viernes, 19 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 7)

En mi plaza Barrientos muchas veces veo a ese muchacho Méndez, el de las cáfilas de sinónimos: palio, balandrán, capa, dosel, pabellón. Sale de clase, por decir del bloque 9, y se suma al corrillo de la jardinera de Pastora. Cuántas veces he escuchado su voz alegre y atolondrada, sus carcajadas, sus ringleras de palabras parecidas en lo semántico: especulo, divago, giro, tuerzo el rizo. Me gusta ver el desparpajo de su figura, el desgarbo de su atuendo un poco pasado de moda. Es el estudiante más informal que pueda verse. No carga mochila, solo un cuaderno en la mano, algún libro. Camina rápido, agitando los brazos, en la jugada. Tiene una vena melancólica que no puede ocultar y que, en ocasiones, amenaza con aplastarlo. Constante habla de Borges. No como puede hablar el profesor William, de un modo algo frívolo (siempre inicia los cursos con el poema Borges y yo), sino como un conocedor a fondo, que ha recorrido una y otra vez la obra completa, que discurre sin dificultad desde los poemas de Fervor de Buenos Aires hasta la narración El Aleph. Y más. También ensarta a Dostoievski y a Dylan Thomas. Lo recuerdo de esas mañanas en que, en compañía del negro de ojos tranquilos y otros condiscípulos enhebra coloquios en la jardinera de Pastora. Saca la hoja del examen de inglés y alardea con la nota, un cinco redondo. Algunos lo recuerdan usando zapatos de cuero, pero en mi recuerdo siempre luce tenis, calzado este que, de verdad, no combina mucho con el pantalón de terlete y bota ancha y la camisa manga corta que suele usar. Camisas serias, de cuello duro. La suela blanda de los tenis ayuda a su agilidad natural. Méndez tiene un cuerpo ligero, flexible, acorde con su mente despabilada y chispeante. Se mueve con agrado en el mundo, jovial, suelto. Trae la negra barba motilada, como su cabello. Excepto en el cuello de sus camisas, el envaramiento dista mucho de Méndez. A veces llega a la jardinera solo, con un café en la mano. Enciende un cigarrillo y se adentra en sus pensamientos. No tarda en aparecer un condiscípulo, el negro, por ejemplo. No establecen una verdadera camaradería. Coinciden en dos cursos, Introducción a la literatura (con Elkin Restrepo) y Literatura griega (con Hernán Botero). En el primero leen a Lampedusa (Lighea, El gatopardo). El negro suele toparlo en Bello, donde Méndez lleva una vida de bohemia. Lo recuerdo participando en mi concurso de cuento, obteniendo una mención de honor con el relato El sueño perdido.  Se mata a los 26 años, como Andrés Caicedo. Se tejen dos versiones, que lo mataron una madrugada al regresar a casa, ebrio; la otra, que se suicidó con una bala de la ruleta rusa. Beatriz, la encargada del Espacio Poético de los viernes en el museo le dedica un homenaje póstumo, imprime su cuento en mimeógrafo y reparte copias entre el público.      

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