lunes, 22 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 11)

Ingeniería, El sembrador de estrellas (escultura del maestro Alonso Ríos), aquí me gusta estar. Sentada en un banco de la plazoleta entre los bloques, recuerdo el poema de Helí Ramírez, El día de la noche en miniatura. Noche en miniatura, así designa Helí Ramírez el eclipse. Breve noche. Maravilloso lenguaje. Aquí me sueño colaboradora de La luciérnaga y que me publican el artículo sobre el canibalismo de las galaxias. Tendré que pedir al negro que emplee sus influencias, por algo pertenece al comité de redacción. ¿Para qué? ¿Para que me pase lo mismo que a Carlos Martín con sus poesías? Se las rechazaron, con todo y ser uno de los directores del periódico, junto con Alcántara. Su artículo sobre esgrima, pase, pero las poesías. Objeción general. Definitivamente, me gusta el tema del universo. Por algo soy universidad. Espirales, elípticas, irregulares, tal es la clasificación de las galaxias. Solo con el título de la escultura de Alonso Ríos me derrito por sentarme en esta plazoleta de Ingeniería: El sembrador de estrellas. Sí, ahí está el hombre sembrando luceros. El negro suele darse sus pasadas por aquí. Se llega a la fotocopiadora de Ingeniería, donde muchos profesores, por ejemplo Óscar Castro, dejan sus documentos; también Horacio Betancur Arango, al que apodan Sancocho y que dicta Tecnología educativa. El negro se pregunta si el eclipse que dio origen al poema de Helí Ramírez no es el mismo de aquel día en que vio a Sancocho en el centro. Llevaba unos años de egresado y laboraba de profesor. Un mediodía  se trasladaba en un taxi desde el centro a la casa de sus padres. La prensa había publicitado un eclipse y la  ciudad andaba loca con el fenómeno. Cuando cruzaban Junín, entre Pichincha y Ayacucho, vio a Sancocho marchar por la acera. Pasadito de kilos, ahondada la calvicie, con una agenda en la mano, se corría hacia el borde de la calzada y escrutaba el cielo. Sorprendió su medroso respingo (porque, según los científicos, el eclipse no debe mirarse a ojos descubiertos, y asimismo advierte Helí Ramírez en su poema) y cómo se volvió hacia el interior de la vereda, bajo el alero que lo protegía de la nociva luz solar. Esta imagen le pareció al negro más elocuente que cualquiera de sus aburridas clases. La verdad, se aburría en su clase. Parecía un artillero del positivismo con la batería bien cargada, Comte, Durkheim, Bachelard, Dewey, Skinner, Parsons. No solo su materia. Todos esos cursos rezuman cientificidad. Los sistemas de pensamiento europeos bombardean desde todas las cátedras. El negro siente el contrapeso necesario en las literaturas y los autores, Garcilaso, Cervantes, Lorca, Pessoa, Vallejo. Después de mediar la carrera, cuando empezó a trabajar, la academia se tornó pesada. Comenzó a tener problemas con los profesores. Nada serio, realmente. Se había trazado su camino y no podía andarse con chanzas. En pleno centro, en esas calles que tanto conocía y donde todo el mundo es extraño, no tenía ningún problema en reconocer con amabilidad a Horacio  y dedicarle un buen pensamiento desde el taxi que se alejaba. Quizás musitó un “gracias, maestro”. Le pareció inefable el hecho de que volvieran a encontrarse bajo un desorden celeste, en los trompicones de un eclipse. Se le antojó un buen síntoma. Nada valían aquellos momentos ingratos del pregrado, el infame recuerdo, nada valían. El oscurecimiento pasajero del astro abría, en otra esfera de realidad, una luz imperecedera entre ellos. Eso fue lo que pensó.

Ingeniería, por acá vi al negro una tarde flirteando con una muchacha. Entonces quizás todavía no hayan instalado la escultura en esta plazoleta. Las estrellas aún no anidaban en la escarcela de Alonso. O el sembrador aún no tenía una veguita para sembrar. En el segundo piso hay una cafetería donde el negro, a veces compra un café y se sienta a leer. Un literato entre esos ingenieros que hablan de gráficas, intervalos, cifras decimales. Algunas ocasiones se cruza por aquí con Mauricio, amigo del tiempo en que vivió en Itagüí y que le llama "Negro" a secas, con cariño. Mauricio estudia Ingeniería. Un día, en uno de esos encuentros por aquí, el negro le vende a Mauricio unos tenis Adidas que le quedan grandes (al negro). Hacen el negocio en pleno pasillo. Mauricio es un muchacho robusto, practica atletismo. De verdad que necesita unos tenis. El negro no desaprovecha la ocasión de echar un vistazo a las operaciones escritas en el tablero de la mesa, plagada además de manchas de grasa y pegotes de bebidas: f (x) igual a sumatoria f(x) igual(1-a) a+ (1-a) a. Estos signos matemáticos abstrusos le producen tal revulsivo que escribe un poema en su cuaderno: la hoja vencida nada quiere saber/ de la próxima centuria/ en el suceso de la claridad matinal/ cuántas cosas devastadas ignoran ya el tiempo/un frasco arrojado en el silencio del seto/ advierte quedamente la hora del estrago.   

Me gustan los poemas del negro.  

    

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