Es algo que todavía
me inquieta. Ocurrió días atrás. Había una manifestación en la plaza frente a
la alcaldía, gente que abogaba por la reparación por las víctimas, que delataba
la corrupción de los organismos oficiales encargados de los auxilios a los
familiares de éstas, que insultaba al gobierno por mantener en el desempleo y
la inopia a las personas honestas, mientras prodigaba un trato privilegiado y
pagaba sueldos a los paras y a la guerrilla.
La protesta rompía
la calma habitual del sector. Los líderes comunitarios se turnaban la palabra
en el megáfono. Como nadie siente el dolor hasta que no lo toca en carne
propia, la indiferencia del común es la nota predominante en estos casos. Pero
no faltan los curiosos que se detienen a observar. En un sitio tan concurrido,
es de suponer que más de un transeúnte se interesó por conocer las
reclamaciones de los congregados. Yo fui uno de éstos.
Repito, la mayoría
de la gente no se da por aludida. Cada uno está en sus ocupaciones y sus
afanes. El frutero sólo quiere vender sus frutas; quien va a su trabajo no
puede perder el tiempo abriendo la boca aquí y allá.
En actitud
preventiva, como desprevenidos, cuatro o cinco policías se apostaron
cerca de la tarima de la manifestación. Era lo de siempre, sólo basta que
haya un brote contestatario para que el sistema responda con represión
Bueno, pero de esto no trata la anécdota.
Tres indígenas
embera de los que venden Vive 100 en la plaza conversaban a unos metros de la
protesta. Sin duda, se situaron allí al ver en la multitud una potencial
clientela. Esto queda descartado. Cualquiera lo haría. Sin embargo, advertí
algo singular en ese trío. Aunque esperaban que la venta se disparara con la
afluencia de personas, el discurso de los manifestantes, y tal vez éstos
mismos, les tenían sin cuidado. Parecían tres dioses impasibles entretenidos en
un coloquio que tuviera un móvil del todo ajeno a las cosas de este mundo. Me
recordaron el Ramayana, el pueblo de los monos que auxilia al héroe en su lucha
contra los demonios. Despedían un aire oriental, de ermitaños en meditación.
También pensé que eran tres divinidades desterradas que aguardaran
parsimoniosamente la reconquista de su reino usurpado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario