sábado, 13 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 3)

Ahí viene Mónica. En su empaque se han superpuesto varias especies de mujer, desde cada una de las personas que fue en las distintas etapas de su vida, hasta todas esas otras mujeres que fueron sus iguales en el pregrado, lo mismo que todas las que pudieron ser Mónica, en cualquier latitud y hora. Ahí va un ser en quien reconozco al individuo y a la especie (hermana de Lucy, la querida austrolopitecina), a la entidad inalienable y al consecutivo. Sale de la biblioteca y se detiene en el andén. Mira a un lado y a otro. Coge al sur, hacia Barranquilla. Ahí viene. Otras veces, no sé ya hace cuánto tiempo, alternativamente, la vi atareada con los libros en una mesa de estudio, escuchando un audio en el laboratorio de inglés, conversando con un muchacho en Troncos, en la vicedecanatura haciendo ajustes de matrícula, en la oficina del asesor, donde un chico le guiñó el ojo y ella respondió con una sonrisa. Entonces era una estudiante de Idiomas, una muchacha. Hoy es una mujer madura, catedrática. Una mujer que divulga esta frase: "Yo no caí en la universidad pública, la universidad pública me levantó, me abrazó, me enseñó sueños colectivos y me cambió la perspectiva para siempre". Justicia que me hace. 

Ahí viene Mónica, una mujer, como yo, la u. La conozco hace años, lustros. Tras terminar el pregrado y realizar una maestría, se enroló conmigo. Desde cierta perspectiva es otra quedada; desde otro punto de vista, es una de mis salvaguardas, una de mis incondicionales. No se fue (aunque un día se irá, lo sé), como tantos otros. Se irá, como la profesora Marina Quintero que, tras cuatro décadas, acabó por irse. No es bueno quedarse tanto. La verdad, comienzan a estorbarme. Marina salió de su oficina  junto a la vicedecanatura a tomar café donde Pastora y al volver la habían desalojado. Se dieron prisa en hacerlo, antes de que regresara. Actuaron con rapidez y eficacia. Desmantelaron la oficina y montaron otro despacho. Entendió que era una manera pulcra de obligarla a retirarse. Total, ya disfrutaba de la pensión. Se fue. Hacía rato que la habían eximido de su cátedra freudiana, dándole unos cursos folclóricos en Artes, los sábados. Marina canta vallenatos. A Mónica le gusta la salsa. Cada semana va con su compa a una taberna y bailan. Es la terapia infalible, el baile. (No, el Gatopardo ya no existe, aquello es hoy un restaurante; la antigua palma renegrida de la acera se cayó de vieja, pero sembraron  una tierna y retozona palma que  enfrenta el tráfico de Barranquilla con  juvenil atolondramiento.) No faltan tabernas donde sacudir la murria con una descarga de los Hermanos Lebrón, ¿no, Franky? 

Ahí viene, tras una jornada más de trabajo en sus traducciones. Mónica, mujer, estrella, galaxia, cosmos. Pasa ante mí (ya sabéis donde me gusta sentarme) y siento su densidad, su historia. Viene sola. Hoy viene sola, pero otros tiempos la vi venir en compañía, y su sonrisa se vistió el nombre de alguno, y su cuerpo desnudó la sabiduría de darse. Con la mirada la acompaño hasta la portería de Barranquilla. En mi plazuela Barrientos, de este lado de ciencias, me siento muy bien. Con alas.      

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