En la cafetería de Artes, esta mañana, Luis ya está preñado del poema que escribirá años más tarde en su predio rural: País soñado. Lo siento. Siento a este muchacho preñado de poemas. Este muchacho huele a otra tierra, huele a mar, huele a río, mezcla a mi atmósfera una emanación de ribera, de sol de fuego. Un día escribirá Anáfora del agua, un libro que dará qué hablar. También lo siento preñado de este volumen de versos esta mañana, mientras hace la cola para comprar un café. Lo acompaña el negro, que aún no usa gafas. Se encontraron en mi plaza Barrientos y vinieron a la cafetería de Artes a tomar un tinto. En la fila, delante de ellos, está el escritor Mario Escobar, preñado de historias vividas por Alaín Calvo. Siento la preñez y también la esterilidad de cuantos me recorren día a día. Y asimismo me siento grávida. Unas veces llena, otras, vacía. También entreveo la imagen de Luis, ese País soñado. Este muchacho vino huyendo de Cartagena, era militante del partido comunista, lo tenían fichado, por poco le echan mano. Anáfora del agua es el vasto poema de su nostalgia del mar. Lo más bello del país que sueño con Luis son los aromas de los bosques y los ríos y las selvas.
El negro también vive preñado de poemas, igual que Méndez y su Nostalgia. Acompaña a Luis en la fila de la cafetería y afila el puñal. Es un sedicioso de la palabra. Lo siento preñado de un texto hermoso que titulará Lucero. Todavía no lo escribe, pero desbasta la historia de Elvia, La perra de Oliva. En el cuaderno que no lo desampara realiza sketches. Cuando abre su cuaderno en cualquiera de mis pasillos siento expandirse un viento salobre, una densidad de barranco y ciénaga. ¿De dónde viene, pues, este negro que a diario se mueve en mi útero? Del mismo lar de Luis. Ambos tienen aire de conspiradores. Tampoco las tienen todas consigo. No pueden sentirse seguros, intocables. Mientras hacen la cola en la cafetería, los observo. Me los como con los ojos. El gesto es diciente, delata inseguridad. También en Mario Escobar, aunque aparenta aplomo, hasta desdén, hay inseguridad. La mirada del otro inficiona en el cuerpo el germen del nerviosismo. Descentra. Soy un gran ojo, un panóptico. El negro sabe lo que es, ha leído a Foucault, Vigilar y castigar. También Luis. Genero en ellos el complejo de sentirse mirados. Los hago vacilar. Los engaño haciendo que se sientan observados, cuando no pueden ser más anónimos, números del serial. Ahí están, los veo. Luis, el negro, el vejancón que escribe sobre Alaín Calvo. Son como ácaros que, de vez en cuando, causan escozor en mi sistema. De ordinario ni los determino. Uno sueña un país, lamentando carecer de las pelotas para meterse al monte, coger un fusil, como hicieron otros compañeros. El otro sueña con la putica que hizo tortuoso su camino del amor. Mario Escobar sueña con ganar un premio de novela en España y no trabajar más dictando talleres de escritores aquí y allá. Yo sueño, con Luis, un país. Pública, como la putica del negro, abro los brazos (y las piernas, por qué no) a los sueños de tantos hombres y mujeres. No es mi objeto desorientarlos, volcarlos a la guerra, tampoco prostituirlos, sino darles una oportunidad de que construyan sus sueños. Siento que me he puesto patética. Pero es la verdad, al menos es así como lo siento. Los llevo a confrontarse. Medellín acoge a Luis, que no renuncia a su idea de un país distinto. En mi plaza Barrientos (no se pierde una marcha), con gritos y consignas, galvaniza su sueño. Un país donde todos tienen derecho a la educación, como mínimo. Son las cosas que agitan a Luis en su destierro rural, que lo preñan hoy, cuando en compañía del negro, hacen cola en la cafetería de Artes para comprar un café. Ese café que beben luego (tras saludar y despedirse amablemente de Mario Escobar), sentados en una jardinera. Ese café en que me reconozco. El café del mundo. El café universidad.
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