viernes, 12 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 2)

Miro mi plaza Barrientos desde una mesa de la zona de comidas de la facultad de ciencias, Guayaquil. Tomo un café y veo madurar otra tarde. Mi plaza Barrientos está desolada. Más allá, al otro lado de la biblioteca, la fuente está apagada y la escultura, sin la vivacidad de los  surtidores, es un tallo seco y herrumbroso. Desde el costado oriental de mi plaza Barrientos contemplo a Mariana y a Sebastián pasar bajo la ceiba de este lado, camino de la biblioteca. Hay bastantes hojas desperdigadas en el piso. Crepitan al ser aplastadas por las pisadas de los transeúntes. Sola, pensativa, miro mi plaza Barrientos como una vieja que estudia su vientre arrugado y sus senos caídos. Es viernes y estoy de vacaciones. Me recorren tranquilas sombras y morosos pensamientos: una que otra persona en las jardineras, las mesas de estudio, los andenes. Las tiendas cerradas. Nadie trota por la circunvalar. Con el negro de gafas por única compañía en esta mesa miro mi plaza Barrientos en el fresco atardecer. Conozco a este negro de gafas. Lleva recorriéndome toda una vida: es un quedado. Por épocas me visita con frecuencia; otras veces se ausenta largo tiempo. Esta semana ha venido en dos ocasiones, el miércoles y el viernes (esto es, hoy), como si cumpliera el horario de algún curso (por ejemplo, Literatura rusa), como si de nuevo fuera un estudiante, no un egresado. Su mirada es profunda como la mía. Ama mi plaza Barrientos, lleva varios lustros trasegándola. Mariana es su hija, también estudió aquí. Él no esperaba cruzarse con ella hoy. La muchacha se acercó a la mesa con el amigo y le dio una sorpresa. También yo me agité, una voz sonora siempre es grata a mis oídos. El negro se alegró con la llegada de Mariana. En ese momento hablaba por teléfono. "Saluda a tu padrino Luis", dijo a Mariana, entregándole el celular, mientras le dirigía la palabra a Sebastián. Estos cuadros me encantan. Mi plaza Barrientos cobra un aire de refugio idílico y yo me ensancho en una emoción de abuela satisfecha. Cuando Mariana y Sebastián se marchan, el negro escucha en Youtube un tema de salsa, Tristeza, de Wito Vélez  y su orquesta Uno. Mónica se la compartió. Mónica es otra de los míos. Estudió Idiomas y, tras hacer una maestría, se enroló en la biblioteca. Un arcoíris, eso es el alma de Mónica. Su voz es música. 

Echo de menos a Luis, condiscípulo del negro en Español. Es el padrino de Mariana. El negro y Luis son amigos desde el año de los muertos. "Vete, tristeza", dice el pregón de Wito Vélez. Hoy el negro y Luis son viejos. Luis vive solo en un predio rural. Debió alegrarlo la voz de su ahijada, como alegra al negro hablar con Mónica. Al ver a su hija recorrer mis tránsitos, los mismos que él trasvasó años atrás, el negro se entristece con Wito. Mariana y su amigo entran a la biblioteca, a la que mi plaza Barrientos lleva desde el costado sur. 

Mónica y Luis no se conocen, pero esta tarde yo los reúno y los introduzco. En alma ellos dos ( y tantos otros, millares) están conmigo en este instante. Mónica, la que contrarresta la tristeza con sabor, con salsa; Luis, que suele visitarme para prestar libros. Luis es un lector incansable. La escultura que me adorna, el Lector, de Alonso Ríos, parece honrar a Luis. En el jardín entre los bloques 9 y 10, se estatuiza el Lector. Lo veo y pienso en Luis. Esta tarde de lozanía en las ceibas dos niños se inclinan sobre la fuente y buscan renacuajos y pececitos, mientras Luis, en su finca, está pendiente del operario que contrató para guadañar el pasto. Una mujer robusta, de rostro infantil, empleada de una cafetería, se sienta al borde de la fuente a hablar por teléfono. Los niños le preguntan si hay renacuajos y ella no les entiende. Desde mi plaza Barrientos, con mis ojos présbitas, asisto a la escena. 

El negro aplasta el vaso del café que acaba de beber. Mariana regresa y se sienta con nosotros. Padre e hija hablan. Ella le confía que no le renovaron el contrato este semestre. El negro se reviste de ecuanimidad. Un Epicteto no puede dar mejor consejo a la muchacha. Los tres estamos aquí, en la tarde. Acojo sus preocupaciones y las encauzo por canales de sabiduría. De mis tetas secas todavía mana alimento.

Al levantarse el negro prueba puntería arrojando el vaso al tarro de basura. Falla. Mariana sonríe. El negro recoge el vaso y lo echa en la caneca. Al respaldo de esta, en el piso, descubre otro vaso aplastado. Piensa que todos no son tan concienzudos como él. 

Padre e hija se alejan por el lado oriental de la biblioteca, van por el bloque 16, por Ingeniería. Entran a los baños. Cruzan junto al mural del Che Guevara y la escultura El sembrador de estrellas, también de Alonso Ríos. En la cancha juegan fútbol. El negro señala a su hija el mural de Tálaga, en el muro de la editorial. "Teresita Gómez", murmura. "Tálaga, esas historias se repiten", dice la hija, comentando el derrumbe de Granizal, un bebé se salvó, mientras la madre y las tres hermanitas murieron. "Sí, lo mismo que le ocurrió a Tálaga en Villatina y a la familia de Ramón Hoyos en Medialuna, solo que Tálaga estuvo sepultado varias horas bajo tierra". 

Yo escucho, atenta.     

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