jueves, 25 de septiembre de 2025

Monólogo de la u (novela, cap. 15)

Iván Ilich ama los convencionalismos sociales, se divierte con el whist, el teatro, las fiestas. Pero enferma y llega el fin. El negro (que observa las barriadas de las lomas desde el corredor del tercer piso del bloque de 11) es hijo de un empleado del gobierno, del área de rentas, un proletario, para usar una terminología acorde con los discursos del movimiento estudiantil. El negro observa la comuna oriental y, mientras recuerda la tragedia de Medialuna, piensa que no se siente identificado con el delirante deseo de Iván Ilich de ascender en la clase social a la que cree pertenecer por su cargo de jurisconsulto. En cambio siente resonar en sí voces afines cuando Iván Ilich retrocede a la infancia y revive las alegrías de esta época feliz. También contemporiza con Iván Ilich cuando, reconociéndose vulnerable a causa de la enfermedad, estima que no vivió como era debido, que se dejó deslumbrar por los triunfos materiales y la apariencia. Modelos de individuos engreídos por su posición social los ve el negro (también yo) en los académicos y administrativos. Otros Iván Ilich que solo piensan en obtener un cargo más importante y lucrativo. Veo a la profesora de cátedra que, con los años y los manejos, llega a la vicerrectoría de decanatura y luego se postula a la rectoría. No es el caso de Natalia, la ucraniana que, fina y modesta, se contenta con su oficio de maestra, de bruja blanca, de cuentera. Pero aquella otra académica, una vez alcanza su alto buró, se amuralla tras el título y exige antesala para recibir. El negro quiere entrevistarla con respecto a José Libardo Porras, fueron colegas y amigos; la secretaria le pide explicación sobre el motivo de la entrevista y, al fin, lo agenda para un mes después. Unos días antes de la fecha, el negro recibe una llamada de la secretaria, la entrevista es pospuesta. Así que a seguir esperando. Tan distinto de la época en que la hoy vicerrectora era catedrática y tenía un trato obsequioso con los estudiantes. Cambian los tiempos y cambian las personas. Maluco que la cortesía se trueque en sequedad por la mediación de un ascenso laboral. A Natalia el negro la encuentra por ahí, en mi plazuela Barrientos, en una jardinera, en plena calle; la conversación es espontánea, cálida. El negro concluye que, si algún día, idealmente, se encuentra con Iván Ilich, este no lo determinaría. Pero a través del relato de Tolstoi no solo se encuentran, sino que dialogan: que la vida y la salud tienen un terrible revés, que la ecuanimidad revela a los verdaderos seres humanos, que la aceptación nos libera y enaltece. Tal ocurre a la ucraniana que en su lecho de enferma terminal, en su casa de la unidad Baleares, recuerda el ensayo del aquel alumno introvertido y hosco, el negro; cómo en el introito tocó tan agudamente la soledad del pueblo ruso, trayendo a colación La condena de Kafka. Ni que fuera ruso ese negro. Ni que se hubiese criado en las estepas asiáticas. En el corredor del bloque 11, donde la luz de la tarde llega matizada, desfalleciente, el negro recuerda a la ucraniana, el delicioso ser que era esta mujer apasionada con la literatura. La belleza física y la del intelecto convergían en Natalia. El negro piensa que, con cuánta mayor razón iría Fausto (Enrique para Margarita) al encuentro de una Elena con las facultades de Natalia. Natalia tenía belleza e inteligencia; superaba con creces a ese modelo clásico de belleza, Elena de Troya. El negro piensa que Fausto es un tonto que se deja engolosinar por la belleza de Elena, mientras que por otra parte ocasiona la desgracia de Margarita. Ensalza el ideal y destruye la naturaleza: tal es Fausto.          

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