotros, al que le hurtamos sincopados sonidos. Debe ser única
la sensación de tocar un instrumento en que un virtuoso ha grabado su sello.
Ahí está Phi Palombi, tocando una obra de Scott La faro, Witchcraft (Brujería),
en el bajo de Scott La faro. Y eso era Scott en el contrabajo, un brujo. Y
están el baterista y el pianista, acompañando al bajo, reeditando el Trío. El
trío de jazz, esa constelación luminosa y sintética. Bill Evans, Paul Motian,
Scott La faro, hoy muertos.
Pero ahí está Scott, el brujo, tocando su Prescott 1825,
conjurando lo ignoto. Toca de pie, otras veces, sentado. En su elegante
vestido, el albo doncel exorciza el bajo, sus dedos chamánicos electrizan las
cuerdas. Ahí está él, en su rapto, tocando entre las consagradas estrellas del
jazz.
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