La gata
Otra vez la gata en la cabecera de la cama, acurrucada en la almohada y
la cobija. Lo mismo que anoche, cuando Gustavo tuvo que cargarla y llevársela.
En esta ocasión Gustavo no estaba. Me pareció mucha descortesía con la gata,
que por segunda noche consecutiva me hacía los honores ofreciéndose a dormir
conmigo. No, no iba a ser tan ramplón. Así que la dejé tranquila en la
cabecera, dueña del lecho, y dormí en la cama del lado, tras desembarazarla de
mi morral, mis ropas, mi guitarra. Fui al closet por una cobija y solucionado
el problema.
La presencia de la gata mantuvo tranquilos a los ratones, quienes se
cuidaron de armar el alboroto de la noche anterior. Hasta que amaneció estuvo
la gata allí. Un gran rato la sentí bañándose, lamiéndose con la lengua, a
conciencia. Ya clareaba cuando la e abrí la puerta y salió. Volvió al rato. Me
di cuenta de que no había podido escabullirse al patio porque todo estaba
cerrado, nadie se había levantado. Los domingos doña Juana se apereza en
la cama hasta las nueve. José tampoco madruga. Ven la misa en la tele,
acostados, cada uno en su lecho. Abrí la puerta y la reja del estudio y la gata
se escurrió por allí.
En mi gaveta
En mi gaveta guardo una transparente
bolsita plástica con las banderitas tricolores que obtuve en el colegio por
izar el pabellón patrio como mejor estudiante del grupo. Guardo los carnés
consecutivos de los distintos grados del bachillerato, las
"metamorfosis" fotográficas de mi rostro a través de los años. Guardo
el esqueleto disecado de una estrella de mar, cuya forma me recuerda a un
hombrecito de pie con los brazos abiertos y la cabeza en punta. Guardo una
copia en hojas de bloc y encuadernada de Tribulaciones de un Punkero, una
novela de Jhony Barrientos, un amigo de la universidad. Guardo un potecito en
cerámica, pintado en gris y con un adorno en relieve de caparazones marinas,
obsequio de un alumno en mis inicios de maestro, en cuyo asiento, del lado
externo, escribí con lapicero negro: "Juan Alejandro Gutiérrez, Nov. 1/90.
Colegio de la Salle". Guardo un pedazo de corteza del tronco de uno de los
tamarindos del patio de mi abuela, árboles abolidos. Guardo tres monedas no tan
antiguas, dos de Estados Unidos, de 25 y 5 centavos respectivamente, ambas con
la leyenda "In God we trust"; la otra es cubana, de diez centavos,
del año 2000, ornada con una imagen del "Castillo de la fuerza".
Tomás
Se cuela al estudio (aunque cada vez somos más condescendientes y
cariñosos con él y lo suyo ya no es colarse, es ser bienvenido) y se atreve
hasta la terraza, donde se echa a calentarse. Si uno abre la puerta que
comunica el estudio con la terraza, lo ve allá, sobre el deslucido tapete (la
intemperie desluce todo), echado a su antojo, gris y blanco, más gris que
blanco, gris y flaco, el amigo Tomás. Cuando se cansa en la terraza, se desliza
a la sala de grabación (se supone que hemos abierto la puerta de la terraza o
al menos dejado una hendija por donde Tomás entre) y nos acompaña un rato.
Perezoso, dormiletas, sobre el sofá o el estuche de mi guitarra, se recoge en
sí mismo y asiste a nuestro querer hacer música, a nuestro estar allí por horas
tejiendo una canción.
A Tomás dediqué mi canción Edad, porque él estuvo allí durante la
grabación, echado en el sofá, a mi lado, su cabeza recostada en mi mano. Edad,
mi canción, le debe algo a Tomás, el gato escuálido, el gato gris, el gato
amigo: quizás la atmósfera de tristeza y eternidad que manan mis versos. Se
cansa de estar en la sala de grabación y le abro la puerta y se va en
busca de los otros espacios de la casa, espacios donde están el cuido y el
agua, donde está Milton, su dueño, que también es músico y cantante. Así que
Tomás vive en la Casa de la Música. Y así será recordado. El Gato de la Casa de
la Música. Nuestro amigo.
Se cuela en mi recuerdo, hoy que estoy ya en mi casa, en mi espacio de
escritor, y lo ato a mis ficciones, a mis desvelos, a mi tiempo de palabras y
silencios , de búsquedas y encuentros.
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