Recuerda, a pesar de los lustros transcurridos, los nombres de la mayoría de sus profesores, y los cursos que le dictaron. No me olvida. Suele visitarme. Al verlo cruzar mi plaza Barrientos sé que ahí va un documento vivo de una parte de mi historia. No cualquier segmento, no. Un segmento agitado y nefasto que algunos evocan como "el año de los muertos". Así que, necesariamente, tiene un tufo de tumba, un hálito de resucitado o de fantasma. Varios de esos profesores que le dictaron clase son parte de esa cuota amarga que pagué a la barbarie. Lo mismo que algunos de sus condiscípulos. En el recuerdo señala a los caídos con un asterisco rojo. Mientras que a toda esta época la resalta con un listón amarillo. Él mismo se concibe como un signo con un tono a lo Eduard Munch o Vincent Van Gogh, algo entre sueño y pesadilla, entre cielo e infierno. Lo veo atravesar mi plaza Barrientos con destino a la biblioteca (donde seguro hallará a Mónica trabajando en sus traducciones) y lo retengo un rato para que me refresque el alma con la savia de los recuerdos. Que me hable de la ucraniana que dictó Literatura rusa y luego Historia del teatro. Quiero ver su retrato embellecido por los años. Que me hable de Mario Escobar, el profesor del Taller de escritores, al que asistió tres o cuatro años y del que se ausentó cuando se sintió hastiado. Que me hable de Hernán Botero, que servía el curso de Literatura griega y que hacía de sus clases un encuentro apasionante. Contenta de sentarme con él en el aire holgado de mi plaza Barrientos, del lado de la facultad de ciencias, preferiblemente, y ver discurrir otro día de la vida. Preñará de poesía cada palabra, así se exprese con el lenguaje más sobrio y cauteloso. La poesía brotará de su ser, como manantial entre las rocas, porque fue la poesía, y no otra cosa, la que lo mantuvo vivo en el año de los muertos. Con respecto a mí puedo afirmar lo mismo. La palabra hecha ensueño me mantuvo viva.
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