Cuando tenía
noventa y cinco años, el maestro Pablo Casals vivía en Puerto Rico. Los que lo
visitaban en esta época, lo encontraban dedicado al estudio de la obra
Sueño de una noche de verano, de Mendelsshon. Se cuenta que, pese a su avanzada
edad, a su natural desmedro físico, era un anciano vital y alegre. Amaba la
música a tal punto que jamás perdonó a un músico que una vez hizo un comentario
de mal gusto sobre ella. Toda la vida recordó con desagrado la salida de tono
de este colega.
Pablo Casals
conquistó al mundo con la magia de su violoncelo. Consagró toda la vida a la
música. Sus datos biográficos no vienen mucho al caso al propósito de estas
líneas. Sin embargo, anoto la capsulita de que, a los ochenta años, se casó con
una muchacha de veinte. Anoto y apruebo su elección de buscar, en sus últimos
años, el aire paradisíaco del Caribe.
El afán de estas
líneas consiste en encomiar el amor al estudio, la disciplina que conduce a la
perfección, la constancia que lleva a la maestría. Pablo Casals hacía gala de
estas virtudes. Con décadas de distancia, siento el mismo asombro que
experimentaban los admiradores que lo visitaban en aquel tiempo en su morada
caribeña. Un hombre casi centenario, de limitado vigor físico, seguía
consultando los arcanos, sondeando el mar de las maravillas. A los noventa
y cinco años, invocaba la luz de Mendelsshon en El sueño de una noche de
verano.
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