lunes, 15 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 4)

Sentada en la fachada del museo junto a la escultura de Candelaria viendo el atardecer de Ambalema, pienso en Loren, otra de las que pasó por mis corredores. Loren, la altiva, la donairosa, la que hablaba y leía bonito, que bien pudo colocarse de locutora en la mejor de las emisoras culturales, y que murió asesinada por un estudiante, uno de esos a los que no paren sino que cagan, según Luis. Sí, me he movido. He venido de la facultad de ciencias, de mi amada plaza Barrientos, a la fachada del museo, donde Candelaria yace sentada. Es bueno moverse, darse una vuelta por una misma. Algo me dicta que, antes de adentrarme en Mónica o en Tálaga, recuerde a Loren, que vio Fonética, y acaso Literatura latinoamericana del siglo XIX con el negro. En las escalas exteriores del museo, las que dan a la fuente, veo pasar a Loren, el continente sereno, el paso aristocrático. No es muy alta, pero tiene un hermoso talle y una cabeza romana. Anda como absorta, como de prisa, aunque su paso jamás se descompone. Alguna vez, como hizo el negro y hacen muchos, Loren interrumpe la carrera (siempre hay dificultades, contratiempos ), para tornar a matricularse y continuar en la brega. Constituye un deleite para los compañeros y el profesor el que Loren lea un poema en clase. La belleza de su voz es natural, no trabajada con la técnica, sino dotada con la medida, el grosor y la ductibilidad precisas. Ah, Loren ama la poesía. Sabe que el negro escribe poemas y un día, regocijada, le comenta que leyó algunos de su cosecha. El negro se extraña porque nunca ha confiado sus poemas a Loren. "Olga Regina me compartió unos que le regalaste". El negro queda en las mismas porque no recuerda tal obsequio. 

Me gusta asistir a los sencillos rituales amistosos que unen las vidas de toda esta gente que me recorre, los estudiantes sobre todo. Ahí es cuando me siento más u. Por ejemplo, cuando dos muchachos, luego de una clase, se presentan, intercambian el número de teléfono, vienen a Troncos a beber un café y fumar un cigarrillo. O cuando Loren no pudo asistir a la sesión de Fonética y llamó al negro en la noche para que le prestara el cuaderno y ponerse al día con la lección. En el cuaderno del negro aparece escrito el número de Loren. Siempre que lo ve se llena de coraje, se dice que, de algún modo, cambiando unos dígitos, es tener el teléfono del muchacho que la asesinó. Así, lo llama la víspera de aquel día, le conmina a ser un hombre, transforma su decisión de matar en ganas de vivir. Solo por el cambio de unos números y una llamada oportuna, al día siguiente Loren, terminada otra jornada de trabajo en el colegio, toma el bus junto al coordinador de disciplina, según la costumbre, y llega sin novedad a su casa de Belén. Hasta mí, sentada en la escalera del museo, junto a Candelaria, llega el retumbar de los disparos que acaban con la vida de Loren. Me estremezco, como aquella tarde en que asesinaron al profesor Henao en su oficina del bloque 9. Entonces anhelé ser un río, o fue que el negro me soñó así, como un río, como un Danubio, un Tajo, un Cauca, y poder atrapar a los asesinos de Henao en mi corriente y zarandearlos a mi gusto sin remisión. 

Entiendo junto a Candelaria viendo el atardecer de la plazoleta central, la fuente, el Camilo, que también hay cotidianos rituales del dolor. Ahí viene Tálaga, el operario, con su camisa caqui, su bluyín, sus botas de trabajo. Un superviviente del derrumbe de Villatina. Uno que me recorre a diario y, trapero en mano, asea mis corredores. Lo encuentras en Artes, en el aula de apoyo. Allí para. Exteriormente se lo ve como un operario, pocos saben que es un pintor, que consagra sus ocios al arte, a la emulación de los grandes, Rubens, Goya, Rembrandt. Poco a poco ha ido ganando reconocimiento. A las once y media suele sacar la hora de almuerzo. Entonces lo veo marchar a la tienda de Deportes y sentarse a una de las mesas. Luego se da un paseo por ahí, comprar un café, conversar con algún amigo y, puntual, reintegrarse a su labor, trapeando pasillos, ayudando a los estudiantes de Artes que acuden al aula de apoyo en procura de alguna herramienta. Como Loren, es una persona solitaria, este Tálaga. Me pongo a platicar con Candelaria, la robusta morena de Ambalema y, juntas, vemos transcurrir la vida desde la fachada del museo. Ahí viene Tálaga, allá va Henaíto, ahí viene Loren.              

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