La piedra
rompecabezas
Era cuando nos
trabábamos en guerra con otras bandas de rapaces. Las piedras eran las armas,
arrojadizas, generalmente certeras, porque casi siempre resultaba alguno con la
crisma sangrante. Eso acababa la batalla de inmediato. El herido rompía en
quejidos y los compinches se apresuraban a atenderlo. Los rivales, ante la
magnitud de los hechos, se retiraban entre contentos y preocupados.
La piedra había
logrado su propósito. Entonces se aquietaba. Dormía.
Ninguno, excepto
yo, tenía la devoción anómala de coleccionar las piedras con que le habían
descalabrado la cabeza. Colecciono piedras.
Aquí están, ante
mis ojos, en exposición, anfractuosas,
veteadas. Duermen su pétreo sueño sin remordimientos, tal vez aguardando, en
vano, la oportunidad de participar en otra batalla campal y romper una que otra
cabeza de muchacho díscolo. Pero no lo permitiré. Las he cautivado.
La piedra de
candela
Era cuando las
viejas candelas, que también llaman encendedores, se cargaban con una piedrita.
Le decíamos “piedra de candela”. La piedra de candela era un trocito de plomo o
de pedernal que se incrustaba en un resorte. Aseguraba la chispa. ¡La chispa!
El rodillo esmerilado, al contacto con la piedra, hace saltar la chispa. Y la
chispa inflama el combustible y produce el fuego. ¡El fuego!
Con todo lo
estandarizado que pueda ser hoy en día, un encendedor sigue pareciéndome un
adminículo mágico. Fuego portátil, ¿les parece trivial? No, es pura magia, una
maravilla. Accionas el mecanismo de encendido y listo, ahí está, la llama.
En la actualidad,
los nuevos tipos de encendedores prescinden de la piedra y se bastan con una
batería y un circuito eléctrico, un cablecito. Ah, los tiempos de la mecha de
algodón, de la gasolina blanca, de las viejas candelas Colibrí. Hoy, el
encendedor común es un objeto sencillo y barato, desechable. Los de antes, las
reliquias como la vieja candela Colibrí, eran una obra de arte. Traían su
piedra, apta para chispear. Hoy, la chispa es eléctrica.
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