domingo, 30 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 92)

Kant, Konisberg, Kafka, radioemisiones discretas. De dónde viene esa onda de radio, a qué objeto se refiere; se percibe pero se ignora el origen. Otros mundos, galaxias. Ventanas de transparencia atmosférica. El radiotelescopio, las radio-estrellas, es muy poco lo que se logra aclarar, para ser sinceros. Lo desconocido. El hombre que es Kant, el hombre que es Kafka, también pueden ser extraterrestres. El negro es otro. Con ese coco de pirulito, con esa lejanía. Hoy Kant es ruso, Konisberg es Kalinigrado. 

Se cancela el semestre por tiempo indefinido. Vale para mí como para mi homóloga de Jena en 1806, con la invasión de las tropas francesas y Hegel tratando de salvar sus manuscritos: Fenomenología del espíritu. 

El 19, número atómico de Kafka, potasio. El 1, número atómico de Hegel y de Hubble, hidrógeno. Hegel estudia las órbitas de los planetas, considera a Kepler superior a Newton. La última tentativa de la metafísica por constituirse como sistema, Hegel. Hubble ve corregida su Ley por las investigaciones de otros astrónomos. Eso es la ciencia, un perpetuo corregir. Un semestre perdido, el negro y yo sabemos de esto. Aquí son otras las causas, distintas a la megalomanía de Napoleón. Aquí son otros reyezuelos los que orquestan la violencia, los que me obligan a parar y al negro a buscar trabajo de peón mientras torna la academia. El paro está en el orden de las cosas por las que me rijo. 

El negro también carga con sus manuscritos, la interrupción de las clases dispara la Royal. Qué mundo tétrico. En su rol de profesor, el negro habla en el descanso con un chico de octavo. Este le cuenta de una balacera en su barrio en la que casi cae muerto: huye, se disloca la rodilla, razón por la que no viene a estudiar. También cuenta de una masacre en Itagüí donde caen veinte. Como para quedar desmoralizado. Y ese otro alumno que se suma al coloquio habla de tres muertos en su barrio. El negro siente que la tristeza le desgonza el cuerpo y el ánimo. Qué año de muertos. En el siguiente descanso no sale del aula, se queda estudiando guitarra con Jorge Rodríguez, un alumno de séptimo. Viloria y Gaviria los acompañan. En cierto momento Viloria recuesta la cabeza en los brazos, contra la tabla del pupitre. Su carita se ve tierna, inocente, entregada a la pereza, a la ensoñación, a la melancolía. Este chico no merece un mundo tan violento, plagado de bestias sanguinarias que asesinan sin discriminación, sin piedad. Viloria merece un país bueno, como el que sueña Luis, habitable, solidario. El bloque de clase siguiente disipa la pensadera del negro. Te mueves o sucumbes: son cuarenta muchachos indóciles, cansados, algunos anestesiados por la barbarie en que vivimos. En cuanto a Viloria y esos chicos que practican guitarra con el negro, gustosa los espero en mis duelas, gustosa de abrirles un horizonte.  

Esas mentes alemanas: Kant, Goethe, Schlegel, Heidegger. Ahí viene Elena, quiere tirar la toalla, la monografía sobre Kant le queda grande. Luis la saca del atollo, lee la Crítica de la razón pura y escribe unas notas para Elena, que le paga. Hoy el negro lee al de Konisberg y toma apuntes. No se conforma con un resumen. Este hombre tiene algo que decirle, así que se zambulle en su mundo del noumeno, la cosa en sí. Hay que quitarse el sombrero ante semejantes pensadores. 

La sustancia incondicionada, Dios, es el objeto de la filosofía, dice Hegel, el mismo que el de la religión, pero que mientras que esta llega a Dios por representaciones, aquella lo hace reflexionando, pensando. ¿Cómo puede el negro barajar este batiburrillo mientras camina hacia el despacho de Macías? Llega puntual. Macías lo espera sentado del otro lado de una mesita redonda, contra la pared, donde se ve que suele tener reuniones. En una repisa lateral una cafetera hierve, pero Macías no lo invita a un tinto. En la mesa, ante sí, hay una agenda abierta con apuntes breves, en tinta  de varios colores. ¿Serán escritos literarios? ¿Asuntos académicos? Sí, más bien esto último, horarios de clases, fechas de asesorías, etcétera. Cerca de la agenda hay un libro. El negro cree que es una novela, pero en el curso de la entrevista fisgonea el título y se percata de que es un texto técnico, talleres de lenguaje. 

Talleres de lenguaje. Recuerda a la profesora Lucy, la de Didáctica del lenguaje, cómo incluye en la bibliografía del curso un trabajo de Juan Fernando Saldarriaga, ejercicios de aplicación sobre el tema de la expresión oral. El nombre de Juan Fernando Saldarriaga aparece entre los de Sigmund Freud, Marta de Luca y Óscar Castro García. Debe ser que el trabajo de clase gusta tanto a Lucy que lo inserta en la bibliografía del curso. Es lo mismo que ocurre con Natalia Pikouch y el ensayo del negro sobre La muerte de Iván Ilich, que la ucraniana publica en la revista Lingüística y Literatura. Codearse con los consagrados. Ante Macías, el negro rememora el rostro de este condiscípulo aventajado, Juan Fernando Saldarriaga. Macías viste con pulcritud. La barba cana le da carácter a su rostro de piel clara, rasgos dulzones, y ojos un poco zarcos, vivaces y atentos. Su voz es franca y cordial. Sin rodeos, luego de invitarlo a sentarse, dice:

"Usted es el ganador del Concurso de Cuento Tomás Carrasquilla".

Macías es el director del Taller de Lenguaje de la Escuela del Maestro, entidad organizadora del concurso. 

"Es un cuento excelente. Tiene dos personajes muy bien logrados y un tratamiento muy delicado, que conserva hasta el final. ¿Ha escrito otras cosas? ¿Ha publicado?"

Renuente, el negro responde:

"Algo. Y usted, ¿ha escrito más libros, además de Amada está lavando y Ganzúa?"

"Reuní esos dos, amén de Relatos de la Milagrosa, bajo el título Cuentos del barrio, es lo que antes llamé Cuarteto de la Milagrosa, un nombre pretencioso, la verdad". 

"¿Por lo de la obra de Durrell?"

"Sí, precisamente. El Cuarteto de Alejandría es clase aparte, ¿no cree?".

"Es cierto".

"Voy a poner una de mis obras en el paquete de libros incluido en el premio".

"Muchas gracias".

"A propósito, que no se nos olvide, debe firmar la autorización de publicación de su cuento".

"Ah, claro. ¿Dónde firmo?".   

                                

viernes, 28 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 91)

Ese es el papá del negro. El que lo acompaña es Marcos Barrios, profesor de Deportes. Enfilan por Troncos, pasan por el 11, llegan al 12 (un mito, sin duda, la fábula más grande, la fábula más monstruo, que Buda, Sócrates y Jesús no escriben; ¿cómo pueden no escribir unos personajes tan dotados de verbo, tan carismáticos, tan revolucionarios? Es como decir que Nietzsche y Marx no escriben. Qué tontería, a otro perro con ese hueso. El editor, porque hay un editor, los veta. Es lo que ocurre con Buda, Sócrates y Jesús: el editor, hipócrita editor, los veta). El padre busca al hijo que está desaparecido, en pleno año de los muertos. El negro lleva tres días sin reportarse en casa. El papá telefonea a Marcos, su paisano, se citan en mis duelas. Inquieren entre los docentes y los condiscípulos. Se asoman a la sala de profesores, allí está Rito Llerena Villalobos, otro de Urabá. Rito introduce al papá del negro con algunos profesores (Natalia Pikouch, Rogelio Franco, Alcides, Hernán Botero) y alumnos (John Wilson, Osorio, Gloria, Amed el Bajá), 

Sí, esos dos negros veteranos que este miércoles de febrero transitan con tal salero por mis corredores, son el papá del negro y el profesor Marcos Barrios. 

"No te preocupes. Tu hijo debe estar en San Andrés con una chica. Ya aparecerá". 

El desparpajo del paisano no hace mella en el papá, conoce bien a su hijo, que ni una novia tiene. Yo lo he visto con algunas condiscípulas, pero son estas las que se insinúan. No es como John Wilson, un seductor, un picaflor, no. Mi negro anda a trompicones entre mis muros, atento solo a las clases y, por una época, afanado por largarse a un garito del centro, donde se ha enviciado. Malbarata allí un dinero que el papá le confía, un giro para el hermanito que vive en Neiva, y se borra del mapa, no vuelve a casa por varios días, temeroso de la reprensión paterna. Los profesores (Natalia sobre todo) y los compañeros hablan maravillas del hijo, pero no saben nada de él, solo que es un muchacho juicioso, que se jala unos ensayos de antología. 

El papá, que pide permiso en el trabajo para tal diligencia,  se va a la oficina, decepcionado. El hijo repunta el viernes, y el sábado cita al papá en La Montaña, la heladería de Calibío. Le inventa una patraña de guerrilla y explosivos, pero el viejo lo desenmascara, le ordena irse a casa, darse un baño, dormir. Tal cara de mala vida le ve. 

El viejo descansa. 

El garito es en pleno centro, Bolívar, entre Boyacá y Calibío, un segundo piso: Salón Bogotá. Una escalera estrecha lleva allí. El negro está tan familiarizado que sabe el número exacto de escalones (los cuenta cada vez): dieciséis. Tal número está en la serie que Platón enuncia en el Timeo (1,2,3,4,9,16,27). De esta serie puede deducirse todo, las órbitas de los planetas, la trayectoria de los cometas, la distancia entre las estrellas. Es una forma de medir el universo sin necesidad de telescopio. Tiempo adelante, en los días de profesor, el negro recomienda a Daniela, una alumna, el libro de Carl Sagan, Cosmos. Lo que esta chica anhela es tener un telescopio. De noche, desde una rampita de su casa, observa las estrellas.

La antesala del garito es una estancia donde funciona un bar. Allí hay un orinal, un baño y dos cuartitos de depósito. En el costado opuesto se halla el mostrador de la cantina y, junto a esta, la entrada a los salones donde se juega cartas, apuntao. Son tres. El primero y el segundo, paralelos al bar, tienen ventanales que dan a Bolívar. Son de igual tamaño. El tercer salón, más pequeño y reservado, se comunica con el bar por una ventana, por la que despachan. El escritorio del administrador, don Mario, se encuentra a la entrada del primer salón, en la esquina izquierda. 

El garito es un sitio exclusivamente acondicionado para jugar cartas. Las mesas, con sus respectivas sillas, se reparten el espacio de los salones. Otra ventana comunica el bar con el primer salón, en el extremo opuesto de don Mario. La cara de don Mario luce afeada por una cicatriz, herida de arma blanca, que le deforma la boca. Es un vejete blanco, vivaz, astuto, con ademanes de marioneta. 

Hoy pregunto al negro por esa etapa de su vida. Me responde que le parece irreal, un sueño. En su momento es algo real, cargado de materia y de pasión. Ahora parece una irrealidad, un onirismo. 

"No puedo decir que el juego era mi vida, porque la literatura era un impulso más profundo. Sin embargo, donde no me despabile, el juego la hubiese desplazado. Tuve que forzarme a dejarlo. Recaí, claro, varias ocasiones. Pero logré salir a flote. Mis cuadernos de esta época documentan la obsesión y el esfuerzo por superarla".

Igual que una persona de la ciudad, de vida cómoda y culta, que se radica en el campo, se delata en seguida por sus modales diferentes a los de los rústicos, asimismo el negro, que es un muchacho tímido, desentona en el ambiente desabrochado del garito. No es raro que individuos solitarios anclen en escenarios donde reina el tumulto y la vulgaridad. Prueba de esto son los bares, que acogen a gente de toda laya. El negro es un advenedizo. Su aire taciturno y su inexperiencia en el juego de cartas a ese nivel de tahúres, chillan. Tiene suerte de principiante, como es normal. Luego lo pelan en regla. Aunque con las semanas se arrima allí con desenvoltura y llega a ser reconocido por muchos asiduos, no deja de preguntarse cómo vino a parar a este sitio y cómo se obsesiona tanto tiempo. Se le antoja un misterio.

La figura de don Mario acude a su memoria. ¿Vivirá aún? No vuelve a verlo. En realidad, vuelve a ver a muy pocos ejemplares de aquella fauna extravagante. Y no es que se haya convertido en un eremita, porque camina bastante el centro, aunque no con con la regularidad enfermiza de entonces. Don Mario le recuerda un muñeco de cera: atornillado en su escritorio, con aspecto de valetudinario. Aunque estricto en el manejo del personal (por ejemplo al recibir la plata de cada mesa de mano de Pateclós, el Mocho y el Mostachudo, los gariteros), en ocasiones sorprende con gestos de tormento, como si le atacaran punzadas en alguna parte del cuerpo. 

Acaso don Mario haya muerto, igual que el novelista, el maestro del Taller de escritores. Un Mario por un Sila, un Sila por un Fabio, una Fabio por un Palma. En la tumba en que acaso se retuerce, don Mario, el administrador de garito, ¿recordará a ese muchacho que saca un libro de su mochila y se pone a leer en medio del pandemonio del salón de juego? Lo más probable es que no. El viejo Cara cortada, figura de un museo del horror, ¿qué va a imaginar que ese muchacho lo recuerda hoy en estas páginas? El negro se pregunta si alguien hará lo mismo con su sombra. Tal vez haya alguien.            

     

           

jueves, 27 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 90)

Nombres en el recuerdo, nada más. Rostros, gestos, una palabra, ¿qué otra cosa? Nombres, palabras que intentan objetivar, aprehender lo confuso, lo diluido, lo informe. Decir Fanny Monsalve, Sociología de la educación , bloque 10. Nombres, palabras, nada más. En cuanto más distancia más se aplica la Ley de Hubble. Más muerte, más olvido. La vivencia por la que el negro se siente atado a Fanny, asiste a una audiencia donde ella actúa de jurado de conciencia. 

"La próxima sesión no hay clase, tengo un compromiso, empleen bien el tiempo, adelanten la exposición". 

El negro acompaña a la profesora hasta su oficina y en el trayecto le sonsaca la razón por la que faltará la clase siguiente. 

"Una audiencia donde soy jurado de conciencia". 

"La entrada es libre, ¿cierto?" 

"No hay objeción al respecto". 

"¿El jueves a las cuatro? Bueno, allí estaré". 

Nombres, palabras, el acusado, el veredicto, culpable. Un homicidio en la comuna nororiental, un cuchillo (como en Aire de Tango), una sentencia. La causa más irrisoria, una discusión de amigos, ten, muere. El aplomo de Fanny sentada entre los otros dos jurados. La figura de fieltro del juez. Una personalia del absurdo, Kafka. Ese jueves en la tarde el negro, en lugar de hablar de Dewey, asiste a la banalización de la justicia. Un títere de los instintos va a dar con sus huesos a la cárcel.       

El rostro de la profesora, la cotidianidad en mis muros, una lección, calificar informes, tomar un café. El negro en el rol de estudiante, cumplir con los requisitos, ganar la materia. Las galaxias se alejan a velocidades escalofriantes, por el efecto Doppler se estipula la velocidad, por el espectro, el mamarracho asesino alejándose de la libertad. Almas bastas, como Pascual Duarte. Actúan y luego reflexionan. Veinte años en privación del mayor de los bienes. La mejor lección que una profesora de Sociología de la educación puede dar, llevar a su alumnos a una audiencia, enrostrar al asesino.

Imposible no sentirse a veces como una prisión a prueba de escape, como Alcatraz; imposible que los que me recorren a diario no se vean como prisioneros, como sentenciados a una pena inconmutable. Grande el área de mis muros, la ilusión de levedad en la arquitectura hace más terrible la verdad del castigo. Dígase cuanto se quiera sobre el espacio del intelecto, sobre la conjunción de lo diverso, pero a veces no puedo eludir sentirme la Roca. Lo mismo el ser entre los muros del cuerpo, el alma entre las fronteras de lo físico. Se está en una entidad, se es individuo. En tanto se da esta objetivación, ocurre el yo. Pero el budismo habla de romper la estructura del yo, anularse en el todo. Salto sobre mis muros, escapo a otras esferas. 

Es en el año de los muertos cuando el Pascual Duarte paisa es enviado a chirona. Nombres, palabras, demasiada muerte, interminable olvido. Saca el cuchillo con la frescura del que enciende un cigarro. No hay atenuantes. En una sociedad devastada por la violencia la mano de la justicia no puede temblar, la pena debe ser ejemplar. Ahí está la placa (ya borrosa), en la columna de la biblioteca. El año aciago. Luis Fernando Vélez cae. El busto de la plazoleta central intenta hacer justicia, llamar a la conciencia. El nombre de la víctima de Pascual Duarte no está en el registro de esta historia, es cualquier Pedro Pérez. Pero este Pedro Pérez eres tú, soy yo. Es Josep K. 

Abundantes apuntes sobre El proceso acumula el negro en su agenda. Los comparte conmigo al amor de un café y advierto lo sesudos que son. Entonces veo a la profesora de francés, Montag, pálida, debilucha, coja, de andar arrastrado, también inquilina de la señora Grubach, que se muda a la habitación de su amiga, la señorita Burstner. Conozco a la insignificante dactilógrafa con la que K. hace vanos intentos por entrevistarse para aclarar su conducta. Asisto a la reconciliación entre K. y la señora Grubach, cuya relación se enfría por el comentario impropio que la dueña hace respecto de la señorita Burstner, algo como que la ha visto con diferentes hombres en calles inadecuadas y a horas poco convenientes. K. ejerce un gran poder sobre esta mujer que le adeuda dinero. Ella lo trata con servilismo. K. se muestra escrupuloso ante ciertas cosas, por ejemplo, ante el ruido que la señorita Montag hace en el vestíbulo mientras se muda. K. es desdeñoso, además.  Sin embargo, pese a su poder, es víctima de las confabulaciones que sospecha (y ante las que nada puede hacer) en esos seres inferiores, débiles, como la señorita Montag, a través de la cual se entera de que la señorita Burstner no le dará la oportunidad de verla. Y, para empeorar las cosas, es sorprendido por la profesora de francés y el capitán Lanz cuando, indebidamente, se asoma al cuarto de la señorita Burstner. 

Debo decir que este episodio no guarda mucha relación con el proceso que se adelanta en contra de K. De tanto tratar a Mario escobar y al negro, algo se me pega de su buen criterio en literatura. Mario escobar lo desautorizaría: "no apunta a la columna vertebral". Anoto, de paso, que K. es un hombre de fisonomía robusta, que tal vez por esto adopta, en ocasiones, posturas desafiantes y orgullosas. ¿Por qué sugiere a la señora Grubach que debe arrojarlo de su pensión como a un infame asesino? ¿Qué absurdo psicológico encierra este K?             

    

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.89)

Hijo de un lustrabotas y debiendo ayudar al sostenimiento de la familia, Tálaga no tiene una formación académica a fondo en el terreno del arte, al que se inclina a temprana edad, desventaja que suple de manera autodidacta. Comienza pintando cantantes como Camilo Sexto, Leonardo Favio, Rafael, pero luego manifiesta su preferencia temática por las cantinas, las saloneras, los niños lustrabotas. Es más tarde, cuando se mueve en mis predios como auxiliar en el Aula de Apoyo Docente, que logra estudiar. Presenta varias veces mi examen de admisión, sin resultado. Entonces se matricula en Bellas Artes. 

Georges Brasseur es director y profesor de la Escuela de Pintura y Escultura de Bellas Artes, pero está tan harto de la mojigatería de esta tierra que rechaza la renovación del contrato. 

En el Archivo Histórico de Antioquia hay documentos con invitaciones del director de Bellas Artes al Gobernador, en que lo exhorta a asistir a una exposición de Brasseur. 

Brasseur regresa a Bogotá en 1927 (allí vive su hijo Charles), pero viene ocasionalmente a Medellín, donde tiene amigos. Sopesa la idea de establecerse en esta ciudad. Goovaerts, que construye el Palacio Departamental (hoy Palacio de la Cultura) le ofrece la decoración de una de las salas de este edificio. 

En 1928 se dirige a Norteamérica, mas se establece en Venezuela hasta 1932. En 1934 está otra vez en Bélgica. Tiene cincuenta y cuatro años. Expone en la afamada Galería de los Artistas Franceses de Bruselas. El torbellino de la guerra lo escamotea al ojo de los biógrafos. 

A pesar de su breve estada en Bogotá y Medellín, Brasseur causa impacto en el arte del país. Entre sus estudiantes se encuentran nombres que que logran figuración en la vida artística de la ciudad: Luis E. Vieco, Carlos Correa, Emilio Botero, Gustavo López, Lucía Cock, Gabriela Vielles, Helena Ospina, Teresita Santamaría.

En 1948, tras escribir a su hijo Charles, regresa a Bogotá. Expone cincuenta y dos obras (entre estas cuarenta óleos) en la Biblioteca Nacional. Viene a Medellín con el propósito de quedarse. Expone en el Museo Zea (hoy Museo de Antioquia) una serie de bodegones, paisajes y retratos. Vuelve a ganarle el desasosiego y retorna a Bélgica. 

Tálaga se precia de las exposiciones en que participa, de los viajes a otros países, del destino de sus cuadros. En mi Museo hay dos obras suyas, pero están en bodega, y Tálaga duda que las presenten al público. Magro favor es este, que acepten dos de sus obras y las dejen en la bodega. No muy satisfecho con el asunto, Tálaga comenta esto al negro mientras se pasean por los pasillos de Artes rumbo a una burbuja de café. Es como el editor que te recibe una novela, no la lee, y te deja en la incertidumbre. Al negro se le ocurre preguntar a Tálaga si conoce a Brasseur, pero mejor deja las cosas de ese tamaño, se le antoja pérfido tal pensamiento. Tálaga ha estado en Roma, en Cuba, pero vaya uno a saber si conoce a Brasseur. A Botero, normal, incluso entona loas. Cuántas obras de artistas no están en bodega en mi Museo. Hay que bajar al sótano y enterarse. No es una calamidad, como tampoco lo es que el editor no se preocupe de tu manuscrito. 

El arte de Tálaga se agiganta en la pintura en que representa una caja de embetunar. Ahí es un Leonardo, un Brasseur, un Manzur. En esto piensa el negro al entrar al baño del bloque 1, al pie de la circunvalar. En la pared descubre varios grafitis incendiarios; en la concavidad del lavamanos, un reguero de pintura verde y negra. Pintura, ver obras de arte en los letreros de los capuchos, en la mancha pertinaz del hueco del lavamanos. Me incumbe mirar estas cosas con imparcialidad. Soy en cuanto diversidad, así que no puedo sino observar y reflexionar. "Rojos en la u", todo en verde en las losetas de los orinales. Una caja de embetunar, el Viacrucis de la iglesia de Buenos Aires. Tálaga tampoco es dado al arte religioso, la suya es una obra profana. Lo que deja Brasseur en la iglesia de Buenos Aires es grandioso, esos catorce retablos del Viacrucis, el camino de Jesús al Calvario. 

En el portal un mendigo que agita el tarro recibe al negro con el retintín de las monedas y el debido sablazo. Le obsequia una moneda y entra. Una mujer reza el rosario para un manojo de feligreses. Mientras recorre los costados del templo observando, uno a uno, los retablos de marcos dorados, el negro medita en los extraños lazos que unen las vidas a través del tiempo.           

sábado, 22 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 88)

De ese año de los muertos revivo al costeño que estudia Español, el muchacho de Córdoba, el escritor, Naudín Gracián. Se mueve entre mis cuadernas con el desparpajo propio de los de su tierra, en la mano un atado de libros recién editados, para la venta. Su nombre suena en el cotarro de las letras, obtiene premios y menciones en concursos, publica sus obras. Es un joven desgarbado, un poco cargado de espaldas, buen conversador, con sobrada autoestima. No suele asistir a talleres de escritores, y se cuenta que no hace buenas migas con Mario Escobar desde que, siendo casi un adolescente, le arrebata un concurso al viejo. Este triunfo lo ensoberbece. Tiene mucha madera para la escritura. No espera que los otros divulguen sus méritos, él se adelanta a publicarlos. Un viernes por la tarde lo veo entre el corrillo de Troncos, sumándose a los condiscípulos, ofreciendo su volumen de cuentos. El viernes estoy exacerbada con el bullir de las ideas y las sensaciones. El aire exuda sensualidad y desenfado. Naudín muestra su libro, los compañeros le echan un vistazo, alguno lo compra. En el corrillo, entre el café y el humo de los cigarros, los coloquios se entrecruzan, allí se trae al tapete el pensamiento de José Martí, aquí se habla de Cortazar, en otro lado se destaza al sistema educativo. Del ilustre cubano: Como quien vuelve de revés una vaina de espada, se ha de cambiar de lleno todo el sistema transitorio y vacilante de la educación moderna. No hay para pueblo alguno crecimiento verdadero ni felicidad para los hombres, hasta que la enseñanza elemental no sea científica. Del escritor argentino: el entrecruce de planos temporales, cómo uno se imbrica en el otro hasta suplantarlo, así en El ídolo de las Cícladas los rituales sangrientos de la antigua Grecia se actualizan con Somoza, Morand y Teresa. Un condiscípulo cuenta que adelanta en el Sena un curso de Salud ocupacional; argumenta sobre la necesidad inaplazable del debate educativo sobre la salud mental de los docentes. Su propósito es dar este debate, sí o sí. Es que la mayoría de los educadores están enfermos, del cuerpo y de la mente, pero más de la segunda. Anhela ir a trabajar a un pueblo, pero teme que en la provincia no haya terreno abonado para la discusión. Es joven, de expresión suave y gentil, de voz franca y amena. Late en sus palabras la energía y el entusiasmo, el ímpetu del luchador, del que quiere transformar. Me recuerda a Maecha y su caletre atiborrado de sueños. Trabaja en un colegio del que sale amenazado, quizás se enzarza en pugnas. Ya se sabe en lo que acaba eso en esta cochina sociedad. Que se vaya a un pueblo. Su mirada clara, su ser transparente, su dinamismo, le abrirán puertas. Aprenderá a ser más reservado. Ahí está con su acento pleno, su carácter aplomado, el gesto comedido. Rezuma pulcritud, viste de tirantes. Literaturizarlo es opacarlo. Está allí como un John Walton cándido, emprendedor, contagiando a todos sus palabras fervorosas. Hay personas con aura noble, este joven es una de ellas.  

Naudín regresa a su río Sinú una vez acaba el pregrado. Trabaja por años en la docencia, pero la deja y emprende negocios particulares. De vez en cuando lanza un libro. Una de estas ocasiones presenta su obra en Medellín. Pero no se amaña acá, torna a su tierra sinuana, a su música vallenata. Naudín se evade por la tangente de la enseñanza y se consagra a la música. No va a acabar convertido en pasto de psiquiatra. Hoy en día es, más que todo, compositor y cantante. Publicita su música de manera intensa, valiéndose de las redes. Se presenta en colegios y en plaza pública. Compagina la música con la poesía. 

Es muy activo en Facebook, opina sobre folclor, política y temas en general. Tiene un estilo punzante. Es un veterano bajetón, canoso, desenvuelto, muy apersonado de su carrera musical, que inicia ya entrado en años. 

Canta con pista o acompañado por un conjunto, pero más lo primero. Solo en una tarima, ante auditorios adultos o juveniles, micrófono en mano, canta. Como dicen en la costa, va metío en su cuento. 

Al otro muchacho, el que anhela dignificar el estatus del maestro, lo veo llegando a un pueblo, desarrollando programas recreativos y culturales, oxigenando el cuerpo y la mente de los colegas, arrebatando pacientes al psiquiatra.                 

Me acerco un tantito más al corrillo de Troncos y sigo el pensamiento de Martí que, resonando en las palabras del negro, exclama:

"No sé qué tiene la tierra que invita a dormir sobre ella".  

viernes, 21 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.87)

Cuartas gana una Beca de Creación en 2014 con la novela Adentro, una hiena. Se trata de la historia de la enfermedad de Librado, desde el diagnóstico hasta la vuelta a casa, pasando por la hospitalización y la cirugía. Del trance del que Iván Ilich (y Mario Escobar, y Natalia Pikouch y la mamá del negro) no pueden salir, Librado sale avante. Tiene cuarenta y cinco años. El negro trae el libro a Bogotá, en su morral, así como, años atrás, trae a María en su mochila de estudiante. Hoy remplaza la imagen de la dulce muchacha hebrea, la de las hermosas trenzas, por la cara larga y huesuda de Librado. Acaba la lectura en Midtown, el edificio donde se hospeda. Librado, el personaje de Cuartas, regresa a casa, se reencuentra con Lucky, su perro labrador, sueña con volver a sus caminadas por los cerros (El Cerro de las Tres Cruces) e ir de ronda por los bares.

En la biblioteca del Palacio de la Cultura (antigua Gobernación, edificio construido por Goovaerts), en la Colección Antioquia, el negro encuentra Ah, mar amargo, una novela de Óscar Castro García, su profesor de Teoría literaria. Halla el texto un poco al acaso, cuando no sabe bien qué busca. ¿Qué es un libro más, un libro menos? ¿Qué es una novela perdida en el mar de libros de una biblioteca? Es una banalidad, un gran misterio. Es lo fortuito. ¿Qué importa una novela más entre un millar de novelas que se escriben a diario? Es un absurdo, una labor pretenciosa, inútil. Pero ahí está el enigma, la vía secreta: el libro aguarda a su lector. Es para un lector (no para el gran público, no para forrarse en plata) que se escribe la novela. Para un lector incognito desnuda el escritor su podredumbre, qué paradoja tan bella. Esto solo (como en la paradoja de la fe de Kierkegaard) alienta a seguir escribiendo. En las manos del negro descansa la obra de este hombre al que conoce y trata, que hoy deambula por la ciudad, viejo, solo. ¿Es este su destino? ¿Vale la pena transigir con esta gran confesión, con esta vanidad? Y tras el trago amargo de la vida, ¿no está reservada la derrota? ¿Para qué afanarse por lucir? ¡Un vómito de párrafos con ínfulas de belleza! ¡Una novela! Da hasta fastidio tanta cretinada, tanta pobreza. Pero cada uno vive la vida que le toca, no la que desea. En toda vida hay ansiedad y conflicto. La del escritor no es la más plena, tampoco la más miserable. Trata de dignificarla con los recursos a su alcance: la imaginación y la palabra. ¿Qué hay con que el maestro envejezca y vaya triste por la calle? Es triste y vencido todo, hasta la piel tersa de un niño. En la pasión elegida batalla el creador. Allí fulge y sucumbe. No es un mal final.

¿Qué oficio tiene Librado? No es un escritor, más bien un profesional dedicado a negocios con clientes, tal vez un asesor de seguros, esto no queda claro. Librado sueña con dinero para montar una oficina y atender a su clientela. Aporta algunos detalles de su paso por mis ámbitos, del rol de profesor. En todo caso, ahora es o quiere ser un trabajador independiente. La enfermedad (cáncer de páncreas) trunca el proyecto de viajar a Egipto con su novia, Victoria. Harto trasiega Cuartas mis predios como estudiante y catedrático, el retrato que de mí hace es mezquino. Habla de la Facultad de Medicina y de mi Hospital. En este último (en el pabellón de pensionados)  aloja a Librado. A pesar de tal ingratitud, Cuartas aparece en el libro Espíritus libres, un catálogo de udeáticos ilustres.     

En distintas partes del apartamento (el baño incluido) Victoria tiene los diferentes tomos de José y sus hermanos, la novela de Thomas Mann. Victoria también es universitaria, lleva quince años con Librado, en una relación poco convencional. El título del novelista alemán, junto con la oscura historia del suicidio de un profesor de sociales, salen a relucir una mañana en que Luis y el negro se citan en la Librería Nueva, en Junín. Luis llega tarde. El cabello crespo húmedo y apelmazado, las gafas, una camisa de tela de jean, un bluyín, unos tenis. No entran a la librería, sino que van a Versalles y desayunan. Luego se trasladan al pasaje comercial Junín, donde a Luis le gusta beber café y orinar (por el consumo dan un ficho con derecho a usar el baño). Mientras toman café, Luis relata la historia del suicidio de su colega, entretejido con la lectura de una novela de John Katzenbach, El psicoanalista, que el profesor de sociales le presta. El negro escucha el resumen de la novela de labios de Luis, una mujer que se desnuda ante un psicoanalista. Luis tiene un cuento donde habla de una escena similar, una mujer sin gabán, sin nada debajo. Pulula el gentío: meseros con bandejas, comensales, clientes de almacenes de ropa y joyerías. Entre personas que comen y otros que brillan sus escaparates, Luis pone al tanto al negro del suicidio del joven profesor de sociales. En la novela de Katzenbach un personaje muere bajo las ruedas del metro de Nueva York. Son demasiadas coincidencias. Meses atrás una hermana del profesor de sociales es asesinada. En el entierro este ve a unos tipos malucos. Unos días antes de suicidarse, comenta a Luis:

"Ya sé quién mató a mi hermana". Qué historia truculenta. 

"No poderse acostar uno con dos o tres de estas a la semana", comenta Luis, mirando a las bellas dependientas de los almacenes. Y añade: 

"La vida sexual es como la económica, hay los que tienen plata y los que no. Para ellas no hay problema. Es como elegir entre un anillo de cobre y uno de oro". 

Luego del café salen a Junín y tornan a la Librería Nueva. El negro recuerda que es allí, en esta librería, donde Mario Escobar, una vez, obsequia a Alcántara la novela Hombres de Maíz. Alcántara cuenta esta anécdota siempre que tiene ocasión,  sazonándola con la peculiaridad de Mario de propinar a sus amigos intempestivos puñetazos en el hombro a manera de saludo. 

José y sus hermanos está exhibido en la vitrina. Luis pregunta al empleado si ahí vienen todos los tomos. 

"Solo el cuatro", y a continuación dice el precio, una suma elevada. 

 "Thomas Mann es un escritor de quilates, esa pausa, ese método, uno es muy apresurado", dice el negro, mientras se alejan La Playa abajo.

"No te preocupes, tú escribirás una buena novela". 

A pesar de la tristeza que lo acogota por la muerte del colega (del que hubiese querido hacerse más amigo), Luis tiene suficiente bonhomía para halagar al negro con la expectativa de tiempos mejores, de una novela bien escrita.                    



miércoles, 19 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 86)

En mi homóloga de Bogotá, la Nacional, eres mi embajador, negro, así que tienes que portarte bien, y eso es lo que haces. Fuera del susto a esas muchachas en el baño, te comportas como un buen muchacho, como un universitario en regla, amante de los libros, visitante de museos, contertulio de poetas, esteta de la urbe. Homenajeas con tu virtud a León de Greiff, a Policarpa, a Jaime Garzón, al Che Guevara, a Camilo Torres, a Gaitán, a Georges Brasseur,  a Jorge Isaacs. Mi homóloga la Nacional de Bogotá es fundada en 1867, el año en que se edita María. El único libro que cargas en el morral es María. Ni siquiera la Biblia, que llevas a todas partes. No, María, el rostro angelical de esa muchacha judía que, de algún modo, te recuerda a Dorotea Veit, la hija del filósofo Moses Mendelssohn, la mujer de Fritz Schlegel. 

Estás ojo avizor a no colarte de nuevo en el baño de las Evas, y el duchazo de recluta lo tomas en el lugar indicado, el baño de los Adanes. Mi homóloga te acoge como una tía afectuosa, no es otro el sitio en que puede sentirse cómodo un muchacho como tú, que sabe deslizarse calmadamente en la sala de estudio de una biblioteca o en el vestíbulo de un museo. Tornas a pensar en la ironía de que el auditorio de la Nacional lleve el nombre de un vate antioqueño, el jocundo nórdico, León de Greiff, y que el mío ennoblezca el recuerdo de Camilo Torres, el cura bogotano. Tornas a pensar en la ciudad que visitas como en una razzia, en un blitzkrieg, con tal enardecimiento transitas por las calles capitalinas en esas horas alucinadas. Tal vez en otra ocasión te sea concedido pasear con sosiego por estos lugares. En la plaza Bolívar conoces a un tinterillo con alardes de poeta y artista, que acaba por llevarte a su pensión en el barrio Egipto. Es verdad que el tipo escribe versos, que asaetea lienzos. En verdad es un hijo de las musas. Pero también es cierto que el sujeto es homosexual, lo que, según Maecha, es del todo natural en un artista. 

Brasseur vive varios años en Bogotá, otros en mi ciudad, Medellín. Es compatriota de Goovaerts, el arquitecto flamenco que llena de adefesios arquitectónicos la ciudad y el departamento, en ese estilo neogótico, que desprende a la legua fanatismo religioso. Cuánto aboga más Brasseur por el estilo colonial y republicano. El estilo republicano es una vuelta a la sobria elegancia del clasicismo griego y romano. Basta ver la mole del edificio de la Gobernación, frente a la plaza Nutibara, un mastodonte inconcluso, al que falta todo un ala. Siempre que pasa por allí el negro echa un vistazo a la edificación, constatando la asimetría entre los planos de Goovaerts y la ablación de la realidad. Es una mole mocha, un ave manca. Brasseur se decanta por la pintura, por una vida más suelta y epicúrea. Se divorcia, vuelve a casarse, regresa a morir a su país, Bélgica. 

Los belgas, y cuántos otros europeos (italianos, franceses, alemanes, ingleses) acuden como moscas a este país que les ofrece pingües ganancias. Decroly, el pedagogo, desembarca entre la riada, y se comenta que trae a un mono por mascota. Asesora a Agustín Nieto Caballero en el Gimnasio moderno. Unos años más tarde desembarca Goovaerts, contratado por Pedro Nel Ospina. 

Brasseur aduce como testimonio de la simpleza de los paisas, la pasividad con que dejan infestar su paisaje con las obras mastodónticas de su paisano Goovaerts, arquitectura, más que exótica, de mal gusto. Para fijar este absurdo pinta a Goovaerts con el teatro Junín (una de sus monumentales edificaciones) al fondo. Qué atentado contra las formas coloniales y republicanas, tan armónicas y sosegadas. Donde los amigos de lo ajeno no priven a Goovaerts de una parte de sus planos, hubiese saturado a Medellín con sus colosales paroxismos. Es como si un sustrato de Bélgica se trasplantara a Antioquia. Goovaerts replica aquí obras realizadas en su país. La iglesia del Sagrado Corazón es una copia idéntica de otra que se conserva en Bélgica. Brasseur elige el arte de la finura: la pintura. Una disciplina mucho más íntima e independiente. Se va de los sitios cuando le da la gana. No se ve atado por largos proyectos. La fe ata. Brasseur debe estar chapado de agnosticismo, la herencia de Kant de que no podemos conocer. Aunque pinta cuadros religiosos, es más academicista que otra cosa. Abjura de las nuevas tendencias. Pero esto no es obstáculo para que lleve una vida desasida. Llega a Colombia solo, divorciado, ajeno a sus hijos. Vuelve a casarse, a tener otro descendiente con su nueva mujer. Hay un periodo oscuro en su biografía, de 1934 a 1945. Es un vividor. Aunque siente preferencia por los temas sociales, su clientela es aristocrática. Sobrevive a Goovaerts once años. Muere a los setenta, al rodar de una escalera, en su propia casa.

Bogotá, con el negro, mi embajador, recorro sus calles, paso por el Monumento a los Héroes antes de que lo echen abajo en los trabajos de la construcción del metro. La estatua de Bolívar al pie del Monumento es conservada para reubicarla luego. Qué de universidades bogotanas: La de la Sabana, la Javeriana, la de La Salle, la Manuela Beltrán, la Jorge Tadeo Lozano, la Distrital Francisco José de Caldas, la Santo Tomás, la Republicana, la Escuela Colombiana de Ingeniería. La Nacional es la que nos convoca. Hoy entro con el negro, por la 30; pasamos sin problema, sin que los dos vigilantes nos pidan documento. La doble riada (la de los que salen y la de los que entramos) fluye por la portería. Es Bogotá, es la Nacional. Al lado está el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, IGAC.

Brasseur vive aquí. Aquí vive esa muchacha que estudia periodismo y asiste al taller de escritores de Mario Escobar: Diana Bernal.

Bogotá : magnolios, sauco, escobillón rojo, laurel huesito. Mónica viene a vivir a Bogotá, trabaja en la Universidad de La Salle. El negro la visita en su trabajo y ella le obsequia dos libros de Juan Duchesne Winter, escritor de Puerto Rico.   

Laurel huesito, entre otros árboles en el ribazo de la Universidad de La Salle. 

    

      

       

sábado, 15 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap.85)

En el vestíbulo del bloque 9 conversamos los dos, los tres, muchos, todos, sobre el año duro, el año del dolor, de los muertos. Conversamos de la muerte de Héctor Abad, de los profesores asesinados en su despacho, de la pesadilla de los ataúdes. Estamos aquí, junto al cajoncito del buzón de sugerencias y conversamos del periódico La luciérnaga, de cómo fructifica la idea de Alcántara que, entre todos, es el que tiene a cuestas varios semestre de Comunicación (y que luego se pasa a Español), experiencia en el periodismo deportivo, en la radio, y que además, poco o mucho, también trajina  el teatro. Conversamos del propósito de no sucumbir, sostenido a través de la lucha con la escritura, pensando en un futuro en el que se pueda hablar sosegadamente, nostálgicos, sobre este tiempo de barbarie.

El nombre de Héctor Abad vuelve, y sobre él conversamos, aprovechando que la hija del negro trabaja en la Facultad de Medicina, que hace buenas migas con el frutero de la acera, al que, amén de alguna ensalada con yogur, le compra un tamal o un almuerzo de los que la esposa prepara con mano bendita. Vuelve ese tiempo en que las marchas con ataúdes simbólicos y claveles en profusión dejan un sabor de reivindicación, en que la idea de un periódico de la facultad cobra sentido, urgencia, enmascarando en la temática institucional el necesario impulso de compartir poesía. Porque es un periódico literario, más que académico. Conversamos de esto, de los poemas de Luis, del reportaje a Mario Escobar, del ensayo de Terry sobre el Popol Vuh, de los escritos del negro. Estamos aquí, en este lado carnal del vestíbulo donde pende el buzón de sugerencias de La luciérnaga, donde está el tendido de la venta de libros, donde se insinúan las escalas al segundo piso y está la entrada al pasillo de vicedecanatura. 

Conversamos los dos, los tres, muchos, todos, porque es un tropel de gente el que se congrega, como en esos instantes de avivamiento del tráfico en los cambios de clase, cuando veo personas salir de todos lados, hervir (es el solaz del almuerzo) en los pasillos, las cafeterías, las jardineras. Conversamos sobre cómo la ansiedad de este tiempo turbio se encauza en el objetivo de publicar un libro, del nacimiento de una obra. Y así Alcántara sueña con Imágenes de la noche, Cuartas da a luz Es tarde en San Bernardo, el negro se decanta con Lucero. Aquí cerca, del lado de Pastora, está el mural de Barrientos, el rostro moreno surgiendo entre nubes de humo y metralla. De esto conversamos, de Fernando Barrientos, de Héctor Abad, del tendido de la venta de libros, cómo los libros son otro fuego, secreto, devastador contundente. El negro, una mañana, se acerca al tendido de libros y compra un libro de Bachelard. Alguna vez, en esta cartelera del vestíbulo, pega un aviso musical, su idea de formar una banda, y es en este pizarrón donde acaso ve el artículo sobre el canibalismo de las galaxias. Hay siete galaxias de velocidad radial negativa que, en lugar de alejarse, se acercan a nosotros. Entonces cambia el espectro luminoso, ya no se corre hacia el rojo sino hacia el violeta.

Conversamos los dos, los tres, muchos, todos, de la amistad, de que un disgusto pasajero debe ser eso, precisamente, un disgusto pasajero, tras el cual se revitaliza la camaradería. Y veo, en el venir del tiempo, a Alcántara leyendo sus poemas ante diversos auditorios, azucarando el momento con su voz, hablando de sus referentes (Cavafis, Pessoa), firmando libros. Veo al negro hermanado con Cuartas (Terry sí se desvanece), leyendo Adentro, una hiena, reconociendo el talento de narrador de su colega, diciéndose "me quito el sombrero", como estila ese personaje de La peste ante una obra de mérito. Librado, es el personaje de Cuartas en esta novela. Es la historia de la enfermedad. El negro se siente gratamente impresionado cuando Cuartas recurre a la imagen del telescopio (lentes, prismas, espejos de aumento) como un medio ideal para sondear el mañana. Esta metáfora astronómica le pone en la línea de las estrellas, sus amadas. También reconoce el acierto en el pasaje del joven emberá que llega al hospital de la urbe con el pie destrozado por una mina. Lee con afanosa fruición esas páginas, ávido de hallar referencias astrales y pasajes sobre mí. Pero estos últimos apenas se mencionan. No es como en Golpes de ala (la novela de Luis Jaime Agudelo), donde mi homóloga, la Nacional de Bogotá, aparece dimensionada, desde la óptica de Santiago Restrepo, el muchacho de veinte años en segundo semestre de Derecho. 

Conversamos de esos momentos de avivamiento en que las mesas de estudio se llenan de gente, de voces, de diálogos; los estudiantes pasan caminando de un lado a otro, como islas, en parejas, en grupos. Las jardineras son más anchas de lo que uno cree, porque son muchas las posaderas que albergan: los que toman café o fuman, los que platican. En el tiempo por venir esos que hoy imprimen su espíritu en estos lugares, actúan en otros sitios, desempeñan distintos roles, pero mi impronta va con ellos. Y lo que menos recuerdan acaso sea el año de los muertos, el asesinato de Héctor Abad, la incineración de Sor Carmen. Algunos, como  Alcántara y Marcos, lo que más recuerdan es La luciérnaga, el reportaje a Mario Escobar, el buzón de sugerencias prendido en la pared del bloque 9, la cartelera donde están fijados el aviso para formar una banda y el artículo del canibalismo de las galaxias. El corrimiento al violeta, la velocidad radial negativa, el grupo local de galaxias. 

Conversamos de la última vista que Alcántara tiene de Cuartas: en un restaurante, comiendo pescado con una amiga. Cuartas está flaco, irreconocible. Conversamos de esto los dos, los tres, muchos, todos. Cómo el negro me acoge en sus escritos con una reincidencia parecida al amor, detallando desde el vallado de la piscina hasta el rumor del viento en los guayabos, pasando por el retrato caricaturesco de este o aquel personaje. Por ejemplo, Yiyo, el ajedrecista, que sale del baño del 9 subiéndose la pretina; el esmirriado Yiyo es hoy un hombre de cuerpo lleno, de camisa fajada, barba entrecana, que camina con cierta ampulosidad. Al descubrir al negro en la burbuja de café, lo mira como si lo reconociera, pero no va más allá: es otro Miguel, otro Tálaga, de esos a los que les resbala todo. O esa señora de audífonos sentada dos mesas más allá, en el andén, frente a la fotocopiadora de Caos; un rostro maduro, cabello corto, ojos inquietos, como si también reconociera al negro, que está sentado por allí, estudiando, y que la repara. ¿Quién es esa señora? ¿Sí es Yiyo este hombre robusto y de camisa por dentro? Sí, es Yiyo, póngale la firma. La mujer recoge las fotocopias, paga y se marcha con rumbo a la salida de Barranquilla. Y el negro se queda pensando que a Yiyo no lo ve solo en mi club de ajedrez, también en los del centro, donde es el mismo individuo alborotador. 

Todos tenemos derecho a remansarnos, a caminar sendas moderadas, pienso, mientras conversamos los dos, los tres, muchos, todos. Conversamos del cometa 31/Atlas, de que no se desintegra a su ingreso al sistema solar interior, a 4,5 unidades astronómicas del Sol y a una velocidad de 61 k/s  ¿Una amenaza para la humanidad? ¿El fin del mundo? En los corrillos de esquina el asunto cobra para algunos dimensiones apocalípticas, mientras otros ni se inmutan. El señor 31/Atlas es un ciudadano interestelar, viene de afuera de nuestro sistema solar. En octubre de 2025  es cuando pasa más próximo al Sol. Conversamos de que un meteoro es cualquier objeto que atraviesa la atmósfera. que un cometa no puede catalogarse como tal. Un fragmento de cometa o de asteroide, sí. La idea es que atraviese la atmósfera y llegue a la superficie, entonces es meteoro. Conversamos de estas cosas, de los astros y del hombre, de cómo Alcántara es compadre de Mario Escobar, porque este bautiza al hijo de aquel. De que la finca de Mario queda en Rionegro y que un día, en medio de estrecheces económicas, ofrece su predio en venta a Alcántara, que no puede pararle la caña, porque no tiene el monto.              

                 

viernes, 14 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 84)

Es el tipo de encuentro razonable, en el marco de lo real, un asunto transitable, que no genera contratiempos. No hay que acudir a los sueños ni a la imaginación para que la vida trace un cuadro semejante. Tampoco es un hecho normal, un suceso cotidiano. Es un encuentro acorde con los acontecimientos y los tiempos de la vida de un hombre y una mujer que se conocen, entre los que existe una amistad cierta. La mujer está estudiando en el primer piso de la biblioteca. Todo concuerda y sale a pedir de boca, en los límites de una causalidad justa. El reconocimiento mutuo, el saludo cálido, el diálogo entretenido y preciso, donde se alcanza a intercambiar información amable y discreta. Un hombre maduro y una mujer jechona. Ella trabaja en su portátil, pero interrumpe su labor con la mejor disposición. Él llega a buscar Adentro, una fiera y, mientras charla con ella, sus dedos juegan todo el tiempo con la papeleta de la signatura, C863/P838a. Una papeleta que se aja sin que él se de cuenta, de tanto que la pliega y despliega, en un acto mecánico, atolondrado, del que no se percata. 

Ella es catedrática en Artes, también trabaja con una fundación que promueve la lectura. Dicta dos clases a la semana. Está casada con un maestro. Viven en la zona rural próxima a la urbe. No tienen niños. De las mesas vecinas comienzan a mirarlos con desaprobación (qué conversación tan animada), pero las miradas no aluden a un juzgamiento por la disparidad generacional (como cuando un viejo echa los perros a una jovencita). Se trata de un profesor que se encuentra con una alumna antigua. En ella el tinte negro del cabello hace el ajuste indicado con respecto a la edad. En él la voz y los gestos cansinos hacen lo propio. Así es como deben alternar un hombre y una mujer en quienes una correcta moral y una camaradería evidente perfilan un tipo humano asexuado, con ablación de la libido.       

Como pueden ver, el caballero es el negro. Estoy a su lado durante el palique con la mujer y no tengo nada que censurar en su actitud. Repara en el tinte del cabello de ella, y piensa que la favorece, aunque las canas, abundantes, no le vienen mal. En los años en que es su profesor, con todo y que ella es aún muchacha, ya las canas proliferan. La mujer afirma que está muy bien así, con esas horas de cátedra y con su labor en la fundación. No quiere vincularse a una empresa. Le gusta sentirse suelta. Por ella se pensiona ya, pero duda que alcance una pensión. El negro le pregunta por los padres. La mamá está enferma, la operan mañana. No hace de la enfermedad una tragedia, ni siquiera está nerviosa, ha vivido bastante. También le pregunta por el hermano y ella le dice que vive en Manrique, que tiene una niña de ocho años, que todavía enfrenta problemas de consumo de drogas, que lo internan y se recobra por un tiempo, pero recae. Habla de que tiene un apartamento en Buenos Aires y está pisando otro en Carmen de Viboral. El inquilino del de Buenos Aires es de Venecia, un artesano, Mateo. Ella es amiga de la esposa de Mateo, que es su compañera en la fundación o tiene algo que ver con la promoción de lectura. El mundo es un pañuelito, dice ella, cuando el negro le informa que Mateo es hijo de una amiga de su esposa. La esposa del negro es veneciana. Un pañuelito que despliegas y aparece esta mujer tan grata, a la que en el colegio enrola en el grupo de colaboradores del periódico institucional y que hoy es una profesora de periodismo.  

Esta misma tarde el nombre de Venecia sale a relucir con Tálaga, en el Aula de apoyo docente, en Artes, donde el negro va a saludarlo. 

"Qué bueno que visita Italia y pasea en las barcas", dice Tálaga, en son de burla, cuando el negro le comparte que ahora pasa muchos días en Venecia, que por eso ya no se lo ve con tanta frecuencia en mis ámbitos. "Barcas", dice Tálaga, en lugar de "góndolas", pero el negro lo deja pasar, no lo corrige. Tálaga es otro Miguel. No se le dan nada una cantidad de asuntos.  

El negro encuentra a Tálaga de holganza en el escritorio de uno de los dos pequeños despachos del primer salón. A la entrada hay un recibidor con una mesa redonda, donde los empleados suelen sentarse a departir y a comer. El salón de la izquierda, grande y profundo, es propiamente el depósito de materiales, un taller de maquinaria.

"¿Qué hay del libro que publicó con el poeta Palma? Mi esposa estuvo en la Ferial del Libro, me dijo que lo vio ofreciendo la obra".

Tálaga va al despacho contiguo y regresa con un volumen.

"¿Cuanto vale?"

"En la Feria lo vendían a 45 mil, luego rebajó a 25, se lo doy en 20". 

"Quedó muy bueno. Esta imagen del respaldo".

"Es un autorretrato".

"Me recuerda a Picasso".

"Para ser Arte el arte debe parecerse al arte", dice Tálaga, un poco molesto, ensartando una frase de combate. 

"Y esta otra imagen del respaldo es el poeta Palma".

"Sí".

Saca un billete y se lo da al artista. 

"¿Y esas ollas brillantes que están encaramadas allá al fondo del taller? ¿Para el sancocho de Navidad?"

"No son ollas, son unos tambores de los profesores de Música", contesta Tálaga. 

Hans Sachs, el maestro cantor de Nuremberg, eclosiona en la mente del negro. Cada nada acuden profesores  a entregar llaves de salones o a prestar una extensión eléctrica y Tálaga los atiende con familiaridad.

En la puerta de la entrada (aula 24- 101A, Centro de Apoyo Docente y Estudiantil, CADE), escrito en un listón de papel blanco con marcador rojo y mayúsculas sostenidas, hay un letrero: "Los artistas solo producen lástima".

"¿Quién escribió eso?" pregunta el negro.

"Un colega, pero alguien que piensa así es porque su propia vida es una lástima".

"En algunos aspectos es verdad, no está tan descaminado el tipo, el artista muchas veces es un abandonado, carece de apoyo".

"Nadie lo niega, pero no hay que ser tan pesimista".

"Es cierto".       

Entra una muchacha, una auxiliar que aún no está en turno. Al ver que Tálaga y el negro salen a tomar café, se cuela en el despacho a holgar en el escritorio que el pintor acaba de abandonar. Tiene enchufados unos audífonos. Es hora de almuerzo, de holganza. Tálaga la deja encargada del salón, ella se cabrea:

"¿Quién está de turno?"

Pero Tálaga se cabrea más y dice:

"Cuando salga, cierra, simplemente".

La muchacha tiene el cráneo rapado y, por un momento, el negro recuerda a Tita, que en una ocasión se rapa la cabeza. 

Tálaga viene de malas pulgas por la actitud de la muchacha de los audífonos. Invita al negro a un café. El negro trae el libro en la mano. Atraviesan pasillos de Artes. A su paso menudean muchachos sentados o acostados en el piso, haciendo locha. En un estrecho túnel de despachos y aulas, en cuyas paredes hay expuestas grandes cabezas de cartón en una rica variedad de  modelos y gestos (unas con aspecto de máscaras, otras con aire de bustos), Tálaga habla de impresionismo y expresionismo. Al negro le parece arriesgado aplicar tales conceptos a estas figuras de cartón, pero igual lo deja. Es un gran número de muestras, cabezas enormes, que transforman el pasillo en una cosa loca, con algo de feria o de museo y que recuerdan al negro las esculturas de los cabezones del edificio Víctor, en Boyacá, entre Bolívar y Carabobo. 

Esta tarde, en distintas facultades, el negro tropieza con representaciones de tumbas, propuestas artísticas que aluden, en son de protesta, a mi difícil situación, a la posibilidad de privatizarme.  "Aquí yace esta la facultad" reza el letrero del epitafio sobre un trípode con flores.

Tálaga escoge la burbuja frente al jardín donde está la escultura del Chelista. Mientras hacen la fila, el negro abre el morral y guarda el libro. Delante va una muchacha alta y delgada, de blusa ceñida y escotada y un sombrero negro de alas planas, que recuerda al negro una imagen de Goethe en Italia. Un espectáculo de mujer. Llega un hombre y la saluda; muy efusivos, se abrazan y conversan y ella le invita un americano.

Bebiendo el café enfilan rumbo al 12 a saludar al poeta Palma. Allí, Tálaga mira el mural de la escalera, de su autoría, y se extraña de que siga ahí.

"Ahí sigue, lo que sí es que lo han rayado bastante", dice el negro.

Ante el mural de Joel Gallimard Tálaga comenta que esa profesora es muy amiga de su familia.

"También la conocí, aunque no me dictó clase", dice el negro.

Entran a la biblioteca de Idiomas (John Herbert Adams). Tálaga llama a Palma, cuyo escritorio está al fondo de la red de tabiques. Dos auxiliares atienden en la recepción. Entre Tálaga y los auxiliares consiguen alertar al poeta, que acude al instante. Los tres hombres conversan en la salita de estudio delante de recepción, cerca de la entrada. Palma es un veterano bajito y regordete, formal, de rostro risueño, atuendo sencillo, bluyín, camisa por fuera. Hablan del libro en compañía (En la penumbra del café, Absalón Palma, Pinturas de Eddier Tálaga), del bar Agua Dulce, de su dueño, Alonso Santa, que es un coleccionista de arte, de Cuartas y Adentro, una hiena, de un grupo de egresados que suele reunirse a tertuliar. El negro pide a Palma que le firme el libro, que saca del morral. También saca la cartuchera y busca un Parker y se lo presta al poeta. Bromean sobre la calidad del lapicero. El negro usa lapiceros finos. Palma apoya el texto en un cubículo y escribe la dedicatoria.   

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 83)

En el sótano de la biblioteca el negro asiste una noche a la presentación de un libro de Mario Escobar. El sótano, este espacio no acaba por serme familiar (y luego tengo otro sótano en el museo, y tal vez uno más en el Camilo, ¿quién puede jactarse de conocerse a plenitud?). No es lo mismo estar en mi plaza Barrientos cogiendo el fresco, a plena luz de un día veraniego, o junto al estanque de la fuente sintiendo en la cara el vapor del agua que el viento dispersa. Los sótanos son fríos. Los humores freáticos de la tierra causan humedad. El aire no puede ser sino penumbroso, debe mantenerse encendidas las lámparas. Pero son necesarios los sótanos. Que lo digan los curadores del museo, los que reducen a esqueleto a la elefanta asiática. Bueno, y que lo diga asimismo el libro de Mario Escobar, que se presenta a la comunidad literaria en el aire gélido del sótano de la biblioteca. Nivel freático. Las aguas subterráneas no suelen estar muy lejos. 

Mario Escobar lleva unos meses de finado. El libro se publica póstumo. Se trata de la Antología Comentada del Cuento Antioqueño, un proyecto al que el veterano escritor le invierte quince años, y que no logra ver realizado en vida: dilaciones, atrancos, contratiempos. Un cuento del negro (su cuento de promoción en el taller de escritores, Lucero) está incluido en el libro, así que el autor se encuentra entre los invitados a la velada. Pero en el sótano. Sí, es que en el sótano hay un aula, y puede muy bien ser usada como auditorio. Cuatro meses después del fallecimiento de Mario, mi editorial lanza la obra, el grueso volumen de cuatrocientas cincuenta páginas, donde el primer texto es A la plata, de Tomás Carrasquilla y el último (en el aparte de Otras adquisiciones), el del negro, Lucero. El negro no presta atención a estas cosas, pero Jhony Cano, un colega al que comparte la obra, le dice:

"El primero y el último de los cuentos de una colección son, por lo general, a los que los lectores prestan más atención". 

Pues bien, allí está su escrito, cerrando el latido de la Antología, con la frase postrera: "abandonaron la pieza". 

Y la fotografía de cubierta, donde aparece Mario avanzando por una calle entre un borde de urbe y otro de campo, el crédito es para Elkin Restrepo.          

Como primer punto del programa están unas palabras en memoria de Mario a cargo de su hijo, que ya es un joven de diecisiete años. Sentado entre el público, el negro escruta al muchacho, trata de hallar semejanzas fisonómicas y de carácter con el padre, y encuentra demasiadas. Luego atiende el exordio, a cargo de dos especialistas, Darío Ruiz Gómez y Óscar Castro García. Darío Ruiz no se complica, lee el prólogo del libro, de su autoría. Su actitud es más bien fría. Óscar Castro se toma las cosas con mayor energía, se vale de textos, haciendo una especie de estudio comparado. Es la primera vez que el negro ve a Darío Ruiz en persona. A Óscar Castro lo conoce desde el pregrado, es su profesor de Teoría literaria y, luego, de Literatura prehispánica. También conoce a este último como autor de Sola en esta nube, un relato que aparece en Antología de Eduardo Pachón Padilla.  

Al negro le parece ver alzarse allí, en medio del auditorio, la figura robusta y señera del maestro. La misma impresión deben tener los demás asistentes, entre los que se hallan el hijo y los parientes del finado. También hay por allí viejos rostros del taller. El negro reconoce a Olga, la médica, sentada una fila delante de él. Ambos tienen en el regazo el volumen de cortesía que los acredita como autores. El cuento de Olga se titula La despedida. En andas del rostro de esta condiscípula, acuden a la mente del negro imágenes de aquellos días de las sesiones en La Piloto, la familiaridad de Olga con el maestro y con otros compañeros. La médica se mantiene de aquí para allá con Hincapié, un condiscípulo bastante incisivo; en ocasiones salen de clase y se van en la moto de él o en el auto de ella. Luego Hincapié cuenta al negro sus aventuras eróticas con la facultativa, haciendo gala del poco caballeroso chismorreo. 

"Es una galga. Una noche se empeñó en hacerlo en el asiento trasero de su carro, en pleno centro".

La mujer sentada en la fila de adelante, de cabello teñido y aspecto trajinado, con el libro en el regazo, parece al negro un ser ajeno a los relatos lenguaraces de Hincapié, una superviviente de un tiempo mezquino. Hoy todo aquello parece tan lejano. El maestro es como una sombra convocada en una velada espiritista. 

Se ausenta antes que acabe el evento, la bolsa con el libro en la mano, sin cuidarse de hablar con nadie, mucho menos con la médica. Quizás se dice, al abandonar el auditorio y subir la escalera, que es la primera vez, en largos años de universitario, que baja a este sótano. Es natural, antes estaba vedado al público. Era una bodega oscura y anegadiza. Qué bueno que ahora le dan uso, que acomodan allí otras dependencias. Aún no tiene familiaridad con Beatriz (la directora de la biblioteca), no conoce a Danilo (el empleado más viejo del cotarro) ni a ningún auxiliar. Pero vienen días (de emérito, de añoso) en que acude allí con cierta frecuencia, para prestar un portátil o averiguar algún dato en el archivo de periódicos (una sección de este queda en el sótano). 

Antes eran puras especulaciones. Ahora se hace una idea de este espacio. Ahora sabe que desciende la escalera y, a mano derecha, encuentra el despacho de la directora, al frente de este, el servicio de materiales audiovisuales y portátiles, contiguo el archivo de periódicos, luego, en el centro del ámbito, una sala de computadores; más escondido, el auditorio. Y algún nicho bajo la escalera, donde algún estudiante se encaleta a leer.

Aquí abajo el sótano, allá arriba el tejado con las antenas de Wi Fi; aquí las aguas subterráneas, el nivel freático, allá arriba el aire dilatado, el cielo. En medio, los pisos a reventar de colecciones bibliográficas y artísticas. Desde aquí, desde el sótano donde aquella noche se homenajea al viejo escritor, asciendo, escalera tras escalera, piso tras piso, a mis claraboyas.  



      


 

lunes, 10 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 82)

Representarme a escala reducida, de un tamaño menor, incluso, a la maqueta que hay en el andén de la entrada de la biblioteca, que el negro se detiene a mirar de vez en cuando. Por ejemplo, en un cuadro de 40x30 centímetros, como la cartelerita de madera e icopor que el negro tiene en su estudio. Ver, entonces, mi mundo en escorzo, en una proporción de Liliput, y enterarse de que una es nada, una insignificancia, donde ni siquiera se distinguen formas en concreto, solo punticos. Pensar que la escala puede reducirse más todavía, a lo microscópico, si se quiere. Y eso es en verdad lo que somos, menos que esto, a escala del Universo. 

Esto en cuanto al espacio. En cuanto al yo, al espejismo de la identidad, abatirlo, sumirse en el todo, en la anulación budista, por ejemplo. Este mundo será destruido, dice Buda. Cultiva la amistad, compasión, alegría, indiferencia. No busques riqueza. Je, se me pegan los pensamientos de negro, que a veces se pone en modo budismo. Espacio, tiempo, los imponderables kantianos. No puede haber sino una historia, la del Tiempo. Así que el espacio es solo un marco, una escala. A la vista humana, la hormiga es invisible, pero ahí está, se mueve, trabaja el día entero, en procesión interminable corta la hoja, la carga hasta su destino y vuelve a empezar. Para un elefante africano la especie humana es una hormiga; para una secuoya, el elefante es una hormiga, para una estrella, la secuoya es una hormiga; incluso para la hormiga el unicelular es nada.

Escalas: la de la hormiga, la del hombre, la de la estrella, la de la galaxia, la  de la metagalaxia, la del Universo. 

El negro piensa en John Wilson, ese condiscípulo que piensa que corcha a todo el mundo con la pregunta: 

"¿Dónde se proyectan las imágenes que las personas y los objetos suscitan en nosotros? Una película se proyecta sobre una pared o un lienzo. Bien. ¿Dónde se proyectan las impresiones que los objetos externos originan en nosotros". 

El negro le responde que en los sentidos (las percepciones), la teoría de la visión, el espectro luminoso, el asunto se reduce a esto. Pero más tarde le echa cabeza a la cuestión y se dice que el amigo John Wilson le plantea algo más profundo que el fenómeno de la visión humana: le plantea la ley de Hubble, el corrimiento hacia el rojo del espectro de las galaxias. Entre más alejadas de nosotros, el espectro se desplaza más hacia el rojo. Según la ley de Hubble, las galaxias se alejan a una velocidad proporcional a la distancia. Esto quiere decir que si una de ellas se halla a una distancia cien veces mayor que otra, se aleja de nosotros cien veces más rápidamente. Ah, esto es lo que me desafía a mirar el amigo John Wilson con su sonrisa socarrona.

Este amigo John Wilson se pierde del mapa del negro después de la pandemia. Da con otros de los que no abriga esperanza de verlos de nuevo, pero a John Wilson parece que se lo traga la tierra. Halla su cuenta en Facebook, le escribe, en vano. En Facebook también están las cuentas de sus hijos, les escribe, igual resultado. Parece fuera de lógica que un tipo tan cercano en el pregrado y en los años siguientes, se desvanezca así nomás. Le sigue la pista hasta un día en que se encuentran en el recibidor de la biblioteca de Comfenalco. En esta oportunidad, John Wilson, fiel a su palabrería, le cuenta que se está comiendo a una sardina, a la que conquistó con sus artes de don Juan y, aún más, con sus destrezas amatorias. Está ya próximo a los cincuenta, pero puede hacer feliz a cualquier mujer.

Tratándose de sexo ya no le importa el enigma de las percepciones, dónde se proyectan las imágenes de las personas y los objetos. El negro teme que John Wilson corra la misma suerte que el Casanova de la canción de Willie Colón. Esos tipos que se jactan de comilones, que andan desesperados con el sexo, tarde o temprano la embarran y han de enfrentar a un marido ofendido. 

Por estos días recuerda que una tarde, cuando realiza una diligencia a su hermana en el edificio Cades (Boyacá, entre Junín y Palacé), se cruza con John Wilson ante los ascensores. Apenas pueden saludarse, porque John Wilson tiene un apuro de la vejiga, debe encontrar un orinal a como dé lugar. Sus gestos desesperados tienen algo de pueril. 

En alguna parte ve a John Wilson luego, no recuerda dónde. En un sueño, es lo más seguro. Un hombre sentado en un banco o en un muro le sale al paso. Por un momento le parece que es John Wilson y lo saluda con efusión. El rostro del otro cambia en el acto: se ensancha y exhibe un aire grave, incluso hostil. Frena en seco el saludo.

Al poco tiempo, revisando un cuaderno, encuentra un apunte sobre John Wilson, correspondiente a la época en que matan al profesor Henao en su oficina del INER. John Wilson aún es mormón. Más tarde se hace cristiano, pero aún es mormón. 

Durante los años del narcoterrorismo en Medellín la industria turística padece una de las crisis más fuertes. Muchos hoteles se ven obligados a cerrar. La amenaza de las bombas y las masacres ahuyenta a los veraneantes. Por este tiempo John Wilson y su madre (quienes siempre vivieron una precaria situación de vivienda) trabajan cuidando un hotel del centro, en Palacé con La paz. Madre e hijo residen en el hotel desierto, a la vez que hacen de cuidanderos. 

Luego pasan mucho tiempo sin casa, viviendo donde pueden (cierta vez al lado de una cañada, en un sótano estrecho y lóbrego, cerca del parque de Boston), pasando trabajos, mientras se soluciona el pleito de la herencia paterna. En otra ocasión cuidan la lujosa mansión de un clérigo que se halla de viaje en Roma. Resuelto el litigio, quedan con una vivienda de dos pisos, en Campo Valdés.                    

Reducir, pues, lo humano a una escala minúscula, para ver cuán irrisorios somos, yo con mi pretendida misión de formar profesionales, cuando no soy más que una parte del engranaje, encargada de entregar un producto final. Bien hace el negro cuando parodia al universitario, cuando ridiculiza la importancia que este otorga a expresiones como "parcial", "final", "tesis"; se mofa de los estudiantes cuando vienen en el bus leyendo mamotretos y subrayando con resaltador pálidos conceptos; se ríe de su atuendo, su conversación, sus hábitos, su pensar. Un universitario es un extraño ser dependiente (un parásito) que trama golpes de estado contra la sociedad, la familia, la religión. Los padres no pueden hacerse muchas ilusiones con ellos, porque ya los perdieron. Son más míos que del hogar y sus afectos. Pero los padres, medio tontos, medio sabios, se ilusionan. Mas la ilusión es producto de un pensamiento limitado, arquetípico. Una ilusión de supermercado y de revista farandulera. El universitario es el embrión de mucho y de nada, y en la mayoría de los casos es un piñón más de la maquinaria. Una pieza más, funciona, no reflexiona. ¿Para qué había de reflexionar? El universitario, una vez se gradúa, se adhiere al aparato productivo, cumple su rol y vive feliz dentro de los estrechos márgenes de su aparente felicidad. Pero no sabe ni le interesa saber gran cosa de la engañifa de que es víctima. Las más de las veces elige una carrera sin realizar un estudio a fondo de las ventajas y desventajas de la misma. Dan tristeza las universidades que promueven profesionales que salen a ganar sueldos mezquinos. Sí, el universitario es un iluso, un soñador, un enlunado, un neblinoso. No es un ser que se tenga en cuenta para mucho. Se les tolera la "edad" con sus berrinches y se les ignora. Todavía ha de vivir mucho para ser un hombre verdadero, el universitario del que habla Fichte.

Así, al reducirla a la escala de su minoría de edad, el negro ve la humanidad como un desfile de sombras, una marcha de espectros perdidos en el tiempo (y él va sabiendo lo que es el Tiempo), gobernados por fuerzas fatales. Una visión escéptica de la realidad, pero profunda y arraigada. Un Universo desnudo, impasible, que se mueve por su propia mecánica insondable, que moldea al hombre a su antojo. El ser humano y sus sentimientos y sus penas no son nada para esa máquina ciega que, según la ley de Hubble, se aleja de su origen a velocidades escalofriantes. El hombre crea a Dios al concebir el espanto de su orfandad. Luego Dios crea al hombre y todo cuanto existe. Dios es descanso, consuelo, padre, chivo expiatorio. La mente humana, desde su etapa más primitiva, es insidiosa, astuta.  

     


domingo, 9 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 81)

Reflexionando con Aguekian, sabemos que debido a que la luz de las galaxias situadas en la dirección del ecuador galáctico no es capaz de atravesar la gruesa capa de polvo concentrado cerca del plano de simetría de nuestro sistema estelar, estas galaxias se hacen invisibles para nosotros. Hubble estudia este fenómeno. Se puede estar seguro de que entre estas galaxias hay sistemas estelares próximos, bellos, poseedores de interesantes particularidades. Por desgracia, estas riquezas científicas están ocultas para nosotros bajo siete candados.

De nuevo el 7, siete candados; en el Apocalipsis son siete sellos. Este monólogo ya va en 8 (decenas), el símbolo del infinito. Lemniscata o el 8 tumbado es dicho símbolo, para ser más exactos. También recuerda la cinta de Mobious. Riquezas científicas escondidas bajo siete sellos. Si para estos genios de la observación hay imposibles, qué decir del pobre hombre de a pie. Por ejemplo, el marido que sospecha que su mujer lo traiciona, que sale con otro. Mejor que trate el asunto con sabia indulgencia, porque conocer el corazón de la mujer es más difícil aún que vencer esos siete sellos. Que tome las cosas de modo zumbón, que tampoco es que importe demasiado. Si Eva burla a los ángeles del Edén, si burla a Dios, si para ella Adán no es más que un estafermo, bendita Eva.

Si el mundo es simulación, oportunismo, ah, Vincent, ahora entiendo tu cielo ardido, tus soles; entiendo tus frías espirales celestes, cual aspas gigantes de un orbe quijotesco o serpientes devorando a Laocoonte; entiendo tu pueblito meridional sumido en la oscurana, porque ya no hay luz en la Tierra, toda incandescencia se muda a las alturas y la aldea luminosa no es más que un pozo de alquitrán. Ahora entiendo tu línea sicodélica, tu jardín exacerbado, tu oreja execrada, tu reseco girasol; entiendo desde dónde miras la noche. Sospecho el sereno revés de tu estrella atormentada, el incendio sin respiro de tus árboles congelados. Ahora entiendo tu mar, tu barca, tu montaña, tu café sin parasoles, tus almendros en flor. Entiendo el astro no hollado, la metagalaxia, desde la que observas el mundo. Dios te salve Vincent lleno eres de azul, el color está contigo, bendito mueres entre todos los loquitos, y escondido es el fruto de tu mente, la luz. 

¿Cuándo es libre un espíritu? Una amiga saca grados en Filología e Idiomas (alemán) y el negro le recomienda el libro de Peter Neuman. 

"¿Cómo has estado? Te cuento que el miércoles pasado me gradué. Mi familia vino y se quedaron hasta hoy. Fíjate que me dieron grado de honor y una beca de posgrado. Entonces, al parecer, me quedo otra temporada en Bogotá. Pero en diciembre voy a Medellín".

"Hola, amiga. Bárbaro, excelente, felicitaciones. Toda una hazaña. Qué bien que cumpliste este sueño. Me alegra toneladas. Mándame la foto del diploma más en detalle, no alcanzo a leer. Grado de honor, muy bien. Filóloga en Idiomas, alemán. Ando loco con los alemanes. Estoy leyendo La República de los Espíritus Libres, de Peter Neumann. Fichte, Goethe, Schiller, Schlegel, Schelling, Tieck, Kant, Dorotea Veit, etcétera".

"Qué bueno sería leer juntos. Creo que tu ritmo es mucho mayor que el mío".

"Sería rico leer juntos. Me gustó mucho el fondo de tu foto de graduada, con el mural del Che, Policarpa y Jaime Garzón. Yo tengo algo con los alemanes, no sé bien qué es. Admiración teñida de recelo. Su filosofía es enorme, su música, igual. Pero de algún modo su filosofía y su música condujeron al bestialismo guerrero. Que son grandes no cabe duda. Quizás tenga que ver, mi recelo, con el Sacro Imperio Romano Germánico, con Lutero. En pintura son grandes. ¡Dresde! En los museos de esta ciudad ofrecen unas joyas artísticas. Son colecciones estatales. En fin, pueblo raro, contradictorio. En poesía, enormes. Tal vez como pueblo bárbaro cogió de aquí y de allá de los otros pueblos, y luego fue incapaz de moldear un alma propia con todo lo que se apropió. Son pensamientos que se me ocurren en el momento. Suena una nota falsa en todo eso de la grandeza alemana. Quizás por eso me gustan los rusos, los siento auténticos. Francia hizo la Revolución, Rusia tiene el misticismo, Italia tiene el Arte, Grecia tiene la ciencia, España tiene Don Quijote. Alemania es fuerte en filosofía, pero gracias a las aportaciones foráneas de que se lucra. En fin, un abrazote, y mucha fuerza en lo que sigue. ¡Soñar siempre!"

Negro, por qué asustas a esa pobre chica que acaba de titularse en la Nacional de Bogotá y nada menos que en lengua alemana. Qué andanada. Ahora estás muy orondo escuchando a Billie Holiday, mientras ella se queda muda, no reacciona. Siquiera te abstienes de hablarle de Otón I y de San Alberto Magno, el maestro de Santo Tomás de Aquino. Cae un chaparrón y luego abre un sol picante. Los blues, la Big Band, el jazz, el susto de la muchacha. Filología, los hermanos Schlegel (Wilhem y Fritz) y los hermanos Grimm (Jacob y Wilhem). 

El jazz hoy,  negro, cuando, contigo, me siento remota, perdida en regiones intergalácticas (con Hubble y Zwicky, y también con Vincent). La muchacha no te habla hace meses, y viene hoy y te comparte su título, su grado de honor, su beca para el posgrado. Y tú le espetas esa andanada. ¿Te acuerdas que es ella la que te saca del apuro un día de amnesia con respecto al título de un cuento de Tolstoi? 

"Cuánta tierra necesita un hombre".

"Eso es. Gracias".      

  

            

Monólogo de la u (novela, cap. 80)

Encarnar en La caza, la pintura de Jacob Van Ruisdael, el onirismo y el claroscuro de estos hechos, fragmentos de mi vida, monologar, como quiera llamarse, el espejismo del tiempo. Las hayas gigantescas, el terreno cenagoso, el ciervo huyendo de los cazadores, sin escapatoria. Está perdido, el noble animal, porque además de los hombres, hay perros. Uno cualesquiera de mis días, una situación común en el campus, por ejemplo, el negro atravesando mi plaza Barrientos, se imbrica en el lienzo de Ruisdael, en el elástico danzar de la belleza y la muerte. 

Pero es Cuartas quien se presenta ante mis ojos (y quizás también Mario Escobar, y Natalia Pikouch, y los otros). Se lo ve por ahí, en la calle, manejando su automóvil usado, que a veces parquea frente a los bares. Con malevolencia no disimulada, algunos que lo conocen subrayan la circunstancia de que el carro es un segundazo, como si esto pudiera deslucir la imagen del dueño. El jeep de Mario Escobar también es un usado, lo mismo el Mister King del negro. Luis dice (con veneno) que todos los carros de los profesores son usados, cómo va a tener un profesor con qué comprar un cero kilómetros. ¿Qué hay con esto? De cualquier modo es poco lo que se lo ve en su faceta de propietario de vehículo y conductor, porque en esos días desaparece y se rumora que tiene cáncer de estómago. 

Tiempo después, cuando su reclusión es un hecho y su enfermedad una evidencia, cuando se comenta que anda casi ciego y que se pega unas borracheras bíblicas; en esa época en que la rubia jalea del atardecer constituye el regalo de un día de verano, algunos que lo conocen, restañados los prejuicios, con una migaja de bondad, se acuerdan de él. Es como si hubiese muerto, se dicen, tratando de imaginar la miseria y la oscuridad en que bracea, y recordando la espigada y altiva figura de su juventud.

Como si hubiese muerto, pero es seguro que sigue vivo (Adentro, una hiena), que reside en la ciudad, que acaso ya solo salga a controles médicos, con sobres de manila donde ahora, en lugar de trabajos literarios mecanografiados para concursar, porta radiografías y resultados de exámenes que el especialista evalúa. 

Qué jugarreta de la vida. Tienes que llegar a los cincuenta para poder comprarte un carro, y cuando lo consigues, un cáncer te ataca.

¿Qué será del carro? Lo vende a pérdida, sin duda. Un cáncer descompleta no solo el cuerpo, también el bolsillo. 

Qué será de él, musitan algunos que lo conocen y lo recuerdan, viendo oxidarse las nubes del ocaso, cómo se enhebra en el viento el latido de los perros y los gorjeos de los pájaros, lo mismo que la algarabía de los niños de la vecindad. Solo un instante resplandecen las nubes, que se apagan y acenizan mientras la indulgencia, cosa rara, airea los recuerdos, la imagen de un fantasma. El ciervo, herido, cae. Los perros le muerden, lo derriban, los cazadores se acercan y lo ultiman. Este final no está en el lienzo de Ruisdael, pero es lo que sucede, sin duda. Las nubes del cuadro no son azafranadas, no es verano; las nubes son grises, pero las pinceladas blancas acaso anuncian el otoño, la luz crepuscular se refleja en los troncos de las hayas y en el agua, en la pradera, en el pecho erguido del ciervo. 

Cómo puede un pintor representar la vida en una escena de esplendor y tragedia, Dios, qué genio. Son los verdaderos creadores, más que los escritores. Y cómo la esencia de una pintura se trasvasa al alma de esta vieja academia y, con Fichte, reclama que la idea tiene que hacerse acción, que la universidad no puede seguir siendo durante más tiempo una mera escuela del saber, una isla solitaria, alejada del resto de la sociedad: debe ser una escuela de la acción. Teoría y praxis son una misma cosa. Es lo que impugnan Ruisdael y Fichte con el pecho erguido del ciervo que será acogotado por los perros y ultimado por los cazadores. Es idealismo, pero es de los mejores. Es el idealismo que llama a la acción, a la lucha, al no sometimiento. Es lo que Fichte reivindica en Kant, la exigencia de ir contra todo dogmatismo. Y la universidad se vuelve dogma. 

Ahí va Cuartas, ha vuelto a mis duelas; ya viejo y agobiado por la enfermedad, atraviesa mi plaza Barrientos. En el recuerdo lo veo acercarse a la mesa donde Mario Escobar departe con el negro, en la cafetería de Pastora. Mario los presenta. Ya no pueden ser sino amigos, como Goethe y Schiller.       

       

sábado, 8 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 79)

Noche de luna, soberbia. No una luna llena, esférica, compacta, le falta para redondearse, para ser el dracma perfecto, pero despide mucha luz. Se alza sobre la biblioteca, con un oro en cuajo, sereno, esplendente. Me recuesto en el pretil más alto del 11 y la observo. ¿Si el negro viene conmigo? Por supuesto, aquí está, junto a mí, mirando la luna. Parece viva, oscilar entre las nubes azuladas y blancas, a las que contagia su transparencia. Se eleva presta en el horizonte estrellado, como una muchacha en sazón (este pensamiento es del negro), como un trigo maduro. Cómo no disfrutar del astro cercano, de este fanal mágico, de esta mano cariñosa tendida desde la eternidad, de esta barquera del cielo que nos lleva a lo profundo del estupor y del sueño. Ahí está la galaxia, escondida en sí misma, sin un espejo en que mirarse. Y aquí está la luna, primorosa, lozana, chispeante, coqueta, plena. La galaxia la envidia. Es una bestia monstruosa ante esta fina doncellita. La galaxia querría pasearse por la pasarela, asomarse al balcón celeste, exhibirse. No puede. Es una muchacha grandota y fea.

En el pretil del 11, donde al negro le gusta estar y pensar en Mónica, pero donde yo solo me ubico de vez en cuando, la luna me sorprende escalando el cielo tras la biblioteca y las barriadas de oriente. Me siento en un banco y la veo. Hace frío, y el negro se pone el suéter, se encapucha, se abriga. La contemplamos. Su resplandor nos retiene en el corredor, en el antepecho, en la noche, mientras mis ámbitos se desalojan, la gente parte, los vigilantes apuran a los remisos. Bajo el mango de Troncos unos muchachos enguitarran  temas de Silvio Rodríguez. No prestan cuidado al exhorto de los guardianes. Sube rápido, como si tuviese una cita romántica. Cualquier prodigio, todo espejismo es posible. El negro, que es flojo en dibujo, saca el cuaderno y el lápiz y la captura en unos simples trazos: luna, estrellas, cielo con guirnaldas de nubes. Hay tal magia en la noche que el esbozo queda bonito. Una muchacha pasa tosiendo una tos bronca, se está resfriando, debiera abrigarse. El fulgor de la luna da en el dibujo del negro, lo pinta de amarillo, reproduce la alquimia, transforma metales bastos en dorada cornucopia. 

Hay que desalojar, mañana es otro día, así que bajamos. El negro entra al baño del primer piso, donde un día se despide de Mario Escobar, donde unos muchachos, en otra oportunidad, hablan de masturbadas y estorban el paso. Sigue ascendiendo con ímpetu, relumbra en la ventanita del muro, donde faltan los vidrios. Recuerda la ruedita blanca de una pastilla escapando de las manos de Carlos (el novio de Mónica, que padece cefalalgia), rodando bajo el lavamanos, y Bernardo que se inclina y la recoge y se la devuelve, y Carlos, que tiene inquina a Bernardo, dice:

"Ya no la quiero".

Y el recuerdo, la aspirina, se pinta de amarillo, de luna que navega decidida (se siente el chapoteo del agua, el golpeteo del remo) al encuentro del amor. La galaxia y el cielo se resignan a servir de edecanes a esta reina gloriosa. Me apena la galaxia, siempre a la sombra, en su tristeza sin espejo; mientras aguardo al negro en el andén, espío por entre los ramajes, por un agujero en el tiempo, y allí está la galaxia. Le pico el ojo y sonreímos. "Dulces sueños", me susurra la galaxia. 

Magister Dixit. 

       

Monólogo de la u (novela, cap, 78)

Cuartas vive en Belén San Bernardo, el negro trabaja cerca de allí, de vez en cuando se cruzan (el primero pasea a su perro, el otro marcha a laborar), pero no se saludan. Cuartas debe estar escribiendo Adentro, una hiena, su última novela. El negro atraviesa una situación laboral difícil, va de un plantel a otro, mantiene hostilidades con los directivos. Cuartas pasea el perro en la mañana y aprovecha para caminar, no anda muy bien de salud. Pasan cinco años, su estado de salud se deteriora, muere; mientras el negro, en su trashumancia por los colegios, se traslada de la comuna occidental a la oriental y llega al José Roberto Vásquez, en Manrique, cerca a la casa gardeliana y a la de su maestro Mario Escobar, finado. Entretanto, además, estudia diplomados y esas monsergas para ascenso en el escalafón docente. Uno de estos cursos, relacionado con la Didáctica de la lengua Castellana, lo adelanta en la Escuela del Maestro, con una profesora de cátedra, Ana. Las clases son en semana, en la noche. No se sabe cómo, pero Miguel, el periodista de la tiza, acaba colado allí. Asiste a dos o tres sesiones. Aparece cuando ya se ha trasegado una buena parte del curso, y se esfuma a las puertas del trabajo final (un proyecto de aula) y la evaluación. Miguel no se preocupa por tomar notas, viene solo en plan de escucha. Durante los trabajos en equipo, aprovecha para hablar con algún amigo, con su tono reposado y sus maneras un tanto pacatas. En una ocasión posterior, el negro coincide con Miguel en la cafetería de Deportes; siente el cosquilleo de recordarle aquel curso en la Escuela del Maestro, pero lo deja pasar. Seguro que Miguel le contesta que no lo recuerda. En esta oportunidad dialogan sobre un conocido recíproco, Aristides Caballero, estudiante de Urabá con inquietudes políticas. Al parecer Miguel es amigo de Aristides, lo conoce bien. El negro omite hablar del asesinato de Aristides. Sospecha que Miguel no le prestará atención. También hablan de Horacio Betancur, el profesor de Educación, a quien Miguel tiene en buen concepto. El negro recuerda a Horacio, el popular Sancocho, y el día del eclipse, el avistamiento del profesor en el centro. 

Conserva en la memoria aquella asistencia informal de Miguel al curso de Didáctica, se dice que puede ser la ocasión para amistarse con el gacetillero, pero este es más bien renuente, un tipo engañoso, familiar a primera vista, evasivo en el fondo. Este rasgo de la personalidad de Miguel lo constata de sobra en la cafetería de Deportes, donde Miguel, la mayoría de las veces, lo ignora. Ana no se inmuta ante el intruso. Tal vez Miguel asiste a algún programa de la Escuela del Maestro (una lectura, un conversatorio, una exposición de arte) y se le ocurre escabullirse en el aula, acaso porque la profesora le parece bonita. Extraño caso el de este personaje que no estudia formalmente, pero que recorre espacios académicos para cultivarse. Su paseo nocturno por la Escuela del Maestro tiene un no sé qué de desatino, de volado.           

Miguel se eclipsa. Así la mañana del sábado en que el negro y Ana se encuentran en la Escuela del Maestro con el fin de adelantar en proyecto de aula, Miguel es menos que un dato en blanco, un ser sin definición, alguien inexistente. Ana viste camisilla manga sisa color zapote, bluyín, botines. Trae un pequeño bolso de tela, muy femenino y discreto. Llega puntual, lo invita  al café de Trini, ahí al lado, se adelanta mientras él va al baño (trae un apuro desde la estación de Itagüí). Advierte la impaciencia y el nerviosismo de la profesora, una falsa vivacidad, la propensión a distraerse, como si estuviese preocupada o pensando muchas cosas a la vez. Donde Trini no bebe el café tranquila. Enciende un cigarrillo, pero tampoco lo fuma con calma, le inquieta que pueda molestar a la gente. Lo apaga y lo bota. 

"Volvamos al trabajo".

"Está bien".

En el camino le cuenta que ahora está libre de los dos cursos que dicta en la UPB y que el próximo sábado termina este de la Escuela del Maestro.

"Quedo cesante por tres meses, si te das cuenta de un trabajo. Dicto talleres, hago nivelaciones".

"De acuerdo".

Se instalan en el segundo piso, en la sala de Internet, donde un joven profesor asesora a tres estudiantes adultos. Su discurso es idéntico al de Ana, proyectos de aula y esas cosas. 

Trabajan dos horas en un computador, dan cuerpo a la secuencia metodológica. Ana demuestra pericia en el manejo de Word: organiza el contenido en dos columnas, usa Word Art, etcétera. Sentado a su lado, el negro se percata de que la profesora tiene una cicatriz en el labio (que sube hasta la aleta izquierda de la nariz) y de que tiene frenillo. Mientras trabajan, Ana envía varios correos, uno a Jorge Antonio, avisándole que probablemente repruebe el diplomado. Ana recibe una llamada de Asné, la supervisora de la universidad, su jefa, que le habla de lo mismo, que la exhorta a informarle qué estudiantes no pueden graduarse el sábado debido a la inasistencia. Vuelve a sonar el nombre de Jorge Antonio. Entonces el negro recuerda que es este Jorge Antonio, las escasas veces en que acude a clase, el interlocutor de Miguel. Conversan en voz baja, pero aun así Ana les llama la atención alguna vez.  

Ana hace una pausa y va al baño. Trae dos tintos. Los deja en la mesa sin avisarle cuál tiene azúcar y cuál no. Un instante después, Ana coge los vasos, entrega uno al negro, apuran un sorbo.

"¿Cuál te estás tomando, el amargo, el mío?"

"Es el que me pasaste".

Entonces él se da cuenta hasta dónde llega el despiste de la profesora. Debe de andar enamorada. 

"¿Qué hay de ese amigo con que te vi tirando paso en la discoteca de Sergio?"

"Ese ingrato".

Un tipo parecido a Stallone, muy previsible el tipo de galán por el que se chifla una mujer como Ana, piensa el negro. A ellas les gustan los tipos monos, talludos, ojiazules, Stallones. 

"Sí, Jorge Antonio es el único que reprueba", confirma Ana a Asné.

  

   

viernes, 7 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 77)

"El 7 es el número de la suerte", según Luis. Entonces, ¿dejó aquí? Con un 7 doble la suerte se duplica. Entonces, ¿dejo aquí? El negro y yo arribamos al concepto de "metagalaxia", la parte del universo observada hasta el momento con todos los medios existentes de observación. No, el 82, que son los años de Miguel, El último universitario, es el número con que cierro este divagar. Nuestra galaxia cuenta con 100. 000 millones de miembros, son estas las estrellas que podemos ver a simple vista y con telescopios (sin emplear los telescopios más poderosos). Llego hasta el capítulo 82, la talismánica edad de Miguel, el gacetillero, y dejo al negro conduciendo a Mister King, su Nissan Sentra modelo 96. Lo dejo en inmediaciones de Cuartas, uno de mis Espíritus libres. Fichte, Schelling, Schlegel, Novalis dinamizan la vida universitaria de Alemania, Jena. Una sociedad del pensamiento. Agrupaciones de estudiantes, euforia del saber, Kant, Goethe, Schiller, los maestros. Fichte expulsado de la universidad de Jena por ateo, va a dar a Berlín, donde también es vigilado. Moses Mendelssohn, filósofo judío, llama a Kant "el pulverizador de todo". Casa a su hija Dorotea con un banquero, tienen un hijo, pero ella luego se une a un muchacho, Fritz Schlegel. 

La República de los Espíritus libres, de Peter Neumann, en estos terrenos me afinco con el negro al momento de la coda. Música y filosofía, Weimar y su teatro, los Mendelssohn impulsando la vida cultural de Alemania. Luis sabe de números, al menos los intuye, no deja de jugar la lotería, a punto de ganar el gordo. También compra el baloto. "El 7 es el número de la suerte", según Luis, poderoso en el verbo; Luis, al que el negro fía la tarea de escribir la novela que redima a nuestra generación, la generación de Miguel, que no está en mis Espíritus libres (como están Cuartas, Rito Llerena, Reinaldo Spitaletta, Delfín Acevedo, Elkin Restrepo), pero que debería estar, porque es el El último universitario, según Beatriz Polanco. Fichte reverencia a tal punto a Kant que bautiza a su hijo con el nombre de este, Emanuel. Emanuel Hermann Fichte. Una época luminosa, a la que hay que volver, Dorotea Mendelssohn, Schelling. Al salir de noche Fichte no deja de traer una pistola, teme ser linchado por su forma de pensar. Ya han apedreado sus ventanas. Los regentes de las ciudades alemanas amenazan con no enviar a sus muchachos a estudiar a Jena, donde el ateo lanza sus rayos. Y faltan Hegel, Nietzsche, Marx. 

En las inmediaciones de Dostoievski (Los hermanos Karamazov), buen terreno para dejar estas notas, junto a Mister King, Cuartas, Jena en 1800. También vuelvo a Smith, el hermano menor del negro, que repunta con buenos propósitos, con ganas de hacerse cargo de su vida. Un soñador, un lunático, es lo que es Smith. Félix Klein  y la botella y la monja, y otra vez Miguel, que es testigo de primera fila de la muerte de Sor Carmen y de la de Fernando Barrientos. Miguel está en mis duelas desde 1968. Por poco digo "en mis muelas". Muelas de vieja que rumia, con cuatro estómagos y quinientas páginas escritas por el negro, tremenda gaceta. Las mujeres en la obra de Dostoievski, el gran Fiodor, Adelaida Ivanovna, la primera esposa de Fiodor Pavlovich Karamazov, joven bella, de buena familia, se casa con Fiodor (un vividor, un borracho) por desairar a su familia. Por aventura, por irreflexión, sin amor; por el contrario, lo odia. Aun así le da un hijo, Dimitri. Las agarradas son frecuentes. Adelaida Ivanovna huye con un seminarista, muere en San Petersburgo de fiebre tifoidea o de hambre, abandonada por el seminarista, lejos de su familia. San Petersburgo, qué ciudad. Cruzada por el Neva, con los palacios de los zares y de los magnates, con el hotel Astoria. Y el modo en que la inmortalizan los escritores y poetas. La ciudad del zar Pedro. 

Fiodor Pavlovich solo quiere la plata y las propiedades de Adelaida Ivanovna, la dote, lo cual consigue. Al huir con el enamorado ella le deja el niño, que tiene tres años. 

Compra un Nissan Sentra de segunda, toma clases de conducción, cambia de colegio una vez y otra, dificultades con los directivos. En los cuadernos de estos días hay apuntes de las lecciones de manejo. Aparecen allí términos como bombeo, embrague, encendido, suiche, acelerador, señales de tránsito, etcétera. Menudean los lapsos sin plaza en un colegio, cuando debe ir a la Secretaría de Educación a que le nombren. A este periodo le denomina "firmada", pues debe presentarse cada mañana al despacho y firmar. No es que le moleste mucho. Aprovecha el interregno sin labores docentes para meterse a una biblioteca y estudiar. Va de un plantel a otro, El Limonar, Belén Rincón, Belén Altavista, Belén Fátima, Manrique, entre otros. Es otro Fichte al que ponen de patitas en la calle por sus ideas con respecto a muchas cosas. Otro vigilado.                   

"En las esquinas, ubicarse en el carril de acuerdo a la ruta a seguir; para las subidas empinadas y tendidas poner la primera, sin forzar el acelerador, para que el motor no pida segunda. En bajadas tendidas y empinadas, tocando y soltando el freno".

Mister King (así bautiza al auto, en honor a Don King), de un verde mate, tiene fuerza, pero es como esos caballejos vendidos por los gitanos. Un fraude. "Tremenda nave, profe", se burlan los alumnos.  No les presta atención, la metagalaxia con sus cúmulos de galaxias se abre ante sí al enrumbar a sesenta por la autopista.   

jueves, 6 de noviembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 76)

Lecturas de vacaciones: El castillo, Kafka; Los misterios de la jungla negra, Emilio Salgari; La Guerra del tiempo, Alejo Carpentier. Este último se divide en tres relatos. Uno, Viaje a la semilla, involución de viejo a huevo en el útero; dos, Semejante a la noche, entrecruce de un personaje que es varios personajes en un viaje de  conquista de Ultramar, Troya, América; tres, El camino de Santiago, un soldado europeo (que antes es corista de iglesia) al servicio de las fuerzas católicas, tras el espanto de una peste en Amberes, va en romería  a Santiago de Compostela; tuerce el propósito cerca de la meta y viene a las Indias, persuadido por un indiano. En las Indias le va mal y en otro trance de muerte recuerda su juramento de ir a Santiago, se embarca y vuelve a Europa, convertido en indiano y romero: es dos personajes, repite los pasos dados y vuelve a torcer el destino, en un círculo vicioso. 

La Guerra del tiempo, Alejo Carpentier, vocabulario: astrágalo, testero, charnelas, vetiver, emplastronados, ergotante, octandro, moros, bargueño, jubo, másculo, tejolta, zarambeques, folías, corchete, gúmenas, bita, caracos, zambombas, pandorga, castrapuerco, guardainfante, venera, colodrillo, alcojolada, capisayo, matalotaje.

Así es como trabaja el negro: lee, anota léxico, resume el argumento, va de un texto a otro, se imbrica en la retama del lenguaje. Construye una empalizada verbal y la habita. Luego viene a mis predios, atraviesa mis costillares, me modela en las palabras que lo conforman. Así también yo soy Kafka, soy Emilio Salgari, soy Alejo Carpentier, soy bargueño (mueble con cajoncitos), colodrillo (parte posterior de la cabeza), octandro (octaedro, sólido de ocho lados).

Igual que Mónica, es por el colodrillo que identifico al negro. El negro tiene cráneo dolicocéfalo, cráneo de corozo. Mónica lo define muy bien: 

"Tu cráneo cabe en mi puño".

Así, cuántas veces veo enfilar por un lado, doblar por el otro, el colodrillo del negro, el cual, con un leve giro, me ofrece el perfil, esa parte del rostro que, como el de la luna, legitima el otro lado, el oscuro, el misterioso. Es un mulato de buena talla, con un cuerpo trabajado por el deporte y unas maneras más bien austeras, cavilosas. De verdad que su cráneo es singular. Después de muchos años, cuando ya son casi seniles, Mónica todavía recuerda esta característica fisonómica del negro. Mónica olvida las cosas más ordinarias, pero recuerda asuntos como un perfume, así pasen treinta años. 

Sigo al negro en sus devaneos lingüísticos, y, con mayor razón, en sus curiosidades celestes. Así, emparejo mi pensamiento con el suyo cuando reflexiona, por ejemplo, en el Monte Palomar, en el Atlas del cielo, en la figura circular que presenta una estrella vista con un telescopio. En cambio, una galaxia vista con el telescopio tiene una forma elíptica. En general, los astros son casi elipsoides. La rotación hace que se embomben en el ecuador y que se achaten en los polos. 

Trata de reescribir de memoria el poema al Sol con el que gana el segundo puesto en el colegio. Con el primer puesto se alza una joven de décimo, poetisa declarada y activa. El premio: un libro de poemas de García Lorca, Seis poemas gallegos. Conserva el volumen de Lorca por años. Es de la editorial Alianza; está descuadernado, pero siempre que lo abre, siente el poderío de una voz sin titubeo, la música del lenguaje.   

Aunque no se fía de la fidelidad del texto, lo consigue, queda satisfecho con cuatro estrofas, veinte versos. Quizás algún día, en sueños, recuerde el poema con pelos y señales. Igual esperanza guarda con el episodio de su escapada de casa siendo un rapaz: recordar en un sueño el nombre del campesino que lo adopta aquel atardecer a las puertas del cementerio de Titiribí: José Luis, Miguel Ángel. Alguna vez, años atrás, escribe en su cuaderno el nombre del labriego, pero se traspapela. Miguel Ángel, José Luis.

Con los años se ríe de los poetas solares, sobre todo de los que se jactan de pertenecer a la peña literaria de Bello. Luego se arrepiente de su genio burlón y ensalza a los poetas que entonan cantos al Astro Rey. Sustenta la convicción de que un poeta que se respete debe dedicar una oda al Sol. O, en su defecto, a Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno. 

El poeta debe abarcarlo todo, desde lo sublime a lo cursi. Lo que no debe ser es banal. Un poema al Sol, el astro Dador de Vida, entraña profundidad. De tal modo reflexiona Peligro al conceder el segundo puesto. Cuatro estrofas, veinte versos. No es necesario reproducir el texto en estas páginas. El negro me lo confía, y puedo dar fe de que es bueno. En ocasiones, sentada ante mi plaza Barrientos, lo recuerdo.