martes, 30 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 19)

El negro entra al baño del bloque 11 y encuentra a tres muchachos hablando ante el lavamanos y el  espejo. Echa un vistazo rápido a su rostro, que se le antoja el de un advenedizo. "Un día entré a un baño y había tres tipos masturbándose, sí, cada uno con su polla en la mano, en acción", dice uno de ellos. "Creí que dirías que estaban culeando, lo cual no sería raro", dice otro. Están ahí, ante el lavamanos, estorbando el paso al orinal. El negro pide permiso y ellos siguen en la chacota, comentando aquello con tremenda desfachatez. El negro recuerda a Mónica, su argumento de que el intercambio de afecto es lo más lindo de la vida universitaria, que es natural que los estudiantes tengan sexo en los baños. El negro cuenta hasta cuarenta, una buena meada. Suele contar mientras orina. A veces llega hasta sesenta, meada extralarga como un cigarrillo Lucky, que lo deja contento. Se lava las manos y cruza entre los muchachos. "La variedad cultural se impone en la u", espeta uno de los jóvenes, y el negro siente esto último como una alusión a su color de piel. Pero no presta atención. Lo que medita, mientras abandona el baño, es que hay mucho enfermo. Lo más que el negro hace en el baño de la u es cagar, por la última. Una o dos veces, puede contarlas. No va pelando la nalga en cualquier parte. Estos tres chicos del baño tienen cara de exabrupto, de guillados, de que no se les da nada protagonizar un happening de triple masturbada allí, a plenas dos de la tarde. El negro recuerda al Mono de San Juan entre Palacé y Bolívar, al anochecer, el jefazo de los rapaces, cómo los invita a saltar la barda ruinosa y, entre paredes derruidas y el piso enmalezado, presidir el pajazo colectivo. Recuerda al escritor  Mario Escobar (fue joven su viejo maestro, en una de las fotografías del reportaje del Mundo semeja un Alain Delon), apoyado en unas muletas, despidiéndose de él a la entrada del baño del bloque 11, aquella mañana de años atrás. Estos estudiantes tienen facha de calaveras, de viciosos; no son como esos otros que tienen aspecto de serios y bien encaminados, que van solos y pensativos. No, estos chicos del baño del bloque 11 tienen cara de perpetrar desmanes. El negro siente alivio al salir de allí, de que el cinismo de sus rostros solo se exprese en una sutil referencia al color de su piel. Hay gente muy ruda. Viene a la biblioteca pensando en Roxana, en su ensayo sobre santa Hildegarda de Bingen. ¿Sí lo publicaría el profesor? ¿Anda muy ocupado y solo hasta fin de año no hay posibilidad de hacer algo al respecto? Roxana piensa en publicar del propio bolsillo. Ha hecho varias correcciones al ensayo. El misticismo como senda de conocimiento. Esa muchacha de perfil egipcio. Sí, eso es, perfil egipcio. Si me cruzara con ella en la explanada de la biblioteca, ante la fuente, piensa el negro. Tiene un novio indígena, de una de esas etnias hermosas del Cauca. Viene a la biblioteca y lee un rato Billar a las nueve y treinta. Antes de irse le da una hojeada al párrafo inicial de Absalón, Absalón (Quentin, qué nombre). Ante el teatro demencial de la Alemania nazi retratada por Robert Fahmel, los cuentos depravados de los chicos del baño del 11 parecen pecados veniales. Es lo que piensa el negro mientras que, aquejado de hemorroides, adelanta la lectura de la novela. Recuerda que Maecha también sufre de hemorroides. ¿Con qué tratamiento se las curará? Al fin y al cabo es médico. Pero los médicos también se mueren. La tarde calurosa del pueblo donde se salcochan los personajes de Faulkner (Jefferson city) se le antoja un escenario más familiar que el Sacramento del Búfalo de Boll y las audacias sexuales de los universitarios. Muy propia del novicio, la ansiedad por publicar, se dice, pensando en Roxana. Si esta jovencita contara con un padrino en el comité editorial de una revista, como Maecha, que luce esa cara arrogante, ese halo de pertenecer a un círculo importante. Pero Roxana es apenas una muchacha. Eso sí, con gran talento para escribir. La fuente cierra este capítulo. La fuente, que a la una de la tarde es un rumor henchido y a las tres, cuando el negro abandona mis predios, es una antorcha apagada, con la escultura de la pareja solar luciendo lamparones de óxido y verdín.          

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